Censo de pájaros en la ciudad

Reportajes y Entrevistas

Censo de pájaros en la ciudad

Por Texto y fotos: Roberto Farías / Ilustraciones: Silvia Caracuel

Por cada 10 santiaguinos hay solo una ave silvestre en la ciudad. Antes, hubo millones. A cargo del primer estudio de envergadura urbana en Chile, Juan Luis Celis está siguiéndoles la pista a palomas, zorzales, chercanes, cometocinos y a varias otras especies que trinan escondidas en parques y plazas capitalinas. “Las aves son un indicador del estado del medio ambiente. A través de ellas podemos saber si en Santiago estamos haciendo las cosas bien... o mal”, dice este agrónomo postdoctorado en Ecología.

Paula 1168. Sábado 28 de febrero de 2015.


En Santiago las aves forman todo un sistema del que se sabe muy poco: compiten, se ayudan, se pelean, hasta se empollan los huevos unos a otros.

En mi sueño me persigue una tribu salvaje. Son las 5:29 AM y por la ventana solo escucho desde los árboles:

–Prrrrr… pipipipipipiiiiiii… Tutututuuuuu. Píooooo, pío pío, pío, Píoooooo. Prrrrr… pipipipipiiiiiii.

Es el sonido de aves diáfano y natural, sin tráfico ni bocinas, que precede al despertador. Es un zorzal macho. Él y unas hembras vociferan desde la copa de los árboles de una plaza cercana, sumamente agitados, como si partieran a una reunión urgente. Ahora sé que son los zorzales; antes, no sabía nada.

Al cerrar los ojos, pienso: a ustedes zorzales les dedicaré el comienzo de este reportaje sobre el estudio de las aves urbanas del doctor en Ecología Juan Luis Celis.

Desde hace tres años este agrónomo de 40 años y postdoctorado en Ecología por la PUC que ha hecho numerosos estudios sobre el monito del monte en los bosques lluviosos del sur, estudia las aves de plazas y parques de Santiago.

Junto a tres tesistas de postgrado, ha observado las aves de 43 plazas de Las Condes, La Reina, Vitacura, Providencia y Santiago y los parques Forestal, Metropolitano, Balmaceda, Mahuida, Santa Rosa, Araucano, San Carlos de Apoquindo y los cerros isla Santa Lucía, Blanco, Calán, Alvarado, Del Medio y Apoquindo. Además de cinco patios de colegios vulnerables de Renca, Cerro Navia, San Joaquín y Las Condes y el borde precordillerano que les sirve de base para suponer qué aves había cuando Pedro de Valdivia fundó Santiago.

El título de su proyecto lo dice todo: “Riqueza y abundancia de aves en parques urbanos de la ciudad en Santiago: ¿son las áreas verdes fuente o sumideros en una dinámica metapoblacional?”.

–O dicho de otro modo–, dice Celis– saber si las plazas realmente son un hábitat para las aves o son una “trampa ecológica”: si están atrapadas en un fragmento arbóreo que les ofrecen más peligros que ventajas.

A fin de año les puso transmisores a 15 zorzales para seguir sus movimientos por GPS durante un mes.

El suyo es el primer estudio de envergadura de “ecología urbana” en Santiago. Una especie de nueva veta que inquieta a los científicos: analizar el entorno humano, como un entorno natural. Conocer qué flora y fauna pueblan nuestra selva de cemento.

Y, para nuestra suerte, Celis encontró un pequeño mundo silvestre que sobrevive desde hace 10 mil años entre las copas de los árboles.

Aquí no aúllan lobos, ni rugen pumas, ya ni siquiera trinan grillos; las aves, son lo último salvaje que nos va quedando en la ciudad.

–Hay más de 34 especies de aves en Santiago–, dice Celis–. Más de las que pensábamos.


Loicas como esta forman parte de la diversidad de pájaros que conviven con los santiaguinos.

Los más abundantes obviamente son las palomas y gorriones –especies exóticas introducidas por los conquistadores–  que están presentes en toda la ciudad, pero también abundan especies nativas como zorzales y tórtolas. Y en algunos parques y plazas con buena cobertura vegetal encontraron chincol, diuca, cotorra argentina (también exótica), diucón, golondrina, tordo, canastero, chercán, mirlo, tenca, chirigüe, rara. Y en los parques grandes, donde hay árboles viejos y altos, a pequeños carpinterito, cachudito, fio-fio, picaflor chico, minero, jilguero, loica, tiuque, cernícalo, queltehue, cometocino, condorniz, garza, pequén, halcón, perdiz, dormilona y hasta rayadito, una ave del bosque lluvioso sureño.

