Descifrando los sueños

Reportajes y Entrevistas

Descifrando los sueños

Por Wendy Plaza / Ilustración: Edith Isabel

En mi familia los sueños siempre tuvieron un lugar especial. Recuerdo que desde muy niña soñaba mucho y muy vívido, y no solo yo, también mi papá, mi mamá y mi hermano. Todos los días a la hora del desayuno compartíamos nuestros sueños junto a una taza de té o un pan con palta. Uno a uno los íbamos contando para interpretarlos y encontrarles un significado.

Este análisis diario se transformó en un hábito, y pronto me di cuenta de que los sueños son parte de un lenguaje rico en imágenes, impresiones y emociones que debe ser descifrado y sobre todo compartido para entenderlos mejor. El lenguaje del sueño es simbólico, y entrar en ese mundo resultó ser un puente de comunicación creativo porque usábamos la libre interpretación e intuición como guía. El escuchar e interpretar, hurgando muchas veces en un terreno íntimo, resultó ser un nexo de reunión desde lo afectivo para nosotros.

Crecimos en Concepción, en una casa esquina con vista al río Bío Bío, por lo que la imagen del agua solía repetirse en nuestro subconsciente. Después de un tiempo, juntos entendimos que había que darle especial importancia. Siempre que el mar, por ejemplo, estaba agitado o el agua era turbia o barrosa, quien apareciera en el sueño se iba a enfermar. Pudimos comprobar esto con familiares, amigos e incluso con nosotros mismos. Soñar con volar hablaba de la necesidad de dominar una situación, y no poder hacerlo y caerse era que aún faltaba ese dominio. Cuando soñábamos con banquetes, comidas y celebración, lo interpretábamos como una buena señal. Lo que emprendiéramos tendría buen resultado y era un símbolo de bienestar. También era buena señal cuando aparecían parientes fallecidos bien vestidos y formales.

Estaban los sueños clásicos, como por ejemplo el de perder una pieza dental. Cuando era con dolor, era que ibas a experimentar una pérdida o un cambio y este sería doloroso. Si era sin dolor y el diente se desprendía fácilmente, era que ibas a experimentar un cambio o dejarías algo sin costo emocional.

Pronto, la práctica de interpretar sueños comenzó a salir del círculo íntimo de mi casa y pasó a mis amigos y amigas. Aún era adolescente cuando muchos empezaron a pedirme orientación. Así me di cuenta de que, a través de esta sensibilidad que había aprendido gracias a mi familia, podía ayudar a otras personas.

Cuando los sueños que me contaban tenían que ver con angustia o miedo, extendía el análisis más allá de lo subconsciente e intentaba profundizar en lo que estaban viviendo. Porque los sueños no solo son premonitorios, sino que muchas veces nos dan luces para entender los procesos que nos están afectando en determinados momentos. Ahí está esa parte donde uno ahonda en la intimidad; ves a la persona y su estado emocional, y desde ahí aparece la interpretación y la ayuda específica para cada uno.

La voz se empezó a correr y comenzaron a llamarme amigos de amigos para pedirme que les interpretara lo que soñaban. Lo que aprendí a hacer desde niña, dentro de la intimidad y confianza de mi casa, determinó mi forma de percibir a otras personas, más allá de lo que se ve a simple vista. Así, me es muy fácil entrar en la vida de los demás, siempre con la intención de ayudar. Me di cuenta de que esto, que comenzó de manera súper intuitiva, era en realidad una poderosa herramienta para poder ayudar a otros a entender sus procesos y conflictos.

Hace unas semanas soñé con mi padre en la casa de mi infancia. Él estaba feliz, con un amigo muy querido. Detrás suyo había un ventanal que daba a la calle con vista al río Bio Bío. Mi papá le daba la espalda y no se daba cuenta de que por el río venían unos trozos de hielo, al principio pequeños y luego más y más grandes, que se desplazaban en el sentido de la corriente con dirección al mar. En la calle la gente comenzó a correr, arrancaban de un peligro inminente. De pronto, uno de los trozos de hielo amenazaba con arrastrar nuestra casa. Salimos lo más rápido que pudimos y seguimos un camino de tierra entre la vegetación. El camino daba a una playa en calma, pero en el agua había botes llenos de gente, todos tranquilos, esperando ser llevados al otro lado. Al ver las embarcaciones llenas, supe que no había espacio para mí, y mi papá me dijo “no te preocupes, voy a dejar a mi amigo y vuelvo”. Todos se fueron mar adentro menos yo. Quedé sola y tuve que buscar un lugar donde pasar la noche. Recuerdo que amaneció y volvieron las embarcaciones. Mi papá estaba solo, y me buscaba, pero por más que le gritaba él no me veía. Incluso me tiré al mar y nadé hacia donde estaba él y algunos pescadores, pero nadie podía verme. Ahí dije “esta es la última vez que lo veré”.

La barcaza que se lleva a los muertos al otro mundo es una figura que se repite en muchas culturas, por lo que claramente me preocupé. Desperté y llamé inmediatamente a mi papá para preguntarle por él y su amigo, y contarle el sueño que acababa de tener. Igual que en la infancia, pero esta vez al teléfono, conversamos sobre los simbolismos presentes. Y mi papá llegó a la triste conclusión de que su amigo iba a fallecer. Me contó que hace unos días supo que se había hecho exámenes porque estaba con problemas de salud, y no se sentía bien. Le diagnosticaron cáncer al estómago y a los pocos días murió. Luego de esto, a mi papá lo tuvieron que internar de urgencias en el hospital por una descompensación por insulina. Pero al igual que en el sueño, después de un gran susto, regresó. Ahora está bien y cuida de su salud.

En mi familia los sueños siguen teniendo un lugar especial. Y por eso hasta el día de hoy los compartimos. En mi caso, además, heredé la tradición a mis hijos y alos sueños premonitorios son algo común entre nosotros. ¿Qué soñaste? Les pregunto al desayuno o cuando tenemos un tiempo para conversar. Así seguimos tejiendo vínculos desde la confianza y la intimidad, regalándonos una forma alternativa de conocimiento, creativa y sensible, que sé que los guiará a ellos y a quienes decidan extender esta tradición el resto de sus vidas.

Wendy Plaza tiene 45 años y vive en Chillán. Estudió pedagogía, pero al poco tiempo se empezó a dedicar a las terapias alternativas. Hoy es terapeuta y tiene una una maestría en Reiki.

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