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13 diciembre, 2017
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Cuando elegí adoptar a Santiago y Pablo

A los 39 y 49 años, Carolina López (44) y su marido, el ingeniero Rodrigo Martínez (53), decidieron adoptar dos hijos, de 6 y 4 años. En este testimonio, que es parte de la sección Esta es mi Historia, ella cuenta cómo ha sido formar familia junto a Santiago (9) y Pablo (7), y derribar los prejuicios en torno a la adopción de niños, por sobre recién nacidos. .

Por Almendra Arcaya L. / Fotografía: Rodrigo Chodil. 


Por Almendra Arcaya L. / Fotografía: Rodrigo Chodil.

Paula.cl

“‘¡Estoy embarazada!’, ‘¡Estamos embarazados!’, ‘Vamos a esperar un año, quizás dos, pero mis hijos, por fin, van a llegar’. Eso fue lo primero que pensé esa tarde de viernes de febrero de 2014, cuando la directora de la Fundación Chilena de la Adopción nos comunicaba a mí y a Rodrigo que habíamos sido aceptados como padres adoptivos.

Se me caían las lágrimas. Esa noticia fue culminar un camino de 18 años de búsqueda. Un primer matrimonio que comenzó cuando tenía 22 años y terminó cuando tenía 30. Un embarazo anembrionario y otro que resultó en un aborto espontáneo, y una respuesta negativa de mi pareja anterior ante la opción de adoptar. Rebeldía, desgaste emocional y frustración constante. Mensual. Nadie supo explicarme qué tengo. Hasta el día de hoy no lo sé y no me interesa saberlo.

A Rodrigo lo conocí dos años después de divorciada. Él, separado y padre de dos hijos -de 19 y 15 en ese entonces-, tenía el tema de la paternidad resuelto. Creo que una de las primeras cosas que le pregunté cuando salíamos, fue si estaría dispuesto a adoptar, eventualmente. Me dijo que sí. Con eso aprobó la mitad del camino. Luego de 7 años juntos, y meses después de casarnos, me dijo: ‘Ya po, Carola. Si nuestro proyecto de vida incluye niños, y sabemos que es a través de la adopción, tenemos que empezar ya’. Le pregunté varias veces si estaba seguro. Él también quería ser papá, de nuevo. En ese entonces yo tenía 39 años y él 49. Sentí que estábamos en sintonía.

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Iniciamos los trámites en la Fundación Chilena de la Adopción en agosto de 2013. Asistimos a una presentación informativa y nos cuadró, creíamos que teníamos las capacidades para ser padres adoptivos. Por acuerdo mutuo, renuncié a mi trabajo en el área comercial de una empresa de informática. Fuimos a las evaluaciones sicológicas y sociales de la fundación, donde nos consultaron sobre nuestras familias, entorno y antecedentes de salud. También nos preguntaron cuántos niños nos interesaba adoptar, hasta qué edad y si había alguna predisposición sicosocial o de salud que no estábamos dispuestos a aceptar. Queríamos dos hijos, de hasta 5 años.

Seis meses después supimos que estábamos aprobados. Ese fin de semana, en el cumpleaños de Rodrigo, les contamos a nuestra familia y amigos más cercanos. Ese mismo lunes recibimos una llamada telefónica de la fundación:

-¿Podrían venir este viernes a la fundación?
-¿Para qué?, -pregunté muy ansiosa.
-Justo el día en el que ustedes fueron aceptados como padres adoptivos, dos hermanos, de 5 años y 11 meses y 4 años, fueron declarados susceptibles de adopción. Están sus hijos. Nacieron sus hijos-, me dijeron al otro lado del teléfono.

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El viernes que acudimos a la fundación nos recibieron con una carpeta. Dentro de ella había fotografías de Santiaguito y Pablito. Eran mis hijos. Lo sentí en mi guata. Un instinto maternal. Apapacharlos, besuquearlos. Son míos. Ellos habían nacido para ser mis hijos, yo lo sentía. ‘Si quieren pueden darnos una respuesta el lunes. Si esta vez dicen que no, es válido también, no pasa nada’, nos dijeron. ‘Está decidido, ellos son’, respondimos.

Durante la siguiente semana asistimos a reuniones con sicólogos de la fundación, quienes nos sugirieron realizar un álbum de vida de nosotros, en el que les contáramos a los niños quiénes y cómo éramos, qué hacíamos, dónde vivíamos, quiénes eran nuestra familia y un cuento que explicara lo que era la adopción. Contamos la historia de Cuchuflí, nuestro gato, quien nos adoptó.

