Claudio Lucero: El señor de la montaña

Reportajes y Entrevistas

Claudio Lucero: El señor de la montaña

Por Vicente Parrini / Fotografía: Rodrigo Chodil

Para Claudio Lucero los valores son más importantes que los éxitos deportivos. A 20 años de haber llevado a Chile a la cumbre del Everest y luego de clavar la bandera nacional en la cima de las montañas más altas del mundo, sigue considerando que el montañismo es un pretexto para compartir con los amigos y transmitir a sus alumnos los principios de lealtad, responsabilidad y libertad.

Paula 1067. 9 de junio 2012.

Su carácter fuerte y frontal, su rudeza para imponer la disciplina entre los montañistas a su cargo y su preferencia por el montañismo romántico en desmedro de la mera competencia, le han hecho ganar discípulos, pero también enemigos. Para algunos, Lucero es un maestro. Para otros, un tipo con el cual preferirían no cruzarse en el camino a ninguna cumbre.

Claudio Lucero se define a sí mismo como un vago que ha recorrido el mundo y que gusta de andar libremente por las montañas, como lo hacía en la infancia, junto a su viejo, en los parajes de Iquique: “Desde que tengo uso de razón mi padre me sacaba a excursiones a contemplar las noches estrelladas del desierto, a ver el cambio de la luz en los cerros, desde el azul intenso hasta el amarillo violento, en los atardeceres. Él me enseñó a mirar y a disfrutar de eso. Y también me enseñó algo que nunca he olvidado: el agua es personal. Una vez salimos al desierto: ‘Papá convídame agua’, le dije. ‘¿Y tu agua?’, me preguntó. ‘Me la tomé’, le dije yo. Al rato se estaba refrescando los pies con el agua de su cantimplora y no me convidó ni un sorbo. ‘Debes aprender a dosificar tu agua’, me dijo. Jamás se me olvidó esa lección y nunca me ha faltado el agua, porque sin agua uno no vive en la montaña”.

Lucero llegó a Santiago en los años 50 y se dedicó a recorrer cada cerro próximo a la capital en los clubes de montaña de la época, hasta que en 1970 se ganó una beca para ir a la entonces Unión Soviética a titularse como instructor de montaña en la escuela de alpinismo de ese país. Al volver de Moscú, durante el gobierno de Allende, estuvo a cargo de un proyecto para enseñar el montañismo a jóvenes y niños de sectores populares: “Después del Golpe me vi obligado a tomarme unas vacaciones y me fui a México, donde estuve varios años como instructor de montañismo contratado por el Comité Olímpico Mexicano”.

Además de ser bombero activo, hace charlas motivacionales y enseña su oficio en la Fundación Vertical; dicta clases de seguridad en empresas mineras y sigue vagando por las montañas. Vive con su pareja en una sencilla casa del barrio Matta, tiene seis hijos de distintas camadas y cose en su propia máquina algunos equipos que utiliza en su trabajo.

A sus 79 años, Lucero no tiene ninguna intención de jubilarse, aunque tenga pergaminos suficientes para dormir en los laureles por ser una leyenda del montañismo nacional, tener en el cuerpo 580 ascensiones como montañero, y haber formado parte de la primera expedición chilena y latinoamericana que logró llegar a la cumbre del Everest hace justo 20 años.

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Una de las palabras que más repite usted en sus charlas motivacionales es “libertad”.
Lo más importante es hacer lo que uno quiere. Amo el montañismo porque es un pasaporte para la libertad. Uno elige el cerro, elige la ruta; se puede detener en cualquier momento a observar un nido de pájaros. Si me canso, me siento a descansar. Si me da hambre, abro mi mochila y saco algo para comer y si quiero me fumo una pipa y me tomo una cerveza y sigo caminando. Me puedo acostar temprano en la carpa en el lugar que encuentre más bonito. Y si me aburro, me devuelvo. ¿Hay algo más libre que eso?

“Se dice pomposamente ‘Chile, país de montañas’, pero a nadie le dicen que todo tiene dueño. El otro día llevé a mis hijos menores a acampar a los Baños del Plomo y había un tipo en una barrera cobrando. Es como si me cobraran por usar el baño de mi casa”.

