Cuando el amor es lo que realmente importa

Reportajes y Entrevistas

Cuando el amor es lo que realmente importa

Por María José Suric / Ilustración Gertrudis Shaw

“Hace doce años que Javier, mi marido, sufrió un accidente de moto en su adolescencia que le provocó una lesión C5, a la altura del cuello, y que lo dejó tetrapléjico. Sus cuatro extremidades del cuerpo se vieron afectadas y ahora solo puede mover sus brazos, pero no sus manos. Cuando lo conocí, ésta llevaba siendo su realidad hace nueve años. Y aunque él estaba en una silla de ruedas, jamás dudé en embarcarme en esta aventura. No me importó el sacrificio que pudiese significar, no sentí miedo.

El habernos conocidos se lo debemos a mi directora de carrera. Ella es fonoaudióloga y cuando Javier llegó a la clínica, tuvo que aprender a tragar de nuevo, así que estuvo a su cargo. Nueve años después, él la contacto porque estaba trabajando en la accesibilidad de Lollapalooza y quería saber si podía contar con su ayuda durante el festival, ya que necesitaba como voluntarios a especialistas de la salud. Ella le confirmó, pero le pidió que fuese a un almuerzo con sus pacientes a dar su testimonio de rehabilitación, donde también estaría yo.

Javier siempre cuenta que apenas me vio entrar se fijó en mí. Y para que yo me diera cuenta de que él estaba ahí, empezó a hablar fuerte. Siempre bromea con que a mí me gustó tanto su voz, que terminé dándome vuelta para mirar de dónde venía. No puedo confirmar que eso sea muy cierto, pero sí es totalmente verdad que quedé loca cuando lo vi. Irradiaba tanta personalidad, tanta buena onda, que su silla de ruedas pasó a segundo plano. Él se me instaló al lado y empezamos a conversar. Estuvimos juntos casi toda la jornada. Recuerdo haber quedado muy impactada con su valentía. Después lo felicité y me despedí porque tenía que irme a otro lado.

Dos días después de ese encuentro, me mandó un mensaje para invitarme a un matrimonio el fin de semana. Se había conseguido mi número a través de mi directora de carrera, a quien le encanta hacer de Cupido. Sin embargo, aunque me muriese de ganas de volver a verlo, tuve que decirle que no porque tenía otro panorama agendado hace más tiempo. Pero él se las jugó, me insistió y unos días después, fuimos a ver una película. No sé por qué, pero no tuve miedo, ni nervios, ni ninguna de esas cosas. No me cuestioné el cómo se iban a dar ciertas situaciones por culpa de su discapacidad. Sentí tanta confianza en él la primera vez que lo vi, que estaba segura de que sabría cómo manejar todo. Y mi intuición era cierta. Nuestra primera salida fue increíble y marcó el inicio de esta relación. Actualmente llevamos cuatro años juntos y dos de esos casados.

La verdad es que su silla de ruedas nunca fue tema para mí. Y quizás puede ser porque como trabajo en el área de la salud, soy consciente de que una persona con una discapacidad no es ‘anormal’ y que, dependiendo del grado obviamente, puede hacer lo mismo que el resto. Pese a que para mí esto no fuese un obstáculo, sí me llamó mucho la atención el temor de los demás. Y eso al principio me hacía sentir un poco de nervios . Si íbamos a alguna parte a bailar, sabía que los demás iban a estar pendientes. Me daba un poco de lata que fuésemos el centro de atención. Pero después me acostumbré y decidí andar como caballo de carrera para que no me afectaran las miradas de la gente. Además, Javier irradia mucha energía y es muy divertido, y eso igual es súper atractivo, así que tampoco puede decir que solo lo miran por su condición.

Tuve la suerte de que mi familia siempre me apoyó y nunca emitió algún comentario negativo al respecto. La primera vez que lo conocieron lo llevé a mí casa, que es cero accesible, pero él es tan relajado que contribuye mucho a que la gente no se sienta mal. Los dos somos cero aproblemados en ese sentido. Lo único que le importa a mi familia es que yo sea feliz. Una sola vez mi mamá me preguntó si estaba cansada, pero le comenté que Javier de verdad puede hacer casi de todo. Él se rehabilitó en un centro que le enseñó a ser independiente, entonces no necesita de mí todo el tiempo. Incluso se mueve solo en micro y metro para todos lados.

Cuando nos casamos nos fuimos a vivir a Australia. Javier hizo un MBA y yo trabajé en distintas cosas. Esa fue nuestra primera experiencia viviendo juntos. Ahí aprendimos a adaptarnos entre los dos y al principio, inconscientemente, me dediqué un montón a él. A los cinco meses tuvimos una conversación y le expliqué que iba a necesitar más apoyo. Javier lo entendió perfecto. Los dos estábamos aprendiendo a encontrar un estilo que nos hiciera felices a ambos.

Para nuestro primer aniversario, fuimos a un camping en un parque nacional a celebrarlo. Compramos una carpa, un colchón que fuese un poco más alto de lo normal para que Javier pudiese pasarse sin dificultad, y partimos. Llegamos a un lugar totalmente vacío, sin vecinos cerca, porque era temporada baja, así que éramos solo él y yo. Ese viaje nos hizo darnos cuenta de que no había límites, que podíamos hacer las mismas cosas que cualquier otra pareja. Cuando Javier terminó sus estudios, agarramos todos nuestros ahorros y los gastamos viajando por diferentes países. En cinco meses recorriendo solo vimos a una persona en silla de ruedas. No lo podíamos creer. Efectivamente los lugares no eran aptos para ellos, pero igual se podía hacer casi todo. Así que nos motivamos y decidimos derribar los mitos e invitar a la gente, a través de nuestras redes, a que se atrevieran a hacerlo. Nuestro objetivo no es criticar lo que ya existe, sino que adaptarse a eso.

En nuestra relación adoptamos el mismo estilo. Ahora tenemos una rutina muy armada. En las mañanas él se pone los calzoncillos y los pantalones, y yo lo ayudo con los calcetines, zapatos, le cierro el pantalón y le pongo la camisa. Nos ayudamos mutuamente. Si él hace los huevos, yo se los parto. Y si no puede hacer algo, se preocupa de armar el ambiente, de servir una copa de vino, poner música. Efectivamente todo es un poco más lento, pero eso me ha ayudado a trabajar en mi paciencia. Es que yo antes era una persona que amaba estar echada en su cama viendo series con un guatero, pero estar con Javier me hizo ser muy hiperactiva porque al principio pensaba que tenía que hacerlo todo, y ahora me cuesta bajar el ritmo.

Obviamente jamás me imaginé que iba estar casada con alguien en silla de ruedas, creo que es algo que a uno no se le pasa por la cabeza, pero siento que ha sido mil veces mejor de lo que soñaba para mí. Y me da mucha pena pensar que quizás, por prejuicios o miedos, me hubiese farreado la oportunidad de estar con alguien como Javier. Agradezco que no haya sido así, que algo dentro me haya dicho que tenía que embarcarme en esta aventura. Me encantaría decirle a la gente que esto no es un obstáculo, que solo se trata de adaptación y que existen miles de otros problemas mucho más graves. Que se atrevan a mirar a una persona sin importar sus limitaciones. Yo conozco a gente que está en relaciones con personas sin ninguna discapacidad y que son un desastre. Que no hay amor, respeto ni cariño. Creo que es muy importante abrir los ojos y saber quién es realmente la persona que tenemos al lado. Para mí no hay nadie que me entregue más amor que Javier Urzúa, y eso es lo que realmente importa”.

María José Suric (28) es fonoaudióloga y creadora de @ruedanomada. 

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