Cuando el amor no es suficiente

Reportajes y Entrevistas

Cuando el amor no es suficiente

Por  Catalina Ortiz / Ilustración Gertrudis Shaw

El  2017 me gané una beca para ir a estudiar un magíster en metodologías en enseñanza de inglés para niños en Leeds, una ciudad al norte de Inglaterra. Por primera vez en mi vida me separé de mi familia y crucé un océano buscando realizar un sueño de vida. Desde que puse un pie en Policía Internacional, sentí el dolor de no querer irme. Mis primeros días los pasé llorando, en un país frío, conociendo gente que solo me hacía querer volver más a Chile, arrepentida de haber partido sola a una aventura que sentía que era demasiado grande para mí. A los diez días de comenzadas las clases, se me acercó un chico preguntándome por el camino a la universidad. Se llamaba Prateek.

No bastaron más de 15 minutos, tiempo que nos demoró caminar hasta el campus, para hacernos amigos. Me contó que era de India y que estaba aquí haciendo un magíster en ingeniería civil. Y que, al igual que yo, llevaba días sintiéndose inadaptado. Recuerdo que me hizo reír como nadie lo había hecho desde que dejé Chile. Desde ese momento, nos volvimos inseparables. Nos veíamos todos los días para almorzar y comer por las noches. O simplemente para pasar el rato. Yo llevaba poco tiempo siendo vegetariana y él aprendía las recetas que su madre le mandaba desde India. Éramos la combinación perfecta. La tristeza y nostalgia de las largas noches de invierno fueron reemplazadas por música exótica, Bollywood y curries. Su cultura, sus historias y sus experiencias hacían que mis horas pasaran sin darme cuenta.

Sentía que conocía a Prateek de otra vida. Podíamos conversar de todo, sin prejuicios, sin temores o vergüenzas, a pesar de tener culturas y formas de pensar completamente opuestas en muchos aspectos. Pasábamos horas hablando de fe, de meditación, yoga y de otras vidas. Teníamos esa química extraña de adivinarnos el pensamiento, de enojarnos y discutir como amigos de toda la vida, pero también de arreglarnos de un minuto a otro. Una complicidad que nunca había sentido con nadie. Todos los días hablábamos por teléfono mientras yo caminaba a la universidad o mientras él volvía de la casa de alguno de sus amigos. Éramos la compañía y apoyo incondicional del otro.

Cuando mi hermana me visitó en Navidad, alcanzó a verlo antes de que él viajara a su casa a pasar las fiestas de fin de año. Después de comer los tres juntos, me preguntó en secreto hace cuánto tiempo estaba enganchada de él. Enojada por su impertinencia, le respondí que solo éramos amigos. Pero cuando los días pasaron, me di cuenta que estaba confundida, que lo extrañaba más de lo normal y que esa oscura ciudad no era lo mismo sin sus bromas e ironías. Me enojé conmigo por caer en ese cliché de enamorarse del mejor amigo; de saber que Prateek tenía novia, que su vida estaba planeada y que en su futuro no había espacio para mí. Luché por meses contra un sentimiento que crecía cada día que pasaba con él. Y por vergüenza, no fui capaz de contarle a nadie lo que me pasaba.

En julio de ese año mi mamá tuvo que hacerse unos exámenes para descartar la presencia de tumores en sus pechos y esta emergencia familiar me hizo regresar a Chile. Había escondido por meses sentimientos que no aguantaban más por salir, así que el viaje se presentó como un escape. Cuando me despedí de él, me pidió que no tardara en volver. De vuelta a mi realidad cotidiana, me convencí que lo que sentía no tenía lógica. Que nuestras culturas eran muy diferentes, que no compartíamos un idioma con el cual nos sintiéramos cómodos conversando, que yo no estaría dispuesta a vivir al otro lado del mundo. Sin embargo, nada de eso funcionó. Sin importar lo que hacía, a los amigos que veía o la familia que visitaba, no podía dejar de pensar en él.

Cuando volví, dos semanas después, decidí confesarle mis sentimientos. Nunca me imaginé declarando mi amor en otro idioma, y fue más difícil de lo que pensé. Me escuchó pacientemente y cuando fue su turno de hablar, me dijo lo que yo ya sabía: no podíamos tener nada ya que él tenía una novia a quién le debía respeto y fidelidad. Volví a casa triste por haber arruinado nuestra amistad al involucrar sentimientos románticos que no eran correspondidos.

Un día después de esa incómoda conversación, recibí un mensaje de texto suyo diciéndome que viajaba a India, sin contarme por qué o por cuánto tiempo se iría. Pasé tres semanas enojada, confundida, preguntándome dónde estaba. Con el paso de los días, incluso sentí que mi enamoramiento se había esfumado, que en realidad había sido solo un capricho y que sería capaz de retomar nuestra amistad sin confusiones. Cuando volvió, apareció en mi puerta como siempre, como si las últimas cinco semanas de ausencia no hubiesen existido. Obviamente me derretí otra vez. Ahí me dijo que la última vez que habíamos hablado, no había sido sincero conmigo: sus sentimientos eran recíprocos, pero tenía miedo de no poder volver a su vida normal si algo pasaba entre nosotros. Su viaje había sido para terminar con su pareja, ya que, dentro su espiritualidad y forma de pensar, no podía declararse a otra persona si estaba en una relación. En ese momento nos dimos nuestro primer beso, uno que al recordar todavía me hace sentir escalofríos.

Nuestro último mes y medio juntos en Europa fue una mezcla de aventura y amor de adolescente que nunca había sentido. Conocer a mi amigo como pareja fue un proceso increíble, en el que una cultura asiática tan distante se vio enfrentada al calor y contacto latino. Era como conocernos de nuevo. Cuando faltaba solo un día para mi regreso a Chile, Prateek se fue. Lo acompañé a la estación de trenes para despedirnos como en las películas antiguas. Con los ojos hinchados y la voz temblorosa, nos dijimos adiós con la idea de volver a vernos en el verano.

Mi retorno al país fue tranquilo, con la ilusión fresca de reencontrarme con él en un futuro cercado. Sin embargo, las cosas no funcionaron. Un mes después de regresar, Prateek me llamó para decirme que no podíamos tener más contacto, que había decidido retomar su relación porque era lo correcto y que su familia jamás aceptaría que se casara con una extranjera.

Han pasado seis meses desde esa última conversación que me destrozó el corazón. Hoy entiendo que lo nuestro nunca hubiese funcionado. Que a veces el amor no es suficiente para que las cosas resulten. Y que quizás en esta vida solo nos tocó compartir por un breve lapso de tiempo. Pero entender y aceptar son procesos distintos. Aún lo extraño. A mi amigo, al hindú que me presentó la comida más rica del mundo, al que me mostró un cine diferente que me encanta, al que bailaba cuando estaba feliz con movimientos de cabeza que soy incapaz de reproducir. A veces, cuando su recuerdo me aprieta el pecho, pongo en práctica lo que él mismo me enseñó: cierro los ojos, respiro profundo y me concentro en el presente.

Mi hermana me dijo una vez que uno recuerda a las personas no tanto por lo que hicieron por nosotros, sino que por cómo nos hicieron sentir. Y pese a que las cosas con Prateek no hayan resultado como lo imaginé, nunca olvidaré a ese chico que me hizo sentir en casa en esa ciudad de cemento fría y oscura. A ese chico que trajo luz y alegría a mi vida cuando todo era gris.

 Catalina Ortiz tiene 28 años y es profesora de inglés.

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