EL ENSAMBLE CON ALAS
–La buena noticia–, dice Celis– es que las aves de Santiago parece que viven mejor de lo que suponíamos en nuestra hipótesis.

Ellas forman todo un “ensamble” en la capital. Viven, conviven, compiten, se ayudan, se pelean, se necesitan, se desplazan, comparten nidos, alimento, hasta se empollan los huevos unos a otros. Forman todo un sistema del que se sabe muy poco.

–Por ejemplo, el mirlo les reemplaza los huevos al chincol y a la diuca por los suyos–, dice Celis. El zorzal ahuyenta a los chercanes una vez que han descubierto fuentes de gusanos e insectos.

El carpinterito hace huecos en árboles viejos, que a su vez ocupa el chercán. El queltehue da la alarma de perros y gatos para todas las especies que comen lombrices en prados. Y los tiuques y cernícalos, que comen los huevos de zorzales, diucas y otras aves, sin embargo, mantienen a raya la plaga de cotorras argentinas que les invade el espacio a todos.


“Los santiaguinos ignoran lo que ocurre a pocos metros sobre sus cabezas. Si les dicen fauna casi solo piensan en Discovery Channel”, dice el agrónomo y ecólogo Juan Luis Celis. Para su estudio sobre las aves de Santiago, a veces se amanece con binoculares en plazas capitalinas.

–Vimos un cernícalo atacar los nidos y un halcón cazar en vuelo a cotorras argentinas. Es algo nunca antes documentado, que indicaría –muy aventuradamente, dice Celis– que este invasor (la cotorra) tendría un regulador natural.

En el estudio también encontraron aves migratorias que aterrizan en Santiago:

–En invierno nos sorprendió que aumentan las aves. Bajan desde la cordillera hasta los parques Metropolitano, Forestal y hasta la mismísima Providencia bandadas mixtas de mineros, dormilonas y cometocinos, que es de un amarillo luminoso. Son aves muy escasas y pequeñas. Seguramente vuelan juntos para protegerse y compartir recursos, semillas, agua y pequeños arbustos, porque los tres son pájaros caminantes, igual que la perdiz. Apenas mejora el clima, los sobrevivientes vuelven a su hábitat en el borde precordillerano.

También en invierno llega desde el sur el picaflor chico.

Y en verano desde Brasil migran a Santiago bandadas de fio-fio o chiflador, que se quedan hasta comienzos del invierno.

–Ahora, nos gustaría saber si esas aves que migran a Santiago son las mismas cada año. O son otras… En otro año tendríamos que hacer un estudio genético…

–Pero si Santiago no les ofreciera una posibilidad de hábitat–, agrega Celis– o se los ofreciera en muy malas
condiciones, tales aves no llegarían ¡Esa es la buena noticia. No estamos tan mal!

Todavía falta un año para cuantificar los resultados de esta investigación, pero incluso se podría suponer que hay más que las 8,6 aves silvestres por hectárea (sin contar palomas ni gorriones) que un primer estudio exploratorio de la Universidad de Chile estimó para Santiago en 2003. En contraste con las 85 personas por hectárea que midió el Censo de 2002. Es decir, una ave silvestre por cada 10 santiaguinos.

–Las aves (por su fragilidad) son un potente indicador del estado del medio ambiente urbano–, dice Celis– a través de ellas podemos saber si en Santiago estamos haciendo las cosas bien… o mal.

En Europa el mega estudio del Plan Paneuropeo de Seguimiento de Aves (PECBMS) del año 2000 concluyó que desde 1500 hasta ahora, con la construcción de las grandes ciudades, se extinguieron 279 especies de aves. Y solo en los últimos 30 años, por el cambio climático, la tecnificación de la agricultura y las especies invasoras, 421 millones de aves desaparecieron de sus hábitats. En Santiago ignoramos qué ha sucedido.


Además de cuantificar el número de aves que habita en Santiago, el estudio que dirige Celis busca averiguar si las plazas realmente son un hábitat para las aves o una “trampa ecológica” que les ofrece más peligros que ventajas.

