*
22 septiembre, 2016
orla

Cristián Baeza, con el corazón en la mano

Aunque cada cierto tiempo sale en los medios por encabezar trasplantes de corazón, como el de Jacinta Zañartu, en el día a día el cirujano cardíaco Cristián Baeza vive en la trinchera, rescatando a pacientes de la muerte. No solo lo hace en el sector privado sino también en el público. Por sus manos han pasado tantos corazones donde la situación parecía irreversible –entre ellos el de Hugo Bravo, ex gerente general de Penta–, que medio en broma, medio en serio dice “he tenido un montón de muertos que andan por ahí caminando”.

Por Pilar Navarrete / Fotografía: Carolina Vargas


Paula 1209. Sábado 24 de septiembre de 2016.

Es el último viernes de agosto. Son las 2 de la tarde y el doctor Cristián Baeza (46), jefe del Departamento de Cirugía Cardiovascular de la Clínica Las Condes, acaba de terminar su día de consultas en la clínica. Tiene cara de cansado. De sueño. Está resfriado. El cansancio y la carraspera los arrastra desde que hace un mes y medio, el sábado 16 de julio, pasara 28 horas seguidas en el pabellón –de pie, sin comer, dormir ni ir al baño–, dirigiendo al equipo de 20 personas que llevó a cabo el doble trasplante de corazón-pulmón de Jacinta Zañartu.Con él buscaban salvarle la vida a la adolescente de 17 años quien se había convertido en prioridad nacional por una cardiopatía congénita cuyo cuadro había empeorado de manera irreversible de no mediar el reemplazo de ambos órganos. Los cercanos a Baeza dicen que la muerte de Jacinta, quien falleció el 6 de agosto, lo tiene bajoneado. Muy afectado. Más de la cuenta para un médico que lleva casi 20 años haciendo cirugía de corazón, torciéndole la mano al destino, viendo gente –ricos y pobres– entre el umbral de la vida y la muerte. Esta tarde de viernes, él lo admite. “Yo he salido airoso de muchas batallas, pero esta pelea en especial la quería ganar porque desde un principio lo sentía un caso imposible. Con la Jacinta siempre jugué a ganarle a lo imposible, no por ego, sino porque si las teníamos todas, ¿por qué no? Estuvimos cerca. Así que, frustrado sí estoy porque hicimos toda la pega. Pero nos faltó esa cuota de suerte”.

Baeza dice que de tanto estudiarlo, se aprendió el corazón de Jacinta de memoria. Es algo que suele hacer con todos sus pacientes para armar la hoja de ruta de lo que va a ocurrir durante una cirugía. “A mí me gusta ocupar el ejemplo de los aviones. Cuando tú entras a operar a un paciente del corazón es como despegar. Y para despegar, tienes que saber que vas a poder aterrizar. Porque una vez que despegaste ese avión, si no eres capaz de aterrizarlo, la muerte es casi una certeza. La cirugía cardiovascular es exactamente igual”.

Por lo difícil del caso, esta vez Baeza hizo algo inédito: imprimir una maqueta 3D del corazón de Jacinta para ensayar el trasplante: ver cómo conectaría los pulmones a su corazón. “Ella era tremendamente desafiante porque por su cardiopatía todas sus cañerías estaban al revés. Su anatomía para la operación era súper difícil. De hecho, una de las razones por las que decidimos hacerle doble trasplante de corazón y pulmón, y no solo de pulmón como pensamos al principio, fue porque con esa maqueta nos dimos cuenta de que con todas esas alteraciones era imposible conectar pulmones sanos a ese corazón enfermo”. Como habían estudiado tan bien el caso, se sentía confiado. “Pero al momento del trasplante, fue todo más complejo de lo programado”, dice. “El proceso de extracción de los órganos, por su misma anatomía, fue extraordinariamente difícil. Pero lo hicimos. Llegaron los órganos, los pusimos. Hicimos todo. Pero entonces empezó a fallar la coagulación. En un momento yo pensé que todo se acababa ahí, porque no paraba de sangrar. Ahí me di cuenta de que, en el fondo, la cosa estaba media sellada”.

