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9 marzo, 2017
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De Caterina Jadresic a Caterina J

La modelo y actriz de 32 años, quien hace 10 vive en Nueva York, se volcó por completo a la música y ya tiene su primer disco, donde transita por el rock, el pop y el jazz. De este nuevo paso y de vivir en el Estados Unidos de Trump habla en esta entrevista.

Por Rita Cox / Fotografía: Alejandro Araya / Producción: Álvaro Renner / Agradecimientos: Cher


Paula 1221. Sábado 11 de marzo de 2017.

En 2012 Caterina Jadresic tuvo una crisis del tipo La La Land, la premiada película del Oscar. Llevaba 4 años instalada en Nueva York, donde llegó a los 21 a estudiar Actuación en el New York Conservatory for Dramatic Arts, cuando después de protagonizar Kiltro (2006, Ernesto Díaz), aparecer en un capítulo de la serie Sex and the City (2008), tener mánager y participar en un sinnúmero de audiciones para cine, teatro y televisión, comenzó a cansarse. Y como Mía, el papel que le dio la estatuilla a Emma Stone, un día dijo “no más”. A diferencia de la ficción, el “no” de Jadresic fue contundente. Porque si bien en 2014 fue nuevamente dirigida por Díaz en Santiago Violenta y este año se espera el estreno de Carmen, de los chilenos Sergio Allard y Denis Arqueros, su energía está puesta hoy en la música, donde ya cosecha un resultado: I Confess (2016), su primer disco con 9 canciones escritas, compuestas e interpretadas por ella en español e inglés, que deambulan entre el pop, el rock y el jazz. Un álbum con el que adoptó el nombre artístico de Caterina J.

Ganadora del Elite Model Look Chile a los 14  años, sigue con un pie en la moda, ahora representada por la agencia New York Models. Habitual en la pasarela del diseñador de alta costura Ulla Maija, también hace fitting y es asesora de Public School.

Desde niña que tienes una relación estrecha con la música. 
Sí, siempre ha estado en mi vida. Mi abuela paterna (madre del ex ministro Alejandro Jadresic) toca piano y estuvo en la ópera. Mi papá toca flauta, mi mamá guitarra y mi hermano,  2 años menor, también es músico. A los 7 partí con piano clásico y a los 12 pasé a popular, pues quería tocar y cantar lo que estaba de moda. Siempre he estado tocando, componiendo, escribiendo, pero solo lo compartía con un círculo muy íntimo, entre ellos mi marido.

Caterina se casó a los 21 con el argentino Sebastián Achaval,  10 años mayor, músico, DJ, con quien ha formado su banda, y dueño de una tienda de anteojos de sol en el SoHo. Ambos viven en East Williamsburg, en Brooklyn.

En tu disco, buena parte de las letras parecen historias tuyas. 
Tengo diarios de vida desde los 10 y por lo menos hasta los 21 años tuve un cuaderno con escritos, poemas. Ahora, menos, pero mucha de mi música y letras ha salido de esos textos.

¿Qué fue lo que te agotó de las audiciones?
Me llamaban siempre para los mismos personajes, la misma mina linda, pero estúpida. Me aburrí del business. Es muy fuerte audicionar. Muchas veces te mandan el texto con solo horas de antelación, debes aprendértelo de memoria, llegas al lugar y eres una entre cientos de chicas iguales a ti, que competimos por el mismo papel. Entras a una sala, tal vez con cámara, con el director, el productor y más gente, y en minutos debes mostrar tu talento. Y el “no” sucede en el 90 por ciento de las veces. Con este disco sentí que depende más de mí que las cosas sucedan.

Se ha presentado en los clubes  The Bitter End, que alguna vez tuvo a Bob Dylan y Lady Gaga, y Nublu, donde tocó Norah Jones y Moby.

¿Qué es lo que te ha hecho enraizarte en Nueva York?
El talento. Levantas una piedra y encuentras una persona talentosa. El tipo que te sirve el almuerzo en un pequeño restorán puede ser un actor increíble, un pintor o un escritor talentoso. Es una ciudad cara, de gente que busca su espacio creativo y pagar las cuentas. Entonces no hay prejuicios respecto de que en la mañana hagas un tipo de trabajo y en la tarde te dediques a tus proyectos. Es una ciudad relativamente chica, caminable, muy amable.

¿Cómo vives los primeros días del gobierno de Trump?
Ha sido un golpe. Es fuerte llegar al almacén de siempre y encontrar al hijo de 16 años de una familia musulmana en la caja, porque su papá viajó y no puede regresar al país. Cosas como esas, y que repercuten en la vida diaria, son incomprensibles en una ciudad de inmigrantes. Aunque tengo la ciudadanía, hoy me siento vulnerable.

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