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8 febrero, 2018
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Comandante Tololo

Cómplice de su abuelo, Tololo, el mismo que en 2012 viajó a recibir el Premio Cervantes en su representación, no dudó en asumir el último deseo de Nicanor: recuperar los manuscritos perdidos. En eso lo sorprendió la muerte del antipoeta, cuyo duelo, después de la vorágine, recién comienza a vivir.

Por Almendra Arcaya / Fotografía: Camilo Bustos


Paula 1245. Sábado 10 de febrero de 2018. Especial Amor.

Un día después de que enterraran a su abuelo en Las Cruces, Cristóbal Ugarte Parra, Tololo (25), viajó junto a su prima Josefa Cristalina –hija de Juan de Dios Parra– a Chillán. Ahí visitaron el pueblito de San Fabián de Alico y conocieron la casa de adobe donde nació Nicanor. Fue un viaje improvisado, cuenta, para meditar y encontrarse con los orígenes de su abuelo. Pero también para desconectarse del mediático entierro y de lo polémico que ha sido la recuperación de los cuadernos y objetos perdidos de la casa de La Reina, que estaba a muy mal traer, lo que angustiaba mucho a Nicanor. A ese empuje, que le ha costado más de un enemigo, Parra respondía refiriéndose a él como “el Comandante Tololo”.

En estos días allá apartado, ¿has tenido tiempo de iniciar el duelo?
Creo que lo inicié hace años, meses, pensando en que se podía venir el momento. Pero el duelo al final lo pasé arreglando su casa en La Reina, dejándola lo más parecida a como él la tenía. Creo que ahí me desahogué bastante.

Intuías que era el final.
Sí. Mi abuelo tenía un discurso tragicómico de la muerte. Siempre se estaba muriendo y siempre se despedía diciendo: “Un abrazo y un beso, por si no nos volvemos a ver”. Por muchos años, cuando lo visitaba, creía que era la última vez que lo vería. Pero el día que realmente fue el último, recuerdo que mi mamá le dijo al oído, antes de traerlo a Santiago: “Parece que esta es la última vez que vemos el mar”. Él le dijo: “Sí, parece”. Yo estaba ahí cuando él comenzó a despedirse de su casa en Las Cruces y en el auto nos vinimos tomados de la mano.

Nicanor llegó a La Reina cuatro días antes de morir. ¿Lo trajeron por algún problema de salud?
Quería ir a morirse allá. Llevaba semanas pidiendo que lo trajéramos. Sabía que yo llevaba varios meses restaurando la casa y le habían comentado que estaba muy bonita. También lo leyó en los diarios. Pero queríamos que estuvieran las comodidades para recibirlo. Por alguna razón, el último tiempo trabajé todos los días en la casa, a full. Estaba impecable y muy parecida a como él la dejó. El día que llegó lo sacamos al jardín y notó que el pasto estaba más o menos. Fui y compré pasto. El último día me dijo: “Qué lindo se ve el pasto… hay que salvar lo último que queda de esta casa”. Me vio empoderado, nos vio empoderados a todos, decididos a defenderla, y eso lo dejó tranquilo.

¿Qué otra escena guardas de ese último día?
Le mostré su reloj de pie que amaba y que habíamos recuperado un par de meses atrás. No había sonado en meses, pero ese día sonó. Los que estábamos ahí lo percibimos como algo muy mágico. Ese día mi abuelo insistía en que estuviéramos todo el rato con él, sin enfermeras ni cuidadoras. Esa noche pidió un whisky y se despidió de cada uno de nosotros. Falleció a las 2 A.M., y cerca de esa hora el reloj empezó a sonar con más frecuencia. Al día siguiente, cuando fue el responso, también sonó. Era como que él hubiese estado hablando a través del reloj.

¿De quiénes alcanzó a despedirse?
Fue algo muy íntimo, los que habíamos estado cerca de él en los últimos años. En la pieza estaban mi mamá, el Chamaco y sus hijos, la (Josefa) Cristalina y yo. Todos alcanzamos a despedirnos tranquilamente. Mi mamá le dijo: “Nunca te voy a dejar solo” y Chamaco le alcanzó a decir gute nacht (buenas noches en alemán), y mi abuelo le respondió gute nacht. Yo le dije “Te quiero mucho”. Tuvimos tiempo de llamar al cura José Miguel Ibáñez (el crítico literario Ignacio Valente) para hacerle la unción. Mi abuelo se fue cantando Guantanamera.

