DE TAL PARRA, TAL ASTILLA

Reportajes y Entrevistas

DE TAL PARRA, TAL ASTILLA

Por Ximena Torres Cautivo

Padre e hija, vid y vástago, nos hablaron de su fuerte relación y de su trabajo conjunto, pese a la distancia. Conversamos con Catalina en Nueva York y con Nicanor en La Reina.

Y el “artefacto” que le sirve de ejemplo queda “grabado” en bajo relieve sobre nuestro cuaderno con su letra grande y bonita. Sigue explicando Nicanor Parra:

–Ordinariamente la Catalina toma mis textos y después me dice “mira”. Este lo tomó y le puso encima una preciosa foto del Papa, grande, en colores, donde él luce rozagante (se ríe), enmarcado por una cosa así, que le da una bonita perspectiva y una sensación como de ataúd –dibuja, haciendo fuerte presión sobre el papel.

De esta manera trabajan padre e hija, vi y vástago, Parra ambos. Él, poeta-anti-poeta, casi siempre encaramado en su cerro de La Reina, y en ocasiones de viaje por el mundo. Ella, artista visual (“operadora”, según Nicanor), en pleno uptown neoyorkino. Él, de 75 años, ella, de justo medio siglo. E igualitos de apariencia, aunque a ella le falten canas y arrugas para ser perfecta copia paterna. Ligados más fuerte que la hiedra, como dice el bolero, pese a la distancia.

Y fue la fortaleza de ese lazo la que nos abrió la puerta de la casa de La Reina, desde donde hace tiempo se guarda Nicanor, trabajando en privado sus próximas “Obras Públicas”, aunque el asunto suene contradictorio.

Desconfiado de los periodistas (“porque suelen no entender que la poesía pública es visual y la reproducen mal”) bastó que le mencionáramos que habíamos estado con Catalina en Nueva York para que todos sus reparos se fueran al trasto. La idea de una entrevista paralela le fascinó y se apuró en citarnos. “Hoy a las cinco, después de la siesta”, dijo, contento, y de ahí para adelante no dejó de llamarnos “Ximenita”.

EE.UU. Donde la libertad es una estatua
–¿Querís un cafecito o preferís un té o un vinito o un Scotch…? Pero, dime, ¿qué preferís? –pregunta, imperativa, Catalina Parra, hija de Nicanor, sobrina de Violeta.

Con sendas copas de vino –blanco ella, tinto nosotros–, en un sexto piso del barrio universitario de Columbia, a la hora de los openings, le damos cuerda a la lengua.

Franca, sin la larga cabellera que era su característica hasta hace poco, con un look negro, muy neoyorkino, hablando de su recién pasada exposición conjunta en una galería de Brooklyn, de su participación en la muestra “La década de los 80” en tres importantes museos de esta ciudad, de su casi inmediato viaje a Europa, donde mostrará su obra en París, Burdeos y Alemania, uno no puede dejar de vincularla a esa cosa como de tierra que detona el nombre Parra.

Como de San Fabián de Alico, donde nació su padre, porque su abuela, costurera, y su abuelo, profesor primario, andaban en una “diligencia” de a caballo cuando sobrevinieron los dolores de parto. Como de la más-santiaguina-no-puede-ser-Plaza-Egaña, que la vio crecer, frecuentando la casa de Pablo Neruda y La Hormiguita, “que la quería tanto”.

Como de La Reina Alta, de esa casi mítica casa, muchas veces descrita, donde la extraña su padre.

–La nuestra siempre ha sido una relación superfuerte. Él ejerce sobre mí una influencia intelectual tremenda. Yo trabajo mucho con sus textos. Él es una maravilla –afirmas, con su manera directa y pasa a relatarnos lo que ella llama “el saludo a la bandera que le hice a mi padre”.

Fue durante el crudo febrero de 1987, cuando por casualidad Nicanor se encontraba de paso en Nueva York. Entonces ella estaba por ocupar con una de sus obras, durante dos semanas, la gigantesca pantalla callejera, situada en el corazón de Times Square, en la que rotaban los trabajos de importantes artistas visuales, seleccionados por el Public Art Fund. Cada media hora, su mensaje animado por computadora de treinta segundos de duración detendría el tránsito con la imagen de la Estatua de la Libertad y el sugerente “artefacto” de su padre: “USA, WHERE LIBERTY IS A STATUE”.

–Fuimos juntos a ver la primera aparición. Estaba oscuro, nevaba y nosotros parados allí bajo mirando la enorme pantalla. A mi papá le encantó ver su nombre grande en los créditos. Fue bonito. Y él entendió que era mi saludo a su bandera.