Mientras nosotros asistíamos al sicólogo, y Santiago y Pablito leían el álbum en el hogar, un juez solicitaba tres opciones de padres para ellos. Luego de un llamado nacional, nuestra carpeta fue la única que llegó a sus manos. Además de nosotros, no había más padres dispuestos a adoptar a niños mayores de 2 años en todo Chile. Para ese entonces, eso no lo sabíamos.

Los próximos días sentí mucha ansiedad. ‘¿Qué pensará el juez?, ¿cómo nos irá?’, me preguntaba. Teníamos confianza en que nos iba a ir bien. Nos imaginábamos cómo sería cuando llegaran a la casa. Estábamos ilusionados.

Para nuestra suerte, el juez determinó que teníamos las habilidades que Santiago y Pablo requerían.

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El día que llegamos al hogar a conocerlos fue mágico. Las puertas de la salita en la que esperábamos se abrieron de par en par, y detrás, corriendo, Santiago gritaba: ‘¡Mamá!, ¡papá!’, mientras Pablito corría atrás de él. Se tiraron en nuestros brazos, mientras yo y Rodrigo llorábamos como magdalena. Ese día les llevamos algunos regalos, jugamos y nos abrazamos. Recuerdo que a los 15 minutos de estar ahí Santiago preguntó: ‘¿Cuándo nos vamos?, ¿cuándo nos vamos a la casa?’. Mis hijos llevaban tres años en el hogar, sin posibilidades de relacionarse con una familia. Pasaban por momentos de alegría, ansiedad, enojo y pena.  Esa semana fuimos a verlos todos los días y Santiago insistía: ‘¿Cuándo nos vamos a ir?, ¿qué estamos esperando?’.

A mitad de semana nos habían autorizado a salir juntos a la plaza y al finalizarla habíamos ido a escoger, los 4, sus cubrecamas, y habían conocido su casa y la pieza que compartirían. Cuatro semanas después de que el juez nos diera el vamos, estábamos en nuestra casa, con Santiago y Pablo, leyendo cuentos y conversando hasta que se dormían. Los primeros meses saltaban de una cama a otra y corrían y gritaban eufóricamente por la casa.

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Santiago empezó a tener actitudes desafiantes. A estirar el elástico. Hubo momentos álgidos en los que se tiró al suelo a llorar. ‘Es que quiero esto y tú no me lo quieres dar. Tú no me quieres’, me decía. O ‘Yo no quiero ir al colegio, no quiero esforzarme, quiero estar en la casa. Y aparte, tú no eres mi mamá’. ‘Te pongo reglas, te exijo, sí, puedo llegar a ser pesada, sí. Pero lo hago por tu bien, porque te amo, porque soy tu madre y lo seré para siempre, te guste o no. Eres mi hijo para toda la vida’, le respondí. Él se quedó en silencio. Cuando lo miré de reojo, sonrió. Durante dos años no paré de repetírselo, día tras día.

Pablo era más guagua, entonces se apegó mucho a mí. Es mamón, mamón. Yo notaba que ellos se peleaban por los afectos y que, de alguna manera, Santiago cumplía el rol de papá. Cuando retábamos a Pablito, Santiago se ponía entre él y nosotros, y lo defendía, lo protegía y hasta respondía por él. El día que los escuché pelear, acusarse o incluso pegarse, fue para mí una meta lograda. Santiago estaba recuperando su rol de hermano.

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Encontrar un colegio fue un proceso doloroso. En un colegio cristiano, que se jactaba de integración, nos dijeron: ‘Los niños adoptados tienen problemas de personalidad’. Y en un colegio británico argumentaron que ‘Los niños adoptados no son capaces de aprender inglés’, mientras Santiago y Pablo comenzaban a hablarlo en el jardín al que asistían.

Necesitábamos un colegio en el que los llamaran por el nombre que ellos habían elegido, desde que los adoptamos, y no por el que salía en su certificado de nacimiento. Necesitábamos que quien nos atendía en la Isapre dejara de ser tan ignorante y nos permitiera tenerlos como carga mientras teníamos su cuidado parental -los primeros tres meses-, porque la ley así lo dice. Necesitábamos que los demás comprendieran injusticias como que las madres adoptivas tienen 3 en vez de 6 meses de postnatal.

