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5 octubre, 2017
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Di Girolamo por di Girolamo

Mariana di Girolamo, la actriz, y Greta di Girolamo, la periodista, son primas. Tienen la misma edad y crecieron juntas. En esta íntima entrevista la protagonista de la muy exitosa teleserie Perdona Nuestros Pecados, revela que en la época escolar predicó la palabra del Señor, las culpas que le dejó su formación católica, lo consumista que se ha puesto desde que recibe un buen sueldo y la incomodidad que le produce la fama.

Por Greta di Girolamo / Fotografía: Alejandro Araya / Producción: Álvaro Renner / Maquillaje y pelo: Carola Pizarro


Paula 1236. Sábado 7 de octubre de 2017.

Ese sábado de abril, la Mariana se puso unos lentes de sol enormes y escondió su melena de leona dentro de la polera antes de que nos adentráramos en el persa Biobío. No duramos ni 20 minutos. Un tumulto de personas la reconoció y se le vino encima; mientras unas niñas gritaban, las personas sacaron sus celulares para obtener su codiciada selfie con la actriz Mariana di Girolamo (26). Yo, completamente invisible, miraba a mi prima, que apenas dijo algo. Daba la impresión de que a la gente no le importaba nada lo que a ella le pase. Solo le interesaba obtener su apetecida selfie con la protagonista de Perdona nuestros pecados, la exitosa teleserie de Mega.

–Deberías comprarte una peluca, –le dije, cuando aflojó el acoso.

–Mejor vámonos, –respondió la Mariana, y nos metimos por unos callejones para pasar desapercibidas en el escape.

La sangre

Meses después, en su departamento, le recuerdo ese episodio en el persa. Y le pregunto si le gusta la fama.

–No. Pero es un arma de doble filo, porque a veces te pone en un lugar rico.

¿Qué es lo rico?
El reconocimiento. También ayuda mucho como herramienta. Gracias a la fama mucha gente fue a ver la obra en la que participé hace poco, Romeo y Julián. La promocioné en Instagram y tuvimos la sala llena; hay gente que nunca en su vida había ido al teatro y salió llorando.

¿Qué es lo malo entonces?
Es aterrador no poder llevar la vida que llevaba antes. No poder caminar tranquila por el persa, dejar de andar en micro, no poder celebrar a Chile en la Plaza Italia. Que me sigan a mí y a mi pareja, que los medios llamen a mi papá. No sé si mi vida va a volver a ser como antes.

Como antes de los 36 puntos de rating que marca Perdona nuestros pecados, de las cuatro obras de teatro que ha hecho, las tres teleseries y las tres películas en las que ha participado. Antes de ser “embajadora” de tres marcas y hacer campaña por otras tantas a cambio de productos. Cuando íbamos a bailar sin que nadie supiera quién es ella. Cuando vendíamos ropa en la feria para ahorrar un poco de plata. Cuando fue mi pareja de graduación de octavo y yo la de ella. Cuando, en la casa de los tatas, nos pegábamos horas frente a la tele viendo los últimos videoclips de MTV. La misma casa donde nos disfrazábamos con cualquier prenda que estaba a mano y cada Pascua buscábamos los huevos de chocolate escondidos entre la hiedra.

En esa casa de pinceles y pinturas, estudiar ciencias era una rareza. Pero las dos nos metimos en ese mundo ajeno; ella quería ser obstetra y yo, médica. Al año de estudio, abdicamos. “Por lo menos lo intentaron”, dijo el tata con risa; fuimos las únicas dos de la familia que tratamos de desvincularnos de las artes y las humanidades. Y no nos resultó.

–Yo creo que es la sangre. La sangre tira, –dice la Mariana.

Su mamá y su papá son artistas visuales. Él trabaja como realizador audiovisual, ella es una tejedora experta. A eso se suma una tradición familiar ligada a toda clase de artes. Cuando nuestro bisabuelo, Giulio di Girolamo, trajo a su familia de Italia a Chile buscando una mejor vida y arrancando de la postguerra, una de las pocas cosas que metió al barco en el que navegaron fueron latas de películas antiguas. Además de pintar, confeccionaba marionetas y armó un teatro maravilloso para ellas. Mi abuelo, Claudio di Girolamo, es el fundador del Teatro Ictus, miembro del Teatro Ensayo, ha dirigido siete películas y fue director ejecutivo de Canal 13. Mi tía, Claudia di Girolamo, es actriz de cine, tele y teatro. Quizás la más famosa de Chile. Nunca le dijimos Claudia. Para la familia siempre ha sido “la Pinki”. Desde chicas tuvimos claro que era famosa, porque nos vimos todas sus teleseries y porque apenas pronunciábamos nuestro apellido nos preguntaban si éramos sus parientes.

