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1 diciembre, 2016
orla

Correa se interna en el bosque

Le atrae que no puedan etiquetarlo. Abogado, novelista, jardinero. Liberal, antiaborto, pro matrimonio gay, pinochetista, velasquista. Todas esas cosas es o ha sido Juan Ignacio Correa, uno de los abogados más destacados de Chile. En esta entrevista se interna en la literalidad de su bosque en Panguipulli, y se abre paso entre las ramas de sus propias contradicciones y dolores. .

Por Sabine Drysdale / Fotografía: Rodrigo Chodil


Paula 1214. Sábado 03 de diciembre de 2016.

“Vamos a caminar”. Vestido con unos jeans Wrangler sueltos y una camisa roja, Juan Ignacio Correa Amunátegui, o el Juano Correa, o Jica, o Mr Bean (suelen confundirlo con el comediante inglés), o el exitoso abogado litigante que también quiso ser fiscal nacional, o el militante de Ciudadanos, o el autodefinido “liberal” (retenga esta palabra), o el novelista, 59 años, chuncho de estadio, casado, 4 hijos, se interna en los senderos del bosque que él mismo plantó a las orillas del lago Panguipulli. Camina y camina entre los cientos de robles pellines, entre algunos canelos, entre las hayas rojas y verdes que puso todas juntas, y uno que otro mañío. Camina y camina, pisando los dihueñes que se pudren en el suelo, recorriendo las quebradas y los puentes de madera que construyó sobre el agua ruidosa, furiosa, que corre entre nalcas y helechos. Camina y habla como si fuera una locomotora que se ha desprendido del resto del tren y que no puede detenerse. “Este es un arbusto que está en extinción y es muy difícil conseguir; da una flor amarilla linda. Cuidado, afírmate ahí. Todo esto era pura quila; la sacamos con bueyes. ¿Qué te parecen los copihues? Hay unos copihuales más arriba que te vas a caer de culo. A eso le llaman la caoba chilena. ¿Cómo se llama? ¡Ay! ya me voy a acordar”.

El abogado de Farkas, de AFP Capital por los casos Cascadas y La Polar, del empresario hotelero Pedro Ibáñez y la familia Cousiño, de Telefónica, y quien defendió la exhibición de la película La última tentación de Cristo en la Corte Interamericana de Derechos Humanos, camina 6.000 pasos diarios por prescripción de la doctora cubana Yaisy Picrin, cuya estadística lleva con una aplicación de celular: llegó a pesar 118 kilos. Ahora pesa 95 gracias a la dieta que tiene pegada con un imán en la puerta del refrigerador –casi pura verdura y proteína– que dice cumplir a rajatabla, lo que no es cierto porque hoy almorzó pasta, bebió vino tinto y engulló un trozo de pie de limón. “Llegar a los 95 fue un esfuerzo, pero bajar de 95 ha sido titánico. Camino 50 minutos diarios y no voy a hacer más”.

¿Por qué?
Porque no estoy dispuesto a dejar de leer para hacer gimnasia. La Yaisy es súper chora. Le lancé su libro, fue notable. 400 cubanos. Leí y me equivoqué, y en vez de decir “el rey del mambo” dije “el rey del mango”. La Pilar, mi mujer, me dijo: “no sabes las cosas que dijeron cuando confundiste el mambo con el mango…”.

Con el mango…
¿Tú crees que significa el miembro? No sé.

¿Cómo partiste con la escritura? No es cualquier cosa lanzarse como novelista.
Es un cuento súper anacrónico y conservador, pero esa es mi vida, o esa es mi historia. Yo soy Amunátegui, y los Amunátegui tenían una tradición de cultura, de escritores, de historiadores, qué sé yo. Mi abuelo, que tiene seis libros, fue presidente del Partido Liberal. La tía Lucha llevó a su pololo a almorzar, él lo primero que dijo fue: “¿Y qué ha escrito este niño?”. Mi mamá me llamaba a la oficina y me decía “¿qué te pareció lo que dijo Jarpa?” –te digo Jarpa por decirte cualquiera–. “¿Qué dijo?”, preguntaba yo. “Ah yo para idiotas que no leen el diario no estoy”, y me cortaba el teléfono. Había una exigencia. En mi casa había poca ropa pero buenas bibliotecas.
Correa tiene dos novelas publicadas, Al otro lado, (Plaza y Janés 2005), sobre Salustiano (su alter ego, dice), un hijo de campesino que se enamora de una niña de familia tradicional, y Devoradas (Catalonia, 2013), una historia de mujeres heridas por el amor y las drogas. Trabaja en una tercera sobre la violencia en Chile, además de un libro sobre derecho societario que escribe con los abogados de su oficina. “En todos mis libros tengo 28 versiones de cada capítulo y cada capítulo es revisado a su vez 10 veces. Por eso me demoro 5 años”.

