El Loa está muerto

Reportajes y Entrevistas

El Loa está muerto

Por Roberto Farías / Fotografía: Lorenzo Moscia

Hace diez años, miles de peces aparecieron muertos en el río Loa, a consecuencia de un derrame tóxico, una tragedia que empeora día a día. Hoy, cuando se discute el futuro de los ríos Mataquito y Cruces, vale la pena saber que, por falta de ciudado oportuno, el Loa está seco. Ésta es la historia de los sedientos habitantes que quedan en su orilla.

Hace 10 años Quillagua era un oasis que estaba justo en la mitad del Loa, al sur de Calama. Como las estadísticas que buscan siempre el promedio. Tenía casi mil habitantes y era el asentamiento humano y agrícola más importante en la ribera del Loa, el río de 440 km que separa la Primera de la Segunda Región, en pleno desierto de Atacama. Vivían de sus aguas. Criaban animales, cosechaban alfalfa y maíz y se alimentaban de peces y camarones de agua dulce.

En abril de 1997 varias toneladas de xantato, un residuo tóxico de la refinación del cobre, cayeron al río al sur de Calama, matando a peces y animales. Fueron la televisión y la prensa, se dijeron discursos y luego se impuso el olvido.

El río nunca se recuperó. Primero murió la vida silvestre y luego la agricultura. Las compañías mineras compraron el agua estéril.

La sequía provocó un despoblamiento rápido y cruel. Las casas se vaciaron como si atacara la peste. Hoy en Quillagua quedan 90 habitantes que resisten la muerte del río. Sus 10 manzanas lo convierten en el asilo de ancianos a cielo abierto más grande de Chile. Quedan siete niños y cinco o seis adultos menores de 30. El resto promedia los 60.

No hay luz eléctrica; como está en una quebrada las señales de radio se pierden y la televisión se ve cuando encienden el generador. Tampoco hay teléfonos. Puede ser agradable despertar en un pueblo semivacío, de casas adobadas y chatas, a la sombra de algarrobos, con la certeza que nada interrumpirá el silencio. El problema es el agua. Quizás sea un efecto psicológico, pero después de dos días sin ver una llave con agua corriendo, la garganta se seca, se pone áspera. A eso en Quillagua, con cierto humor fúnebre, se le llama respirar polvo de cementerio.

Como la del Loa no se pudo volver a usar –hasta los animales se niegan a beberla– un camión viaja 180 km desde María Elena y lleva agua potable tres veces por semana a estos sobrevivientes, como a un campo de refugiados. Ducharse en la única residencial provoca sentimiento de culpa ante tamaña escasez. Una propiedad en el centro de Quillagua cuesta 200 mil pesos; los derechos de agua para regar una hectárea, 40 millones. Después de la contaminación, los quillagüinos que tenían parcelas no tuvieron opción, agarraron los millones que ofrecían las mineras por el agua y partieron. En menos de 10 años, el pueblo ya tiene ese aire de salitrera abandonada. Este verano el lecho del Loa estuvo totalmente seco por primera vez. En lugar de agua había terrones. Barro. Luego, gracias al invierno altiplánico, volvió a brotar, apenas un hilo que corre sobre piedras calientes.

De los 200 propietarios de los derechos de agua que existían en toda la ribera cultivable del Loa, hoy sólo siete instituciones y personas los conservan: la escuela G-15 Ignacio Carrera Pinto, la parroquia San Miguel de Quillagua y los agricultores Miguel Chávez, Mireya Chávez, Eneldino Silva, Juan Pérez y Carlos ‘Vuela Poco’ Herrera. Miguel es el único parcelero de Quillagua que aún tiene cultivos (magros) en Quillagua. Carlos no usa sus derechos de agua.

La pesadilla

La mayoría de los habitantes de Quillagua están solos o viudos y no tienen dónde o no quieren irse. Se repiten los apellidos nortinos. Las hermanas Silva. Los Palape. Chávez. Soza. El profesor. El paramédico. Miguel, que cuida a su madre. Bicho, el que da el agua potable.

Bicho, David Ávila, es el encargado de recibir el camión aljibe, llenar los estanques sobre un cerro a las espaldas del pueblo y abrir la llave. No es necesario que lo anuncie con sirenas ni campanas. Todos saben que martes, jueves y sábado, con puntualidad suiza, da el agua a las doce del día hasta que se agote. Alcanza para una hora, a veces menos. A sus 58 años, este viejo flaco y quemado por el sol es como un fantasma imprescindible. Cuando da el agua, la gente corre a abrir sus llaves, llena tambores y tinajas y guarda agua hasta el día subsiguiente. Con eso riegan, lavan la loza, la comparten con sus pocos animales y, si alcanza, se dan un baño.

Pero el 12 de junio los habitantes de Quillagua abrieron las llaves y la realidad del río seco se les vino encima.