Parte de matrimonio suspendido
–Me gustaría estar todo el tiempo con ella. Me imagino que la Catalina en este minuto debe tener como preocupación central la de todo ser humano: la soledad. Quién no se siente solo en este mundo. ¡Y en Nueva York!, peor aún, porque allá la soledad es exponencial –dice papá Nicanor, medio preocupado o quizás aún bajo el influjo de una siesta “caótica”.

Sentado sobre una manta mapuche, tomando té, habla sobre los proyectos comunes y del lugar que ocupa Catalina, la primogénita, en su vida.

“Tengo tres grupos de hijos”, explica. Ella encabeza el primero, integrado además por Francisca y Alberto Nicanor Parra Troncoso; el segundo, es grupo de a uno: lo forma sólo Ricardo Nicanor Parra Muñoz; y en el tercero están Colombina y Juan de Dios Parra Tuca, los menores con quienes ha vivido siempre y quienes lo atan a Chile.

–Son los nuevos y los que siento que aún me necesitan. Colombina canta, compone canciones y toca el piano. Está muy en la línea de la Violeta. Juan de Dios toca guitarra clásica y eléctrica. Parece que estos demonios son músicos –dice, con toda la chochera de que es capaz.

De Ricardo Nicanor no habla. Dice que está enfermo o que así podríamos ponerlo. Su hija Francisca vive al lado, en una casa levantada en la misma parcela, donde nunca ha dejado de estar Anita Troncoso, la madre del primer “grupo”. Alberto Nicanor se fue de mochilero hace cerca de un cuarto de siglo.
–Una vez que yo estaba en Estocolmo, pasé a Noruega, donde vive. Habían pasado veinte años sin que nos viéramos. Fue un poco enigmático el reencuentro. Él está bastante escandinavo, con mujer e hijos noruegos. Cuál no sería mi sorpresa al descubrir que el mochilero de hacía veinte años era un hombre que me había ido a recoger al aeropuerto en Mercedes Benz, que vivía en una mansión en un barrio muy elegante.
–¿Es un hombre rico, entonces?
–No, porque recién llegado descubrí que su mansión no tiene biblioteca.

En el departamento de la calle 110 sí hay libros y bastidores y periódicos en los que Catalina encuentra inspiración y materia prima para armar sus sugerentes colages.

También hay amigos comunes, muchas librerías, la proximidad de Columbia University, el restaurante chino de la esquina (“nuestro refrectorio”), el subway que conduce a Nicanor a la Universidad de Nueva York, donde ha dictado numerosos cursos. El último, sobre “Cartas de un vidente” de Rimbaud, duró 14 semanas y le permitió estar una buena temporada con la hija Catalina, de quien se considera casi colega. “Tenemos un oficio común”, afirma.

Ese oficio común tiene que ver con asuntos como los de Times Square y la Estatua de la Libertad, donde ella pone la imagen, usando sus textos.

–¿Le gusta el resultado de los “fundidos” que hace Catalina?
–Ella sabe que yo simpatizo ciento por ciento con su trabajo. En ese plano nuestra relación es más de padre a hija, que de uno a otra, pero tiene la gracia de estar enriquecida por la de uno a otra…
–¿Opina ella sobre su trabajo y usted toma en cuenta su opinión?
–Tanto a ella como a mí nos importa mucho la opinión del interlocutor, quienquiera que sea–, responde, y se entusiasma con un caso que le parece buen ejemplo: –Ella me presentó a Miraldes, un escultor español muy ingenioso, que ahora tiene un proyecto de casamiento para el 92 entre la Estatua de la Libertad y el Monumento a Cristóbal Colón que hay en Barcelona. Sé que Miraldes está terminando el traje de novia para la estatua… Bueno, la última vez que estuvimos juntos, cuando me fue a dejar al avión, en el aeropuerto Kennedy, escribí el “Parte de cancelación de matrimonio de la Estatua por temor a perder su libertad”. Y Catalina me dio luz verde.

Invitación al chino de la esquina
–Siempre quise vivir en Nueva York, porque aquí en Estados Unidos estaba toda la gente de la Bauhaus, el arte Pop. Todo lo que me llevó a ser artista. Esta es la capital del Nuevo Mundo… –cuenta entusiasmada, Catalina.

Gracias a una beca Guggenheim en 1980 pudo cumplir su sueño de instalarse aquí. Venía con un año de “sueldo asegurado”, pero con tres hijos en etapa preuniversitaria y recién separada del poeta Ronald Kay, su segundo marido (El primero, el padre de sus hijos, murió hace años).

–Fue el momento más adecuado para hacer un cambio total de vida. Además sentía que en lo profesional en Chile había llegado a un punto muerto –afirma, demostrando que le sobra decisión.

Y le ha ido bien. En lo artístico, su obra es reconocida y trabaja con una buena galería. Cada año, participa de unas seis muestras de grupo y cada dos años expone en forma individual. Puede decir que vive del arte.