¿Qué pasó dentro del pabellón en ese momento? Usted como capitán de barco tenía que decidir si seguir o no.
Fue difícil. Muy duro. Pero ahí la orden fue remar, remar, remar, hasta que se acabara el agua nomás.

Tras 28 horas de cirugía, Baeza salió de pabellón “completamente demacrado”, confiesa. Entonces llamó a su señora. Quería confirmarle que no podría ir con ella y sus 4 hijos al viaje que desde hacía dos años venía organizando su familia para celebrar los 50 años de matrimonio de sus suegros, en Punta Cana. Lo más difícil había sido acordar una fecha entre los 40 invitados al viaje. Finalmente, habían decidido partir el 17 de julio de 2016. “Claro, cuando me llegó Jacinta como paciente (en marzo de este año) y vi que se venía esta cirugía, dije cómo va a coincidir con el viaje. Bueno. El día que partíamos yo estaba ahí trasplantando”.

Cuando terminó la cirugía, ¿alguien de su equipo le dijo algo?
Una auxiliar se acercó a decirme “doctor, no se preocupe si la Jacinta está con Dios”. “¡¿Qué Dios?!”, le dije. “¡¿Dónde ha estado Dios, si el que lleva operando 28 horas aquí soy yo?!”. Estaba enojado. Después le tuve que ir a pedir perdón.

¿Mediatizar el caso antes del trasplante fue un error?
No. Yo la presión mediática me la banco y es una decisión que no toma la clínica, sino la familia. Lo que me preocupa más son las expectativas. Siempre me angustia el ambiente festivo previo a un trasplante, porque es el primer paso definitivo a la muerte en el caso de que te vaya mal o a la sobrevida si te va bien. Pero puede ser el primer paso definitivo a la muerte.

Tras el trasplante, Baeza partió a su casa. Se sentó en la cama y lloró un rato. No de pena, dice, sino que de angustia y de rabia. “Necesitábamos un poquito de suerte. Esa que hemos tenido tantas otras veces”. Prendió la tele y puso la fecha que tenía grabada del campeonato de motoGP mientras se comía cinco huevos con tocino. Es algo que suele hacer después de operar: subirse a alguna de sus 16 motos y salir a manejar por la carretera, para parar ruedas a 180 km por hora. “Así boto mis tensiones”, dice. Ese día se conformó con ver la carrera por televisión y dormir 45 minutos. Tenía que volver a la clínica a operar a Jacinta, porque seguía sangrando.

miltmp34771869

Pelar el ajo y aprender a mandar
Aunque le cuelgan fama de mediático por haber dirigido algunos de los trasplantes más difundidos del último tiempo –además del de Jacinta Zañartu, el exitoso trasplante de pulmón de Cristóbal Gelfenstein– lo cierto es que en el mundo de los cirujanos cardíacos Cristián Baeza, según muchos, ocupa el sitial del mejor de su generación. Su camino, defiende él, ha sido el de una mezcla de talento, oportunidades “y mucho, pero mucho esfuerzo”.

“Cuando entras a operar a un paciente del corazón es como despegar: tienes que saber que vas a poder aterrizar, porque, si no, la muerte es casi una certeza”, dice Baeza, en la foto durante una cirugía de corazón abierto en el Hospital San Borja Arriarán.

Nieto de médicos e hijo de cirujano –Aníbal Baeza, en su época considerado una eminencia en cirugía de cabeza y cuello en la Clínica Alemana–, estudió Medicina en la Universidad de Chile. Nunca reprobó un ramo. Al terminar, postuló a varias becas. “Todas me las gané. Neurocirugía, Oftalmología, Traumatología. Y como también me gané la mejor beca de cirugía en el país que era la de la Universidad Católica, decidí ser cirujano. Y así, de un día para otro me convertí en un pontificio”, dice con ironía.

Aunque durante la beca se había inclinado por coloproctología –cirugía de colon, recto y ano– sus planes cambiaron en su pasada por cirugía cardíaca. “Cuando entré al pabellón me sentí como en una nave espacial: llena de monitores, de máquinas, la sangre circulando por las líneas. Me encantó que fuera altamente tecnológica”. Fue en esos años donde Baeza participó en las primeras cirugías de corazón, en trasplantes y aprendió a procurar, como llaman al proceso de obtención de órganos cuando aparece un donante.