¿Eso no es ser neurótico?
¿Y quién no lo es? En ningún momento pretendería que dijeras que Juan Ignacio es perfecto.

¿Cómo calmas la neurosis?
Camino, leo, escribo. Es súper relajante escribir como lo practico yo: de 7:30 a 10:00 de la mañana todos los días en la oficina. No hay nadie, el silencio es tremendo y no tengo premura. No soy la Carla Guelfenbein ni Pablo Simonetti que tienen que sacar un libro al año. Creo que ha sido un error que Simonetti se haya transformado en un escritor gay.

¿Pero por qué?
Uno debe tener una literatura universal. Creo que no hay que imponerse etiquetas, me cargan la etiquetas. Chile es siempre blanco y negro, el rico y el pobre.

“Arturo Infante (editor de Catalonia), cuando leyó Devoradas (su novela) me invitó a tomar té. Me dijo: ‘Juano, tengo que hacerte una pregunta: ¿tú eres gay?’. Le dije: ‘No que yo sepa’. ‘Me tiene muy impresionado tu voz femenina, estoy escuchando a mi señora cuando te leo’”.

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¿Y qué te dijo Simonetti?
Bueno, a Simonetti no le gusta mucho que lo critiquen. Saca a relucir que sus libros venden tanto.
También le dijo a Simonetti que había que exigirle a Michelle Bachelet que vetara la ley de Acuerdo de Unión Civil y estableciera el matrimonio igualitario. Que el tema ya estaba maduro.

¿Lees poesía?
Fíjate que la poesía me cuesta tanto. He leído a Parra, a Neruda lo encuentro grandilocuente. A Bertoni lo encuentro extraordinario, me gustaría conocerlo. Soy bien amigo de Héctor Soto (que ha escrito positivas reseñas de sus novelas) y él me dice: “Cada vez que conozco a un autor me desilusiona, así que quédate con lo que está escrito”.

¿Te consideras un buen escritor?
Sí. Creo que relato bien, que tengo sensibilidad, que sé definir los olores, los colores, las sensaciones.

“Siento que soy un feroz abogado. he perdido muy pocas causas y no tengo el reconocimiento dentro del establishment que debiera tener. Sin embargo, estoy en todos los rankings internacionales como uno de los cinco mejores litigantes del país”.

Devoradas es una novela cuyos personajes son mujeres. ¿Cómo te internaste en la voz femenina?
Arturo Infante (editor de Catalonia), cuando leyó Devoradas me invitó a tomar té. Me dijo: “Juano, tengo que hacerte una pregunta: ¿tú eres gay?”. Le dije: “No que yo sepa”. “Me tiene muy impresionado tu voz femenina, estoy escuchando a mi señora cuando te leo. ¿Cómo lo haces?”, me preguntó. “Espontáneamente”, le dije.

Quizás tienes mujeres que te han marcado mucho.
Soy un hombre criado por mujeres. A mi mamá, quien se acaba de morir, le dediqué el libro. Ella era una locomotora a vapor, con una fuerza… Era cariñosa a su modo. No es que te abrazara como lo hace hoy uno con sus niños. Era tan dominante que me cosía los bolsillos de los pantalones porque según ella los caballeros no se metían las manos al bolsillo. Me tenía prohibido ir a un baño ajeno y llegaba a la casa con la vejiga así.

¿Pero por qué?
Porque le daba asco. Y era exigente con las notas, a cagar.
A Correa lo echaron del Verbo Divino por mala conducta cuando era un niño. Era inquieto, hablaba en clases. “Cumplí el requisito de las cuatro tarjetas rojas y me fui al San Juan Evangelista, un colegio maravilloso. Ese verano me mandaron castigado al campo a trabajar de peón, a limpiar chancherías”.

Esa echada del colegio, entonces…
Me liberó.

¿No te dolió el ego?
Sí, un poquito.

Apura el paso entre los robles que están plantados en hileras perfectas y que cada cierto tiempo relea para que engruesen los troncos.
“Me llegaban a la rodilla todos estos árboles. ¿Te causa alguna emoción o ninguna?”.

Dicen que los árboles son la metáfora del padre.
En una de esas busco al papá que nunca tuve.

