Derribé el mito de la media naranja

Reportajes y Entrevistas

Derribé el mito de la media naranja

Por Francisca Valenzuela / Ilustración: Edith Isabel

Tuve una relación que duró tres años entre los 21 y los 23. Fue súper tóxica, con muchas mentiras. Después de mil quiebres, me agoté y decidí terminar definitivamente. Con el tiempo me di cuenta de que había soportado cosas que no debería haber soportado solamente porque estaba demasiado decidida a estar con él. Mi excusa siempre era que nuestro amor era más fuerte que todo y que, por lo mismo, podría sobrevivir a cualquier mal episodio.

Cuando terminé, lo primero que hice fue desmenuzar todo lo malo que mi ex me había hecho, pero después di un vuelco. Dejé de pensar en él y de culparlo. Y me puse a pensar en mí. ¿Qué herramientas me faltaban que hicieron que me quedara tres años en esa relación? Con esa pregunta inicial, empecé a reflexionar sobre cómo en nombre del amor romántico de pareja te olvidas de tu propio amor como mujer. Me había olvidado de mí, de mi desarrollo personal. Dejé de hacer las cosas que me apasionaban y veía menos a mi familia y a mis amigos. ¿Pero por qué aguanté todo eso? ¿Por qué las mujeres nos quedamos con personas que no sacan nuestra mejor versión?

Creo que mucho de esto se debe a que se nos enseña que estar en pareja es lo más importante, y hay que preservar eso a como dé lugar. Y esa creencia es algo que arrastramos hace mucho tiempo. Antes, la independencia de la mujer era a través del matrimonio, entonces era a lo que se aspiraba en la vida. Recién estamos ante las primeras generaciones de mujeres jóvenes solteras que viven solas. Eso hace que todavía sea muy difícil desligarse de una tradición cultural tan arraigada, que dice que el amor de un hombre te libera y resuelve tus problemas.

No estoy en contra del amor ni de las relaciones afectivas. Amar es lindo, es una forma de empatía total, es vivir la vivencia del otro. Pero se enseña una sola forma de amor, que es el amor de pareja, y que se cruza con relaciones de poder, machismo, posesión, celos. Y ese tipo de amor, que el movimiento feminista entiende como amor romántico, se sigue inculcando a las niñas en la actualidad. Está en todos lados: hay miles de canciones de amor que dicen “eres mía”, en las películas clásicas de Disney las princesas siempre alcanzan la felicidad cuando llega el príncipe, incluso en Sex and The City el personaje principal termina en pareja con el mismo tipo que la hizo sufrir y en las revistas siguen apareciendo artículos como “10 tips para recuperar su atención”.

Si nos enseñan que lograr estar en pareja es una de las cosas más importantes, por supuesto que una mujer sufre más. Porque invertimos tanto tiempo en la relación, que a veces descuidamos nuestro desarrollo personal. Algunas mujeres pueden pensar que los celos son amor y limitar lo que ellas quieren hacer por eso e incluso, en los casos más extremos, se pone en peligro la integridad física de algunas: en una sociedad machista creer que el amor todo lo puede ha terminado la vida de mujeres a manos de sus parejas. Claro que a una se le rompe el corazón más fácil, porque ve el quiebre como el fracaso de uno de los proyectos más importante de la vida.

Desde esa relación tóxica, he pasado periodos de meses soltera y los disfruto muchísimo. No he dejado de vivir el amor, porque el amor que experimento tiene muchas expresiones: mis amistades, mi familia, mi mascota y yo misma. Y de hecho, fue justamente en uno de esos periodos de soltería cuando fundé el Observatorio contra el acoso callejero (OCAC), un proyecto que me hizo sentir más realizada que nunca.

También he tenido nuevas parejas, con las que he construido relaciones abiertas: cada uno tiene la libertad de tener encuentros sexuales con otra persona, pero con el límite de no generar un lazo afectivo ni permanente. No siempre funciona, porque es algo que nadie nos ha enseñado, entonces es cosa de ensayo y error. Pero es lo que más me hace sentido y creo que a hartas personas de mi generación, también. Hay muchas formas de amar y cada persona debe ser libre de vivir la que más le acomode. Pero sí hay que tener algunos requisitos en cuenta: la honestidad, el respeto y el consentimiento. Construyamos un amor positivo, en igualdad de condiciones, viviendo las libertades en conjunto.

Estoy convencida de que este tipo de amor que nos enseñaron, hace mal. No contribuye al empoderamiento, a estar seguras de nuestras decisiones y capacidades, a crecer como personas. Porque una relación no te soluciona nada. No hace falta una persona venga a “complementar lo que te falta”; tú eres la persona que puede solucionar tu vida. Nadie nos tiene que venir a salvar. A mí, cada vez que estoy soltera, me dicen “tranquila, ya va a llegar”. ¡Nunca he pedido que llegue alguien, estoy bien! Socialmente es muy difícil pensar que hay una mujer soltera que está feliz y completa con esa decisión. Si eres joven, se asume que es porque tienes algún problema. Si eres mayor, se te pasó el tren. Hay que perder el miedo a estar sola. Que estar sola no signifique un fracaso. Y para eso la receta está en dejar de lado el mito de la media naranja.

 

María Francisca Valenzuela (29) es socióloga, fundadora del Ocac y actualmente trabaja en distintos temas relacionados a la igualdad de género. 

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