Tras las 28 horas del trasplante de Jacinta Zañartu, una auxiliar se le acercó a Baeza para decirle “Doctor, no se preocupe si ella está con Dios”. “¡¿Qué Dios?!”, le dije. “¡¿Dónde ha estado Dios, si el que lleva operando 28 horas aquí soy yo?!”

¿En algún momento peló el ajo?
Mucho tiempo. Yo me recibí como cirujano cardiaco a los 34 años sin haberme farreado ni un examen. Nunca repetí nada, desde el primer día de Medicina hasta que volví de Estados Unidos en 2003. En eso habían pasado 18 años. Y esos 18 años pelé el ajo. Apenas me recibí fui al banco, abrí una cuenta y con mi primera chequera me fui a TurAvión y di 16 cheques para pagar mi luna de miel porque le había propuesto matrimonio a mi señora. Era plata que iba a ganar con mi primera peguita: un turno. Pero todo el periodo de la beca fue comiendo bistec de pana, porque la cuestión no daba.

¿Qué le parece que hoy la medicina sea tan cara?
La medicina se ha ido complejizando y cada vez es más cara la buena medicina. Pero también convengamos que para cualquier sistema de salud, lo más barato es que un paciente se muera. Porque para una Isapre qué es mejor: ¿pagarle una operación al doctor Baeza o que el paciente se muera? ¡Que el paciente se muera! Porque si el paciente se muere, la Isapre no gasta nada. Cuando llegué a esta clínica y puse el primer corazón artificial, una Isapre que no voy a nombrar dijo “no le manden ni un paciente más al doctor Baeza que va a poner esta máquina que cuesta 150 millones de pesos y se la vamos a tener que pagar”. Eso me ha pasado mucho.

En 2000, tras terminar su beca en el hospital de la UC, Baeza partió becado a la Cleveland Clinic, ranqueada por 28 años como la número uno en cirugía cardiaca en Estados Unidos. Fue ahí donde realizó el programa Heart Failure: insuficiencia cardíaca, trasplante y corazón artificial. “Ahí me rediseñé. Me reformateé. Fue como si hubiese estado en el Mampato y me llevaran a Disney World. Eso fue para mí la Cleveland Clinic. En el avión, cuando venía de vuelta, tenía la sensación de que mi límite estaba en el cielo, que no había nada que no pudiera hacer. Me sentía otra persona, otro cirujano”.

¿Por qué no se quedó allá?
Lo pensé mucho, porque me ofrecieron quedarme. Entonces fui a pedirle un consejo a Bruce Lytle, el director de la clínica, que era como el Tom Cruise de la cirugía cardiaca a nivel mundial. Y me dijo: “Cris, tú eres un muy buen cirujano. Pero acá tenemos un montón de buenos cirujanos. Regresa a Chile, que allá serás el mejor”. Eso fue todo. Y aquí estoy.

De vuelta en Santiago se reintegró al staff de cirujanos cardiacos del hospital de la Universidad Católica, donde estuvo 3 años hasta que lo llamaron de la Clínica Alemana. No había terminado su primer año ahí cuando lo llamó Jaime Mañalich, por entonces director médico de la Clínica Las Condes. “Me dijo: ‘Cristián, me han dicho que tú eres el Ronaldinho de la cirugía cardiaca y yo me quiero traer a Ronaldinho. ¿Qué necesito para tenerlo en mi equipo?’”. Por teléfono, Mañalich lo confirma.

¿Qué le pidió usted al momento de negociar?
Más que concentrarme en la cosa económica, le pedí poder para organizar. Le dije: las operaciones se tienen que hacer todas igual. No puede haber 8 cirujanos cardíacos y 8 maneras distintas de operar. Para eso le pedí carta blanca completa: to hire (para contratar) and fire (despedir). Y me la dio.

Una vez en la clínica, Baeza citó a los 7 cirujanos cardiovasculares. “Entré a la reunión con un carrito con todas las cánulas que usaban, porque cada doctor tenía la suya. Les dije: ahora que soy el jefe, esto se acabó. Yo les voy a decir cómo se opera ahora. Al que le gusta se queda, al que no le gusta se va. Todo saltaron. Bueno, dije. Si alguien tiene una idea que cree mejor que la mía, me la presenta, la discutimos, si me convence la tomamos y todos hacemos la misma cosa. Pero las cosas ahora son así. Primero se fue uno, luego otro. Se fueron todos. Nadie resistió la presión”.