Sus padres se separaron cuando él tenía 6 años. “Dejó a mi mamá de 27 años con 4 hijos y quebró. Y le pasó una cosa muy curiosa, como que sintió resentimiento hacia la gente de su clase social y nunca más vio a nadie. Se encerró en el campo. Mi papá no tenía idea en qué colegio estaba yo, en qué curso íbamos, nunca vino a una premiación, nunca estuvo en una primera comunión”. La separación coincidió con otro quiebre: su abuelo, y con él el resto de su familia fueron expulsados del Partido Liberal por haber apoyado a Allende y no a Frei Montalva. Eso los convirtió en parias. “Los vecinos nos tiraban huevos con tinta. La casa estaba entera rayada. Eso causó que a mí nunca más me invitaran a alguna fiesta de cumpleaños”.

¿Te sentiste discriminado?
Un poco, sí.

¿Qué libro te marcó cuando chico?
Cuando tenía como 16 años leí La montaña mágica de Thomas Mann y quedé fascinado. Se trata de la conversación entre Settembrini y Naphta, un liberal con un conservador. Vibré con las discusiones.

¿Cuándo te pusiste a escribir?
Al principio escribía cartas que mandaba a El Mercurio, sobre cualquier tema. Después escribí en la revista de José Piñera, Economía y sociedad. Él decía que yo era un editor en las
sombras. Era una revista súper ortodoxa en torno a que las reformas fueran esencialmente liberales; las reformas que empezó a hacer el innombrable.

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¿Cuándo se convirtió para ti Pinochet en “el innombrable”?
No. Lo del innombrable lo digo con cierta ironía, porque es innombrable.

Ah. ¿No es que a ti te moleste decir el nombre?
No, a mí me da risa.
Cuenta que nunca lo conoció en forma oficial pero sí fue a estrecharle la mano en uno de los cumpleaños que celebraba en la calle Presidente Errázuriz hasta donde llegaba toda su fanaticada. Él vivía cerca. Dice que lo miró a los ojos, pero que no pudo sostener la mirada.

¿Votaste por el Sí?
Es una cosa suicida decir que voté que sí, pero soy honesto: voté que sí porque no quería cambiar el sistema. Lo que hoy, mirado con retrospectiva, me causa un poquito de vergüenza, es enterarme que las órdenes de matar a Letelier fueron directas de Pinochet, o enterarme que robó. Yo encontraba un mérito que una dictadura no robara.

Se dice un liberal pero ha sido un votante duro de derecha. “Sé que soy un outsider. En chile creen que ser liberal es tener la pelvis suelta. Y es más que eso”.

¿Luego votaste por Hernán Büchi?
Formé parte de su comando.

Luego votó por José Piñera, por Lavín pero no por Sebastián Piñera. “Voté nulo, porque es un deshonesto. Acuérdate que 6 meses antes que fuera designado candidato a la presidencia fue sancionado por uso de información privilegiada. Sebastián Piñera tiene una cosa notable a mi juicio, que es como el teflón: nada se le pega”.

Te dices liberal pero has sido un votante duro de derecha.
Me doy cuenta de que te gustan las categorías, que no sabes dónde meterme. A mí mucha gente, por ser velasquista me consideran un perdido. Sé que soy un outsider. En Chile, en general, creen que ser liberal es tener la pelvis suelta. Ser liberal es mucho más que eso.

¿La pelvis suelta? Analiza mejor esa figura, por favor.
El liberal no habla de la pelvis porque es un problema personal y no te opina sobre los temas que son sobre tu esfera personal. Lo que caracteriza al liberal es la desconcentración del poder, eso es liberalismo. También caracteriza al liberal que la esfera de lo que está en el ámbito estatal es más reducido y cada uno define el modelo de vida que quiere.

¿Cuál es tu posición frente al aborto?
Estoy en contra del aborto en la causal uno (peligro de vida de la madre), que es un anacronismo para establecer el aborto indiscriminado, y no me gusta. Creo que la violación no justifica que una suerte de vida sea eliminada y en la causal dos, por inviabilidad del feto, tengo grandes dudas: me han dicho algunos médicos que, como está definida, es vaga.

Estás lejos de ser liberal.
No me importa, me da lo mismo que me digas que no soy liberal. Yo tengo posiciones según los casos.

¿Por qué no te metes de frente y postulas a un cargo?
Hasta que cumplí 50 había pensado muchas veces que yo podía ser presidente de la república. Pero me di cuenta, siendo militante por primera vez en mi vida de Ciudadanos, que no tengo mucho espíritu corporativo. Hay gente que considera que hablar conmigo en estos grupos políticos es un costo, porque digo lo que pienso. A Velasco le he dicho todo lo que he pensado en mi vida; por ejemplo, sobre su obsesión por declararse de centro izquierda. “Andrés, para qué te clasificas, si cualquier clasificación lo que va a generar es gente que no va a votar por ti”. Nunca lo he adulado, y veo a su alrededor a mucha gente que lo adula y luego lo pela cuando se va. Hoy no soy del grupo de hierro de Andrés Velasco.