Esta foto fue tomada en marzo de 2017 en Las Cruces y ahí aparecen Colombina, Nicanor, Tololo y Julieta, su hermana menor. Foto: Archivo personal de Tololo.

Los enemigos y los herederos

Tu abuelo te llamaba a veces “Comandante Tololo”, incluso en algunos cuadernos. ¿Te sientes así?
Él fue escribiendo lo que veía para el futuro. Desde que tenía 12 años, recuerdo, me preocupaba de que no se anduvieran perdiendo sus cosas. Me nacía conservar su obra, mostrarla, hacerla brillar desde lo alto, y estar al lado de él lo más posible.  Vi un valor incalculable en todas sus cosas. Eran parte de mí, como mi abuelo es parte de mí. He defendido lo que era suyo y él lo valoraba. Mi rol está claro desde hace muchos años.

Antes de que Nicanor muriera tú eras el único que vivía en La Reina. ¿Eres como el perro guardián de esa casa?
Viví un año entero, solo, ahí. Saqué a los okupas de la casa de mi abuelo a pulso y recuperé lo que fue en su minuto la casa, con la ayuda de mi mamá y mi tío Chamaco, pero el que se preocupaba 24/7 y se quedaba en la noche a patrullar, era yo. Sí, estaba como un perro guardián.

¿Cuáles han sido los costos personales de eso? Al parecer no todos en la familia están alineados con ese propósito.
Hay mucha envidia, muchas ganas de apropiarse de esa figura, dentro y fuera de la familia. No se trata de apropiarse, sino de devolver a quiénes les corresponde, y eso incluye al público de Chile y el mundo. He tomado esto para mostrarlo, no para hacerlo mío. Eso me diferencia de otras personas de la familia, que lo ven de una forma equívoca. Mi abuelo lo dijo, está escrito, y nada, me río de los peces de colores, como decía él.

Catalina Parra y su hija señalaron que en 2012 quisieron hacer un inventario y que tú y tu mamá se negaron.
La realidad, y lo que está en los diarios de 2012, es que ellas sustrajeron 14 cuadros de Violeta para llevárselos a Nueva York. No solo los cuadros, sino también algunas primeras ediciones, la medalla del premio Cervantes y una foto de Neruda autografiada. Ahí empecé a hacer un inventario, pero era muy niño y me desmotivé con la violencia de estas mujeres. Pero ahora me siento mucho más fuerte, y voy a hacer todo lo que mi abuelo quiso que hiciera con su obra. Para mí siempre fue desconcertante cómo ellas actuaron, y doloroso al ver cómo un padre se daba cuenta hasta qué punto podía llegar su hija por intentar pasar sobre él. Él siempre se reía de que todos los viejos terminaban siendo como el Rey Lear. Después de ese episodio, mi abuelo nunca más quiso hablar con ellas.

¿Qué pasará con la casa de Las Cruces?
Eso va a ser un museo, era su deseo, igual que la casa de La Reina. Ojalá que suceda lo mismo con su casa de Isla Negra y de Huechuraba: la casa del hombre imaginario. Eso va en contra de lo que algunos herederos quisieran, pero mi abuelo nos dejó bastante preparados para pelearlo. Él también preveía el tema de los herederos, es un tema que siempre barajó.

¿Cuántos enemigos te has ganado en estos meses?
Este momento es histórico en nuestra familia. No solo por la muerte de mi abuelo, sino por lo que significa recuperar sus cuadernos de personas que eran cercanas, y eso traza un camino nuevo entre los amigos y los que no lo son. De aquí en adelante voy a hacer lazos solo con quienes estén en la misma sintonía. Si me tengo que arriesgar a tener enemigos por destapar la olla de una elite cultural chilena, creo que vale la pena.

¿Qué hay que destapar?
La creencia de ellos de ser capaces de apropiarse del otro. No solo en un aspecto cultural. Buscan la apropiación completa de la vida privada. De la imagen, de los recuerdos, hasta de las ideas.

¿Cómo quieres que los chilenos recuerden a tu abuelo?
Como quien desbarató la solemnidad. De la poesía, la política, del modo de pensar chileno. De cómo elevó algo tan postergado como nuestra idiosincrasia y las raíces campesinas y coloniales. La poesía fue su manera de golpear el tablero, de darles un golpe bajo a muchos aspectos de nuestra cultura. Él fue un golpe, una bomba atómica.

¿Has soñado en estos días con Nicanor?
Sí, he soñado con mi abuelo, pero en la mañana ya no me acuerdo. No he podido recordar ningún sueño con él en estos días.

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