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10 Febrero, 2017
orla

Chile en llamas

Las noches del sur, otrora grises, hoy son de rojo furioso. El fuego acecha el extenso rectángulo entre la sexta, séptima y octava regiones. Cruza ríos, caminos y cortafuegos y se multiplica a metros o a decenas de kilómetros de distancia. Cuando revista Paula llegó a recorrer la zona, llevaban 24 días de fuego imparable. 400.000 hectáreas arrasadas, 11 muertos, 1.100 casas quemadas. Y como banda sonora, gritos de espanto y súplicas. La locura parecía ser el único dios reinante y la confusión, su ley. Acompañamos a una familia que no quiso evacuar el día que el fuego pasó por su casa.

Texto y fotos: Roberto Farías


Paula 1219. Sábado 11 de febrero de 2017.

Son las cuatro de la tarde del sábado 29 de enero y me detengo en un camino rural, en un prado de hierbas altas y secas en Hualve, al suroeste de Parral, cansado y molido como un perro. A las enormes praderas de secano entre Cauquenes y Concepción solo le faltan los búfalos para que se parezcan a las de Illinois. En Chile se podrían llamar “espinilois”, porque abundan los espinos. Toda esa zona es la fábrica natural de carbón de Chile. Muchas familias viven de él y de alguna que otra viña de secano.

Lamentablemente, pronto, en una hora o menos, todo eso quedará convertido en un infierno lunar. ¿Cómo lo sé? Porque, como los cazadores de tornados –esos tarados de la TV que persiguen tornados precisamente por Illinois–, desde hace dos noches y madrugadas venía siguiendo el cordón de incendios que ardió en Hualqui, frente al Biobío. Luego avanzó hacia Florida y a pesar de que el pueblo respiró aliviado, el fuego se multiplicó como un abanico y siguió avanzando hacia el noreste, devorando los cerros y bosques, cruzando anchos ríos y avanzando por Collinco, Nirivilo, Hualañé, San Nicolás, Pupuya y decenas de pueblos que jamás pensé ni que existían.

Los incendios del sur son como un monstruo de mil cabezas que persigue un ejército de 4.000 bomberos, 1.300 brigadistas de Conaf, 9.000 soldados, 3.000 carabineros, miles de curiosos –celular en mano– y un centenar de periodistas.

Pero nadie lograba detener al gigante.

Y en esa persecución inútil y vana, solo voy constatando la tragedia. Devastación y dolor. Y hollín y ceniza por todos lados. Llegué a contar 142 kilómetros de tierra arrasada por lado y lado. Ya solo quería dormir una siesta con la ventana abierta, abanicado por el viento tibio y quizás su fuego, qué más da. Pero me golpean la ventanilla de la camioneta y un joven con la cara sucia de tierra y sudor me pregunta:

—¿Viene del otro lado de los cerros? ¿Se salvó la escuela? ¿La casa de la señora Cristina?

Yo no sé nada. Al bajar la cuesta de tierra vi una construcción rodeada por el fuego y, apenas puse los pies en tierra, Bomberos de Talcahuano me gritaron: “evacúen, evacúen, ya no podemos hacer nada”. Bajé a tomar la clásica foto “antes y después”, pero los pastizales de alrededor se iban prendiendo por doquier como tocados por un mago maligno. Paf, paf, paf.  Las llamas a ambos lados del camino eran de un metro alto. El calor se hizo insoportable. Las liebres huían en todas direcciones. Cuando vi un ratón huyendo con el lomo en llamas, arranqué yo también.

Supongo que esa era la escuela y supongo que la casa que ardía atrás era de la señora Cristina.

—Creo que sí—le digo al joven—. Están evacuando. El joven se llama Jaime Espinoza, tiene 25 años. Manerita de conocernos.

Dice que cuando hace cuatro días se cortó la luz, supieron que el fuego llegaría hasta su casa. El problema es que no sabían cuándo ni por dónde. Para no quedarse incomunicados, cargaban los celulares en el auto. Vivían llamando a bomberos. Ahora en el 132 nadie contesta.

La ola de incendios viene avanzando desde el suroeste. Desde Biobío, Chillán, San Carlos, Vichuquén pasando por Llico, Carrizal, Hualañé y siguiendo hacia el norte, arrasando Empedrado, Los Aromos, Santa Olga, quemando las torres de alta tensión, derritiendo las antenas de celular en las puntas de los cerros, devorándolo todo en un santiamén.

