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18 mayo, 2017
orla

Mi détox del alcohol

A la periodista Leo Marcazzolo le gusta tomar y harto. Cuando sale necesita un vaso en la mano para enfrentar la noche y eso, muchas veces, ha tenido consecuencias. Luego de un episodio reciente en que sintió que se le estaba pasando la mano, decidió parar en seco. En este testimonial relata qué le ha pasado desde que está del lado de los abstemios y reflexiona sobre su prontuario con el alcohol.

Por Leo Marcazzolo / Fotografía: Alejandro Araya Producción: Álvaro Renner


Paula 1226. Sábado 20 de mayo de 2017.

No soy alcohólica. No soy irresponsable ni deschavetada. Tengo 42 años, soy profesora universitaria, sobreviviente de un movimiento musical que se llamó Grunge. Madre de dos niños a quien soy capaz de despertar a las 6:30 de la mañana en punto, hacerles almuerzo, darles el beso de las buenas noches y leerles cuentos de terror para dormirlos. Funciono. Pero, aparte de eso, quien me conoce bien, lo sabe: fin de semana por medio, después que mi ex se lleva a los niños, salgo y tomo mucho. Soy borracha, no alcohólica; según la Organización Mundial de la Salud ser alcohólica significa que el trago rige tu vida y yo funciono. Más bien soy una binge-drinking, término que la OMS define como alguien que sobrepasa los 60 gramos de alcohol, (más de 2 cervezas y dos ron de una sola parada), con el claro propósito de quedar mareada, curada o arriba de la pelota. Eso soy.

Me gusta tomar. Tomo porque me gusta sentir el vértigo y el extravío. Tomo porque necesito un vaso de algo para enfrentar la noche. Porque quiero reírme con la carcajada diáfana que me da el copete. Porque a veces el día, simplemente, es demasiado largo, y lo único que me queda es perder ese bien tan sobreestimado que es la compostura. Porque a veces estoy, simplemente, demasiado triste y lo único que quiero es mirar fijamente los retratos de los que ya se fueron. Porque soy alegre y quiero que la alegría dure. Y a veces, y solo a veces, simplemente tomo, porque quiero portarme mal. Muy, muy mal y que no venga ningún cretino o cretina a decirme lo contrario. En el fondo lo hago porque al igual que Pinocchio solo quiero volver allí, a la tibieza de las costillas de la ballena.

Pero pasan cosas. Alguien, no sé quién, caratuló mis pastelazos en la vía pública como las “Marcazzoladas”. Parece que fui yo misma, no sé, no lo recuerdo bien. Lo que sí recuerdo es que los últimos tres episodios que me obligaron a tomar la decisión de parar (al menos por un rato) fueron los siguientes: haber botado en casa de una amiga su biombo chino, el preferido de mi amiga, mientras yo pensaba que me apoyaba en un árbol del bosque de Blancanieves. Dos, haber pasado por un after hour después de una fiesta y despertar al día siguiente, encañada, recordando solo la fiesta; qué pasó después, lo tengo borrado. Y, tres, el miedo, o más bien terror, que sentí cuando subí media ebria a un taxi y el taxista intentó aprovecharse de mi estado, tomando calles desiertas y oscuras para hacerme algo; lo sé porque me lo dijo. Me salvó una luz roja, abrir la puerta y salir corriendo. Recuerdo que esa madrugada llené el guatero y me acosté con una sensación de pérdida y con el claro propósito de parar un rato. Hacer un détox, el primero en siete años, después de una abdominoplastia que me condujo, entre otras cosas a adelgazar, pero también a reencauzar mi ansiedad por la comida hacia el copete.

“Tomo porque me gusta sentir el vértigo y el extravío. Tomo porque quiero reírme con la carcajada diáfana que me da el copete. Tomo porque a veces el día es demasiado largo y lo único que me queda es perder ese bien tan sobreestimado que es la compostura”.

