Conversaciones improbables: La vida y la muerte

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Conversaciones improbables: La vida y la muerte

Por Victoria O’Ryan / Fotos: Mila Belén

Alejandro Bruhn y Pascale Pagola son profesionales de la salud, pero se mueven en extremos de la vida completamente distintos: una la recibe, y el otro ve la muerte a diario, cuando ya no queda más que hacer. Él, ajeno al concepto de doula, y ella, que rara vez se ha enfrentado a la partida de un paciente, se juntaron en un café de Providencia para tener una conversación improbable sobre sus experiencias con la vida y la muerte.

Son las cinco de la tarde en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Clínico de la Universidad Católica y Alejandro Bruhn (47), anestesiólogo, médico intensivista y jefe del departamento de Medicina Intensiva, pasa por las habitaciones atendiendo a sus pacientes y hablando con familiares. En la pieza 332, una joven lleva tres días en coma después de haber sido atropellada. Tiene un traumatismo encefalocraneano grave y el pronóstico no es bueno. En la 334, hay un hombre de 87 años que sufrió un infarto cerebral extenso, quien, rodeado por sus hijos y nietos, aprovechan sus últimas horas de vida. En la unidad hay 32 camas, ingresan 150 pacientes al mes, y mueren entre 10 y 15 personas. Sólo en lo que va del año Bruhn ha hecho 3 certificados de defunción.

Pascale Pagola (48), enfermera matrona, es la primera mujer en traer el concepto de doula a Chile de manera formal. En 2005 se certificó como educadora prenatal Lamaze y doula de parto, y desde entonces ha recibido cerca de 1.200 guaguas y capacitado a más de mil mujeres y futuros padres. Después de la muerte de su mamá, hace cinco años, redujo el número de partos atendidos para ser consecuente con su visión y estar más cerca de su familia. Actualmente sigue recibiendo niños “de manera amorosa”, como lo define ella, pero se dedica principalmente a enseñar las técnicas del acompañamiento en centros de salud pública.

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Alejandro cuenta que va a ser papá por tercera vez en pocos días más. Es el segundo hijo con su pareja actual, con quien tiene además una niña de 3 años. Pascale le pregunta por los partos anteriores.

Alejandro: Mi primer hijo, que hoy tiene 16, nació por cesárea, pero no debería haber sido cesárea. Para la segunda, cuando mi mujer “rompió fuente”, estaba viendo un partido y le pedí que esperáramos un poquito a que metieran un gol antes de ir a la clínica (se ríe).

Pascale: ¡¿Pero cómo?!

A: Fue parto normal, pero ella no tiene mucha tolerancia al dolor.

P: Probablemente es porque tiene miedo según lo que le han contado. Tú tienes que estar ahí para ella, hacerle un masajito en la espalda, meterla a la agüita tibia en la tina y vas a ver que va a aguantar. Ahora, si intervienen y le ponen oxitocina sintética, le va a doler como chancho, obviamente.

A: La verdad, no tengo idea qué significa ser doula. Lo había escuchado nombrar, pero solo eso. Mi mujer, eso sí, se emocionó al saber que nos conoceríamos y me dijo que te pidiera algunos consejos.

P: Son mujeres que acompañan a otras mujeres en el proceso del embarazo, el parto y el posparto. Cientos de años para atrás, estaba la experta, la que más sabía de nacimiento y luego, mujeres exclusivamente dedicadas al apoyo físico y emocional: el agüita, el masaje, el cariñito, el olor, siempre adelantándose a las necesidades de esa mujer. Esta es una tradición que en la actualidad se ha perdido. Hoy lo hacemos las doulas y hay maneras de certificarse en eso.

A: ¿Y las matronas no están cumpliendo ese rol de acompañamiento?

P: Deberían. De todas formas, creo que una matrona de una clínica privada podría integrar esto a su práctica. En el sistema público la demanda es mucho mayor, así que es más complejo.

A: Claro, al menos por lo que vi en mi formación, años atrás, en el sistema público ni siquiera están acompañadas por familiares. A lo más por otras mujeres en trabajo de parto.

P: ¡Entonces cómo ese parto no se va a complicar! Y ahí es cuando intervienen los médicos, incluso llegando a la sala de urgencias. En esta cultura tan paternalista hacia la mujer que va a parir, se quieren adelantar a los posibles riesgos para que no pase nada. Pero está demostrado que hay más mortalidad en partos intervenidos. La tasa de mortalidad materna no ha logrado bajar a lo que necesitamos que baje.

A: Uno ve harta intervención, pero no me ha tocado todavía ver casos de muerte materna que hayan sido gatillados, por ejemplo, por haber hecho una inducción de un embarazo normal. Sí donde no ha habido control oportuno.