¿En esta sociedad se valora más la libertad o la seguridad?
En esta sociedad todo es controlado: luz roja, deténgase, no doblar a la izquierda. Hay personas que prefieren el éxito y en función del éxito se esclavizan, se hipotecan. El problema es hasta dónde podemos controlar la seguridad cuando vivimos en una sociedad agresiva. Mi vecino me pregunta por qué no pongo barrotes en las ventanas. Yo le digo que soy bombero y muchas personas mueren en su casa en los incendios, porque están entre rejas y no podemos sacarlos. Están en una cárcel en aparente seguridad.

Se dice que Chile es un país de montañas, pero la paradoja es que buena parte de la precordillera es propiedad privada.
Hace años, con los cabros de la Universidad Católica, yo llegaba a Baños Morales en el Parque Nacional El Morado y salieron a cobrarme. Y yo les decía, ¿pero cómo pueden cobrar, si ustedes no han puesto el glaciar, no han puesto el lago, no han puesto las flores?, ¿con qué derecho cobran? Y me negaba a pagarles. Llevé el otro día a mis dos hijos menores a acampar a los Baños del Plomo. Había un tipo en una barrera cobrando, porque ahora el lugar tiene dueña. Para mí eso es como si me cobraran por usar el baño de mi casa.

Usted dice que le interesa transmitir valores a sus alumnos…
Les transmito los valores que me enseñó mi viejo: honradez, honestidad, perseverancia, lealtad. El montañismo es un pretexto para inculcar eso. Un ejemplo es Rodrigo Jordán, que dirige la Fundación Vertical. Él estudió Ingeniería Química, hizo un postgrado en Inglaterra y me dice que lo más importante que aprendió fue conmigo en montañismo. Y creó una empresa de montaña con programas de liderazgo y de trabajo en equipo donde yo participo.

¿Cómo es ese traspaso de valores de montaña a la empresa?
En la montaña al estar juntos nos fortalecemos. Cuando uno tiene discrepancias sobre la ruta a tomar, es fácil decir: “Ustedes se van por allá y nosotros por acá”. Pero lo mejor es mantenerse unidos para llegar a la cumbre. Nadie nos enseña a resolver conflictos. Si tenemos un problema en la calle llamamos a un policía, por un problema social llamamos a un abogado, en la oficina llamamos al jefe, en el colegio al profesor. ¿Nosotros no somos capaces de resolver conflictos y dialogar sin mediadores?

Al compartir con empresarios en el montañismo, ¿qué visión se ha formado humanamente de ellos?
He conocido a algunos muy altruistas, muy de compartir, muy de mantener bien a su gente. Hay otros negreros: “para eso le pago, y si le gusta bien y si no, se va”, así de simple. En la montaña se ponen a prueba los valores de la gente. Uno ve el perfil de ciertos individuos que ante las situaciones difíciles se aseguran ellos primero. Pero también hay gente como Andrónico Luksic, un hombre que tiene mucho dinero y poder, pero que en la montaña es un miembro más del equipo y si le toca limpiar el container donde está la caca, él lo hace, porque es parte del trabajo del equipo.

La importancia de estar vivo

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Usted enfatiza mucho que más que llegar a la cumbre lo importante es compartir, sentirse vivo…
No me importa mucho a qué montaña voy, lo que me interesa es con quién voy. Llevo 60 años subiendo montañas, compartiéndolas con niños, con jóvenes, con amigos, con personas queridas; enseñándoles que en la montaña los hombres se unen para lograr un objetivo, a valorar las virtudes del otro. Cuando me preguntan cómo estoy, digo “estoy vivo” y eso me lo enseño un humilde niño de La Ligua, que en un taller literario al que me invitaron a dar una charla, leyó un poema que decía algo así como: “Estoy vivo, no importa si soy pobre, estoy vivo, si me cortan una pierna, estoy vivo, veré cómo me pongo otra pierna y camino…”. Se me quedó grabada para siempre esa imagen.

¿Y de la muerte ha estado muy cerca?
Todos los días. Como bombero me toca ir a los rescates de autos chocados: de un tipo, por ejemplo, que iba tranquilamente en su carro y en segundos un bus lo aplastó. La muerte siempre está atenta para pegar un manotazo.

Pero usted se le ha escabullido a juzgar por sus casi 80 años…
Me he sacado la cresta dos veces y, curiosamente, las dos en el mirador de El Morado. Las dos veces resistí, porque tengo el umbral del dolor muy duro.