Esa mañana Bicho estaba en cama con 40 grados de fiebre, no tenía cómo avisar ni quién lo reemplazara. Desde que enviudó y sus hijos se fueron porque en Quillagua no hay nada que hacer, vive solo, pero se resiste a partir a Iquique o a Antofagasta a vivir hacinado en una población.

La noche anterior lo había inyectado el paramédico Rolando Jara, quien lleva 20 años atendiendo al pueblo, en su mayoría ancianos firmes como robles. Cuatro diabéticos y tres hipertensos interrumpen ocasionalmente las largas siestas que se echa sobre las camillas del policlínico. Y una que otra gripe, como la que le dio a Bicho.

Cuando llegó la hora de dar el agua, Bicho hizo el intento de levantarse, pero no pudo. Minutos después, Elsa, la anciana coja dueña de uno de los dos almacenes, puso la oreja en la llave esperando el ruido que la anticipa. Manó aire tibio.

–¡Qué raro! Bicho es siempre tan puntual, comentó.
En la vereda se armó cierto tumulto de mujeres. Las hermanas sesentonas Leda, Miriam y Lidia Silva dejaron su puesto habitual en la banca frente a su casa y miraron hacia los estanques del cerro. Barruntaron hipótesis sobre Bicho. Después volvieron la mirada cerro abajo y el semblante se les ensombreció.
–Si llegara a faltar el agua; si un día el camión no viniera más, Miguel Chávez, el parcelero, será el más afectado.

Las cabras con sed

–¡Migueeeeeel!
Los gritos resuenan por el campo. Pasan los minutos. Nada.
–¡Migueeeeeel!

Sus máquinas para enfardar pasto están oxidándose. Antes del xantato, sacaba siete cortes de alfalfa al año. Tuvo más de 100 animales. Ahora el pasto crece amarillento e inservible. Miguel Chávez es un cuarentón que más parece el espantapájaros que el dueño del predio. Es el único parcelero que todavía cultiva, si es que se le puede llamar así a sus escuálidos surcos.

Como un camillero que atiende a sus enfermos, Miguel cruza Quillagua día por medio con un triste carrito en que lleva agua a sus animales desde su propia casa hasta su parcela, a 3 km. Se las da a sus cabras, chanchos y ovejas y, a veces, él mismo toma un largo trago.

Sino fuera porque la Municipalidad de María Elena regala el agua, él no podría mantener vivos a sus animales.
–Los animales no son tontos, dice. Después del xantato, nunca más tocaron el agua del Loa.
Este verano, cuando el agua potable escaseó por el calor y el río se secó, Miguel tuvo que mendigar agua a sus vecinos para las cabras. No tomaban agua del río ni a la fuerza.
–Un litrito aquí, otro más allá. Cinco bidones son los que se toman éstas, dice mirando una cabra sedienta y sin cachos.

Miguel se ducha con una botella plástica de dos litros para darle el resto a sus animales. Envidia a su vecino, Mauricio Sánchez, otro insistente criancero que sobrevive en Quillagua, mucho más viejo que él.

Como tiene una jubilación de 90 mil pesos, se da el lujo de comprar agua al camión municipal y así asegurarse de que sus 145 animales no pasen sed. Lo que no sabe Miguel es que Sánchez se gasta toda su pensión en agua y alimento y se queda sin un peso.
–¿Dónde se ha visto que haya que comprar el agua para los animales? dice Miguel. Si un día me quedo sin agua, me mato.
El día en que Bicho no pudo levantarse a dar el agua, nadie se atrevió a ir a dar la mala noticia.

Las viejas momias

Felisa Albornoz vive frente a la plaza. En una plaza sin aves y sin niños no hay ruido. Una castaña que cae de una rama hace un ruido infernal. Ella trata de mantener los pajarillos dándoles de su propia agua en tazas viejas en la puerta de su casa. Antes del xantato, dice, volaban cometocinos, un ave amarilla de pecho negro; loicas, chirigües, picaflores.
–Se fueron, no volvieron más. Tampoco mariposas.
Hoy sólo llegan a beber a sus pailas palomas, gorriones, algunas tencas.

Felisa es la encargada del museo. Como con el despoblamiento no había quién se hiciera cargo, un día le pasaron la llave y desde entonces es la guía del único atractivo cultural del pueblo. Cuando llega un turista, forcejea con la cerradura y abre la puerta de una patada.

La luz que entra por los vidrios rotos ilumina 10 momias sobre mesas de colegio y vitrinas, sin ningún medio de conservación. Borrosas lecturas hechas a máquina hablan de su remoto pasado precolombino. Son piel sobre huesos, en cuclillas, con los brazos abrazando sus pies. Caras de inevitable horror. La vieja mete mano a una y le levanta una capucha. Un arqueólogo se atragantaría.
–Me gusta tapar al viejito –dice. Su peladita se ve tan fea al aire. Asoma un cráneo blanco sin cara, ni expresión. Sólo los dientes recuerdan una boca vagamente humana.

En el segundo cuarto yace el cuerpo compungido y momificado de un hombre chino desnudo, con los pies cruzados. Su cara de horror es el número predilecto de los fotógrafos que le ponen sus cámaras digitales en las mismas narices.