Las noches son las más terribles. Los bomberos no pueden trabajar y el fuego se descontrola: la gente se duerme con temor. —Te acuestas con 10 focos, te levantas con 20— me dice un voluntario en Florida, donde 20 compañías de bomberos de todo Chile montaron no un cuartel, sino un regimiento.

La primera semana de enero, los Espinoza vieron el cielo cubrirse de nubes cafés que enrojecían el sol en la mañana. Ardía Pumanque y Peralillo. Luego aumentó el calor. Llegaron a los 44 ºC. Después ardía el lago Vichuquén. Comenzaron a pasar aviones y helicópteros en todas direcciones. La última semana de enero, ya ardía el interior de Cauquenes y vieron las primeras humaredas lejanas. Cuatro noches atrás, vieron por primera vez el resplandor del fuego dibujando líneas rojas sobre los cerros en todas direcciones durante la noche. Desde entonces, no duermen. –Hoy nos levantamos con olor a humo y un resplandor en el cerro San Pedro–, dice Jaime Espinoza padre. Un hombre de unos cincuenta y tantos, curtido en el fuego. Ya vivieron un incendio parecido en 2012. Pero nada tan gigante como esto.

Esta vez se resistió a evacuar y dice que si no puede salvar su casa, nos arrojemos al pozo de agua.

Jaime hijo y un vecino, armados con baldes, soportan el paso del cordón de fuego que prende pastos por doquier, como un mago que arrojara bolas de fuego.

Jaime hijo y un vecino, armados con baldes, soportan el paso del cordón de fuego que prende pastos por doquier, como un mago que arrojara bolas de fuego.

Tenía la esperanza de que el viento cambiara. Que los bomberos lo derrotaran. Sin embargo, a las tres de la tarde, el gigante de humo estaba ya encima. Un enorme fuego crepitante devoraba el cerro frente a su casa, a mil metros de distancia. Bestial e imparable. Era como un hongo atómico que empezaba frente a mí, pero terminaba más arriba de mí cabeza.

—¿Ustedes tampoco van a evacuar? —Le pregunto a Jaime el joven.

—Ni cagando— me dice—vamos a salvar la casa. Detrás suyo, arriba de una suave colina está la casa. Está armado con un balde. Sus vecinos, con azadones y palas.

Las mujeres, lavatorios y jarros con agua. Eso es todo. Parecen un ejército sucio y desaliñado, pero con un espíritu de samurais frente a ojivas nucleares. Entre resignados y dispuestos a todo. Mucha gente resistió la evacuación. Una comunidad religiosa católica en Florida, cerca de Concepción, hizo noticia. Una mujer en Portezuelo, que terminó huyendo en auto, apenas. Pero no todos logran sofocar las llamas y muchos perdieron todo. Ya van 4.000 damnificados y 1.100 casas quemadas.

—Mejor que se queme todo, ya estoy cansada ya. ¡Ya no doy más!—, dice Ruth, la madre de Jaime Espinoza. Una mujer de unos cincuenta y tantos años. Siente total impotencia. Sus hijos, dice, le han dado fuerzas. Los vecinos, apoyo. Así que se va a quedar. Las lágrimas le empiezan a rodar por la cara a este periodista. Pero es el humo, creo yo, y el cansancio. Porque no hay tiempo para sensiblerías.

Se va oscureciendo rápidamente.

—¡Se viene el fuego, cabros!— grita de pronto don Jaime padre y de un minuto a otro, el viento cargado de fuego parece un torbellino. Aumenta la temperatura. Parece un horno abierto. Aire caliente, no tibio. Casi arde la piel. El cielo se pone negro. El viento hace sonar las hojas y comienza a prenderse un pastizal como por arte de magia. Corren todos los hombres con sus armas y se gritan unos a otros insultos y órdenes.

 Ruth y María, esposa e hija de Jaime Espinoza, esperan el fuego armadas con lavatorios y jarrones, mojando la casa y los arbustos, apagando pavesas ardientes.

Ruth y María, esposa e hija de Jaime Espinoza, esperan el fuego armadas con lavatorios y jarrones, mojando la casa y los arbustos, apagando pavesas ardientes.

Se prende un arbusto por otro lado. Va otro destacamento. Hacen lo que pueden antes que las llamas de más de dos metros de alto, los hagan huir y retroceder. Le dan batalla picota en mano. Las mujeres mojan el techo de la casa con una manguera. Las paredes con jarros.