¿Y qué hizo? ¿A quién llamó?
Yo tenía tiempo suficiente, así que nada. De hecho, hoy día en la clínica somos tres cirujanos cardiacos. En su nuevo cargo, Baeza se hizo conocido no solo por su nivel de exigencia –“soy famoso por cascar a mi equipo”, dice–, sino también por promover convenios entre la clínica y el sector público para operar. “Y, aunque no es una política compartida por todos mis colegas, a la hora de operar nunca pregunto si es por convenio, donde a veces nos pagan y otras no. Nunca pregunto qué previsión tiene un paciente. Nunca, nunca, nunca, lo juro por mis hijos”, dice.

¿Es común que los médicos pregunten?
Hay doctores que no atienden por convenio, y solo atienden pacientes privados. Dicen con los pacientes que tengo gano la plata que necesito, necesito tiempo libre y no quiero más. Creo que están en la libertad de hacerlo y que no es criticable si es la vida que tú elegiste. Ahora, eso no quita que yo como jefe de servicio en la Clínica Las Condes tenga una política distinta: mi equipo atiende a todos los pacientes sin preguntar si son por convenio o su previsión. Esa es mi política. Si uno de mis miembros dice “yo no atiendo a pacientes Fonasa”, entonces chao, no puede ser parte de mi equipo.

Voluntades y milagros

miltmp34771872

Martes 30 de agosto. 7:20 de la mañana. Cristián Baeza llega con su mochila al hombro a la Unidad de Cardiocirugía del Hospital Clínico San Borja Arriarán, donde trabaja hace nueve años. “Vietnam”, como le dice medio en broma, medio en serio, “donde está el 90% de la pega y nos pagan el 10% del sueldo”. El día de trabajo parte con una reunión de equipo donde revisan el historial de cada paciente en tabla para cirugía. “Entonces, ¿qué se operó ayer?”, pregunta. Todos son casos complejos. La labor de Baeza es ir aunando criterios y decir qué hacer y qué no. “En cirugía cardíaca lo más importante es evitar la creatividad y la variabilidad, que es un poco lo que hace que los pacientes terminen mal”, dirá más tarde.

A las 8:05 se levanta de la mesa. Le toca pasar visita por la Unidad Coronaria para conocer la evolución de los recién operados. Los cuadros se repiten: casi todos son pacientes sobre 60 años, hipertensos, obesos, con diabetes y más de un accidente cardiovascular. Cuando termina la ronda, vuelve a su oficina. A las 9 comienza el consultorio.

En su oficina del Hospital San Borja Arriarán, Baeza discute con otros médicos los pasos a seguir con uno de los tantos pacientes a la espera de cirugía.

¿Qué diferencias hay entre las enfermedades cardíacas que ve en sus pacientes del hospital y los de la clínica?
Los cuadros son parecidos. La diferencia, es que en el hospital son pacientes más abandonados. Porque si a ti te duele el corazón, vas al día siguiente a urgencia o llamas al doctor, te pide exámenes y te los puedes hacer y te da un remedio que puedes comprar. Pero para los del hospital, como el sistema es su única alternativa, si el sistema no les da los remedios, no se los toman y si no les da una hora, no se ven. Si el sistema no los hospitaliza, se mueren. Entonces cuando llegan a uno, son pacientes mucho más avanzados en su enfermedad. Más abandonados a su suerte.

¿Qué disyuntivas éticas enfrenta en su trabajo?
Lo que ves en la Unidad Coronaria: una paciente de 85 años, llena de enfermedades, que se ha operado pero no muestra mejoría. ¿Seguimos intentándolo? Según yo, no podemos seguir con lo que cuestan los recursos acá. Esa paciente tiene que morirse. Ese dilema ético para mí gusto no es tan difícil de zanjar, pero hay otros que tienen la mirada de que hay que seguir. Ahora, hay otro tipo de dilemas como el de la Jacinta; decir, ¿vale la pena el esfuerzo que hicimos? ¿Los recursos que se gastaron?.