El apellido, ¿te ha jugado a favor o en contra?
Creo que a favor. Admiro profundamente a la Claudia, pero no aspiro a ser como ella, quiero abrir mi propio camino. Al principio me daba nervio que pensaran que estaba apitutada, pero he demostrado que soy buena en lo que hago. Para mí el legado Di Girolamo no es una carga. Es un honor.

A fines de 2010, la Mariana fue a dar la prueba de Teatro a la Universidad Católica. Solo algunas personas sabíamos, para el resto era un secreto. El fin de semana anterior, en mi computador buscamos una canción para que interpretara en la prueba de voz. La elegida fue Me engañas mujer, de Lucho Barrios.

–Cuando me escuché cantar, dije: “soy buena”. Me empoderé, sentí que lo podía hacer. Siempre disfruté actuando en los musicales de mi colegio, la semilla del teatro estaba, pero no era mi sueño ser actriz. Estudiar Teatro fue una manera de rebelarme ante todo.

La presencia de Jesucristo
En la teleserie Perdona nuestros pecados, Mariana encarna a María Elsa, la hija del hombre más importante del pueblo Villa Ruiseñor. María Elsa se envuelve en un romance con el cura, con quien termina en la cama el mismo día que se casa con otro hombre. Una escena que fue una especie de emancipación para la Mariana, que viene de una familia y un colegio católico, el Francisco de Asís.

Tú eras muy creyente cuando estabas en el colegio.
Era una de esas personas que lloraba porque sentía la presencia de Jesucristo. Muy creyente en Dios, en el castigo y en el poder de la confesión y el perdón. A los 15 , cuando participaba de Schoenstatt, fui a un pueblo a predicar puerta a puerta la palabra de Dios. Después entré a CVX, una comunidad jesuita con la que fui a construir mediaguas y donde conocí gente que me abrió un poco la mentalidad. Mi mamá me empezó a hablar de personas como Mariano Puga, conocí a Pablo Walker, a Felipe Berríos; sacerdotes que predican otro tipo de religión. Todo me hacía mucho sentido.

Pero en un momento dejó de hacerte sentido y querías cambiarte a mi colegio, que es laico. ¿Qué te pasó?
De partida, socioeconómicamente el colegio al que iba nunca me perteneció. Era un colegio para gente de mucha plata y mi familia no tenía mucha plata. No me podía celebrar los cumpleaños, durante las campañas de solidaridad me hueviaban porque mi mamá me mandaba papel higiénico suelto. Esas cosas. La mirada que tenían de la religión, además, me empezó a incomodar.

¿Con qué estabas en desacuerdo?
No había libertad. En las clases de biología cuando se hablaba de los aparatos reproductores, separaban a hombres y mujeres en diferentes salas. Una numeraria, que nunca había tenido sexo en su vida, nos enseñaba que el sexo prematrimonial era pecado y que era exclusivo para la procreación. Tampoco aprobaban los métodos anticonceptivos. Mis compañeros salían llorando de las confesiones porque se habían masturbado. Es grave porque después cuesta demasiado iniciar la vida sexual. Le tengo pica a esa educación. Me terminé alejando de la religión por completo.

Esa escena de la teleserie, en que tienes sexo con el cura, ¿fue una revancha?
Sí.

¿Recibiste por esto algún comentario de tu colegio, de tu familia o de la fundación que te dio la beca universitaria?
Nada. Gente muy pacata y conservadora está fascinada con la teleserie. Han visto el lado humano del cura; creo que todos quieren que ellos estén juntos porque se aman. La otra vez estaba en un restorán y se me acercó un cura, me dio la mano y me dijo: “Gracias, has reflejado una realidad”.

