Crónica de un matrimonio no válido

Reportajes y Entrevistas

Crónica de un matrimonio no válido

Por Consuelo Terra

La primera vez que hablamos sobre la posibilidad de casarnos con mi entonces polola y ahora conviviente civil/esposa Carolina, no fue por motivos románticos, sino prácticos. Ella estaba revisando los programas de Máster en Arquitectura de Columbia y Harvard y me preguntó si estaría dispuesta a irme con ella “en el caso remoto” de que quedara aceptada y becada. Yo no encontraba nada improbable que le resultara. “¡Feliz te acompaño! Pero nica me voy de inmigrante ilegal a Estados Unidos y menos con Trump como Presidente”, le dije.

La alternativa era la que toman muchas parejas cuando uno se gana una beca para estudiar en el extranjero: casarse y así obtener las respectivas visas de “estudiante” y “cónyuge”. En nuestro caso, como no existe el matrimonio igualitario en Chile, la única opción de formalizar nuestro largo pololeo de nueve años era el Acuerdo de Unión Civil.

El famoso AUC, celebrado como signo de modernidad por muchos y condenado como aberración apocalíptica por cada vez menos chilenos, entró en vigencia en octubre de 2015, y desde entonces ha unido a cerca de 5.000 parejas del mismo sexo en todo Chile y también a 16.486 parejas heterosexuales. La gracia es que regula derechos que antes no existían para parejas gay, como los de herencia, poder ser carga previsional y tener derecho a dar sepultura. Pero es más limitado que un matrimonio, porque no le permite a las parejas del mismo sexo adoptar ni inscribir hijos en común. El AUC me producía sentimientos encontrados, porque, aunque fue anunciado con bombos y platillos como una ley “inclusiva”, en la práctica refuerza una lógica de Apartheid. Así como en Sudáfrica existían hace 30 años playas, restoranes, buses y escuelas mejores para blancos y peores para negros, ahora, en el Chile de 2018, tenemos el “matrimonio de verdad” para los heterosexuales y otra institución de segunda clase y con derechos inferiores para parejas como la nuestra, llamada Acuerdo de Unión Civil.

Pero más allá de nuestros reparos, si pretendíamos irnos juntas a Estados Unidos, necesitábamos formalizar nuestro largo pololeo de 9 años en el Registro Civil.

La Caro se concentró en preparar pruebas de inglés y postulaciones a las universidades norteamericanas. Yo la ayudé en lo que podía y, entremedio, a escondidas, buscaba anillos de compromiso por Instagram. Pese a mi discurso anti AUC, tenía ganas de sorprenderla con un gesto romántico. Encontré un anillo delicado y sencillo, que pensé que podía gustarle y a principios de enero pasado, la invité a comer al Ambrosía bistró. Ella no sospechaba nada. Comimos tapas y tomamos unos vodka con jugo de sandía, muertas de la risa. De regreso en nuestra casa, saqué la cajita con el anillo de mi cartera y ella abrió los ojos, atónita. ¿Querís casarte conmigo? Ella sonriente y emocionada, me dijo que sí.

Mis papás y hermanas reaccionaron felices con la noticia. Mis papás, sobre todo, estaban exultantes. Orgullosos. Era la primera de sus hijas que “se iba a casar”. O para ser precisos, la primera que se uniría civilmente. El AUC no cambiaba nuestro estado civil al de “casadas”, sino al de “convivientes civiles”. Pero para nuestras familias y amigos, eso era un detalle técnico. ¡Nos íbamos a “casar” y había que celebrarlo!

Para las personas que nos querían, no había diferencia entre matrimonio y AUC. Pero ni todo el cariño de nuestros amigos podía protegernos de los límites que marcaban las leyes. Y muy pronto nos encontramos con una primera barrera. Fue poco después de que mi polola recibiera la buena noticia de que había quedado aceptada en un Master in Design en Harvard. Para ayudarla con los trámites, empecé a averiguar sobre las visas. Estados Unidos tiene decenas de visas distintas y las que nos servían eran la visa F-1 de “estudiante” para la Caro y la visa F-2 de “esposa” para mí. Pero yo no me iba a casar con la Caro, sino que a unir civilmente. Para salir de dudas, le escribí al Consulado de Estados Unidos.

El 3 de abril, recibí la respuesta: “El acuerdo de unión civil de Chile no es reconocido en Estados Unidos como matrimonio”.