“En salud pública hay divisiones que están a cargo de personas que piensan menos que un burro. Tipos que son tontos y que están a cargo de cosas importantes, por favores.”

¿Y cuál es su postura?
Mi posición es que yo no estoy para tomar esas decisiones. Mis decisiones son aquí, en la trinchera. Quién decide si vamos a la guerra o no, no es mi problema. En la trinchera a mí me dicen, compadre, usted se instala aquí. Y si me dan balas, las disparo.

¿Pero quién decide si se va a la guerra en la clínica y en el hospital?
En el hospital muchas veces las cosas se deciden solas, porque como no está el recurso o las cosas no se dan a tiempo, los pacientes se mueren. Que eso pase en la clínica es más difícil, porque están los recursos y las cosas se pueden hacer a tiempo. En cambio en el hospital hay una variable que no es solo la disponibilidad de recursos, sino que su coordinación. Porque de que hay un problema de recursos en el sistema de salud público, lo hay, pero ese no es el peor problema. Yo creo que tenemos poco y muy mal administrado. Y eso no hay posibilidad de solucionarlo.

¿Por qué?
Porque el sistema público está capturado. Los gremios no permiten cambios. Tú aquí no puedes echar a nadie y ¿qué incentivo tiene un auxiliar de trabajar bien si lo hace pésimo, no lo van a echar y le van a pagar lo mismo? Ninguno. Entonces caen en una inercia. Y en los cargos no están los mejores, sino los apitutados. En salud pública hay divisiones que están a cargo de personas que piensan menos que un burro. Tipos que son tontos y que están a cargo de cosas importantes que te podrías impactar, por favores. Si a mí me sacan de aquí hoy día, a mí la vida no me va a cambiar en nada. Me consigo otra pega porque tengo capacidad técnica para lo que yo me he preparado. Pero el sistema de salud público se ha vuelto el mejor lugar para los tipos flojos, porque a nadie le interesa que funcione bien.

¿Y entonces por qué sigue trabajando en el hospital?
Porque noto que hago la diferencia. Para mí esta cuestión es pura pega y en términos de lucas cero aporte. O sea, ¿gano? Sí. Me pagan un sueldo de 400 lucas que es más que el sueldo mínimo y lo sé. Pero a mí eso a fin de mes no me cambia la vida en nada. Yo vengo porque hemos hecho que esto funcione, que el San Borja se haya convertido en un centro de derivación súper confiable y bien mirado en términos de cirugía cardiaca a nivel nacional. Porque cuando yo llegué, esto era un desastre.

Baeza llegó al San Borja poco tiempo después de aterrizar en la Clínica Las Condes. Como había firmado un convenio para operar en la clínica a pacientes que no podían resolver en el hospital, comenzó a pasar visita para evaluarlos. Al poco tiempo, el por entonces director del hospital le pidió realizar una asesoría para mejorar la Unidad de Cardiocirugía. “Ahí me di cuenta de que era un desastre. El grupo de cirujanos no operaba bien, los pacientes se infectaban, se les morían”, dice. “Era tan horrible lo que pasaba acá que cuando operé a mi primer paciente, me llama el jefe del banco de sangre y me dice ‘doctor Baeza, vamos a tener que suspender a su paciente porque tenemos solamente 10 unidades de glóbulos rojos’. Yo opero con 2. Entonces le dije ‘oye, pero si lo voy a operar del corazón, no lo voy a agarrar a balazos’. Y me dijo ‘no pues doctor, aquí el protocolo es tener 20 unidades como mínimo’. Los pacientes sangraban a chorros y a nadie le importaba. Llevaban 20 años haciendo cirugías cardiacas, hacía 20 años tenían pacientes muriéndose y a nadie le parecía raro. Entonces le dije al director yo no puedo venir aquí a ser partícipe de esta cuestión. O me meto acá, pero eso de ser asesor no. Me ofrecieron horas para venir como cirujano y al corto tiempo le dije o usted me nombra jefe de esta cuestión y yo organizo o me voy, porque no voy a ser cómplice de lo que está pasando aquí”.