Todo lo verde queda intacto. Los parronales. Los frutales. El pasto bien regado. El fuego pasa casi por un costado y parece que lo evitara. Lo suyo es lo seco, las ramas grises de espino, la resina del pino insigne.

Ya no se ve nada. La humareda es total. Se oyen gritos. Llantos, súplicas e insultos contra Dios, la naturaleza, las forestales, los bomberos, la prensa. Todos somos unos hijos de puta.

—¡De la puta que los parió!

Y de fondo el ruido crepitante del fuego por todos lados, como un toro bramando en estéreo.

 Mosquitos frente a un dinosaurio. Chile no tiene ningún avión pesado para grandes incendios forestales. Solo avionetas y helicópteros. Hace 12 años se arrendaron tres grandes aviones bomberos canadiense CL- 145. Pueden hacer 100 descargas de 7.000 libros en 5 horas. “Fue el único año que estuvimos realmente preparado”, dice un piloto de Conaf, “pero se pensó que era un gasto inútil estar preparados para algo tan grande y no se trajeron más”.

Mosquitos frente a un dinosaurio. Chile no tiene ningún avión pesado para grandes incendios forestales. Solo avionetas y helicópteros. Hace 12 años se arrendaron tres grandes aviones bomberos canadiense CL- 145. Pueden hacer 100 descargas de 7.000 libros en 5 horas. “Fue el único año que estuvimos realmente preparado”, dice un piloto de Conaf, “pero se pensó que era un gasto inútil estar preparados para algo tan grande y no se trajeron más”.

La familia se llevó los caballos días atrás, pero en el campo están sus ovejas y cabras. Tras la casa, pollos, chanchos y perros. Si huyen, ellos morirán ahí. Era su destino de todos modos. El aire caliente del fuego aumenta el viento, creando un torbellino de polvo y calor irrespirable. “Cuidado con las lenguas de fuego”, me advirtió un fotógrafo de Concepción. Llamas de varios metros que salen en todas direcciones y prenden la ropa en el momento en que cruza el cordón de fuego. Una toalla empapada en agua, se me seca en el cuello en un minuto.

Y entre el griterío y la desesperación, tras cuatro minutos, el cordón de fuego va pasando por casi todo el derredor de la casa como un tornado. El viento amaina. El aire más tibio da una tregua y ya se puede respirar de nuevo sin quemarse la garganta.

Se acaba el agua de los baldes. Se oyen gritos de alegría y don Jaime reparte abrazos. Fueron los 4 minutos más largos de mi vida.

—Por suerte nos pegó de día. De noche, tendríamos que haber arrancado y la casa se quema —dice Jaime hijo.

De pronto grita hacia el campo:

—¿Don Pedro está bien? ¿Don Juan está bien?

Se oyen varios “Sííí” a lo lejos, desde los parrones y pastos aledaños. Comienzan a asomar una veintena de campesinos, vecinos de los Espinoza. Hombres jóvenes y viejos con miradas curtidas que con sus azadones y mochilas fumigadoras esperaron el fuego en sus puestos, preparados para pelear contra el gigante a cambio de nada. ¡Esa es solidaridad, carajo! Quiero hacer un brindis por ellos, un verso de cueca, pero no se me ocurre nada.

La ola de incendios va dejando una ola de tristeza y desesperación. Se necesitan sicólogos, siquiatras, pide el alcalde de Constitución. El fuego devora todo en un santiamén, recuerdos, ahorros, esfuerzo. “Nos deja a todos una sensación de impotencia”, dice.

Los Espinoza hacen pasar a sus vecinos debajo del parrón y les ofrecen bebidas y agua. Galletas. Y se dan las gracias por la ayuda. Pero de pronto, como activados por un resorte, se van todos. Hay que partir detrás del fuego.

Se trepan a la camioneta y los llevo. Don Jaime Espinoza me sale a despedir con su azadón y me agradece, no sé por qué:

—Cuente lo que vio aquí. Todos nos dejaron solos. Habríamos perdido todo. ¿Vio? Y los aviones de las forestales solo apagan sus propios bosques. ¿Vio o no vio?

—Sí, sí, lo vi–, le digo para complacerlo. Pero también vi otras escenas de bomberos dándolo todo. Carabineros que llevan acuartelados un mes sin ver a sus familias. Enfermeras agotadas. Probos voluntarios de todo tipo y de todos los lugares. Incluso, un productor de Canal 13 haciendo señas con un espejo a una avioneta para que descargara su agua sobre un predio y salvar una casa. Todos haciendo más de lo posible. Lo inhumano, casi. Y yo siento culpa, porque no he salvado ni a un ratón.