Si yo no contaba con un “matrimonio válido”, me decía el Consulado, podía postular a una visa de turista, de tres meses de duración. Y el máster en Harvard era de dos años. ¿Qué podíamos hacer? Mi polola le preguntó a otro arquitecto: “Vayan con la visa de turista no más y se casan allá, en el City Hall. Eso hacen todas las parejas gay”. En teoría, una vez casadas en Estados Unidos, podía postular allá mismo a cambiar mi visa a la de “esposa”. Pero a mí me daba pánico viajar como turista y enfrentar las sospechas de los agentes fronterizos en el aeropuerto. ¿Me iban a creer que iba de “turista” si llegaba con dos maletas gigantes a mudarme de país?

Además, todas las semanas aparecían noticias de nuevas restricciones fronterizas y discursos contra los inmigrantes. No me sentía precisamente bienvenida. Me acordé de una amiga que hace dos años se había ido a California becada junto a su pololo, y antes de viajar habían firmado el AUC. Le pregunté y me contó que ellos no querían casarse, así que, para postular a la visa, hicieron una unión civil. Decidieron viajar de todas maneras con visa de turista y la experiencia con los agentes fronterizos de Houston fue terrorífica: los policías se llevaron aparte a su pololo, le quitaron el teléfono y buscaron en sus redes sociales las palabras “job”, “trabajo” y “contrato”. El interrogatorio duró tanto, que perdieron su vuelo de conexión. Pero al menos lo dejaron entrar.
Me parecía terrorífico pasar por todo eso. Pero no teníamos alternativa. Con la Caro no podíamos elegir entre casarnos o hacer el AUC.

Con la Caro nos presentamos el 14 de junio a las 10.30 de la mañana en el Registro Civil de Providencia. Con nuestros padres y hermanos, éramos en total 14 personas en la “Sala de Ceremonias”. Nuestras familias nos rodearon en un semicírculo, mientras la oficial entonaba con voz solemne los artículos del contrato. El texto legal es frío y fome, habla de “prestarse ayuda mutua” y “solventar los gastos de su vida en común”. Pero la oficial se esforzó por darle más calidez y dijo que el AUC era especial, porque reconocía ante la ley una unión proveniente del amor. Y nos recomendó tenernos tolerancia y respeto en el día a día.

Firmamos, intercambiamos nuestros anillos y después la oficial nos entregó una libreta azul con una palma chilena en la portada. Igualita a la libreta de matrimonio, pero con otro color y otro árbol. Cuando dijo: “las declaro convivientes civiles”, nuestras familias aplaudieron y con la Caro nos abrazamos nerviosas. La verdad es que yo no me sentí muy conmovida durante la ceremonia, todo era surrealista. Pero cuando se acercaron mis padres a felicitarnos y vi a mi papá con lágrimas en los ojos, ahí me inundó toda la emoción y añoranza de golpe: después de 9 años con la Caro, estaba declarando que ella era la persona más importante de mi vida ante nuestras familias y ante la ley. Aunque fuera una ley penca como el AUC. Mis tres hermanas me abrazaron y nos reímos, porque también se contagiaron con mis lagrimones. La Caro me miraba risueña. Al final, el “trámite” en el registro civil fue un momento más entrañable de lo que esperaba.

Ese mismo sábado celebramos con un “asado bailable” en la casa de mis suegros. Su jardín se llenó de nuestras familias y amigos. Aunque era invierno, había un sol radiante. Hubo discursos, lágrimas, baile, comida rica, niños jugando, conversaciones borrachas, todo lo esencial. Fue uno de los días más felices de mi vida, aunque suene cliché.

Tres semanas después, el 11 de julio, nos enteramos de que la Caro se había ganado la Beca Chile. Estábamos eufóricas. Pero esa misma tarde ella recibió otro mail: la encargada de Estudiantes Internacionales de Harvard, que conocía nuestra situación, le explicaba que, debido a un cambio recién publicado en la normativa migratoria, la opción de casarse en Estados Unidos y postular a un cambio de visa dentro del país era imposible. El correo terminaba con ella preguntando con tono urgente: “¿Pueden casarse en Chile antes de viajar?”.

