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5 septiembre, 2017
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Cuando nos atrevimos a mostrar el cuerpo

Tomó la píldora, empezó a trabajar, se puso mini y bikini. Con todo eso ganó una inusitada libertad, que tuvo costos: mientras en Valparaíso el obispo de entonces amenazaba con excomulgar a cualquiera que se atreviera con el bañador de dos piezas, en las aulas de la UC el pantalón estaba prohibido. Pequeños actos de rebeldía que terminaron por generar todo un cambio cultural.

Por Bárbara Riedemann


Paula 1234. Sábado 9 de septiembre de 2017. Especial Moda, inspiración 1967.

Ya tenía terreno conquistado: hace rato que podía votar y estudiar en la universidad, pero en un Chile donde el peso de la moral dictaba los rígidos códigos del ser, hacer y vestir, la mujer vivía en constante tensión. ¿Debo tomar la píldora? ¿Debo trabajar? ¿Usar bikini? Quienes se atrevieron, se transformaron en dueñas de sus cuerpos: por fin podían decidir cuándo y cuántos hijos tener. Desafiaron el rol de madre y dueña de casa para salir a explorar un mundo sin límites. Acortaron sus faldas y mostraron sus cuerpos.

Pero en esa liberación aparecieron nuevos problemas de la mujer moderna, que bien se reflejan en el artículo ¿Debo trabajar?, publicado en Paula, en agosto del 67: “las mujeres declaran estar agotadas y con angustia permanente al no sentirse apoyadas por sus maridos, quienes no ayudan en la casa y les exigen lo mismo como si no trabajaran”. ¿Suena familiar?

Ropa funcional para el trabajo

Ya no quiso preparar soufflé de zanahorias ni espinacas a la crema, la última tendencia culinaria europea que, en 1967, publicaban los recetarios de las revistas nacionales. Tampoco elegir tres atuendos diarios para cumplir con sus labores de dueña de casa: falda hasta la mitad de la pantorrilla y una blusa para atender a los niños y limpiar; traje de dos piezas –falda del mismo largo y chaqueta entallada– para tomar té con las amigas; y otra falda con blusa de seda y tacones para esperar al marido y servir la cena a su llegada del trabajo. Ahora ella también trabajaba.

Hoy, 77% de las chilenas recibe un ingreso, según un estudio de la Cepal. Pero en 1967 no alcanzaba el 30%: mientras 2.378.400 chilenas eran dueñas de casa, solo 698.600 trabajan. Un gran número de la fuerza laboral femenina era de clase baja. Otro grupo se desempeñaba como secretaria y en el comercio.

Pero quienes cambiaron los códigos de vestir fueron las profesionales: doctoras, enfermeras, abogadas y profesoras, las carreras más cotizadas por las mujeres en esa época. También había periodistas, sicólogas y diseñadoras. Esta nueva fuerza laboral tuvo que diversificar su clóset para contar con un outfit distinto para cada día. Ya no tenía que cambiar de tenida según la ocasión, pero necesitaba prendas funcionales que les sirvieran tanto para el trabajo, como para algún evento.

Por esos tiempos se introdujo la moda seriada de Estados Unidos, símbolo de la vanguardia por usar fibras sintéticas poco conocidas en el país. Una opción más a la mano para las profesionales que no tenían tiempo para mandar a confeccionar ropa, que implicaba varias semanas de espera y mínimo tres visitas de prueba a la modista.

Faldas-pantalón, pantalones stretch –con el jeans elasticados como máxima novedad–, faldas cortas (pero no tanto para ser minis), suéteres y blusas de gasa estampada, son parte de la funcional oferta de prendas importadas, favoritas de estas mujeres.

Entre todas, el pantalón fue la prenda por excelencia de las más jóvenes debido a la gran movilidad que les otorgaba. Por supuesto que esta nueva tendencia no estuvo exenta de controversia: a los hombres les parecía poco sentador que las mujeres cubrieran sus piernas. Incluso un año más tarde, la Facultad de Derecho de la Universidad Católica prohibió a sus alumnas usarlos en sus aulas. En respuesta, un artículo publicado ese año por Paula, tilda como “semifeudal” la medida. Una reivindicación de la mujer a mostrar, pero también a ocultar su cuerpo a su antojo.