Día 4: comienza el détox
“Las panteras no hacen nada, solo corren como horribles gallinas” es la frase con que me despierta mi niño de 5 años en mi cuarto día de détox. Pienso en eso, en esa frase, mientras enfrento la primera prueba: el carrete. Aclaro antes que la historia de este carrete no comienza aquí, este sábado, sino mucho antes, comienza el día en que decido, que entre hacer esto “sangrando” o “no sangrando”, lo haré “sangrando”. Compro dos tipos de chelas: unas con alcohol y otras sin, y me largo. Las primeras solo para vivir con la tentación. Y las segundas, para tomarlas. De hecho, he estado tomando las cervezas sin alcohol durante estos cuatro días y sigo pensando que no tienen razón de ser, que solo sirven para enguatarse y correr al baño. ¿A quién engañan? Basta. Ya está. Vuelvo a lo medular: el carrete. Como antes dije, es sábado y estoy en pleno cumpleaños de una amiga guionista, linda e inteligente, rodeada de todos sus amigos escritores y guionistas, también lindos e inteligentes. Como es lo usual, ya todos están ebrios. Todos, menos yo, por supuesto, que trato de sonreír, haciendo hasta lo imposible por hacerle creer a mi estómago que está tomando copete y no un vaso de agua purificada con tres hielos. Comienzo a sentirme como en rehabilitación. Como una de esas personas que se escapó de algo. La gente común no toma agua, pienso. La gente común me debe estar mirando porque tomo agua. O, peor aún, me deben estar mirando porque juran que me estoy tomando un puritano al seco. Fumo mucho. Uno, dos, tres, cuatro, hasta que de pronto llega ella. Súbitamente experimento un misterioso flashback al saludarla. Ese pequeño flashback clásico, que experimentamos todos los que tomamos y después no nos acordamos tanto. A ver, ¿de qué me recuerdo de la última vez que la vi? De mis pies encima de su sofá de terciopelo rojo hasta las tres de la mañana.De la presencia invisible de su marido, durmiendo en el tercer piso, previo a habernos dado las buenas noches con mala cara. Y, por último, me recuerdo de una botella de ron vaciándose y yo repitiéndole una y otra vez, “amigaaaa, que te quieroooo tantoooo” y después, bueno, el pastelazo. Yo en un taxi, gritándole “chaooooo” y ella anotando la patente y rezándole a alguna clase de divinidad para que llegue bien.

–¡¡¡Te vaciaste la botella completa de ron y saliste dobladaaaa!!!”, me grita, y ahora solo  quiero que desaparezca.

¿Qué se le dice a alguien que te grita eso? Quizás “por fiss, quédate callada un rato, a ver sí así, aún queda alguien en Singapur que no se haya enterado de que me tomé tu ron”. La quedo mirando con cara de desgraciada, pero ella insiste. Donde voy, me sigue, “¡¡¡Saliste dobladaaaa!!!”, me grita. A nadie le importa mucho. La verdad, la quedan mirando como si fuera loca, y a mí, como la víctima alcohólica de su locura. Decido irme. Y la bloqueo de mi Whatsapp.

Día 12: la primera caña
“Dejaste la mamadera a los 8 años. Y, a partir de ahí, no solo dejaste la mamadera, sino la leche”, me dijo mi mamá la vez que me encontró con caña. Olió mi pieza y casi se va de espalda. Me acuerdo de eso, de esa mañana, porque ya llevo casi dos semanas en que no experimento caña. Mi primera caña fue tal cual cómo serían todas. Desperté como teletransportada, a los 18 años, atravesada en mi cama, aún vestida, con aliento de perro y sensación de pérdida. Era verano y pesaba 67 kilos, medía 1,53 m, usaba la melena crespa y aleonada, y tenía la mala idea de ir a carretear cada noche al sector donde estaba la gente más linda de Reñaca, junto a la niña más linda de Reñaca: la Paula. Mi amiga Paula, que era tan linda que ningún hombre se atrevía a acercarse a ella. O al menos ninguno sobrio. Para atreverse, de hecho, primero se tomaban una botella completa de Martini, y después le hablaban. Ella también tomaba. Había una clara desproporción entre su cuerpo y su capacidad etílica: tenía capacidad etílica de Rambo y cuerpo de Kate Moss. Como sea, el hecho es que la única amiga que yo tenía era la Paula, y la única amiga que la Paula tenía, era yo. Estaba ahí para recogerla de las borracheras, escuchar sus dramas y, además, escuchar todos los dramas de los miles de pelotudos que no se atrevían a acercársele.