¡No! No podíamos casarnos en Chile. Era absurdo que la Caro hubiera ganado meritoriamente una beca del Estado para estudiar en una de las mejores universidades del mundo, y que por no tener ley de matrimonio igualitario en el país se le negara el derecho a viajar con quien ella consideraba su familia. Estábamos en una situación de desprotección legal que nos limitaba y humillaba más que cualquier discriminación o insulto que hubiéramos recibido antes de conocidos o de extraños en la calle. Porque intolerantes hay en todos lados. Pero el Estado se supone que debería proteger a sus ciudadanos.

Teníamos menos de un mes para encontrar una alternativa. Llegamos a la conclusión que quizás la solución no estaba en Chile ni en Estados Unidos, sino que al otro lado de la cordillera, donde existe matrimonio igualitario desde el 2010. Y donde, mediante varios trámites, era posible casarse como turistas. De hecho, el código civil argentino declara que permite a todo extranjero, sin importar su orientación sexual, celebrar un matrimonio “por el sólo hecho de ser persona que titulariza el derecho fundamental y el derecho humano a contraer nupcias”. Vaya. Nuestros vecinos argentinos me reconocían más derechos que mi propio país de nacimiento.

Llamé y le escribí varios mails al consulado de Estados Unidos en Chile preguntando si considerarían válido nuestro matrimonio en caso de casarnos en Argentina. Nunca nos respondieron. Le preguntamos a dos abogados expertos en inmigración, al Consulado de Chile en Boston, pero no sabían cuál era el criterio en nuestro caso. Hasta que la Caro vio que había una charla de Education USA para los becarios de Beca Chile a la que asistiría el vicecónsul de Estados Unidos. Llegamos juntas, muy temprano y lo vimos entrar. Se sentó solo en la sala de conferencias vacía. Nos acercamos nerviosas y le contamos nuestro caso. Con una actitud muy amable, nos dijo que si nos casábamos en Argentina ese matrimonio sería válido para obtener nuestras visas F1 y F2.

Armamos un viaje flash. Mis padres, generosamente, nos ofrecieron irnos con ellos en su auto a Mendoza, para ahorrar. Serían además los testigos de nuestro casamiento. Después de muchas llamadas al Registro Civil de la ciudad, me dieron el teléfono de la jueza del Parque San Martín, Antonia Pinelli, que había oficiado varios matrimonios igualitarios de chilenos. Ella fue tan amable, que al explicarle nuestro apuro me dio hora para la semana siguiente, pese a que la regla era pedirlas con un mes de anticipación. Nos explicó paso a paso los trámites e incluso me dio su Whatsapp.

Aliviadas y optimistas partimos con mis padres a casarnos a Mendoza. A la pequeña oficina de nuestra súper jueza no había llegado la infraestructura del “trámite online”, no se veían computadores, sino que muchas carpetas, fotocopias, libros de registros escritos a mano, códigos pegados con clip y timbres. Pero en cuanto al reconocimiento de derechos humanos, estaban mucho más adelantados que Chile. La jueza nos casó con un discurso bonito, intercambiamos los mismos anillos de la vez anterior y nos sacamos fotos triunfales con nuestro documento matrimonial. “Cada vez más casadas”, nos felicitó un amigo. Ya parecía chiste.

Con ese certificado de matrimonio –una humilde fotocopia de un papel escrito a mano, legalizada y apostillada– logramos obtener las visas F1 y F2 con las que hoy vivimos tranquilas en Estados Unidos. La Caro está felizmente estudiando y yo, como siempre, escribiendo. Para la legislación de Argentina y también de Estados Unidos, pese a todas las barreras migratorias que tiene, estamos legalmente casadas. Pero para efectos de la legislación chilena, el nuestro sigue siendo un matrimonio “no valido” y solo nos reconoce como convivientes civiles.

Tengo plena conciencia que mi historia tiene un final feliz porque tuvimos la posibilidad de viajar a Mendoza. Pero ¿qué pasa con las parejas que no pueden hacerlo? Ni hablar de las madres lesbianas que hoy no pueden inscribir a sus hijos en la libreta del AUC. Ahí no hay resquicio legal que las ayude. Aunque esos hijos nacen, y van a seguir naciendo, la ley los considera “hijos de mamá soltera” y la otra madre simplemente no existe para el Estado. ¿Qué les vamos a decir a esas guaguas? ¿Qué sus familias también son “no validas”? El Acuerdo de Unión Civil, con sus actuales limitaciones, está haciéndole la vida más difícil y humillante a muchas familias del mismo sexo. Espero que esta injusticia cambie y Chile tenga matrimonio igualitario, con plenitud de derechos. Ya basta de Apartheid.

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