Descubrí que era gay estando casado

Reportajes y Entrevistas

Descubrí que era gay estando casado

Por Sergio Morales / Ilustración: Gertrudis Shaw

“Hasta mis 40 años, siempre me gustaron las mujeres. Nunca tuve esa sensación de estar viviendo una doble identidad, de estar escondiendo algo. Estaba absolutamente convencido de que era heterosexual y la verdad es que hasta el día de hoy pienso que lo fui. Sin embargo, apenas tuve mi primer encuentro con un hombre me di cuenta de que no había vuelta atrás, que ya no podía volver a estar con una mujer. El problema fue que todo esto pasó cuando llevaba 13 años de matrimonio y ya había formado mi propia familia.

A Alejandra, mi ex mujer y la madre de mis dos hijas, la conocí a los 17 años. Pololeamos todo un año, y por esas cosas de la vida -incluyendo la inmadurez de esa edad- la relación llegó a su fin. Pero todo fue en buenos términos, así que siempre mantuvimos el contacto. Yo entré a la universidad a estudiar construcción civil, tuve otras pololas, me titulé, trabajé, y a los 29 años agarré las maletas y me fui a viajar por tres años a Europa y Estados Unidos. Quería aprender inglés y vivir nuevas experiencias. Durante todo ese tiempo, seguí hablando con Alejandra a la distancia. Y a mi regreso, decidimos retomar la relación, luego de llevar más de 12 años separados.

A los pocos meses de haber vuelto, le pedí matrimonio. Cuando llevábamos 11 meses juntos nos casamos. Yo estaba totalmente enamorado de ella y me imaginaba toda una vida a su lado. Con Alejandra teníamos una relación muy de cómplices, de hacernos compañía sin ni siquiera tener que hablar. Al poco tiempo fuimos papás de una niñita y cinco años después, de otra.

El año 99′ me ofrecieron trabajo en el Norte y lo acepté. Yo partí primero a buscar casa para que después, cuando estuviese todo listo, mi familia viniera a instalarse. Estuve solo cuatro meses y me acerqué mucho a Marcelito, un gran amigo hasta el día de hoy, que en esa época llevaba una vida nocturna bastante activa. Tenía un hijo grande, sus negocios, una polola y también un centro de eventos. Por eso solía pasar por ahí después del trabajo a tomarme algo un rato, y más de alguna vez me tenté con quedarme hasta tarde.

En una de esas noches, me encontré en el baño con un hombre que me miraba un poco más de lo normal. Cuando quise salir de ahí, se afirmó del lavamanos y con su pie me bloqueó la puerta para que no saliera. Nos miramos frente a frente, me agarró del rostro y me dio un beso. Lo extraño fue que yo no le reclamé, ni lo rechacé. Muy por el contrario, me sentí tan bien, tan a gusto, que se lo respondí y continué. Después de ese episodio nos fuimos juntos.

Ese primer encuentro marcó un antes y un después en mi vida. Mi mente estaba descontrolada, no sabía qué hacer, sin embargo, estaba seguro de una sola cosa: jamás iba a sentirme así de bien con una mujer. Para evadir la situación comencé a aislarme mucho de mi mujer. Si ella me tocaba, me corría, la rechazaba todo el tiempo. Y eso obviamente terminó por pasarnos la cuenta. Es que yo, además de no tener cara para volver a estar con ella, no tenía ganas y no quería ‘usarla’ de esa manera. Pero me destrozaba la idea de tener que perder todo lo que habíamos construido si le contaba. Estuvimos así durante todo un año, y volvimos a Santiago separados. Acordamos no seguir con lo nuestro porque era demasiado evidente que había algo extraño en mí, que las cosas jamás iban a ser como antes. Ella trataba de encontrar razones. Me acuerdo que hasta pensó que mi distanciamiento se debía a que tenía una amante.

Y, en este tiempo, también trataba de encontrar alguna explicación. Pensaba en mi infancia y adolescencia, pero me costaba llegar a alguna señal. Le pregunté a mis amigos si alguno había sospechado de mi homosexualidad y ninguno me dijo que sí. Tampoco era como si antes hubiese tenido sueños eróticos con hombres. Nunca fue tema. Cuando me fui a Europa tampoco tuve ganas de explorar ese mundo. Y la verdad es que hasta el día de hoy no encuentro respuesta. ¿Uno se podrá hacer gay de la noche a la mañana? ¿Habrá sido un deseo tan reprimido que ni siquiera me di la libertad de pensarlo? No lo sé, no tengo idea. Lo único que sí recuerdo es que cuando chico, después de las clases de educación física, miraba a mis compañeros en la ducha para saber cómo eran sus cuerpos. Siempre pensé que lo hacía porque, como era el único hombre de mi casa, no tenía con quién compararme. Mi papá murió a mis siete años y crecí con mi mamá, cinco hermanas y dos primas.

Cuando me separé, me involucré con todo en el mundo gay. Empecé a salir, a conocer hombres, a tener relaciones. Así estuve durante tres años, hasta que conocí a Jorge, mi actual marido. Fue un amigo el que se encargó de presentármelo. Él insistía con que yo tenía que salir con alguien, y después de varios intentos fallidos, acertó con la persona perfecta para mí. El problema era que Jorge es 20 años menor, y yo no tenía ganas de estar con alguien con tanta diferencia de edad. Pero Jorge insistió y llegó un día de sorpresa a la casa de mi amigo, se hizo el bonito, y no pude evitar enamorarme de él. Ahora llevamos 14 años juntos y tres casados.

Con Jorge conocí una nueva forma de amar. No es que antes no lo hubiese hecho, porque a Alejandra la amé con toda mi alma, pero siento que estoy en una relación totalmente distinta. No me gusta compararlas, creo que no corresponde, pero sí veo una diferencia entre la persona que era yo con ella y la que soy con él. Ahora me siento mucho más conectado conmigo mismo y disfruto todo con mayor intensidad.

La verdad es que nunca me senté a hablar del tema con Alejandra, sino que se fue dando solo, de manera muy natural. Salió en conversaciones muy pequeñas, de poca importancia. Ella sabía que yo siempre estaba con Jorge y de a poco se fueron aclarando las cosas. Nunca se atrevió a encararme, a diferencia de mi hija mayor. Ella un día me preguntó: “Papá, ¿quién eres?” Y ahí no aguanté más y le conté toda la historia. Se lo tomó bien, pero nunca me creyó mucho el cuento de que yo jamás sentí algo antes.

Con Alejandra volvimos a tener la relación de amistad de siempre. Nos vemos por lo menos un vez al mes y estamos constantemente en contacto. Con Jorge se llevan súper bien, incluso hemos salido a comer todos. Yo le agradezco hasta el día de hoy que no me guardara rencor y que siempre haya contribuido a que mi relación con mis hijas no se haya visto afectada por mi orientación sexual. La verdad es que no sé si se cuestiona lo que alguna vez sentí por ella porque nunca me lo ha preguntado. Ha sido súper respetuosa con todo. Creo que confía en mí y en todo lo que la amé”.

Sergio tiene 59 años y es constructor civil.

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