Varias veces te he escuchado decir que recién ahora te estás liberando de la culpa. ¿Cuáles son esas culpas?
Es el miedo al qué dirán, es castigarte todo el tiempo. En la adolescencia me sentía puta cuando iba a una disco y me agarraba a un mino. O me sentía culpable por calentarme y sentir placer. Ahora me pasa con la pobreza. Armo planes en mi cabeza: comprar muchas cajas de Súper 8 y dárselas a los haitianos que veo vendiendo en la calle. Después pienso que puede ser ofensivo. Son cosas que están ahí: la culpa de tener más que otros.

Provenientes de una familia de artistas, Mariana y Greta son las únicas que intentaron seguir un camino distinto. “La Mariana quería ser obstetra y yo médica. Pero al primer año de estudio, abdicamos”, cuenta Greta. Mariana, quien después de eso entró a Teatro, agrega: “La sangre tira”.

Un clóset nuevo
En una comida familiar de 2014, cuando estaba en su último año de universidad, la Mariana se me acercó radiante. Casi saltando, me contó que la habían contratado para una teleserie donde le iban a pagar 600 mil pesos mensuales. Para nosotras era una fortuna, daba para gritar y abanicarse con billetes.

–Ni siquiera negocié. Me ofrecieron 600 lucas y yo: “¡Sí!”. Después entendí que no había que ser así.

¿Qué hiciste con ese primer sueldo?
El día antes del pago no pude dormir. Al otro día fui al mall y me gasté toda la plata en un clóset nuevo. Por primera vez entré a Topshop, Mango, Umbrale y Prüne. Me daba taquicardia cada vez que pasaba la tarjeta de crédito. Al día siguiente fui a una fiesta con toda mi ropa nueva.

¿Cómo fue sentir que tenías plata?
Raro. La plata que manejaba era de peguitas que hacía por ahí y de la mesada que me daba la beca de la Fundación Juan Pablo II (que le costeó la carrera). Antes me las ingeniaba con la ropa usada, pero ahora me podía comprar lo que me gustaba. Al principio fui desmedida y le tuve que pedir plata prestada a mi papá para pagar el arriendo.

¿Qué otras cosas cambiaron?
Me fui de la casa a vivir con amigas. Anduve en taxi por primera vez, invité a gente a comer. Cuando era chica y alguna amiga mía estaba de cumpleaños, mi mamá hacía carteras a crochet, galletas o reciclaba regalos. Ahora podía comprar los regalos que quería. También empecé a aportar con plata a mi mamá y a mi hermana chica.

¿Te pusiste muy consumista?
Sí. Las actrices son súper traperas. Pero en el día a día me pongo buzo y beatle y ahí queda mi ropa colgando. Ahí es cuando siento que es innecesario. A cada persona que viene a mi casa me dan ganas de regalarle cosas, yo creo que así me siento menos culpable.

Hace un tiempo, la Mariana me regaló unas zapatillas bacanes de una de las marcas que la auspician. Hace 20 años, fue mi tía Claudia la que me regaló unas Donors negras con plataforma que era imposible que mis papás me pudieran comprar.

Cuando éramos chicas, la Pinki era la tía que llevaba las cosas ricas a las juntas familiares y nos hacía regalos. ¿Te ha tocado jugar ese rol?
Mucho. En algún almuerzo familiar me vi y dije: “Oh, soy un poco como la Pinki”. Lo veo en los regalos a los sobrinos. O cuando amigos y colegas me piden plata prestada.

¿Has sentido un peso?
No. Cuando es reiterado, sientes que hay un interés detrás. Pero al mismo tiempo  me gusta que la gente tenga esa confianza. Si el día de mañana mi papá necesita mi ayuda, lo voy a hacer. A mi mamá la quiero seguir ayudando siempre, si es que puedo. No sé si voy a tener esta pega macanuda por el resto de mi vida, por eso invierto y ahorro.

¿Qué criterio usas para definir qué marca te auspicia, en qué comercial participar?
Ha cambiado. Al principio iba a todas, ahora me he dado el lujo de rechazar pegas. Es fuerte, porque cuando eres protagonista y alcanzas 36 puntos de rating, vales más.

Un día, la Mariana me pidió un consejo. Le habían hecho una oferta millonaria a cambio de casi nada de trabajo. El problema era que la marca estaba metida en un caso de colusión.

