Crecer sin mi mamá

Reportajes y Entrevistas

Crecer sin mi mamá

Por Manuela Jobet / Ilustración: Edith Isabel

Cuando Isidora tenía cinco años su mamá murió de cáncer de mamas, enfermedad que le diagnosticaron dos años antes y que la tuvo débil y con escasas energías para criarla a ella y a su único hermano hombre. Aquí Isidora habla de lo que le ha significado crecer sin su mamá y de cómo la recuerda.

“Mi mamá se murió el 19 de mayo de 1997, cuando yo tenía cinco años y mi hermano mayor, nueve. Dos años antes le habían diagnosticado cáncer de mamas. Lo descubrieron porque le encontraron un porotito, pero en esa época las cosas no eran como son ahora. Le dieron a elegir qué hacer y ella optó por sacarse el poroto para no quedarse sin pechuga, pero quedaron otras partes contaminadas y el cáncer se ramificó. Estuvo cerca de tres años en la clínica. Me acuerdo de haberla acompañado más de una vez a hacerse las quimios, que eran muy largas y cansadoras.

Yo tenía tres años cuando empezó su enfermedad. Y lo primero que decidieron hacer fue meterme antes al colegio para que tuviera entretención y para empezara a tener un círculo cercano. Eso fue súper bueno, porque cuando mi mamá se fue, las mamás de mis amigas me contuvieron. Fue muy lindo que se preocuparan por mí, porque la vida escolar te da la necesidad de tener apoyo en cosas como la Primera Comunión o las celebraciones importantes.

Me acuerdo perfecto del día en que mi mamá se fue. Yo me estaba secando el pelo y mi papá llamó a la casa. Cuando contesté, me dijo que le pidiera a la Berni -mi nanita que estuvo 35 años con nosotros- que nos arreglara porque la mamá se había ido y nos íbamos a ir a despedir de ella. Todo lo sentí muy natural, porque mi papá siempre hizo que fuera así. Desde el primer minuto nos explicó que mi mamá se iba a ir porque estaba muy cansada y que él nos iba a cuidar. Quizá es porque siempre fueron súper claros en decirme las cosas que no tengo recuerdos de haber llorado como cualquier niño llora pidiendo a su mamá. Siempre asumí y entendí que no iba a volver.

Mi papá es muy racional y nos explicó las cosas pan, pan; vino, vino. Creo que hizo muy bien todo en relación a su muerte, partiendo por tapizar la casa con sus fotos para que nos quedáramos con recuerdos tangibles. Siempre me habló mucho de mi mamá y hasta hoy sigue haciendo salud por ella, hablándonos de ella, diciéndonos que estaría muy orgullosa de ver las personas en las que nos hemos convertido mi hermano y yo.

Mi papá nunca dudó que sería él quien nos criaría, aunque tenía fama de playboy y nadie creía que se iba a poder hacer cargo de dos niños tan chicos. Con él pensamos muy distinto, pero le agradezco el coraje que me enseñó, ya que es gracias a eso que soy quien soy. A los cinco años me hacía tocar timbres para dejar presupuestos de su trabajo. Pienso que ese tipo de cosas me hicieron ser más aterrizada. También me puso límites y se hizo cargo de cosas en las que generalmente son las mamás las que dan la cara. Fue el delegado de mi curso, un rol que en general toman las mujeres, y eso para mí fue muy lindo, porque de cierta manera hacía que no sintiera la ausencia de mi mamá. Sí hubo momentos en que notaba más que ella no estaba, como cuando mis compañeras les hacían el regalo del Día de la Madre a sus mamás, y yo se lo hacía a mi papá.

Antes de irse, mi mamá le pidió a mi papá que le prometiera que se iba a casar de nuevo. Pero él le dijo que eso no lo iba a cumplir. También le pidió a la Berni que no nos dejara. Ella tenía 60 años, estaba a punto de jubilar, pero no fue capaz de irse. La Berni nos cuidó, nos educó, nos vio crecer. Fue la madrina de Confirmación de mi hermano, iba al colegio conmigo, y a ella le celebrábamos el Día de la Madre. Estuvo con nosotros hasta que cumplió 82 años, y mi hermano, mi papá y yo la cuidamos hasta que murió. Es lindo darse cuenta de que antes de irse fuimos nosotros los que nos hicimos cargo. La Berni me cambió los pañales cuando nací, y yo hice lo mismo cuando ella se puso viejita.

