Diamela Eltit: no sean tontas

Reportajes y Entrevistas

Diamela Eltit: no sean tontas

Por Ximena Torres Cautivo / fotografías nADIA PéREZ

Este podría ser el consejo ampliado a sus congéneres, a partir del que le dio su madre a ella cuando era niña y que aún intenta seguir. Con perseverancia y trabajo, esta profesora y escritora logró “un reconocimiento a formas más minoritarias de hacer literatura. A un largo hacer, más allá de las modas y de los dictámenes del mercado”. Acá, un atisbo a su genio.

“Acá vamos”, nos dice Diamela Eltit (69) desde Nueva York, lanzándose a la tarea de responder nuestras preguntas, cuando todavía es noticia que acaba de convertirse en la quinta mujer en obtener el Premio Nacional de Literatura entre más de 60 hombres. La anteceden en el logro Isabel Allende (2010), Marcela Paz (1982), Marta Brunet (1961) y Gabriela Mistral (1951).

Frontal, cruda y dura como es, en 2012, cuando, igual que ahora, un grupo amplio y variopinto la postuló al mismo galardón, ella declaró: “Los próximos diez Premios Nacionales se los deberían dar a las mujeres. Eso para empezar a equilibrar. Y todavía quedamos cortos”, cuestión que no sucedió, por lo que le preguntamos:

¿Es un acto democrático y de justicia este premio que acabas de recibir? ¿Cómo lo asumes en lo personal y en lo que representa cultural, política y económicamente?

Sí, que se me haya otorgado el Premio Nacional de Literatura es, desde luego, estimulante. Efectivamente, mi interés en involucrarme en el Premio en 2012 fue para hacer visible que existía una asimetría tan evidente que se podía pensar incluso en discriminación. Quiero decir lo siguiente: no basta ser mujer y escribir para ganarse un premio, pero tampoco basta ser hombre y escribir. El punto es la producción literaria, su propuesta, su letra, su riesgo. Para mí el premio que me otorgaron significa un reconocimiento a formas más minoritarias de hacer literatura. El premio no es a mi persona, sino a un largo hacer en que mantuve las líneas primordiales que conforman mi imaginario literario, más allá de las modas y de los dictámenes del mercado. Pero lo que sí fue muy significativo fue el apoyo que recibí de amigos y amigas, conocidos, personas de distintos haceres, desde el teatro a la música, la danza, las artes visuales. Fue emocionante, en general, no hubo conflictos. Desde luego puede haber distintas opiniones, diferentes estéticas y políticas con la letra, eso es normal y, más aun, necesario, pero lo más importante fue que se generó una comunidad.

Es bien estimulante además que se te otorgue en un año de alta efervescencia de los movimientos feministas…

Como mujer me alegra este premio, porque las mujeres vivimos una asimetría en todos y cada uno de los aspectos de nuestra vida que hay que reparar. Ahora mismo hay un conjunto de escritoras inteligentes, feministas, oficiosas, muy preparadas para los años que vienen. Pero tengo que decir que espero que los escritores jóvenes ahora sí tengan un diálogo necesario con sus pares, que se construya un escenario literario intenso que ponga a la escritura como centro.

MÁS ESTUDIADA QUE LEÍDA

Tu feminismo es conocido y tu cuestionamiento al movimiento #MeToo lo leímos a comienzos de año en Sábado? ¿Cómo es el feminismo real, masivo, no hollywoodense en el que te inscribes?

Desde luego pienso que el #MeToo sigue siendo importante para develar la trama de poder en que se mueven los hilos mediáticos. El director Nicolás López, chileno, es una caricatura depredadora de ese poder, actuó con una omnipotencia soez. Pero, desde mi perspectiva, hay que pensar en los millones de mujeres que en trabajos muy precarios o puestos que dependen del ánimo de sus jefes, soportan todo tipo de abusos sicológicos o laborales y acosos sexuales. No existe en esas zonas glamour alguno que las libere, porque el imperativo del sueldo del que depende muchas veces su familia las pone en un callejón sin salida. Respecto de lo segundo, sí, soy feminista. Sigo a Simone de Beauvoir cuando digo que no se nace feminista, se llega a serlo frente a una serie de obstáculos que tienes que soportar y ojalá superar. Pienso en un feminismo que se infiltre en todos los espacios de las desigualdades. Y en Chile es terrible el modo en que la mayoría de la población vive solo para sobrevivir a un sistema feroz que lo explota y lo extenúa. Un sistema que genera falsas esperanzas, porque trabaja solo para enriquecer de manera obscena a los Forbes chilenos.