La viejecilla ríe. Cuenta que encontraron al chino alrededor de 1985 y que probablemente sea un esclavo que trajeron industriales ingleses a comienzos de siglo XIX a trabajar en las obras de los primeros ferrocarriles sudamericanos. Por su posición parece que murió sufriendo. La viejecilla levanta los hombros sin interés.
–Yo no sé nada, yo los muestro no más, dice.
¿Habrá muerto de frío o de sed?

Los peces

Richard y otros menores de 30 están en la plaza, sentados en el suelo, esperando que anochezca. No hay nada mejor que hacer. La juventud se fue a Antofagasta o Iquique cuando murió la agricultura y escaseó el agua. Quedan ellos tres. Disputan las miradas de Cintia, la única joven. Ella se fue con un amor carabinero pero la ruptura la hizo regresar al pueblo contra todo pronóstico. Sus lentes oscuros y un tatuaje le dan cierto atractivo aire de ciudad. Richard y los otros sueñan con ver el final de aquel tatuaje que se vislumbra donde termina su espalda.

Richard tiene el pelo cano, aunque tiene apenas 28 años. No es culpa de la contaminación del Loa sino una herencia paterna. Cuando niño, pescaba con su padre. Aunque decir pescar suena demasiado elegante, pues usaban dinamita.

Arrojaba cartuchos al río y a los pocos minutos recogían cientos de pejerreyes atontados que vendían por el pueblo. Lisas, truchas y carpas completaban la dieta de los habitantes del Loa. Hoy comen carne de cabra cubierta de moscas, que vende Alejo, el carnicero de 97 años.

Después de abril de 1997 ya no pescaban aunque usaran TNT. Durante unos curiosos experimentos que se hicieron con el Loa en los años 30 introdujeron un pez de agua dulce llamado gambusi afinis para combatir los mosquitos del río. A partir de 1997, cuando la contaminación raleó las algas y, por ende, los insectos, el gambusi se convirtió en un carnívoro feroz que devoró los huevos de las truchas, pejerreyes y lisas sobrevivientes, hasta casi acabar con todos ellos. Hasta que una pequeña crecida del Loa reflotó el xantato aposado en el fondo y también puso a los gambusi a dar aleteos agónicos en la orilla. Ahora ya no hay peces en el Loa.

A la contaminación sobrevivieron apenas los camarones. Matilde López, una bióloga de la Universidad de Chile que vivió 10 años en Quillagua, intentó que los habitantes criaran camarones en piletas artificiales con agua del río. Richard y Miguel Chávez ganaron algo de dinero vendiéndolos, pero el xantato del agua pudo más y finalmente murieron todos. Los jotes aún sobrevuelan las camaroneras vacías.

Y final

Leda Silva y sus hermanas Miriam y Lidia tienen una foto a orillas del Loa cuando les cabía el traje de baño. Otras andando en bote. En pleno verano corría abundante agua bajo el puente. Se tiraban en balsas de neumáticos por el caudal hasta 4 km río abajo. Hoy en el débil cauce de agua estancada no mueve ni un barco de papel.
–¡En 10 años murió el río, el pueblo! ¡Si lo hubiéramos sabido!, dice Leda. Pero nada se resuelve pensando.

Los viejos se sientan bajo los algarrobos a pasar la tarde y en su desesperación surgen ideas. Como buena ex socialista, ella está dispuesta a cortar la carretera. Quemar neumáticos para hacerse oír. Nelín le hace ver que la tele está preocupada del río Mataquito. O del Cruces. Y ellos no tienen ni siquiera pescados muertos que mostrar. Vuela poco no es partidario de la violencia. Leda lo calla:
–Vende tus derechos y que se seque el río. ¿Qué perdís?

Él dice que no. Que nació con su río y morirá con su río. Que ni aunque le ofrezcan 100 millones. Pero no quiere hacer barricadas. Su reciente conversión a la religión evangélica ha reforzado su pacifismo. Únicamente en lo que al tinto se refiere admite una pequeña fisura en su inquebrantable fe.
Las divergencias concluyen sin tomar rumbo pero refuerzan la certeza de que saldrán del pueblo con los pies por delante.

En Antofagasta les ofrecen proyectos de turismo: ¿pero cómo se puede hacer turismo en un pueblo sin agua, junto a un río seco?, se preguntan. Aunque a la gente le guste las momias, como les dicen.
La tarde acentúa el paisaje. El río Loa parece una serpiente sedienta que se desenrolla a los pies de las doradas montañas de Atacama. El desierto avanza sobre el pueblo. ‘Vuela Poco’ Herrera se pone filosófico. Recuerda que no hace mucho, de noche oía el río desde su casa. Cierra los ojos y parece oír el agua restallar contra las piedras.
–¿Sabía usted que el río sonaba distinto de día que de noche? Se acuerda, señora Leda. ¿Lo recuerdan?
Nadie le responde.

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