Pedí matrimonio y me dijeron que no

Reportajes y Entrevistas

Pedí matrimonio y me dijeron que no

Por Javier Encina / Ilustración: Edith Isabel

El primer día de mi luna de miel, me encontré solo y llorando en la cama de una habitación de un all inclusive en Punta Cana. Mi futura novia había cancelado el matrimonio dos semanas antes de la fecha, y yo aproveché el viaje que habíamos planeado juntos para intentar armarme de nuevo. Es muy difícil querer casarte con alguien y que te digan que no. Pero después de más de dos años de haber vivido esta experiencia, creo que fue lo mejor que me podría haber pasado.

Con Laura nos conocimos en la universidad y estuvimos juntos durante seis años. Los dos éramos estudiantes de medicina, ella tenía 19 y yo 20.  Fuimos ayudantes de los mismos ramos, compañeros de estudio e hicimos el internado juntos. Teníamos una relación muy bonita, y por el tiempo que llevábamos la gente nos empezó a preguntar cuándo nos íbamos a casar. Un poco por presión social, y un poco por costumbre, le pedí matrimonio. Y me dijo que sí. En esa época yo estaba empezando la beca de medicina interna y ella había empezado a trabajar como doctora en un hospital.

Nuestro mayor error fue confundir una gran amistad con una relación amorosa, y planificar y costear el matrimonio fue lo que terminó destruyéndonos como pareja. Para financiar la celebración empecé a tomar más turnos y horas extra, lo que significaba menos tiempo con ella. Llegaba destruido a la casa a dormir para, en unas horas más, volver al hospital. Además, mi especialidad requería de muchas horas de estudio. Por su lado, ella tenía que ver todos los preparativos sola mientras trabajaba en medicina general. Como si fuera poco, se nos ocurrió la pésima idea de comprar un departamento, en vez de arrendar por un tiempo, sumándonos otra preocupación y gasto adicional innecesario.

Discutíamos constantemente al no ponernos de acuerdo con los detalles para la fiesta, llegando al punto en que no sabía si las preguntas que me hacía eran por molestar. ¿Un robot gigante con luces led que baile? ¿En serio? Yo quería un matrimonio pequeño, pero su familia uno grande. Elegía el fotógrafo habiendo mirado dos opciones, cuando ella quería que revisara las veinte que habían. En ese tipo de decisiones se fue todo un año.

La gota que rebalsó el vaso fue luego de un fin de semana en el que había tomado un turno extra y no habíamos tenido tiempo para compartir. La relación de pareja casi no existía. Con suerte hablábamos. Un lunes, una amiga me llamó para pedirme que reemplazara a otra persona como testigo en su matrimonio. Era ese mismo día y no tenía a nadie más a quien recurrir. Cuando llamé a Laura para decirle que no podría pasar la tarde con ella, pero que en la noche podíamos salir a comer, noté la desilusión y el agote en su voz. Cuando terminé con el trámite volví a llamarla. Ella me dijo: “tenemos que hablar”. Cuando llegué a la casa, me estaba esperando con mis cosas empacadas en unas maletas al lado de la puerta. Yo sabía que no estábamos bien, pero nunca pensé que estuviéramos tan mal. Estábamos pasando por un mal momento, pero siempre pensé que, después de la Luna de miel, de las esperadas vacaciones y necesarias horas de sueño, todo se iba a arreglar.

Agarré mis cosas y volví a la casa de mis papás. Y pedí una licencia por depresión, de dos semanas. Esos primeros días fueron terribles. Me encerré en mi pieza, sin prender la tele, sin subir las cortinas, sin bañarme, ni comer. Con suerte iba al baño y tomaba un vaso de agua al día. Bajé 7 kilos. Al tercer día fue cuando asumí que no habría matrimonio, cada uno contactó a su parte de la lista para avisar con un mensaje estándar por whatsapp: “Estimados, decidimos no casarnos por motivos personales. Disculpen a los que ya nos mandaron regalos, lo pueden solucionar en la tienda. Y a los demás, gracias por todo. Estamos bien, por favor no nos pregunten”.

Al quinto día de haber terminado, llegó a mi casa la amiga que había ayudado para su matrimonio y me dijo “Javier, tenemos que hacer algo. ¿Tu Luna de miel está pagada? Necesitas vacaciones, playa, barra libre y mar. Vístete y ándate”. Primero tuve dudas, pero sabía que no podía seguir así. Además, mi papá llevaba muchos años luchando contra un cáncer y su último deseo era viajar una vez más conmigo. Tomé el vuelo solo, pero después de cuatro días, llegó mi familia y pasamos una semana en el mismo hotel en Punta Cana donde se supondría celebraría mi matrimonio junto a mi mujer.

Estando allá, me liberé de todos los pesos y pude por fin reflexionar sobre lo que había pasado. Así me di cuenta de que la decisión que tomó mi ex fue muy valiente. Hay que tener harto coraje para decir que no, y yo quizás no habría tenido los huevos para hacerlo. También creo que si nos hubiéramos hecho los tontos, efectivamente habríamos terminado separados. Quizás incluso podríamos haber esperado hasta tener un hijo. Y ahí habría sido todo mucho más complicado.

Cinco meses después de haber vuelto del viaje me atreví a invitar al cine a una conocida del hospital que siempre me había llamado la atención. La encontraba linda, simpática y muy matea, pero era una suerte de amor platónico por la diferencia de edad; yo tenía 29 y ella 35. Fuimos un sábado a ver una película. Ese domingo subimos juntos un cerro. Lo pasamos muy bien. Y así, empezamos a vernos, conversar y salir.

Ella me hizo hacer cosas que había dejado de lado, por falta de tiempo y estrés. Volví a jugar tenis al menos una vez a la semana, empecé a comer más sano, a dormir más. Y mi calidad de vida empezó a mejorar considerablemente. También, cada uno le mostró cosas nuevas al otro; yo la llevé al estadio, ella me llevó a galerías de arte. En diciembre del año pasado cumplimos dos años pololeando y en noviembre de este año nos vamos a casar. Nos demoramos un mes en planificar nuestra celebración.

En su familia todos saben mi historia, y nos lo tomamos con humor. Mi cuñado me dice: “esta vez te voy a mandar el regalo un día antes del matrimonio, para que no me lo devuelvan”. También me tiran tallas con que esperan que la segunda, y no la tercera, sea la vencida. A pesar de lo que viví, sigo creyendo que las personas tenemos que estar en pareja. Es lindo poder desarrollar un vínculo. Y nunca perdí la fe en que generarlo es posible.

Mi novia arrienda un departamento, que es como una cajita de fósforos, pero vamos a ser felices ahí. Será nuestra caja de fósforos. Después, con más calma, vamos a buscar algo un poco más grande. Al menos mientras seamos dos, sé que no necesitaremos más.

Javier Encina tiene 31 años es médico internista.

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