–Los santiaguinos ignoran lo que ocurre a pocos metros sobre sus cabezas–, dice Celis.

Si les dicen fauna casi solo piensan en Discovery Channel.

Como a menudo la gente veía a Celis y sus estudiantes con largavistas y sus sistemas de rastreo desde el amanecer en plazas y parques, a menudo les preguntaban qué hacían. O derechamente llamaban a “seguridad ciudadana”.

–Pero cuando nosotros les mostramos 10 fotos a los usuarios de esas plazas y parques para saber cuántas aves reconocían: ¡La mayoría (de 130 encuestados) solo reconocían las especies exóticas, palomas, gorriones y cotorras!

La más conocida de las nativas fue la tórtola. La que encontraban más atractiva fue el cachudito, una ave gris oscuro brillante, del tamaño de un gorrión pero con un pináculo como cuerno que le da su nombre. También es unas de las aves más desconocidas con cero aciertos.

Pero de esta ignorancia hay cosas que advertir.

Solo en los parques más grandes, donde se conservan árboles viejos, encontraron carpinteritos. Y por una razón simple: necesitan ramas muertas para cavar sus nidos.

–Los árboles muertos cumplen una función muy importante en los ecosistemas–, dice Celis– pero los paisajistas y los municipios los consideran un peligro y los cortan. Debería haber una forma de conservar algunas ramas. Eso enriquecería la fauna.

Los carpinteritos, por ejemplo, se alimentan de larvas xilófagas de la madera muerta. Luego cavan un nido que después atrae a chercanes y a rayaditos que, a su vez, comen otros insectos madereros que mantienen sanos a los árboles vivos.

Del mismo modo, los arbustos en las plazas se asocian al mal, a escondite para hampones o a roedores. Pero son vitales para las aves que caminan por el sotobosque como la perdiz, el cometocino, el canastero y tapaculo.

–Si queremos conservar algo de lo que tenemos, debemos tener árboles muertos y arbustos. ¡Un mensaje para los paisajistas y urbanistas! No solo prados de pasto. Las aves ven hoy los prados como un peligro. Y, además, en muchos sectores están asociados a edificios de cristal que lo calientan por reflejo.

–Lo que a veces consideramos bello para los pájaros es un hábitat imposible–, dice Celis.

En los patios de los colegios de zonas vulnerables donde están trabajando, sembraron árboles, pusieron bebederos de agua y plantas nuevas para enseñarles a los niños sobre las aves.

–Y los niños vieron como, cambiando un par de cosas, llegaban pájaros nuevos a su patio–, dice Celis–. ¡También es posible ayudar a la naturaleza a sobrevivir!

Al final del estudio se podrán deducir relaciones entre especies de árboles nativos con aves. Cosa que se ignora.

–Se sabe que donde hay más árboles hay más aves–, dice Celis­– pero ignoramos si la flora nativa los ayuda. Creemos que sí.

DESVENTURAS DE UN ZORZAL SANTIAGUINO
Un capítulo especial del estudio de Celis está dedicado a los zorzales. Es la tercera ave más común en Santiago luego de las exóticas palomas y gorriones que llegaron con los españoles.

–Muchos biólogos prefieren estudiar las especies raras y olvidan que las especies son comunes porque, de alguna forma, son muy inteligentes–, continúa imparable– son exitosas, han sobrevivido, se han adaptado. Las aves más comunes son las menos estudiadas. Ningún ornitólogo va a hacer “el documental del zorzal” ¿A quién le podría interesar?

–A mí.

A veces las aves están tan adaptadas al ritmo urbano, que acomodan sus horarios con los de la ciudad.

Variedades de zorzal hay en todo el mundo. Pertenecen a la familia de los Turdidae, que después de la última glaciación se separaron en 40 subespecies que habitan los cinco continentes y ya no se mezclan entre sí. Dos son endémicas de Chile: el Mochae de la Isla Mocha y el Turdus falklandii magellanicus que es el común habitante de las plazas con su característico y robusto pico amarillo. Habita desde Atacama hasta Tierra del Fuego desde hace 10 mil años, aproximadamente.

Los mapuches los llaman huilque. Dicen que los atrapaban y les enseñaban cantos. Se supone, incluso, que cada zorzal tiene su propio canto como su huella digital, pero es tan variado y diverso, que no se ha podido demostrar.