–Lo pensé harto porque lo que pagaban significaba el pie de una casa. Pero no lo hice. No quería ser el rostro con el cual limpiaran su imagen.

Cada decisión que tomas está siendo observada y habla de quién eres tú. ¿Cómo ha sido eso?
Tormentoso. Inicié una terapia que me ha hecho muy bien. Mi razón principal para ir es que he vivido muchos cambios en poco tiempo. La gente te pone en un pedestal y te sube mucho el ego, hay que luchar por mantenerse en tierra. Yo me cobijo en mi pareja, mis padres, mis primos. Y les digo: “Si alguna vez me pongo hueona, me tienen que decir”.

Exclusivo Paula.cl

El lado B
Cuando empezó con Pituca sin lucas, su primera teleserie, el buzón de Facebook de la Mariana se llenó de mensajes de personas de todo Chile. La alentaban a seguir adelante con la actuación, había jóvenes que le preguntaban si debían o no estudiar Teatro, la invitaban a una cita y la felicitaban por ser tan buena persona. Una tarde, las dos, muertas de la risa, empezamos a responder los mensajes uno por uno. Muchas mujeres le escribían diciendo que ojalá su hija fuera tan buena como ella. Ninguna la conocía.

¿Cuál crees que es la imagen pública que hay de ti?
Una niña espontánea, dulce, sencilla. Cuando hice la escena de sexo con el padre Reynaldo, que fue mi primer desnudo, llegué al canal y había un grupo de hombres mirándome con Rayos X. Dije “Ah, aquí cambió la cosa”. Este es un país machista, retrógrado, pero ahí empezó a cambiar esa imagen de niña.

¿Cómo te sientes con esa imagen? ¿Tiene que ver con la vida real?
Sí, pero tengo este lado B que conoce poca gente, un lado más under. Tiene que ver con los carretes y los viajes que me gusta hacer, también con mis opiniones más críticas. He ido soltando esas opiniones, por ejemplo hablé de que apoyo el aborto libre y participé de la obra Romeo y Julián, que es una versión homosexual del clásico de Shakespeare. Hubo gente que me hizo comentarios como “Te me caíste, María Elsa”. También hay gente que me ha visto en fiestas tecno y me lo comenta sorprendida. Nadie se imagina que estuve en Berlín bailando en Berghain con un body transparente sin sostén.

¿Sientes una presión por mantener la imagen que hay de ti?
Me cuido mucho, pero no por mantener esa imagen, sino para no ventilar mi intimidad. Esos lugares los habito con un círculo muy cercano y me cuido de no hacer ruido, porque con los celulares y las redes sociales te pueden funar. Es brígido, porque soy una persona ruidosa, creativa, y me he tenido que reprimir bastante. Muchas veces me dan ganas de mandar todo a la cresta, por ejemplo, cuando pasó lo de Primer Plano.

En agosto la Mariana y su pololo estacionaron su auto en el centro para entrar a una obra de teatro. Apenas abrieron las puertas, un tipo con cámara en mano se bajó de un furgón y se abalanzó sobre ellos haciendo preguntas. La Mariana pidió que por favor la dejaran tranquila, pero la nota salió igual.

̶ Fue violento. Me dio mucho miedo. No quiero que las personas que amo se vean perjudicadas por este suceso llamado fama.

¿Qué opinas de los programas de farándula?
Son una basura. No sé por qué la gente los consume, hacen mucho daño. Cuando fui a ver el musical donde actuaba Augusto Schuster me hicieron mierda por la ropa que usé. No tienen buenas intenciones. Por lo mismo dejé de ir a varios eventos.

De las actrices se espera que sean jóvenes, flacas y bonitas. ¿La industria es más exigente con las mujeres?
Sí. Cuando volví de un viaje en el que me di la buena vida, una persona del medio me dijo que estaba gorda. Me sentí pésimo porque nunca había tenido rollo con mi peso y es fuerte cómo tienes que empezar a preocuparte. Si miras las teleseries, son todas flacas. Con suerte se permite una mina curvilínea, si no, pasas a hacer el papel de la gordita a la que le hacen bullying. En ese sentido hay machismo, el que también se nota con la diferencia de sueldo que existe entre actrices y actores que tienen papeles igual de protagónicos y la misma trayectoria.

 

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