Conversaciones improbables: La vejez y la niñez

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Conversaciones improbables: La vejez y la niñez

Por Alejandra Jara / Foto: Mila Belén

Matilde Stockebrand tiene 11 años, pasó a sexto básico y ahora que está de vacaciones disfruta las tardes de verano bañándose en la piscina, organizando fiestas de pijamas con sus amigas y soñando su futuro. Irma María Montero, de 87, prefiere esconderse del calor en su casa, la misma donde ella creció y crió a sus hijos, y cuyas paredes están llenas de fotografías que le recuerdan distintas experiencias y etapas de su vida. Esta es una conversación improbable entre dos desconocidas de diferentes generaciones, donde comparten las diferencias de época respecto a su infancia y los roles de la mujer.

Setenta y seis años de vida separan a Irma María Montero (87) y Matilde Stockebrand (11), dos mujeres que se conocen por primera vez una calurosa tarde de enero. Sentadas frente a frente en el living de la casa de Irma, donde ella nació, creció y crió a sus ocho hijos, ambas comienzan la conversación con cierta timidez, pero a medida que pasa el rato descubren que comparten varias experiencias que traspasan la brecha generacional: las dos son hijas únicas, vivieron su infancia en Santiago y desarrollaron una relación cercana con sus madres.

Mientras Matilde disfruta sus tardes bañándose en la piscina, tocando batería y organizando pijamas partys con sus amigas, Irma pasa la mayor parte del día sola en su casa, tratando de sobrellevar las altas temperaturas, viendo los noticieros y esperando la visita de alguno de sus hijos o nietos.

Irma, a quien a ratos la voz se le cansa, celebra las opiniones de Matilde, quien relata con entusiasmo los planes que sueña para su futuro. Ella aprovecha esta instancia para constatar las diferencias entre cada época respecto a la infancia y roles de la mujer, mientras repasa sus recuerdos de hace 70 años atrás.

Recuerdos de infancia

I: Llegué a esta casa cuando tenía 2 años, por lo que he estado acá 85 años de mi vida. Me crié con mis papás. Cuando niña nos juntábamos con todos los vecinos de mi edad y jugábamos, íbamos al teatro. En eso nos pasábamos a la semana. Yo diría que amigas nunca tuve.

M: Yo no me junto mucho con hombres porque estoy en un colegio mixto, pero hay cursos de hombres y de mujeres. Nos juntamos en el recreo, pero estoy más con niñas. En el colegio jugamos a la pinta, a la escondida, conversamos. Y también las invito a mi casa a bañamos en la piscina y donde nos entretenemos mirando el celular o viendo películas.

I: Nosotros nos juntábamos en la casa que estaba al frente, los días domingo. En esos años existían las “pastillas de pololeo”, que uno las disolvía en un vaso y decían “te quiero”, “te amo”. El líquido quedaba de color verde o amarillito. Y eso era lo que tomábamos. También bailábamos cualquier cosa y después salíamos a jugar, a andar en bicicleta, a pillarnos. Así pasábamos la tarde. Hoy día mis nietos pasan casi todo el día con el celular.

M: Yo también tengo celular, pero solo lo uso para sacar fotos, ver Netflix y para Instagram.

I: A mí lo que me cuesta es usar el celular. Tengo uno, pero recién aprendiendo a ocuparlo. Sé usar un poco el computador porque estaba tomando un curso, pero después dejé de asistir.

M: Yo aprendí a usar el computador chica.

¿Cómo fue su educación?

I: Mi mamá era muy estricta. Me acuerdo que cuando recién empecé a pololear me juntaba con un amigo que era de aquí cerca y una vez que salimos juntos a unos juegos que estaban por Avenida Matta ella me siguió, me pescó del pelo y me trajo de vuelta.

M: Los permisos que mi mamá me tiene encuentro que están bien. No es que me deje hacer de todo, pero tampoco que no me deje hacer nada.

I: A mí me llama la atención la diferencia que existe entre la voz que tieen ahora los niños. En mi época uno jamás se metía en las conversaciones de los adultos. Solo podía escuchar.

M: ¡Yo doy mi opinión en todo! Por ejemplo, si estoy en mi pieza y escucho a mi papá hablando de política yo digo, ponte tú, “esto a mí no me parece”. Cuando pasa mi mamá responde: “Chuta, que saltó lejos el maní” y se ríe. Es que yo opino mucho.