No podría describir la personalidad de mi mamá porque no la conocí. Sé que físicamente tenemos las manos y las piernas iguales, pero los recuerdos que tengo de ella están teñidos de fragilidad, no de la mujer radiante de la que me hablan cuando pregunto por ella. Me dicen que era muy bonita, que tenía una energía única, que llenaba e iluminaba los espacios, pero a mi me tocó verla débil. Y eso es súper ingrato, porque la construyo desde ahí. Mis recuerdos están ligados a querer jugar con ella, pero no poder porque se sentía mal. Tengo la imagen de entrar corriendo a su pieza para ir a buscarla, pero siempre estaba rodeada de gente que la protegía y me pedía que no la tocara, que tuviera cuidado. Si bien tengo un vacío y eso es muy duro, como nunca la tuve, la eché poco de menos.

Mi mamá dejó muchas agendas y libretas en las que anotaba lo que sentía y lo que pensaba. Ahora de grande las he ido leyendo y he ido descubriendo cosas como que se aferró a la Iglesia y a los monjes de Brasil. También he ido entendiendo un poco su proceso, pero me he dado cuenta de que ni ella entendía por qué le estaba pasando lo que le pasaba. En el jardín de la casa en la que crecí hay un árbol gigante que plantó mi mamá. Mi papá nos cuenta que ella caminó mucho a pata pelada por ese jardín porque una de las terapias que le recomendaron era caminar por el pasto con el rocío de la mañana. Cuando tengo un problema, o para la Navidad, que es un día de nostalgia y es la única vez en la que veo a mi papá ponerse triste, camino por ahí y me conecto con eso. Ella se dedicó mucho a ese jardín y logró que creciera como una selva. Creo que de ahí viene mi conexión con la naturaleza y mi necesidad de refugiarme en ella. Ahí siento que me encuentro con mis raíces, con la energía de mi mamá. Ese gusto por la naturaleza me llevó a hacer actividades de alto riesgo, a tirarme en helicóptero, a bajar ríos. En esas circunstancias siento que tengo un ángel, que alguien que me protege. Me atrevo a hacer esas cosas porque siento constantemente su protección.

Tuve una infancia feliz, pero sin mucho destino. Mi papá un día nos decía que nos íbamos al sur y partíamos. Me veo vestida de hombre con ropa enorme de mi hermano porque no sabía qué llevar. Nunca me dieron mesada ni tuvimos los almuerzos de domingo con toda la familia, pero sí tengo recuerdos de ir en el auto y que de repente mi papá paraba a hacer un picnic en cualquier parte. Y esos son los recuerdos lindos que guardo. Agradezco la no estructura, lo no planeado.

Creo que si no me hubiese pasado lo que me pasó, no sería la mujer que soy. Esta experiencia la agradezco y prefiero no preguntarme por qué me tocó a mí. Estoy agradecida de haberme criado con puros hombres y la conexión que esto me permitió tener con la naturaleza, el ser fuerte. No me da miedo sentir que no tengo a mi mamá para ciertas cosas. Puede sonar muy frío, pero no pienso en que cuando necesito ayuda me pierdo la posibilidad de recurrir a ella, porque siempre he recurrido a mi círculo cercano, a mis amigas, a mi familia.

Independiente de tener este vacío, siempre he sentido que mi vida es muy plena y eso me hizo cuestionarme que quizá estaba tapando problemas, así que decidí hacerme una regresión. Yo no creo mucho en esas cosas, pero cuando fui la experiencia me llevó a un momento en el que estábamos en una celebración en el jardín de la casa en que crecí. Yo era chica y había mucha gente que me decía que estuviese preparada porque mi mamá se iba a ir pronto. Creo que esa imagen fue como un cierre de etapa en la que entendí que no necesito escarbar en el pasado para ser una mejor persona. Yo soy así, voy fluyendo, acepto lo que me pasa. Y parte de eso es la muerte de mi mamá.

 Isidora tiene 27 años. Es periodista y conductora de televisión de programas de viajes.

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