Conversaciones improbables: El día y la noche

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Conversaciones improbables: El día y la noche

Por Victoria Misito / Fotos: Mila Belén

Paz Castillo es pastelera y madrugadora. Odia trasnochar y necesita dormir al menos siete horas de corrido para funcionar. La vida de Marcela Briceño es todo lo contrario. Trabaja en una imprenta por las noches y descansa por tramos durante el día. Pese a que sus horarios difieren totalmente y tienen un estilo de vida ajeno al de la otra, ambas comparten más de una cosa en común. Sin conocerse, se juntaron en un café para tener una conversación improbable, sincronizando sus relojes.

Son las diez de la noche en Peñalolén y Paz Castillo (40) está apagando la luz de su velador. Su jornada laboral terminó hace unas horas. Salió de la panadería a las cuatro de la tarde, para luego ir a vender empanadas, pan amasado y cuchuflís cerca del Templo Bahai de manera ambulante. En unas cuadras más, Marcela Briceño (46) está marcando tarjeta para entrar a la imprenta que trabaja hace más de cinco años. Es la encargada de separar y ensobrar las cuentas de una empresa. Luego de ocho horas de trabajo, a las seis de la mañana, termina su jornada laboral y regresa caminando a su casa. Llegó el momento de su descanso. Abre su cama y cierra los ojos. A esa misma hora, ya está sonando el despertador de Paz.

 

***

Paz: Necesito saber por qué elegiste trabajar de noche. Es que lo encuentro súper fuerte. A mí no me gusta carretear, salgo poco. Trato de ver a mi pololo en la tarde porque estoy más enamorada (risas), pero a las 22:00 ya no existo. Incluso mi celular se apaga a esa hora.

Marcela: La verdad es que es costumbre. Elegí ese horario porque mi hija quedó embarazada y era la única opción para que pudiese seguir estudiando y no perdiera el año. Yo tenía que quedarme con mi nieta durante el día. A mí de verdad me encanta trabajar de noche. Es rico estar con poca gente y que nadie te moleste, aparte hay menos jefes. Soy técnica química de profesión, pero desde que conocí el mecanizado me enamoré y nunca más ejercí mi profesión. Se me pasa volando la hora.

P: ¿Y el pololeo?

M: Tengo a mi marido y él trabaja en el mismo rubro que yo. Hace tres turnos: noche, tarde y mañana. Y nos las arreglamos súper bien para vernos, porque además trabajamos al lado de la casa entonces no perdemos tiempo en transporte. Pienso que cuando uno se quiere, todo se puede. Al final, es un sacrificio por un bien común, ya que ambos nos partimos el lomo para ser alguien en la vida. Y tú, ¿cómo te organizas para tener dos trabajos?

P: Me despierto bien temprano, me ducho, arreglo mi perchera y parto a la pega. Cuando llego a la cocina me hago un cafecito y a las 8:00 pongo las manos en la masa, literalmente, hasta las 16:00. Después, parto a vender a Peñalolén. Como salgo temprano de la panadería, me alcanza el tiempo para dedicarme a otra cosa, pero igual termino el día muy cansada.

M: ¿Cómo es la vida de una pastelera?

P: Loca.

M: Y bien dulce me imagino.

P: Loca y dulce, sí. Es divertido, a mí también me encanta lo que hago. Soy súper trabajólica. No comparto mucho con mis compañeros, prefiero estar sola.

M: Igual que yo. No soy de salir al mall, de ir a la plaza, solo salgo porque necesito ir a comprar algo específico. Me encanta estar en mi casa, preparar algo rico para comer o tomarme un traguito en la noche junto a mi familia. Ellos son lo más importante para mí.

P: Es que la familia lo es todo. Mi papá falleció hace poco y nos hemos unido mucho. Nosotras somos seis mujeres y estamos siempre juntas. No soy de muchas amistades, pero sí de muchas hermanas.

M: ¿Pocas amigas pero buenas?

P: Pucha, no. No soy de tener esas amigas de la vida. Yo creo que debe ser por mi carácter. Soy media idiota a veces. No sé por qué tengo pareja (risas). ¿Tú cómo lo haces con tu vida social? ¿Te alcanza el tiempo?

M: Es difícil, porque a pesar de que uno trabaje de noche, la vida sucede de día. Entonces, aunque esté agotada, tampoco puedo desconectarme. Llego a las seis de la mañana y duermo hasta las 11. Después tengo que ver a mi nieta, preparo el almuerzo, comemos y parto de nuevo a la cama. Como que picoteo el sueño. Y entre todo eso, algunas veces trato de hacerme el tiempo para ver a mis amistades.

P: ¿No vives cansada?

M: Igual es agotador. Por eso me acabo de tomar vacaciones, pero no es algo que no pueda hacer. Además, el fin de semana me desconecto. Duermo día y noche. Y ahí siento que recupero un poco el sueño.