En cuanto a lo personal, todos sus hijos tienen residencia en Manhattan, a pocas cuadras de este departamento. Ahora mismo está por llegar Chichí, la única mujer, casada con un joven actor norteamericano y quien le dio su primer nieto.

–Estuve casada dos veces y me gusta la sensación de no estarlo. Por supuesto que tengo novios, pero mi actual situación es ideal y muy de acá.

Se le nota aclimatada. Y no piensa en volver a Chile.

–Acá tiene sentido ser artista. ¿Qué podría hacer allá? Además uno acá se mal acostumbra. El trabajo se hace en serio. Una muestra requiere de un don catálogo, con textos críticos de gente importante… Es otra cosa.

No reniega de su tierra natal y está ávida de saber qué está pasando:

–Chile para mí es fundamental. Todas las herramientas que utilizo en mi trabajo son chilenas. El mito mapuche de los imbunches es básico en mi obra. Esa idea de que había que cerrar todos los orificios del cuerpo para impedir la entrada de los malos espíritus, inspiró toda mi obra después del golpe militar. Así hablé de la censura y la represión.

Catalina define su trabajo como político.

–Uno es un individuo como cualquier otro y por eso refleja en su obra las preocupaciones políticas, económicas y sociales de su tiempo. ¿Cómo sustraerse a cuestiones fundamentales como la catástrofe ecológica, la caída del bosque oriental, el AIDS, los homeless de Manhattan?

Los suyos son los temas de las primeras páginas de los diarios, los mismos periódicos que utiliza en sus trabajos. Fundamentalmente, The New York Times, “aunque ellos todavía no se dan por aludidos”, bromea. Y la imagen inicial como de tierra, de campo, que teníamos de la mayor de las hijas de Nicanor se hace cada vez más y más urbana.

–Nueva York es más que una ciudad, un país independiente, formado por gente de todas las nacionalidades, más unos cuantos norteamericanos que son, por cierto, seres bastante excepcionales. ¡No hay como la vitalidad que aquí se respira! –, y aspira, antes de pararse y partir con su hija Chichí y nosotros al restaurante chino de la esquina con un: ¡Yo invito!

In case of fire/don’t use the elevators
–Me preocupé mucho cuando Catalina partió a Nueva York y me pasé un tiempo largo pensando cómo hacerme presente. Al final lo logré: decidí colaborar con el pie para la compra de su departamento. Unos cincuenta mil dólares que tenía ahorrados por los derechos de autor de mis libros. Ahora vale una fortuna –dice Nicanor, abriendo los ojos, con la satisfacción de quien hizo un buen negocio.

Ese departamento le permite “pasar por Nueva York cada vez que puedo”.

–Como cuento con esa gran guarida, que es la casa de Catalina, siempre me las arreglo para hacer allí una pausa.

Ahí mantiene su costumbre de dormir siesta, combinada con hábitos más neoyorkinos propios como sus clases en la NYU y otros que le impone su hija. “Me lleva a las galerías y caminamos mucho. Nunca camino tanto como allá”.

Esas caminatas le sirven para seguir recopilando frases de poesía pública.

–He estado como cuarenta veces en esa ciudad y nunca termina de sorprenderme la publicidad. Esos fantásticos letreros que son una invitación a la acción. Breves, como debe ser la poesía. Ya lo dijo Edgard Allan Poe, aunque él habló de media hora. Yo diría segundos. Estos textos brevísimos inspiran mis “artefactos”, los cuales también tienen que ver con los W.C. poems y los graffittis.

Estos son los antecedentes de la poesía pública, pero hay una clave en los ascensores neoyorkinos:

–Siempre leía y releía ese letrero que dice “In case of fire/don’t use the elevators/use stairway/unless otherwise instructed”. ¿Quién es el hablante lírico de este poema, que además es tan autoritario? ¿El mayordomo del edificio, el alcalde de la ciudad, el tío Sam?

Con este ejemplo queda más clara la poesía pública, la que no tiene que ver con alguien que hable de sus intimidades, sino con estos hablantes líricos que interpelan vaya a saber uno de dónde.

–En Chile hay muy poca poesía pública. Estamos verdes. No hay madurez en nuestro lenguaje publicitario, porque ahí está el futuro de la poesía, no en las revistas literarias –revela.

Y lanza un artefacto elocuente: “Todo lo que se mueve es poesía/lo que no cambia de lugar es prosa”.

–¿Tiene que ver su obra con la política? –preguntamos, intentando un paralelo con el trabajo de su hija:
–Yo hago críticas sobre los norteamericanos y sobre el socialismo real. Ni siquiera critico a partir de ideologías. Yo digo: “Que flameen todas las banderas…”

Entre otras, las de él en La Reina y la de Catalina en Manhattan. Las de los Parra en el mundo.

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