Bruhn explica con la voz más baja y quebrada que la semana anterior a esta entrevista, recibió en la UCI a una paciente haitiana. Por falta de control de su embarazo no se le detectó una enfermedad hepática. Hizo una insuficiencia severa, que provocó un mortinato, y después falleció ella porque no alcanzó recibir un trasplante. Había un entorno de problemas sociales, de falta de apoyo. “Están fuera del sistema y no tienen culturalmente la idea de que los embarazos se controlan. Es un evento relativamente infrecuente en Chile respecto a lo que era hace 20 años”, asegura. Y este no es el primer caso que le ha tocado en los últimos meses.

 

El límite ético

A: ¿Por qué crees que en Chile está tan intervenido este proceso?

P: Por los médicos.

A: Pero qué lleva a eso.

P: Primero, la cultura, ya que moldea al parto. Y bueno, también hay un incentivo económico. Además, las matronas se han aliado mucho a los médicos, así me formaron a mí. A la par, le damos con romper bolsas, le damos con la oxitocina, le damos con la anestesia.

A: Ahí yo te hago un contrapunto. También era parte de la naturaleza la mortalidad infantil, a veces incluso se morían las mamás. Entonces, la intervención es realmente necesaria bajo ese punto de vista. De ese 10% que antes se moría, hoy sabemos que casi un 90% podría haber sido rescatado con la intervención de la medicina moderna.

P: Los estudios dicen que las complicaciones asociadas a los partos fuera del sistema hospitalario son causadas por personas poco expertas en la atención. No le echaría la culpa solo al parto en casa, ya que creo que es igual de seguro que el parto en una maternidad cuando está bien hecho. Es decir, con un profesional de la salud, traslado menor de 15 minutos, en coordinación con la maternidad más cercana. Porque que haya un 15% de cesáreas se agradece, si no correrían riesgo las mujeres. Pero tener un 52% de cesáreas en Chile, y un 72% en la parte privada, no es necesario.

A: Bueno, así como el embarazo puede estar intervenido, la muerte está muy medicalizada.

P: En la medicina de hoy la muerte se ve como un fracaso, en nuestra cultura no está permitida la muerte.

A: Es que hay una sensación de que uno podría ser inmortal. Lo vemos como un problema médico, cuando en realidad, muchas veces, es un proceso natural y esperable. Al no asumir que la muerte muchas veces es un evento que no tiene sentido postergar, terminamos deteriorándolo, desconectándolo totalmente de lo humano.

P: Me pasó con mi mamá. Yo estaba atendiendo un parto en la Clínica Alemana y ella estaba en la UTI, cruzando la calle. En ese minuto uno cree todo lo que te ofrecen, porque te aferras a la vida. Pero mirando atrás, me pregunto ¿dónde estuvo el límite ético de esos médicos que tenían a mi mamá llena de tubos? Al final nosotros tuvimos que pedir que la desconectaran del ventilador, porque era obvio que no iba a seguir viviendo.

A: Es un imperativo. A veces la sociedad piensa que tiene que ver con incentivos económicos, pero yo tengo la impresión de que, si bien eso existe, es lo de menos. Los médicos tenemos la obligación de hacer estas cosas porque no tenemos una alternativa. Eso está cambiando, están emergiendo los cuidados paliativos, pero son pocas las personas en Chile que tienen esa formación. Que no niegan la muerte.  

P: ¿Cómo le explicas la muerte a tus hijos? Me imagino que tu pega es súper estresante, siempre están al límite. ¿Cómo hablas de este tema con tu familia? ¿O llegas a tu casa y te desconectas?

A: Mi mujer también trabaja en la UCI, así que el tema está ahí todo el tiempo. Mi hijo mayor escucha muchas conversaciones de eso, por lo que me imagino que, respecto a otros adolescentes, él tiene una reflexión mayor sobre la muerte.

P: ¿Pero te imaginas o lo has podido hablar con él?

A: No hemos tenido conversaciones tan profundas en ese sentido. Pero cuando me lo planteas, creo que sería bueno tenerlas.

P: ¿Tú le tienes miedo a la muerte?

A: No tengo un temor fisiológico, biológico o miedo a sufrir o sentir dolor. Pero sí, pensando en mi familia, en mis niños chicos, creo que me angustiaría mucho enfrentarme a la idea de que me voy a morir y que ellos van a estar sin mí. Eso no lo tengo muy resuelto. Pero tampoco siento un miedo visceral, de querer evitarla per se. Creo que no caería en postergarla. Si la viera venir, me gustaría prepararme y tomarlo como una última instancia de crecimiento para mí y mi familia. ¿Y tú?