Nunca terminaré de entender la razón por la cual escogí esa noche, la más triste de todas, para curarme: la noche en que la Paula se agarró al mino que me gustaba. Me bajé por primera vez media botella de Martini sola, porque estaba triste. Y después me quedé espiándola. Oculta. Casi a punto de estallar de rabia, en el sector más húmedo de la playa, justo donde guardaban los quitasoles y las reposeras, y pude verla. Lo recuerdo todo: el ruido violento de las olas, la brisa marina calándome hasta los dientes de la furia y, por último, la amargura del Martini seco, que hoy solo puedo relacionar con la bilis que boté después. Hay cosas que jamás se olvidan. Y esta es una de ellas: la única vez que tuviste una amiga realmente linda y de cómo te traicionó después en un lugar tan ajeno, difícil y distante como Reñaca.

“Alguien, no sé quién, caratuló mis pastelazos en la vía pública como ‘Marcazzoladas’. Parece que fui yo misma, no sé, no me acuerdo”.

Día 19: ojo abstemio
Voy a la clásica botillería de Tobalaba a comprar seis cervezas sin alcohol y observo, desde el lado de los abstemios, cómo un gordo chico le dice a un flaco alto que “la próxima vez que escuche a alguien decir que la cerveza sin alcohol es igual a la con alcohol, le golpearé la cara”. Creo que ese gordo chico pertenece a ese 25% de los chilenos considerados bebedores problemáticos. Pienso en los abstemios, y me doy cuenta de que es difícil vivir así: sin un vaso. Condenada a observar el espiral de la decadencia de los demás: la deconstrucción del curagüilla, la repetición de frases del curagüilla, la caída del equilibrio del curagüilla, y por último, los brotes de agresividad del curagüilla.

Día 20: el bar
Hacer este détox se hace cada vez más difícil. Por las noches, por ejemplo, me entran ganas de levantarme, ir al refrigerador y robarme algo. Veo las cervezas enfiladas y transpiraditas, y me pregunto qué importancia tendría que me tomara una. Hay doce. Todas están ordenadas. Todas siguen en la parte superior del refri, recordándome una y otra vez que han pasado más de 20 días, y estoy echando de menos tomar. Voy al Liguria e incluso ahí, pido algo sin alcohol. Los mozos se quedan mirándome asombrados. En el Liguria me conocen. Ahí he tenido noches de naufragio y, también, de castigo. Una vez me castigaron: me negaron la entrada (por más de seis meses), solo porque me había atrevido a refregarle en su cara al mozo su machismo. Esa noche iba como en mi cuarta cuba-libre y cuando pedí la quinta, el mozo le comunicó –al que era entonces mi marido– que “solo le podían servir a él, pero que para mí no había más”. So what? Y eso que mi ex ya iba como en la décima y ya ni se sostenía los pantalones. Los bares son así. Las mujeres, definitivamente, no estamos en primera línea. Basta con que pidamos una tercera, de hecho, para que de inmediato nos queden mirando con cara de sospecha y nos pregunten: ¿Otra?

Día 22: sobreviviendo
Tomo café. Devoro café. Cinco o seis tazas diarias. Cinco o seis cigarrillos diarios. Tres o cuatro Coca-Cola diet solo para resistir. Pese a eso, a andar sin caña, ando igual de cansada que el mes pasado. Lo único, creo, es que bajé dos kilos y ahora sí puedo subirme el cierre de mis jeans más chicos sin acostarme o hundir la guata.

“En el bar he tenido naufragios y también castigos. Una vez me castigaron: me negaron la entrada por seis meses por refregarle en la cara al mozo su machismo. Iba por mi cuarta cuba libre y, cuando pedí la quinta, el mozo le comunicó, al que entonces era mi marido, que solo le serviría a él. Los bares son así”.

“En el bar he tenido naufragios y también castigos. Una vez me castigaron: me negaron la entrada por seis meses por refregarle en la cara al mozo su machismo. Iba por mi cuarta cuba libre y, cuando pedí la quinta, el mozo le comunicó, al que entonces era mi marido, que solo le serviría a él. Los bares son así”.

