Death Café: De qué hablamos cuando hablamos de morir

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Death Café: De qué hablamos cuando hablamos de morir

Por Juan José Richards / Ilustración: Edith Isabel

Quince extraños, cinco botellas de vino y dos horas de conversación para abordar un solo tema: la muerte. Esa es la ecuación de los Cafés de la Muerte en Chile, una iniciativa que nació en Londres hace siete años y que ha crecido exponencialmente en el mundo. La idea es hablar con desconocidos de lo que pocas veces se habla: el fin de la vida. ¿El resultado de estos encuentros? Siempre inesperado.

“El gran tema es la muerte”, dice Matías Reeves mientras ajusta las quince copas que hay esta noche sobre la mesa. “¿Cómo funciona ?”, pregunta un hombre que está en la cabecera. “Espontáneamente, es sin pauta. Es una conversación real”, responde Matías. Él es uno de los tres organizadores de los Cafés de la Muerte en Chile y hoy espera recibir a quince extraños que llegarán a un restorán en Ñuñoa a conversar sobre algo que ninguno ha experimentado realmente: la muerte. Pero esto no es impedimento.

A Matías nunca se le ha muerto nadie cercano y dice que si pudiera, se dedicaría a hablar de este tema todos los días. Estudió ingeniería civil e hizo un máster en filosofía en Londres. Estando ahí conoció a Jorge Browne, un médico chileno que se había dedicado a la salud pública y la epidemiología, que también estaba estudiando un posgrado. Se hicieron amigos, jugaron fútbol y salieron juntos, pero nunca hablaron de lo que significaba para ellos morir. Fue sólo cuando volvieron a Chile, el 2016, cuando en una comida empezaron a conversarlo. Matías, durante su magister, se había interesado en el transhumanismo. “Me impresionó que había personas pensando en la muerte como una enfermedad que a través de la tecnología buscaban alargar la vida”, dice. Había leído, escrito y pensado sobre esto. Pero nunca lo había hablado.

El interés de Jorge por la muerte, en cambio, venía por el lado médico: “Recién salido de la universidad trabajé en Atención Primaria en un programa de pacientes altamente dependientes, y para mí fue un shock. En lo técnico es poco lo que se puede hacer en esos casos, pero eso no significa que no puedas hacer nada. Aprendí a acompañar y a escuchar. Como médico me di cuenta que no enfrentamos el tema. Ahora trabajando en geriatría, me sentí con muy pocas capacidades para entender lo que significa para el otro la muerte”.

Jorge había escuchado de los Death Café en Londres, una iniciativa que busca aumentar el grado de conciencia de los temas relacionados con el fin de la vida. Y le comentó a Matías que podían implementar esta “franquicia social” en Chile. Juntos investigaron, mandaron algunos mails, y a principios de noviembre del 2016, armaron un Café de la Muerte en Santiago. Les mandaron invitaciones a catorce personas de todas las edades, profesiones y procedencias. Quince días después, se juntaron con ellos en La Diana, junto a la Basílica de los Sacramentinos. Esa vez Jorge y Matías prepararon una pauta de temas que incluía estrategias para retomar la conversación por si habían silencios incómodos. Pero el diálogo se dio solo, naturalmente.

Ese primer Café de la Muerte salió en la prensa y muchas personas se enteraron y quisieron inscribirse en las siguientes versiones. Entre ellas, Verónica Rojas, quien trabajaba como enfermera de cuidados intensivos y se había hecho consciente de las carencias que, como profesional, tenía en habilidades no técnicas. “Veía la muerte a diario y era como si nada. Me acuerdo que tenía de paciente a una señora a la que estaba monitoreando cuando me avisaron que a otro paciente mío se le estaban acabando los medicamentos. Durante mi monitoreo ella murió, pero me puse inmediatamente a preparar los remedios para el otro. Me impresionó como había fallecido una persona con la que yo tenía un vínculo y no tuve ni un momento para hacer una pausa y dignificarla”, recuerda.

Interesada en profundizar en el tema de la muerte, les escribió a Matías y Jorge. Se juntaron a almorzar y compartieron experiencias. Verónica quería armar un café y convocó por su cuenta a uno en Lastarria a principios del 2017, al que llegaron solamente especialistas del área médica: terapeutas ocupacionales, médicos y enfermeras. “Esa vez fue un paseo bien superficial, porque los asistentes siempre externalizaron la muerte en lo que le pasaba al paciente o a sus familias, pero nunca a nosotros como la persona que se enfrenta a diario con el fin de la vida”, recuerda. Luego armó un segundo en Coyahique, con un grupo de enfermeras. “Como a ese fue menos gente, logramos más rápido una cierta intimidad”, asegura.

Por mientras, Matías y Jorge seguían haciendo sus propios encuentros. Esto hasta que a principios del 2018 decidieron despersonalizar la convocatoria y armar una plataforma especializada en la muerte que invitara a los cafés. Para esto llamaron a Verónica a participar, y así nació Proyecto Mokita. “Desde aquí contribuimos al debate de nuestra sociedad en torno a la comprensión y análisis de la muerte generando espacios de acción, reflexión y extensión”, dicen sus tres creadores.

Crearon un Consejo integrado por la escritora Adriana Valdés, el doctor Juan Pablo Beca, la abogada Verónica Undurraga y la licenciada en Estética Rosario Navarro. Desde que empezaron, han hecho veinte Cafés de la Muerte en Chile, que forman parte de los más de 7.100 cafés que se han celebrado en 60 países de todo el mundo.
Suelen llegar muchas personas de Santiago, pero también hay asistentes que viajan de regiones especialmente para los Cafés. Y es que apenas se abren las inscripciones, los cupos se llenan.