Pero, efectivamente, en Hualve las avionetas pasaban de largo y no tiraron ni un litro de agua sobre las casas, todas iban a sofocar un bosque cercano de forestal Celco. Las madereras protegen lo suyo.

Santa Olga, dos días después del incendio. Un pequeño Hiroshima. “Evacuamos a la una de la mañana. Los bomberos eran pocos y ya no pudieron hacer más. A las cuatro, ya no quedaba nada en pie”, dice el alcalde de Constitución, Carlos Valenzuela. 1.100 casas quemadas.

Santa Olga, dos días después del incendio. Un pequeño Hiroshima. “Evacuamos a la una de la mañana. Los bomberos eran pocos y ya no pudieron hacer más. A las cuatro, ya no quedaba nada en pie”, dice el alcalde de Constitución, Carlos Valenzuela. 1.100 casas quemadas.

Según la propia Onemi, de los 68 aviones y helicópteros que combaten el fuego en el sur, 42 fueron contratados por Conaf y Onemi y otros aportados por la Fach.

Por eso la esperanza en el Supertanker, el avión ruso y los hércules brasileños. Chile no tiene ningún avión pesado ni kit pumper armable (para convertir un avión en bombero) de magnitud para incendios forestales. Un piloto de Conaf con 20 años de experiencia me cuenta que hace 12 se contrató una flotilla de tres aviones Bombardier CL-145 canadienses. El único avión diseñado especialmente como apaga incendios. Un avión de ala superior que descarga 7.000 litros de agua y puede hacer 100 descargas en 5 horas. “Fue el único año que estuvimos realmente preparados para los incendios forestales”, me dice confidencialmente, “pero justo ese año no hubo mucho fuego y se pensó que era un gasto inútil estar preparados para algo tan grande. Nunca los volvieron a arrendar”. El viejo piloto lleva volando hasta 10 horas diarias desde hace 24 días. Dice estar “reventado”. Descarga tras descarga en bosques, casas y pastizales. Y opina:

—Nunca había visto nada como esto. Vamos a apagar un fuego y se prenden otros cuatro. ¡Y no a favor del viento, sino más atrás! No entiendo.

Advierte: un incendio grande solo con aviones no se apaga. Y sin aviones, tampoco.

El torbellino de fuego y viento se lleva el incendio por el norte hacia los campos de Sauzal, Coronel del Maule y Huertas del Maule, otros espinales extensos que si prenden, arderán por días.

A mi regreso, me detengo en Santa Olga, el punto cero entre San Javier y Constitución. Lugar de peregrinación obligada. La devastación del pequeño pueblo abruma. Parece Hiroshima que estuvo rodeado por un bosque enorme. Apenas unos cuantos muros y rejas en pie. Afortunadamente, les llegó mucha ayuda. Llegó a ser tanta, que había un taco de tres horas para llegar al pueblo. La donación más repetida: agua mineral. La más rara: un ternero. La más inútil: un cajón con zapatos izquierdos. La más útil (pero a la vez más escasa): herramientas.

—Es una maldad lo que están haciendo— me comenta, refiriéndose a los incendios, Cristian Ulloa, un vecino de Santa Olga que, junto a sus hijos Cristopher y Andrés, limpia lo que quedó de su casa frente al estadio, que se salvó del fuego, igual que el retén, una capilla evangélica y un par de casas.

—Son esas malditas forestales–, dice otro ayudante apuntando al bosque que rodeaba al pueblo.

—Unos locos dementes deben ser. O los mapuches. ¿Qué cree usted?— me pregunta un tercero.

Yo no sé nada. Solo sé del caso de un par de universitarios en Bulnes que iban a hacer un asado, pero como las zarzamoras rodeaban el quincho, prefirieron quemarlas y arrasaron con 40 hectáreas. De un cable eléctrico que habría tocado una rama en Las Máquinas, en la costa del Maule. De una joven drogadicta que viendo tanto fuego en las noticias prendió fuego también en Bulnes. Y de un indigente que intentó calentar humitas en una fogata en Pumanque.

Sigo tras los gigantes de fuego y humo que van arrasando todo a su paso, hacia Curicó, Linares, Talca, Rancagua y Región Metropolitana. En la carretera, la gente ve humo y devastación y desembolsa sus celulares. Se hacen tacos solo para mirar. Luego siguen rumbo a sus vacaciones.

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