“En la montaña se ponen a prueba los valores. Uno ve el perfil de ciertos individuos que ante las situaciones difíciles se aseguran ellos primero. Pero también hay gente como Andrónico Luksic, que en la montaña es un miembro más del equipo y si le toca limpiar el container donde está la caca, lo hace”.

El 15 de mayo se cumplieron 20 años de la ascensión al Everest. Se comenta que en esa oportunidad usted hipotecó llegar a la cumbre por socorrer a su compañero Gastón Oyarzún.
En la selección final para subir estábamos los diez mejores montañistas de Chile. Fuimos los primeros latinoamericanos en subir el Everest por la ruta más difícil. Teníamos un campamento a 8.300 m de altitud donde estábamos a la espera de empezar a subir. De repente vimos que Gastón se siente mal, veía de manera defectuosa y se le adormece el brazo. Llamamos al médico por radio y nos dice que lo que tiene es un edema cerebral y que si se mantiene a esa altura se va a morir y que nosotros decidamos qué hacer. Si yo bajaba a Gastón perdía la cumbre. Y aunque estas expediciones cuestan entre 400 y 500 mil dólares, la vida sigue siendo lo más importante. Decidí bajar a Gastón y él está vivo y sigue subiendo montañas. Un tiempo atrás nos encontramos casualmente bajando el Aconcagua y nos tomamos una cerveza, porque estamos vivos.

Es famoso ese diálogo en que usted felicita a chuchada limpia a Rodrigo Jordán cuando él llega a la cumbre del Everest, y hace unos días le tocó felicitarlo otra vez por su reciente ascensión.
El primer diálogo lo tuvimos cuando Rodrigo iba camino a la cumbre y me dice que Cristián García-Huidobro, otro integrante del equipo, llegó a la cumbre y que él se devolverá porque está en el límite de sus fuerzas. Yo le dije: “No Rodrigo, hemos escalado 15 años juntos, yo sé que eres capaz. Tu obligación es llegar y mi deber es sacarte con vida”. Y llegó Rodrigo y llegó Cristián y se abrazaron en la cumbre del Everest. Fueron diez años de trabajo y de expediciones frustradas, de años pagándole al banco tributo por los fracasos. Todo ese esfuerzo se coronaba con la llegada a la cumbre y las chuchadas fueron de pura emoción. Ahora, el 24 de mayo, Rodrigo me volvió a llamar desde el Everest, poco antes de llegar a la cumbre, con un grupo de chilenos que lo acompañó para celebrar los 20 años de la hazaña.

Usted en el mundo del montañismo es considerado por muchos un maestro, pero también es odiado por otros.
Soy muy crítico y duro con los mercenarios del montañismo que persiguen el lucro. Eso está en la antítesis del montañismo romántico que yo suscribo. También me ha pasado con militares que, arrogantes, me muestran sus piochas de montañeros y se ufanan de conocer las montañas. Entonces, les pregunto cuántos cerros han subido; y empiezan: el Cabeza del Inca, el Alto de la Posada, el Ojos de Agua y sería todo. Ah, les digo yo, “ustedes son boys scouts no más, les faltan como 200 cerros para ser montañeros”. Esa gente no me quiere, pero me da lo mismo, porque hay cuestiones que no acepto y me gusta decir las cosas por su nombre.

¿Cómo le gustaría ser recordado entre sus discípulos?
No sé si me van a recordar. Soy solo un roto del montón al que le gusta vagar libre por los cerros. En la montaña aprendí que no somos más que pequeños guijarros animados, insignificantes ante la majestuosidad de la naturaleza. Vivo para mirar las montañas, las nubes que pasan, el cielo azul o la lluvia que cae y moja la tierra para que vuelva de nuevo la primavera, con sus flores y su perfume. Así va pasando la vida y hay que gozarla intensamente. En cada expedición uno queda endeudado, ¡pero que me quiten lo bailado, lo que he vivido! Pobre de aquel desgraciado que a los 80 años dice: “si volviera a nacer de nuevo, viajaría, disfrutaría amaneceres…”. ¡Qué triste ¿no?!, que un hombre haya llevado una vida plana. La vida hay que vivirla a concho, amigo.

¿No ha pensado escribir sus memorias?
Sí, claro, pero cuando uno llega a viejo se le empieza a olvidar todo, así que es muy posible que el libro sea en blanco, como la nieve.

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