Poco a poco, asegura, los cirujanos que habían fueron renunciando –“no resistieron la presión, porque yo operaba y al otro día mis pacientes estaban leyendo el diario, mientras los de ellos se estaban muriendo”– y así renovó el equipo. Casi todos los cirujanos que trabajan con él en el hospital, también lo hacen en la clínica. Y les exige lo mismo: no someterse al sistema.

Es complicado que las cosas dependan tanto de voluntades.
La gran mayoría de las veces en el sistema público las cosas funcionan bien a costa de voluntades personales. De eso, que no te quepa duda. Cuando yo llegué aquí, lo que había no era mortalidad. Era mortandad. Y no es que la historia haya cambiado simplemente porque llegó el doctor Cristián Baeza, sino porque yo dije o me hago cargo de esto o no va a cambiar. Y yo le puse estándares americanos. Entonces hoy día esta unidad es un poquito como cardiocirugía en la Clínica Las Condes. No es lo mismo, pero yo trato, en como funcionamos, de darle un ambiente, un ritmo de trabajo, una exigencia. Me salto la inercia y llamo por teléfono para que las cosas se agilicen, porque si sigo el conducto regular y mando a los pacientes con un papelito para hacerse un examen que es urgente, eso se demora un mes y medio y la paciente entremedio se muere.

Para hablar de las situaciones difíciles siempre usa analogías. “He estado en muchos botes a punto de hundirse”. “Este paciente se lo robamos a la muerte”. ¿Cómo es encarar a la muerte?
Son momentos donde enfrentas situaciones médicas súper difíciles de revertir. Situaciones donde la probabilidad está toda en contra tuya porque los pacientes están muy deteriorados, tienen otras enfermedades o la situación es muy compleja. Como el mismo… no sé, me acuerdo ahora… el Hugo Bravo, este de Penta, el famoso. Ese paciente llegó muerto. Hizo un paro frente a mis ojos. Me llamaron. Y lo vi así, muerto. Le abrí el tórax, le masajeé el corazón 20 minutos. Así, con la mano, 20 minutos. Eso es estar muerto. Bueno, finalmente lo conecté, le puse un corazón artificial y ahora está en su casa. Tú dices ¿por qué él se salvó y la Jacinta no? No lo sé.

¿Que reflexiones filosóficas le surgen sobre la vida y la muerte?
Ufff. Mi vida filosófica ha ido cambiando radicalmente. De partida hoy soy ateo. Yo era católico, cristiano, San Ignacio, misa, confesión, comulgar. Me casé por la iglesia. Hice todo lo que hace un católico. Hoy día no solo no creo en la iglesia, sino que no creo en nada.

¿Le ha tocado un paciente donde haya dicho “esto es un milagro”?
Sí. Tuve un paciente que pensé que era un milagro del Padre Hurtado. Llegó con el corazón roto, algo que en jerga médica se llama perforación miocárdica por un infarto, una situación mortal el 90% de las veces. Estuve operándolo 18 horas. Y lo intenté todo, pero era una cuestión desastrosa, se desangraba. Cuando ya no tenía nada que hacer dije desesperado ¡Padre Hurtado, si existes, haz un milagro y sálvate a este hueón! Así, textual. Voy a hablar con los familiares, les estoy diciendo que el paciente está muerto y me llaman de pabellón “doctor, doctor, doctor venga”. Me dicen mire, agarró presión, está sangrando menos. El paciente se fue de alta un mes después.

¿Y todavía no cree que fue un milagro?
No. Hoy creo que finalmente todo el esfuerzo que hicimos hizo que se dieran las cosas. La hija de Andrés Velasco, la que se cayó a la piscina, estuvo muerta. Muerta. Todos decían que se tenía que morir y se salvó. ¿Fue un milagro? No. Se salvó porque hicimos toda la pega. Yo creo que estas son personas que al final no han llegado al punto de no retorno. Cuál es ese punto, esa es una cosa que yo todavía no sé.

*Foto principal: El cardiocirujano Cristián Baeza con la maqueta 3D que mandó a imprimir del corazón de Jacinta Zañartu para prepararse para su doble trasplante. Sobre la muerte de la adolescente, dice: “Yo he salido airoso de muchas batallas, pero esta pelea en especial la quería ganar, porque desde un principio lo sentía un caso imposible. Con la Jacinta siempre jugué a ganarle a lo imposible”.

Deja tu comentario