En abril de ese año me reuní con la directora del San Esteban Diácono de Vitacura. ‘Si me pides que hagan exámenes, te advierto que van a salir malos, pero te puedo asegurar que son niños capaces, de lo contrario no los expondría a esto, y que tienen a unos papás dispuestos a dar la pelea para que se nivelen’, le dije. El viernes siguiente dieron el examen y les fue pésimo, pero ese lunes estaban en clases. Ese día corrían de un lado a otro.

Paralelamente, Pablo comenzó a trabajar con una fonoaudióloga. Tenía 4 años y balbuceaba, por lo que Santiago debía traducirnos. Santiago empezó a ver a una sicopedagoga. Durante semanas las profesoras se reunieron conmigo después de clases para sugerirme los contenidos que podíamos reforzar en la casa. También para contarme cuán hiperactivos eran y el poco control emocional que tenían: de repente se ponían a llorar y, de repente, estaban muy enojados. Pablo fue el que dio el peor examen de admisión y en los últimos dos años ha estado dentro de los tres mejores alumnos de su curso.

Tres meses después de que nuestros hijos entraran al colegio, obtuvimos su cuidado personal definitivo y compartimos con un grupo pequeño de apoderados de Santiago que ellos eran adoptados. Ese día escucharon nuestra historia y varios lloraron. Todo el mundo nos apoyó y si ya invitaban a Santiago a sus casas, luego de eso lo hacen el doble. A sus compañeros les contó él, a través de una reflexión de padre e hijo, en que alumnos y apoderados deben presentar en la clase, una vez al año, un tema valórico o de crecimiento personal. ‘¿De qué quieres hablar? Amistad, compañerismo, adopción…’, le tiré con su qué. ‘Adopción’, respondió. Y continuó: ‘Quiero que digan que ustedes son mis padres y que somos una familia’. Ese día les pregunté por WhatsApp a algunos papás si sus hijos habían comentado algo. ‘¿Y qué pasa con eso?, nada pos’ mamá’, les respondían, mientras que algunos hijos únicos les pedían que adoptaran a un hermanito. Repetimos lo mismo con Pablito y la reacción fue igual. La sincronía maravillosa de los niños.

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Los niños tienen unas salidas que uno diría que son genéticas. Tanto así, que hay gente que nos conoce que no tiene idea de que somos una familia adoptiva. Andan a la siga de su papá, para andar en bicicleta como él, y los he pillado en el espejo del baño, con peineta en mano, imitando su peinado. El toque final es el perfume, que ellos reemplazan con colonia de niños.

De a poquito se han ido interesando en su historia. Nosotros no tenemos acceso a sus antecedentes, pero para hablar de ello nos apoyamos en un álbum de vida que realizaron las tías del hogar desde que ellos llegaron. En él hay fotos de ellos cuando más chicos o comentarios como ‘Hoy no fueron visitados’ o ‘Hoy día tenían penita’. El álbum, que es algo privado de nosotros 4, nos ha permitido que su historia fluya más o menos en un continuo, de forma natural. Sabemos cuándo se vistieron de huasos para el 18, de cuándo es ese mechón de pelo guardado y qué heridas se hicieron jugando.

La pregunta más frecuente que nos hacen nuestros hijos es: ‘¿Por qué si somos tan felices, se demoraron tanto en venir a buscarnos?’. Este año nos ha tocado reparar la pena y la frustración de darse cuenta de lo que es el abandono. Nunca nos han dicho que fueron abandonados, pero sé lo que creen: ‘Si nuestros padres biológicos nos dejaron en un hogar, ¿por qué ustedes no lo harían?’. Cuando adoptas una guagua, tal vez tiene muchas más fortalezas cognitivas, porque la criaste tú. Pero también tienes el desafío de revelar la adopción. En el caso de mis niños, siempre lo supieron, y eso implica un trabajo lento, de repararlos poquito a poquito emocionalmente.

Ellos entienden que la fundación nos ayudó a hacer familia y lo hablan con espontaneidad cuando asistimos a actividades junto a otras familias adoptivas. ‘Nosotros somos bacanes, somos choros, no cualquiera es familia adoptiva’, dicen.

Este año se incorporó al curso de Pablo una compañera nueva. Cuando se presentó, dijo su nombre y les contó a sus compañeros que era adoptada. Pablo levantó la mano y dijo: ‘Yo también soy hijo del corazón’. Si me preguntan a quién admiro en la vida, diría que a mis hijos”.

 

 

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