Hubo un Café al que asistió un especialista que se dedicaba a estudiar el instante preciso en que se moría, y otro al que asistió una persona que aseguraba ver a los muertos. Otra vez, una asistente dirigió la muerte a su experiencia del aborto. “A veces hay opiniones distintas, pero siempre se plantean con respeto”, dicen los creadores de Mokita. “Una vez una persona se puso a llorar como una especie desahogo, pero eso también contribuyó a la conversación”, recuerda Matías. “Esto no es un grupo de ayuda, porque no tenemos las herramientas y ese no es el sentido. La idea es hablar de la muerte y compartir información sin un carácter técnico donde no haya un especialista moderando”.

Verónica asegura que ellos nunca saben con exactitud hacia dónde se dirigirá la conversación. “Sobre este tema, como con la muerte, no hay certezas, sólo dudas”, dice. Por eso ahora, cuando se preparan a recibir a los quince asistentes que se han inscrito para la veinteava versión del Café, tampoco saben qué va a pasar. “Salvo que todos los que nos sentemos en esta mesa, en algún momento u otro, nos vamos a morir”.

Muerte al plato

El mismo día que se está celebrando este Café en Ñuñoa, se está haciendo uno en el cementerio de Green-Wood, en Brooklyn, donde familiares de víctimas del 9-11 están leyendo poemas para recordar a sus seres queridos. Los creadores del Proyecto Mokita dicen que la iniciativa del Death Café se ha ido localizando según cada lugar. En Chile, en vez de tomar té y galletas como en Londres, los Cafés de la Muerte se hacen con vino y pizza, siempre en un local distinto, y la cuenta se divide entre los asistentes.

Puntualmente, a las ocho de la noche, uno a uno va llegando al restorán acordado. Son ocho mujeres y siete hombres de todas las edades y todos desconocidos. Tímidamente, se presentan. Hay un ingeniero civil, una estudiante universitaria, un dentista, una filósofa, un escritor, una enfermera, una pareja, un profesor y una socióloga francesa. Las puertas de la sala donde ocurre este encuentro son de vidrio, así que a veces uno tiene la impresión de estar en un estudio.

Matías comienza presentándose y haciendo una ronda de introducciones. Unos cuentan que llegaron por la prensa y otros porque un amigo les habló del encuentro. La mayoría se mueve por curiosidad. Y a todos los une un interés por la muerte. Hay una joven universitaria cuya mamá estuvo al borde de morir, está la enfermera que trabajó con los primeros casos de Sida en Chile y que vio morir a todos los pacientes, está la mujer que perdió a su marido, el tipo al que se le suicidó su papá, y la mujer la que intentó suicidarse cuando joven.

“Me interesa la muerte”, “me toca personalmente”, “me intriga”, “me preocupa”, “quiero ayudar a morir”, “quiero saber más del sentido de la vida”, “faltan espacios para hablar de esto”, “en mi familia la muerte es un tema que no se toca”, “lo único que no quiero es morir sola”, son algunas de las frases que dicen los asistentes en su ronda de presentación. A ratos el Café parece un encuentro de rehabilitados que vienen a compartir sus testimonios. A otros la conversación se eleva y alcanza un alto nivel de discusión.

Alguien dice que no cree que haya nada después de la vida, y el filósofo rebate la idea de vacío que sucede a la muerte. “¿Cómo consolar a un amigo que está muriendo?”, pregunta uno. Otro responde: “¿Por qué habría que consolarlo?”. Surge la idea de lidiar con la pérdida, desde lo más cotidiano, hasta perder a alguien a quien queremos. Uno dice que no tenemos práctica sobre eso y recuerda un poema de Elizabeth Bishop en que sugiere perder algo cada día. “¿Pero qué te pasa a ti con la muerte?”, pregunta alguien. Otra pregunta sin respuesta. Hay distintas posiciones, todas avaladas por una experiencia personal. A muchos les interesa la legislación sobre este tema, las políticas públicas. Surgen las palabras “asistida”, “dignidad”, “miedo”, “sufrimiento”. “Hay una responsabilidad social en la muerte”, dice alguien, mientras otra le rebate que se trata de una cuestión íntima.

Uno de los asistentes recuerda que justo para esta fecha se cumple un año del suicidio del joven estudiante de la Alianza Francesa. Desde la cabecera de la mesa, surge la pregunta cómo prevenir casos así, y si es posible evitar la estigmatización de personas aparentemente normales. Otro se ofende con lo que plantea; para él la normalización es un estigma. Una levanta la mano y asegura que los suicidios no responden necesariamente a factores externos, que hay algo interno que los determina. Unos asienten, otros niegan con la cabeza.

De pronto más que un encuentro entre extraños, el Café de la Muerte parece una reunión familiar. Tiene algo incómodo, sorprendente, pero sobre todo, personal. Los cruces de opiniones, consensos, personas emocionadas, de acuerdo o en desacuerdo, son más propias de las dinámicas entre los que se conocen que entre extraños. Y eso resulta sorprendente.

“La riqueza del Café de la Muerte está en entender que hay una variedad de opiniones y de personas, y todos podemos hablar”, dice Jorge Browne. “Esto no se trata solo de compartir una experiencia personal. Es algo enriquecedor. Entender que hay gente que pueda pensar de forma distinta o igual a ti, nos hace mejores personas”. “Soy creyente y asumo que los creyentes nos hemos apropiado de lo poco que se habla de la muerte. El Café me ha ayudado a mirarla desde otra perspectiva”, dice Verónica. “A mí, en cambio, me ha confirmado mi alejamiento de la Iglesia”, responde Matías. Hay risas.

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