Son los primeros pájaros en cantar al amanecer. Incluso, en el campo los llaman “El director de orquesta”, porque es el que comienza el coro de aves. Antes que peguen los primeros rayos de sol es la mejor hora para verlos.

Cuando empieza el tráfico, ya cerca de las siete de la mañana, los zorzales se callan. Y solo hacen vuelos cortos para comer gusanos, frutos caídos o a recoger ramas para sus nidos. No volverán a trinar hasta la media tarde o la noche.

–A veces las aves están tan adaptadas a la ciudad–, dice Celis– que acomodan sus horarios con el de la ciudad. Adaptan sus voces para oírse sobre el ruido de fondo. O, incluso, se ha dado el caso de aves que cantan de acuerdo a los horarios de menor tráfico en los aeropuertos cercanos.

En el último trimestre de 2014, Celis y sus alumnos César Muñoz y María Ignacia Undurraga, marcaron con anillos de colores en su pata izquierda a 15 zorzales de distintas plazas y les pusieron un radiotransmisor del tamaño de una lenteja para seguir sus movimientos durante el día.

–La teoría prevalente de los ornitólogos nos hacía suponer que se movería entre un parque grande que le proveería recursos (Metropolitano, Forestal, Balmaceda, etc) y las plazas chicas donde pondría sus nidos–, dice Celis– y que usaría para ese tránsito distintos corredores verdes.

Según los seguimientos los zorzales de plazas se desplazaban alrededor de su centro no más allá de 100 metros.

–¡No iba a ningún otro parque!–, dice Celis– pudiendo hacerlo. El zorzal es muy volador.

Por ejemplo, un zorzal de una plaza en calle Toconao, dependiendo de la hora, bajaba del pino central y merodeaba por los jardines en busca de agua y comida, sacando lombrices del pasto al amanecer. También se le veía en ventanas y muros.

–Pero cada tanto regresaba a su pino, porque los zorzales son sumamente territoriales. Una vez que eligen un hábitat probablemente se queden ahí por sus 6 o 7 años que dura su vida–, dice Celis–. ¡Es un vecino más! No lo sabíamos.

A menudo echan a otros zorzales juveniles que tratan de colonizar su espacio. Hasta que son viejos y deben ceder.


El zorzal es la tercera ave más común en Santiago.

Ojalá fuera esa su única preocupación. Con otra estudiante, Taía Ranú, Celis monitoreó el éxito reproductivo de los nidos del zorzal. De 120 nidos al parecer entre 40% a 50% fracasaron. Por pelotazos, verdaderos misiles que botan sus nidos. Al igual que niños que suben a los árboles. Los podadores municipales. Los ratones y gatos que le comen sus huevos. También los despiadados tiuques que, al menor descuido, se arrojan en picada contra sus nidos y sus polluelos.

–Parece una cifra muy alta–, dice Celis– pero dado el alto número de zorzales podemos suponer que es normal. Incluso, exitoso.

Además, el zorzal se las arregla para esquivar el peligro. La hembra pone dos a tres huevos al año y, aunque la pareja se mantiene unida mientras empollan, estudios genéticos en zorzales europeos demuestran que suelen ser infieles y en la primavera copulan por todo el barrio y la pareja reproductiva finalmente empolla huevos de distinto padre.

A los 21 días los zorzales que sobrevivieron dejan el nido. Y en los 45 días siguientes aprenderán de sus padres todo el complejo funcionamiento de la ciudad, sus trucos, peligros, calles, plazas donde está el agua, el alimento. Después volarán solos por la ciudad. Ubicarán un árbol en una plaza o parque y pelearán con otros zorzales, tórtolas y mirlos hasta establecer su reino en el que vivirán por 7 años. Y cantarán cada amanecer recordándonos que llegó un nuevo vecino al barrio.·

PÁJARO-ESTADÍSTICAS
– 8,6 aves silvestres por hectárea habitan en Santiago, según un estudio exploratorio de la Universidad de Chile.
– Más de 34 especies de aves son las que hay en la capital. Las más abundantes son la paloma y el gorrión.
– 421 millones de aves han desaparecido de sus hábitats en los últimos 30 años por el cambio climático, según el estudio Plan Paneuropeo de Seguimiento de Aves (PECBMS).

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