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10 mayo, 2018
orla

Chile, país de abuelas

Según la última encuesta de Calidad de Vida en la Vejez realizada por el Servicio Nacional del Adulto Mayor (Senama), en Chile un 41% de los adultos mayores declara vivir con, al menos, un nieto y un 24% se encuentra al cuidado diario o frecuente de uno o varios de ellos. ¿Las protagonistas? Mujeres. En el Día de la Madre, 4 historias que las tributan.

Por Almendra Arcaya L. / Fotografía: Carolina Vargas y Rodrigo Chodil.


Paula.cl

90 NIETOS
Lucía Orchard (98) tenía 18 años cuando conoció a su marido, Ricardo, viudo y padre de tres hijos, quienes fueron criados como hermanos con los 6 niños que vinieron después. De ellos nueve, nacieron 31 nietos. Y de esos nietos, más de 50 bisnietos y 5 tataranietos, de los que Lucía está constantemente al tanto, desde su casa en Viña, a través de Facebook.

La primera vez que prendió un computador fue a los 92 años, cuando tomó clases particulares de computación. “Ella veía cómo todos estaban conectados a las pantallas, muy curiosa, quería aprender”, cuenta una de sus hijas. A los 98 años, se maneja con facilidad en su iPhone, iPad y computador MAC, en el que todos los días entra a Facebook y a YouTube. “Es lo más divertido que hay. Vieras tú, yo me pongo mis anteojos café y va saliendo uno y otro del familión. Te estás viendo con todos, con la diferencia que tú estás tranquila en tu casa y nadie te está molestando”, suelta riendo, y agrega: “Yo rezo en el computador, me encanta. Estás concentrado en Dios, después en la Virgen, qué se yo, montones de cositas. No los alcanzo a ver todos, pero son preciosos, una maravilla”, y la interrumpe uno de sus bisnietos, de 9 años, con un beso en la mejilla. “¿Cómo está mijito?”, le pregunta ella. “Bien”, le responde él con una sonrisa, y se va corriendo. Y Lucía confidencia entre risas: “Con los más chiquititos, de repente se me confunden los nombres”.

EL BALLET COMO LEGADO

“El ballet me salvo la vida”, asegura la química farmacéutica Magda Otte (75), quien tomó su primera clase de ballet cuando tenía 50 años y estaba buscando una disciplina que le ayudara a fortalecer su cuerpo luego de una operación de miomas. Nunca había bailado y ese día asistió junto a su hija mayor a una clase en la que había otras 10 alumnas, todas menores que ella. A los dos meses quiso abandonar. “Me daba cuenta de que no seguía la clase igual que mi hija, y pensé: vejez. No me la puedo”. Al finalizar la clase le pidió a una compañera que la ayudara a repasar cada paso que habían aprendido, los que luego practicaba diaria y sagradamente en su casa. Y comenzó a asistir a la academia dos veces por semana.

Los 5 años que vinieron fueron duros. Entre el 94 y el 99 falleció su madre, su hermano y su suegra, y el ballet se convirtió en su único refugio, inspirada por su maestra, 8 años mayor, la bailarina y Premio de Artes Escénicas 2009, Ximena Pino. “Las tardes que cuidaba a mi hermano me iba desde su casa directo a la academia. Estar concentrada en la música, siguiendo los pasos, hacía que me olvidara del mundo. Pude haber caído en una depresión profunda, pero el ballet me rescató.”, recuerda.

Tras 7 años asistiendo a clases pensó: ‘Esto se lo tengo que traspasar a otra gente para hacerle el bien que me ha hecho a mí’. Entonces desplazó el comedor de su departamento, puso un par de barras y comenzó a dar clases a amigas y conocidas. “Empezó a llegar gente de distintas edades y condiciones, y con distintos problemas. Niñas a las que les habían dicho que estaban muy gorditas para hacer ballet, o que habían sufrido abusos en su infancia. He visto alumnas llegar llorando e irse riendo. La Olga, una ex alumna que falleció, solía decir: ‘Yo vengo a mi terapia aquí’”. Y Magda coincide. De hecho, le adjudica al ballet su pronta recuperación de una operación de cadera y prótesis que debió ponerse en julio de 2017, luego de que su vestido se enganchara con una estufa y resbalara en un piso de baldosas. “No hice ni una sola sesión con un kinesiólogo y a los dos meses estaba parada, sin burrito ni muletas, y bailando. Mi doctor quedó impresionado”, cuenta, y se refiere a una fotografía que cuelga de su pared, en la que aparece su nieta, Isidora (9), quien vive en Estados Unidos. “El ballet ha sido nuestra unión. En esta foto tenía unos 4 años, con su mallita y sus deditos chiquititos. La última vez que vino, hace dos meses, pude hacerle una clase. Fue precioso, sé que para ella el ballet es abuela, y no planeo dejarlo hasta el último día de mi vida”.

ABUELA A LOS 37

Cada vez que la orfebre Katalina Hoyos (40) revela que Gaspar (3) es su nieto, surgen de forma espontánea bromas como “¡Abuelita!”. “Es divertido ver el impacto que produce en las personas. Me convertí en abuela a los 37 años y mientras más lo digo, más lindo me parece”, asegura sentada en el living de su casa en Las Condes, donde vive junto a sus hijas Noelle (23) y Violeta (7), y su nieto. Pero no siempre fue así, confiesa. Cuando su hija Noelle (23) le contó que estaba embarazada, Katalina la abrazó y sintió pena. Y se le vino a la cabeza el patrón: su mamá la tuvo a los 18, ella tuvo a Noelle a los 17 y Noelle tendría a Gaspar a los 20.