El bikini de Raquel Welch marcó una nueva figura. Su escote profundo resalta tras un sostén impertinente, y un calzón muy por debajo del ombligo.

El destape

Si traemos a la mujer de fines de los 60 cinco décadas hacia el futuro, esta no sería de formas evidentemente redondas como la modelo plus size Ashley Graham, pero jamás sería tan menuda, angulosa y huesuda como Kate Moss. Tampoco sería dueña de un cuerpo ultra tonificado y de piernas eternas como Gisele Bündchen. Y las curvas de Kim Kardashian parecerían exageradas al lado de esta mujer que, también curvilínea, exhibía un contorno menos prominente, con una figura esbelta, de marcada cintura, abdomen plano y muslos carnosos. Para ponerle un nombre –y un cuerpo–: Raquel Welch. Convertida ya en sex symbol por sus superlativos atributos físicos y su melena castaña escarmenada, en 1967 y con 24 años protagoniza La espía que cayó del cielo, cinta que se sumó –con pésima crítica– a la fiebre por los agentes secretos personificados en James Bond. Los únicos aplausos se los lleva la Welch, quien, enfundada en un bikini blanco, deja poco para la imaginación: su escote profundo y bronceado resalta tras un sostén impertinente, y un calzón muy por debajo del ombligo muestra sus caderas de carnes tonificadas, más por gracia de la genética que del ejercicio.

Pero esa soltura y naturalidad con la que Hollywood mostraba los cuerpos de sus divas era una tendencia que apenas se replicaba en las chilenas. No en las casadas, por cierto. A ellas el destape solo les llegaba hasta las rodillas. Para las más vanguardistas, en su mayoría estudiantes y profesionales solteras menores de 30, la imagen de la Welch era un referente. Y como “la que puede puede”, no temieron en lucir el bañador de dos piezas.

Pero en ese entonces la mentalidad criolla estaba a años luz de la norteamericana y de la europea, que ya habían superado el escándalo que significó la aparición de la prenda en Francia, en 1946. A Chile llegó 15 años más tarde y en 1967 el debate de si usar bikini significaba estar desnuda continuaba, pese a que en ese año su uso ya se había masificado en las playas del país. Uno de los más escandalizados fue el arzobispo de Valparaíso, Emilio Tagle, quien en diciembre amenazó con la excomunión a las mujeres de cualquier edad que lucieran un bikini en las playas de la diócesis de Valparaíso, culpando precisamente al cine por propiciar esta “indigna” moda. Poco caso le hicieron las veraneantes, que de todas formas tostaron sus cuerpos en las playas de Reñaca, pese a que los sectores conservadores las tildaban de “libertinas”.

El libro Linda, regia, estupenda, de Juan Luis Salinas, recoge la respuesta a la polémica –publicada en LUN de ese año– de Pablo Hamburguer, gerente de Catalina, la famosa fábrica de trajes de baños que en ese entonces organizaba el concurso Miss Chile: “El bikini es una prenda de uso limitado para gente joven que exige ciertas condiciones físicas. No pasa de 3,5 a 4 por ciento el número de niñas que lo usa. La mujer chilena en general no lo viste, porque su buen criterio se lo impide. A menos que posea un cuerpo escultural”, decía.

El destape, entonces, implicaba “un cuerpo escultural”, como el de la Welch. Nada fácil para las chilenas que por ese entonces no rendían culto al gimnasio y la dieta más reconocida era saltarse la hora de once para no comer pan. Las medidas del cuerpo solo se tomaban para que la costurera confeccionara la ropa, pero no existía un parámetro de medidas corporales, como el famoso “90-60-90” impuesto en las décadas siguientes. Tanto así, que las bases para participar en el Miss Mundo Chile, organizado por la revista Ecran y Catalina, solo exigía a sus postulantes tener entre 17 y 27 años, ser solteras o casadas, pero con autorización paterna o del cónyuge para viajar al extranjero, y “poseer bonita figura”, requisito que era interpretado por cada postulante con ambiciones de reina quien, solo una vez seleccionada, debía desfilar en un recatado traje de baño de escote alto y tiro bajo.

