Despejada

Reportajes y Entrevistas

Despejada

Por Carla Alonso / Fotografía: Carolina Vargas / Producción: Patricia Holmqvist

Michelle Adam (43) puede afirmar con propiedad que después de la tormenta, sale el sol. Mientras con ese temple amable tan suyo, ha dado el pronóstico del tiempo en Bienvenidos y Prensa de Canal 13, en lo personal ha vivido un montón de cambios que se precipitaron cuando se acercó a los 40. Se separó, fue a terapia, adelgazó, se volcó al trabajo, se enfermó y se enamoró otra vez.

Paula 1245. Sábado 10 de febrero de 2018. Especial Amor.

¿Qué es lo que pasó cuando llegaste a los 40?
Es un proceso que comienza al acercarte a los 40 en que te cuestionas. La separación tampoco es algo de un día para otro, es un tiempo largo. Yo me decía: “Estoy en torno a los 40. La proyección de vida es 80, sana. Me quedan 40 años. ¿Qué pasa con el resto de la mitad de mi vida?”.

¿Qué te respondiste?
Que en realidad quiero estar mejor, me quiero preocupar más de mí.

¿Cómo fue esa revisión?
Me preguntaba: “¿Cuántas cosas por mí he hecho?”. Por ejemplo, me gusta la música, toco piano, pero lo tengo súper abandonado. Entonces me decía: “Pucha, en algún minuto me gustaría retomar”. Pero siempre está esto de que “en algún momento”. En cambio si empiezas a tomar decisiones y haces los cambios, sucede.

¿Estas reflexiones ocurrían antes, durante o después de tu separación?
Pasa que cuando empieza ese proceso ves que las cosas a veces no funcionan. Haces un autoanálisis y una autocrítica, porque la separación es de a dos y el otro no siempre tiene toda la culpa. También tienes que ver tus fallas, lo que no está bien en ti.

¿Afectó a tu relación el que te convirtieras en un rostro de la TV?
Nunca podría decir que mi separación fue producto del trabajo. Esto es una cosa completamente de pareja y tenemos buena relación al día de hoy. No voy a dar los detalles, prefiero mantenerlo en privado… Me separé en 2016, llevaba 12 años de casada y tenía dos hijos (hoy de 10 y 7 años). Le puse todo el power a mi trabajo, pero seguí siendo dueña de casa y preocupándome de los niños. Ahora estoy en trámites de divorcio.

¿Este quiebre fue como un trampolín para que te convirtieras en rostro?
No fue algo planificado pero sí fue un impulso. Porque de alguna manera canalizas la energía. Me enfoqué en el trabajo. Dije: “Quiero desarrollarme profesionalmente”.

¿Cómo te rearmaste después de tu separación?
Uno va analizando. Hice algunas terapias, fui al sicólogo. Llevé a mis hijos también para ver si necesitaban terapia. Con ellos hice solo flores de Bach e imanes. Y los saqué harto a pasear fuera de Santiago.

¿Qué sacaste en limpio?
Aprendí que uno tiene que comunicar todo, para bien o para mal. Verbalizar todo.

¿Eras más de tragarte las cosas?
Claro. No lo hacía porque pensaba: “¿Para qué?, no es importante”. Pero después te vas dando cuenta de que a veces se va formando como una montaña.

En 2015 dijiste que odiabas cómo se escuchaba tu voz y que sentías que te veías gorda en la tele. ¿Qué fue de esas impresiones?
Ya pasó. Es que en un principio, cuando no conocían muy bien mi trabajo, la apariencia física iba como adelante. Es lo primero que ven, entonces te critican por lo que ven. Pero siento que en este momento lo que ven y mi trabajo están a la par.

Bajaste mucho de peso.
Había comenzado el año 2016 y quería estar bien. Dije: “Estoy chata, me voy a preocupar de mí”. Empecé a mirar para atrás fotos y antes no era así; de repente me vi con mucho sobrepeso. Uno siempre dice: “El lunes parto la dieta”. Pero un día me levanté y lo hice.

¿Cómo lo hiciste?
Necesitaba algo rápido. Fui al nutriólogo, me mandó a hacer muchos exámenes, me salieron todos buenos y me dio una dieta drástica. Bajé 7 kilos en menos de tres meses. Pero se notó más el cambio cuando me corté el pelo, ahí todos se dieron cuenta de que estaba más flaca.

¿En qué momento estás ahora a nivel personal?
Estoy partiendo una relación, pero no quiero contar por respeto a mis hijos. Él no es del medio. Uno nunca sabe si esto va a funcionar o no, pero por lo menos vuelves a creer en el amor (risas).

¿Cuánta privacidad has perdido por ser conocida?
Uno pierde privacidad pero nunca me he sentido invadida. No podría hablar de costo familiar, sino que tengo un costo personal por el horario que manejo. Cuando salgo de la casa mis hijos están durmiendo. Pero después estoy en las tardes con ellos.

¿Cuál es el costo?
Siento que, a esta altura del año, estoy súper cansada. El ritmo de la mañana agota. El año pasado me enfermé: estuve cinco días hospitalizada, por pielonefritis y cálculos. El cuerpo me empezó a dar aviso y no hice caso. O no me di cuenta. Estaba tan concentrada en tener que responder en la pega, en la casa, en todo. Y, además, en esta pega tienes que tratar de verte lo mejor posible y esa es una presión extra.

La presión del cuerpo.

La presión del cuerpo, de la ropa, de las uñas. Tampoco me quita el sueño, pero es un rollo. Me siento culpable porque no voy a todas las actividades de mis hijos y porque en las mañanas no los llevo al colegio. Ellos me lo recriminaban pero ahora siento que lo entienden.

¿Esa culpa sigue presente?
Creo que sigue. Cuando hay actividades en el colegio trato de estar pero a veces he llegado tarde. Una vez, para el día de la mamá, el acto era a las 8:30 AM y llegué a las 9:00. Duró 15 minutos. Llegué y mi hija se puso a llorar. La profesora me dijo que no me preocupara y puso a todos los niños y me hicieron el acto a mí. Es fuerte.

¿Cómo sobrellevas la culpa y la autoexigencia en general?
Uno se autoexige en todo, pero hay que aprender a manejarlo. En esto estoy, dándome más tiempo. No todo es tan terrible y si hay una crítica es parte del trabajo.

¿Has tomado licencia en estos años de trabajo?
¿Licencia? No (risas).

¿Te consideras trabajólica?
Sí. Intento salir los fines de semana fuera de Santiago, de ir a Ocoa con los niños, a la casa de mis papás, o a la playa. Trato de no estar conectada tanto con las noticias, pero no me puedo desconectar 100% por mi trabajo.

¿Cómo definirías el momento en que estás ahora?
Lo definiría como un momento despejado.

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