Día 24: la misma cosa
Día y noche son lo mismo. No hago la transición. Estoy aburrida. Me canso de ver curados. Lugar adonde voy, veo curados. Chile no puede ser un país normal. Definitivo: Chile es el único país del mundo donde la única manera de explicarse la “abstinencia” es por la falta de riñones o el uso de alguna clase de pellets (más de tres personas me han preguntado si dejé de tomar porque estoy usando diálisis o alguna clase de pellets). Y, además, creo, es el único país del mundo donde la aprobación de una ley como la Ley Emilia, en vez de gatillar el autocontrol, se transforma en el boom de medios de transporte como Uber.

Es complicado ver todo esto. Es complicado, y casi imposible, ponerse del lado de los abstemios. Desde mi abdominoplastia, formo parte de los curados, porque como mucho menos pero tomo igual o más que antes. Me recuerdo, de hecho, de varios episodios en ese trance; pero de lo que más me recuerdo, es justamente de lo que no me acuerdo, del hecho mismo de no recordar las cosas. Una vez, por ejemplo, una amiga me llamó por teléfono a la mañana siguiente de una fiesta, y solo me dijo que no tomara, que nunca más tuviera un gollete cerca,  porque cuando tomaba, me transformaba en una persona que no era, en una persona que hacía un poquito más infeliz al mundo. La mandé a la cresta, pero me quedé pensando en cuál será el punto definitivo en que uno ya deja de ser feliz.

“Todos están ebrios. Todos menos yo. Trato de sonreír haciendo hasta lo imposible por hacerle creer a mi estómago que está tomando copete y no un vaso de agua purificada con tres hielos. Comienzo a sentirme como en rehabilitación”.

Día 26: matrimonio, ¿sin alcohol?
Suelo arribar justo a la hora del bar abierto a los matrimonios. Nunca antes porque llegar antes significa el vals, el cóctel y todas esas faramallas que me ponen mal. En los matrimonios, entonces, suelo maximizar el tiempo: transformar los minutos en oportunidades de rellenar el vaso. Tomo Etiqueta Negra. Tomo whisky del bueno porque no cuesta nada, y lo hago hasta quedar mareada (por no decir jugosa), para después vérmelas con el Dj. El Dj conmigo lo pasa mal, lo admito. Sufre de hostigamiento. Pone reggaetón por ejemplo y yo me transformo en Chucky. Pero esta vez, no, sin copete, no. En este matrimonio comienzo a experimentar flashbacks. El primero de la noche, es un recuerdo en que acusé al Dj de delincuente por poner Don Omar en el matrimonio de una prima. El segundo es de mi fiesta de 21, tirándole un disco en la cara al Dj por poner Lucero. Heavy. Pero ahora, todo es distinto: suena Wisin y Yandel y ya no me quedan más ganas de seguir hueveando. Son la 1:00 AM y comienzo a desmitificar verdades. La gran verdad de la noche: los barman, a diferencia de lo que yo pensaba, nunca han sido mártires de las curagüillas, sino muy por el contrario, son, inclusive, más quebrantables que nosotras: no solo se toman “la medida” bajo la mesa, sino, además, para protegerse, nos coquetean para disimularlo. Ahora lo veo por primera vez.

Día 29: lollapalooza
Un día más y completo el mes. Llevo tres kilos menos, cero copete, cero caña, cero jugo. La última prueba: Lollapalooza. Me digo: “si resisto Lollapalooza me sentiré orgullosa de lo que hice”. Normalmente cuando voy a recitales no me porto bien. Entro con dos petaquitas mínimo, acomodándomelas como pueda, entre las caderas y la espalda. Pero hoy no. Entro y lo primero que encuentro son unos amigos que me mal influencian en un segundo. De un momento a otro decido volver a portarme mal: volver al origen, volver a ver a Duran Duran con mi petaca en mano. Busco mi petaca y no la encuentro. No la traje. Qué decepción. Pero de repente recuerdo que en el duty free, de un viaje reciente a México, compré un copete en miniatura que jamás saqué de mi mochila. Comienzo a buscarlo. Mi mano encuentra la botella diminuta, de color azulino, líquido transparente y letras platinadas: ¡Vodka! Estoy a punto de tirar mi détox por la borda y pienso, antes de abrir la botella: total de algo hay que morirse. Y hasta donde yo sé, el alcohol no muere, la que muere es uno. Aunque si sigo haciendo estos détox capaz que sobreviva.

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