¿Te echaron?
No lo tengo claro.

Como esos compañeros del Verbo Divino que no te invitaban a los cumpleaños…
Claro, un poco de eso. Hay una reunión los martes adonde va este grupo. Yo siempre iba y de repente dejaron de citarme.

Así que estás fuera.
No. Estoy disponible para colaborar en lo que sea, pero no estoy dispuesto a estar recibiendo ucases de nadie. Las ucases son las órdenes de los zares, un decreto. No estoy para ucases.

¿Porque tienes vocación de zar?
¡Qué buena esa! Corta esa huevada (dice por la grabadora) y te voy a contar un cuento extraordinario, si no, no te lo cuento.

No me lo cuentes.
Es muy bueno, vas a gozar.

Sin grabadora, no.
Es un día soleado en Panguipulli y Correa se recuesta y se estira sobre la madera de su terraza. Es madera de roble pellín, curtida por el sol, por la lluvia donde brillan y se escurren entre las grietas coloridas lagartijas. Tendido al sol está más relajado. Su voz se ralentiza. “Siento que soy un feroz abogado. He perdido muy pocas causas en mi vida y no tengo el reconocimiento dentro del establishment que debiera tener. Sin embargo, estoy en todos los rankings internacionales como uno de los 5 mejores litigantes del país”.

“Hasta que cumplí 50 había pensado muchas veces que yo podía ser presidente de la república. Pero me di cuenta, siendo militante por primera vez en mi vida de Ciudadanos, que no tengo mucho espíritu corporativo. Hay gente que considera que hablar conmigo en estos grupos políticos es un costo, porque digo lo que pienso”.

¿Te duele eso?
No me duele, pero me he preguntado por qué. En algunas partes he sido vetado por esto que tú llamas liberal. Causo ciertas cosas del outsider. No me ven como alguien del club. Los dirigentes de RN y la UDI no me sienten como una persona confiable porque ven que tengo diferencias valóricas importantes; pienso, por ejemplo, que el Estado no tiene competencias para dirigir tu vida privada.

Ha perdido la única elección en la que ha competido, la de Fiscal Nacional, bajo el gobierno de Frei, cuando ganó Guillermo Piedrabuena. “Tuve que hacer todo el besamanos. ¿Sabes lo que es eso? La primera reunión la tuve con Servando Jordán. Mi abuelo era Gregorio Amunátegui Jordán. Cuando descubrió que era nieto de él, cambió la conversación. Me dice: “¿sabe usted que el tío Goyo me apoyó mucho cuando fui candidato a juez en Punta Arenas, y nunca se lo agradecí?”. Entonces me dijo textual: “¿Usted está muy necesitado, Juan Ignacio?”. “No”, le dije yo. “Dígame: ¿quiere una notaría, porque mañana lo nombro notario”. Me miraba el cuello y yo estaba bien cachudo; sabía que el gallo era bueno para las mujeres, pero no para los hombres. Entonces me dijo: “¿de dónde sacó esa camisa? Me gusta mucho”. Me desabroché la camisa y le dije: “ahí la tiene, deme la suya”, e intercambiamos camisa. No podía creer la huevada que estaba haciendo. Finalmente por un voto quedé fuera de la quina.

Saliste nombrado en el libro Siútico, de Óscar Contardo.
Estoy furioso con Contardo. Me llamó Alfredo Jocelyn-Holt y me pidió que recibiera a un amigo suyo que quería hablar del arribismo. Óscar Contardo era un don nadie en ese entonces. Le conté cosas que reflejaban el arribismo que se vive Chile. Le di varios ejemplos que él no tenía ni una posibilidad de conocer. Él contó algunos, que era lícito que lo hiciera, sin nombre ni apellido, pero nombra siete veces en el libro a Juan-Ignacio-Correa-Amunátegui. Estimo que ese es el peor acto de siutiquería que hay. No sé si se estaba riendo de mí o él es otro arribista más.

¿Jugó con tus apellidos?
Lógico. Jugó con lo que representa ese nombre en el imaginario social de este país. Cuando decía una cosa horrorosa ponía: como dice Juan-Ignacio-Correa-Amunátegui.

¿Crees que Contardo te interpretó como un siútico chileno?
En una de esas. Sería mucho, ¿no? Todo tiene un límite, me pueden decir cualquier huevada, pero eso no.
Correa se para y reanuda la caminata y se acerca a un macizo de flores blancas. “¡Qué maravilla todo esto!”, dice dentro del vaho hipnotizante de las azaleas del Himalaya. “¡Mira el olor! Impresionante, ¿no?”.

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