Recién un año más tarde, con la creación del concurso Miss Paula, que buscaba modelos para las páginas de moda de la revista, se estableció para las participantes tener entre 16 y 25 años y cumplir un molde poco exigente: medir mínimo 1,60 m y pesar un máximo de 55 kilos.

Así las cosas, las chilenas estaban a merced de su genética y la belleza propia de la juventud. Y del dinero. Recién en Chile se comienzan a prescribir anfetaminas para bajar de peso, pero el método era un costoso milagro a la mano de quienes podían pagar la consulta de un médico. Lentamente el uso del bikini da paso a una incipiente industria de la estética corporal. En las páginas de las revistas del 67, una mujer en bikini muestra su figura –que según los parámetros de hoy correspondería a la de una mujer esbelta, pero normal– para promocionar el Cut-Roll, un rodillo modelador de abdomen, cuya efectividad hoy daría para dudar: “¡El éxito está en sus manos! Bastan 5 minutos diarios de suaves y acariciantes masajes para lograr una figura dinámica, esbelta y excitante. Use Cut-Roll y se sentirá envidiada y admirable”. A los centros de belleza, llegan los primeros tratamientos corporales de electroestimulación para eliminar grasas y comienzan, además, a promocionarse los bronceadores en una época cuando el uso del factor solar era nulo.

Las “lolitas” popularizan la minifalda en 1967, las que usaban con botas a media pierna. La prenda les sirve para transitar del recato al atrevimiento, y de niña a mujer.

Pero hubo un grupo que se atrevió cada vez más. Eran las “lolitas” que escandalizaban a los padres de hace 50 años. Su nombre es adoptado de la película de Stanley Kubrick inspirada en el polémico libro del ruso Vladimir Nabokov.

Las lolitas, algo así como un símil de las actuales “pelolais”,  escuchaban a The Beatles y en lugar de leer la revista Ritmo fantaseaban con Twiggy en Vogue, publicación que llegaba a Santiago.

Adaptando el estilo de la maniquí inglesa, que impuso una silueta delgadísima, finas facciones que evocan a una muñeca y un aspecto más desgarbado, hicieron de la minifalda su emblema personal, que complementaban con botas a media pierna. Aunque creada en el 64 por la inglesa Mary Quant, la minifalda se populariza en Chile en el 67 con esta tribu urbana que la usa como una prenda que les sirve para transitar entre el recato y el atrevimiento, entre niña y mujer.

Se soltaron las trenzas y los moños apretados y aparatosos para usar el pelo muy largo y liso. Sus ojos pintados con colores fuertes y gruesas capas de rímel. El fenómenos es transversal y las lolitas se ven en distintos barrios de Santiago. Andan en grupo y es fácil reconocerlas los fines de semana. Unas se juntan en el Coppelia de Providencia –epicentro de la juventud acomodada–, otras en el Capeta, un patio techado en calle Nataniel, donde también fuman y bailan rock & roll. Aunque lo único que les importa es la moda, los pololos y pasarlo bien, todas tienen algo claro: quieren ir a la universidad. Compadecen a las mujeres de antes, como sus madres, que para conocer el amor tenían que casarse y para ser independientes tenían que llegar a viejas. Las lolitas son desenvueltas y desprejuiciadas. Y el cuerpo, a fines de los 60, sería un emblema de esa liberación.

*Para este reportaje fueron consultadas las historiadoras Azún Candina de la Universidad de Chile, Ana María Stuven de la UDP; Jacqueline Dussaillant, investigadora Cidoc de la Finis Terrae; y Yasna Carrión, decana de Salud y Odontología de la UDP y primera Miss Ritmo en 1967.

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