Durante el embarazo de Noelle, Katalina asistió a todas las ecografías “cual vieja metida”, dice, y se prometió a sí misma, tal cual lo hizo su madre, ser abuela y no mamá. “Para Gaspar yo soy la abuela Katy, su compañera de juegos, y no la abuelita regalona. Eso se lo adjudico a mi edad, tengo la energía y vitalidad para ir a la par de él, y el tiempo que compartimos lo dedicamos a jugar”, asegura. Gaspar pega un grito. Violeta llegó del colegio y está al otro lado de la puerta que da a la calle. Apenas entra a la casa, Violeta lo toma en sus brazos y le da vueltas. Ambos se ríen. “Se aman lo mismo que lo que pelean, su relación es como de hermanos”, aclara Noelle, quien se queda a cargo de Gaspar y Violeta cuando Katalina quiere salir, y viceversa. “Son dos mamás para dos hijos”, concuerda Katalina, quien confiesa que, desde que se convirtió en abuela se ha puesto más aprensiva. “Cuando la Noelle tenía meses yo me iba a acampar con guagua y todo. Ahora me la paso diciendo ‘cuidado que se puede caer’, ‘ojo que está muy arriba del árbol’. Mis amigas que tienen hijos chicos me dicen: ‘¡puta, la abuela!’”, suelta riendo.

ASISTÍ EL PARTO DE MI NIETA

Después de que nació Milagro (9), la profesora y traductora de inglés Paula Sepúlveda (60) estuvo varios meses en shock. Esa mañana la menor de sus tres hijas, María Paz (29), amaneció con fuertes dolores de estómago y vómitos. Era un Día de la Madre y el día anterior habían almorzado en un restorán de mariscos. Paula pensó que María Paz se había intoxicado y llamó a un doctor de la familia, quien le recomendó administrarle un antiespasmódico y sales de rehidratación oral. A las 10 de la noche, con dolores persistentes y calambres, María Paz le dijo a su mamá: “Siento algo duro entre medio de las piernas”. Paula quedó helada, y recordó las veces en las que ella había tenido pérdidas durante un embarazo. “Capaz que sea un fetito”, pensó, producto de una relación de 5 años que había terminado recientemente María Paz. Cuando miro su entrepierna, vio coronar la cabeza de Milagro.

Fue una época difícil para María Paz. Pesaba 114 kilos, se sentía deprimida, había repetido tres veces primero medio y, asegura, no sabía que estaba embarazada. Tampoco lo sospechaban su familia ni sus amigos más cercanos. Paula bajó al primer piso, donde estaba su madre junto a la enfermera que la cuidaba, y pidió ayuda. Al subir a la pieza de María Paz, la enfermera la tomo por detrás, entrelazando sus brazos con los de María Paz. “Ya gordita, estoy lista, puja”, le dijo Paula. Eran alrededor de las 23.30 hrs. “Pujo una vez y Milagro salió. Sentí que todo sucedió en cámara lenta, como cuando muestran en NatGeo una flor abriéndose o un capullo convertirse en mariposa”, recuerda Paula, quien al sostener a Milagro entre sus brazos, recuerda, gritó: “¡Está viva!”. Paula cortó el cordón umbilical con la tijera de la cocina y llamó a una ambulancia. María Paz estaba con los ojos idos, sin decir una palabra, en shock.

Al llegar a la clínica Dávila, María Paz no había expulsado toda la placenta. Ingresó de urgencia a pabellón y, al despertar, tenía una presión de 220/100 y se desmayó, producto de una preclamsia, mientras en Pediatría la temperatura de Milagro comenzó a bajar. Cuando ambas estuvieron estables, se reunieron con Paula en la pieza. María Paz no quería tomar ni darle pecho a Milagro. “La matrona me llamo a un lado y me dijo: ‘tenemos que hacer algo, ella está rechazando a la guagüita, quien necesita estar con su mamá, tomar calostro’, recuerda Paula. “Yo me acerqué a la María Paz y estaba con la mirada fija. Le dije: ‘Gordita, mira que linda tu guagüita. ¿Sabes qué? Tiene frío. Tómala un poquito en tus brazos, que tiene frío’. De ahí nunca más la soltó. No se le iba un detalle. Preocupada de todo, minuciosa. Cuando fuimos al primer control de la Mili, a los 10 días, el doctor le dijo: ‘No me digas que estás haciendo, pero esta guagua está salvaje’. Ella es la mejor mamá que existe en el mundo”, reconstruye, con los ojos brillosos, Paula.

La llamaron Milagro María de Jesús, segundo nombre que comparte con su abuela Paula. Pesó 2,8 kilos y fue inscrita un 13 de mayo, un día después de su fecha de nacimiento real, que es la que eligieron para celebrarla en sus 9 cumpleaños. “Adoro a mis niñitas y a todos mis nietos, pero todos saben que entre la Mili y yo hay algo muy especial. Se me podría haber muerto… no existe nadie más importante en mi vida que ella, y mis hijas me encuentran toda la razón. Ella quiso venir así, en esas circunstancias. Ella es mi milagro, mi compinche, mi cómplice”.