I: Es que la educación ha cambiado mucho. Yo llegué hasta primero de Humanidades, pero luego me tuve que poner a trabajar. Estudié dactilografía y eso me sirvió para trabajar en la galería Alessandri, donde me tocaba hacer copias a máquina, los balances. Al principio escribía en una máquina chica y luego en una máquina grande.

M: Nunca había escuchado la palabra dicatolografía.

I: Es escribir a máquina. Aprender dactilografía fue lo que me permitió poder trabajar

M: Yo me imagino de grande estudiando en la universidad.

I: Es que en mi juventud los que podían ir a la universidad eran las personas con recursos. Y yo no pude. No era algo común. Mi papá me decía: “Usted tiene que estudiar moda”, pero a mí no me gustaba. Entonces estudié dactilografía. Empecé a trabajar a los 15 años en una fábrica pantalones que había cerca de la casa.

M: En mi caso lo más cerca que he estado de trabajar, ha sido vender limonada en la plaza.

I: Yo era la secretaria de esa fábrica de pantalones. Me acuerdo que el dueño de la fábrica no quería pagarme a mí y llamaron a mi mamá para que fuera a retirar mi sueldo. Cuando la mandaron a llamar, se preocupó, y le explicó al dueño que no había ningún problema en que me pasara a mí la plata.

M: Cuando me han regalado plata la ahorro hasta que encuentro cosas que me gustan y las uso. Pero no es que me pasen la plata y al día siguiente voy a gastarla. Miro harto, llego a mi casa y al día siguiente voy a comprarlo.

El rol de la mujer

I: Yo trabajé un tiempo hasta que me casé. Pero después empezaron a llegar los hijos y uno tenía que estar más en la casa y preocuparse de ellos.

M: Mi mamá trabaja y estoy acostumbrada a verla trabajando.

I: Yo alcancé a estar casada 11 años, hasta que quedé viuda con 8 hijos. Ahí me tocó trabajar en lo que fuera.

M: Tengo amigas que tienen mamás que no trabajan. A veces pienso como el papá podía pagar las cosas solo, y todo eso. Pero después entendí que todas las mamás trabajan, quizás no en una oficina, pero sí en la casa.

I: Si hubiese tenido la oportunidad habría estudiado otra cosa, porque antes lo más común era estudiar moda.

M: Yo sé que las mujeres podemos estudiar lo que queramos. Pero como que hay profesiones que son más comunes que las hagan las mujeres.

I: Todavía me acuerdo cuando Michelle Bachelet se convirtió en Presidenta. Me llamó mucho la atención, porque Presidenta hasta ese momento no habíamos tenido. Nunca imaginé que vería a una mujer enun cargo así, porque la política era solo de hombres. Pero por suerte eso ya cambió.

M: Es bacán que la política ya no sea sólo de hombres y que las mujeres puedan dar su opinión en este tipo de espacios.

I: Cuando era niña yo me imaginaba ocupándome de la casa, siempre como dueña de casa. Pero después de que falleció mi marido me tuve que poner a trabajar en lo fuese. Tenía 32 años. Nos busqué pretendiente, porque ¿quién se iba a querer hacer cargo de ocho niños? Me acuerdo que lo conversamos con mi marido antes de que muriera, y yo le comenté lo mismo, pero él me dijo: “Yo sé que te vas a casar”. Pero finalmente no ocurrió. No tengo un sueño en especial. Solo pido que mis hijos estén unidos, porque siempre hay desavenencias.

M: A mí algo que me gustaría es viajar harto. También me gustaría aparecer en un comercial tocando batería.

I: Acá en la casa de al lado, hay un matrimonio de profesores de música que también enseñan batería.

M: Yo estoy en un taller, aunque me pasan más percusión. Creo que necesito más clases de batería para poder tocar canciones.

I: Cuando quieras puedes pasar a preguntar a la casa de al lado, y también venir a verme a mí. Creo que eres una chiquitita muy inteligente. Cuando te escucho pienso en algunas cosas que no pude hacer en mi vida, pero simplemente porque no se pudo nomás.

M: A mí también me interesó mucho tu vida y me llama la atención lo distinto que era cuando ella era chica y como son los tiempos ahora. Evidentemente crecimos en épocas muy distintas

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