P: No, creo que llegará cuando tenga que llegar. Es confiar, así como confías en la vida. Yo creo en la reencarnación. Creo que uno está acá para aprender y seguir evolucionando. Entonces lo veo como un paso. La muerte en mi profesión ayuda a las mamás a renacer, como mujer y como persona. Lo asocio con muchas cosas buenas. La mayoría de las mujeres con las que trabajo, cuando están por parir, me dicen que se van a morir.

A: ¿En qué sentido dicen que se van a morir?

P:  Creen que se van a morir.

A: Sienten que se les va la vida. ¿Pero eso será algo natural?

P: Sí. Imagínate lo que es para una mujer que está en esto que, fisiológicamente hablando, no puede ser más perfecto. Las endorfinas, la oxitocina, la adrenalina del final. Pero llega un minuto que, dentro de esa perfección, esta mujer que se está abriendo al máximo, que tiene que soltar a esta cría, me dice “¡es que me voy a morir!”. En un principio era como.. ¿Qué hago? Y ahí traíamos al anestesista.

A: Claro, capaz que de verdad se iban a morir.

P: Igual después entendí que el parto es una especie de muerte, porque es como renacer.

A: Es una especie de umbral.

P: Y está bien que recibir a un hijo sea así de intenso. Cuando sale la guagua ves a esa mujer convertida en paz, placer, alegría, y después más encima te dice que lo volvería a hacer, cuando minutos antes sentía que estaba al borde de la vida. Me imagino que cuando estás cerca de la muerte, también tienes que ofrecer un acompañamiento a la familia, prepararlos. ¿Cómo haces tú?

A: Uno no sabe con certeza cómo acompañar a los pacientes en el proceso de la muerte, pero es algo que estamos aprendiendo de a poco.

P: Porque esa mujer, o ese paciente que va a morir, igual necesita cariño, presencia, energía. Ayudarlo a irse.

A: Absolutamente. Conversando contigo pienso que tu rol de doula sería super bueno en mi pega.

P: No podría trabajar en lo que tú trabajas. No me veo en la UCI, con la muerte, no, no, no. Los nacimientos son lo mío, ese es mi rol, recibir la vida. Pero tanto tú como yo, en los extremos tremendos que estamos, tenemos que saber escuchar, empatizar y estar presente.

A: Muchas veces huimos de la situación, tengo muchos colegas que no tienen las herramientas para manejar esos conflictos, pero otras veces por presiones de tiempo, o por no estar conectado con uno mismo, no puedes conectar con la situación y el desconocimiento genera conflicto. Muchas veces se dan situaciones violentas. Tengo la impresión de que, si bien pueden haber complicaciones, tu ambiente laboral es mucho más positivo.

P: La mayoría de las veces sí. Yo termino llena de oxitocina. Después de un día laboral, o de una noche entera incluso, porque los partos muchas veces son de noche, llego feliz, agradecida de la vida de haber podido acompañar a una mujer en ese minuto, y recibir a ese recién nacido de manera amorosa. ¿Por qué hay que separarlo? ¿Por qué hay que pincharlo? Lo que hay que hacer es protegerlo. Mi único rollo es cuando se presentan estas disyuntivas con el sistema médico, que hay muchas cosas que no comparto. Ahí a veces llego en mala, cuando veo que se hacen cosas sin respaldo de la cantidad de evidencia que existe.

A: Para mí hay todo tipo de días. Trabajo demasiado y a veces llego con poca energía. Pero lo que más me llena son las conexiones humanas, cuando estoy con los estudiantes y con las familias. Sobre todo cuando logro tener conversaciones tranquilas, incluso poder tomar decisiones de fin de la vida. Poder ayudar a un paciente a fallecer no es un proceso violento, y puede ser una experiencia muy positiva. Siento que ahí puedo hacer la diferencia. Cuando trato de abarcar demasiado y no estoy presente al 100%, me voy insatisfecho. Finalmente puede haber una crisis tremenda, algo muy dramático, pero siento que si se manejó bien, que uno apoyó a la familia, al personal, independiente del resultado, soy un aporte. Con el tiempo he aprendido a no identificar el resultado con mi satisfacción.

P: Pasa por no verlo como un fracaso personal. En mi caso digo; este parto no es mío, yo soy solo parte del recuerdo que va a tener esta mujer de su parto.

A: Claro, de repente la gente confunde que uno pueda emocionarse o sentir pena por algo, con que te cause infelicidad. Al contrario, si te conectaste bien, te puedes sentir realizado.

 

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