P: Yo tampoco soy muy buena para dormir. Me acuesto temprano, pero no soy de esas personas que se queda en la cama miles de horas. Me pasa que tengo demasiadas cosas en la cabeza, entonces prefiero madrugar para ejecutarlas. Mi mente no para.

M: Eso pasa harto. Yo me acuesto y mi cabeza se activa.

P: Entonces las dos somos aceleradas, Marcela. Debo reconocer que no soy relajada. Mientras estoy acá sentada, también pienso en todo lo que tengo que hacer ahora.

M: ¿Por qué elegiste ser pastelera?

P: Se podría decir que fue por casualidad. Mi cuñado me dijo que necesitaban a una persona para trabajar en una planta panificadora, y yo justo había salido de un colegio técnico en alimentos, entonces algo sabía. Fue mi primera experiencia laboral, tenía 19 años. Me levantaba a las cinco de la mañana y tenía que limpiar latas. Un día, vi a un maestro haciendo un queque y lo encontré increíble. Ahí me empecé a meter en la cocina, de copuchenta, y me las jugué para demostrar que era buena. Lo logré y me dejaron de ayudante. Tuve que trabajar por turnos y me tocó la noche muchas veces, por eso me saco el sombrero por ti. Para mí era un martirio.

Tienen hartas cosas en común ustedes, a pesar de que es poco probable que se topen en la calle por los horarios que manejan.

P: Sí po’. Si incluso nos acabamos de dar cuenta que somos de la misma comuna. Ahora me tienes que saludar cuando me veas. Vendo empanadas bien ricas, así que a puro comprarme (risas). Además acabo de integrar pan amasado y unos cuchuflís gordos. Me compré una máquina bien cotota.

M: ¿Cuál es tu especialidad?

P: Aunque trabaje con cosas dulces en la pastelería, soy más salada. Me fascina preparar legumbres.

M: Pero igual que suerte tener tantas cosas ricas a tu alcance. Yo amo el dulce, pero en estos momentos no puedo porque tengo diabetes. Cocino postres para mi familia sin probarlos. Lo que no puedo dejar, eso sí, es la Coca Cola, le pongo harto hielo para que no me afecte.

P: ¿Y Coca Cola normal?

M: Sí, es que las otras no tienen el mismo sabor.

¿Qué las hace feliz?

P: Para mí la alegría tiene que ver mucho con mi familia. Me gusta ver a mi mamá bien. Venimos saliendo de una tristeza muy grande por la muerte de mi papá. Él tuvo una enfermedad bien de mierda, Alzhaimer, y yo viví ese proceso durante ocho años. Es lo más fuerte que me ha pasado. Me encantaría tener mi propia casa, donde estoy apuntando ahora, y que mi mamá esté viva para poder mostrársela. Esa sería una alegría súper bacán.

M: A mí me preocupa que mi nieta esté bien, que no le falte nada, sacarla adelante. Ella me dice que yo soy la mejor mami que le puede haber tocado en la vida, y eso me llena de alegría. Soy feliz viendo que ella está bien. Y también me encantaría tener mi casa y auto pagados, para dejar de trabajar y cuidar a mi madre que tiene Parkinson.

P: Es rico tener algo propio, te da estabilidad. Pero tampoco me interesa llenarme los bolsillos de plata. Quiero ser reconocida y que la gente diga ‘oye vamos donde la Paz a comprar’.

M: A mí me interesa vivir con lo justo y necesario.

P: A mí también. No estoy ni ahí con viajar, no soy de esas personas que les gusta subirse a un avión.

M: Pero viajar sí po’, es lindo, es precioso.

P: Yo nunca lo he vivido. No soy de viajar así cómo está la onda ahora en internet. Parece que soy media antigua para mis cosas. No me manejo ni con las redes sociales, sigo a la María José Prieto nomás porque yo también hago yoga. Como soy tan acelerada, me recomendaron hacer ese ejercicio y me cambió la vida.

M: Pucha a mí me gusta nadar, pero es complicado porque no hay una piscina en cada esquina.

P: Me imagino que igual debe ser difícil hacer deporte con tu ritmo de vida.

M: Sí, pero no me quejo. Creo que yo estoy hecha para trabajar de noche. No me cuesta nada porque no tengo ese concepto de levantarme y salir al frío. No es que me despierte con esa presión.

P: Eres súper esforzada, Marcela. Se nota al tiro.

M: Es que no pretendo que me regalen las cosas en la vida. Fui mamá a los 15 años, no pude seguir estudiando, entonces nunca tuve acceso a cosas materiales. Salí de cuarto medio con dos hijos y sola. Me acostumbré a esforzarme.

P: Hay que ser buena persona y así llegan las cosas solas. Oye Marcela, ¿andas a pata? Yo vine en auto, así que te puedo tirar por la comuna.

M: Ando en metro, feliz me voy contigo.

P: Viste, ahora tengo una amiga (risas).

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