Diamela nos recuerda un libro suyo, escrito en 1994 con su amiga Lotty Rosenfeld, con quien se relacionó y fundó junto al poeta Raúl Zurita -de quien fue pareja- y a otros artistas e intelectuales el mítico Colectivo de Acciones de Arte (CADA).

“Crónica del sufragio femenino en Chile” se llama, y está disponible en la web, como nos comenta ella misma. Lo buscamos. Es un libro de estudio, que ciertamente debería ser lectura obligatoria en los colegios. Y, desde luego, le da la razón cuando afirma: “El poder hegemónico ha ocultado la historia de la mujer y sus épicas libertarias. Me parece urgente que las historiadoras e historiadores inicien un diálogo con el Ministerio de Educación para visibilizar esa historia. Mientras escribía ese libro, investigué esa historia, la de la lucha de las mujeres. Me pareció extraordinario cómo se organizaron, a pesar de las profundas diferencias, las mujeres anarquistas Amanda Labarca, Elena Caffarena, Julieta Kirkwod. Hay que entender esos movimientos y estrategias, ver por qué se produjo un estancamiento después de una fuerte inserción. Entender cuáles fueron los frenos, ayudaría a que esta actualidad feminista conservara su ímpetu”.

Me gusta saber que cuando se enteró que había ganado el Premio Nacional de Literatura lo primero que pensó fue en las mujeres de su familia. Y así lo precisa: “Pensé en mi madre y en mi abuela que viven en la vida que me dieron y que duermen conmigo ciertas noches, cada una en un pedazo de mi cabeza”. Literaria y preciosa declaración, que me recuerda lo que respondió al suplemento Babelia cuando le preguntaron: “¿Cuál es el mejor consejo que le dio alguno de sus padres?”. Ella dijo: “Mi mamá: ‘No seas tonta’”. Y agregó con el sutil y encantador humor negro que la caracteriza: “Todavía lo intento”.

Fue a comienzos de este 2018 que ese mismo afamado suplemento literario español ubicó su novela Jamás el fuego nunca, título tomado de un poema de César Vallejo, entre los 25 mejores libros en español de los últimos 25 años. En ese texto periodístico dicen de ella y de su obra que, “pese a ser bien conocida en Chile”, su fama es de “autora más estudiada que leída”. Ella se queja de la insalvable etiqueta de hermética que le han puesto a su literatura, pero no reniega y haciendo gala de esa flema que le celebro, afirma: “Pienso que ser calificada como espesa y singular no está nada de mal para una escritora”.

DIFICULTADES CON LOS QUEQUES

Poco dada a hablar de lo personal, en sus libros, sin embargo, está bien presente la sencillez que valora al lado del exceso que ve en “el súper”, como describe en su novela Mano de obra. En una conversación con la arquitecta Lorena Pérez habló del barrio Carmen, el que definió como el de su infancia y del resto de su transitar existencial: “Entre el barrio Carmen y el barrio Ñuñoa, desde Irarrázaval hasta la Avenida Matta. Esos son los recorridos de prácticamente toda mi vida. Nunca he vivido en otro sector fuera de Santiago Centro en el límite con Ñuñoa, y Ñuñoa en el límite con Santiago Centro. He estado en ese borde, en espacios de clase media o clase media baja, con algunas áreas verdes y plazas. Eso ha sido lo que más me ha interesado, la fachada continua. Eso es lo que yo creo ha sido el paisaje más íntimo, más que el antejardín”.

Casada con un hombre elegante y encantador, gourmet, culto, inteligente, el político comunista Jorge Arrate, vive en Nuñoa, en una casa de fachada continua con un rico interior, discontinuo de libros, autores y arte, sus dos temas. De los suyos, nos comenta: “Cada uno de los libros que he escrito me ha producido placer. Eso es primordial. Escribir es un privilegio. Pero también incertidumbre, angustia, terror, sorpresa. Cada libro contiene tiempo, trabajo, cuando se publica, todas las sensaciones se olvidan, se van con el libro. Para renacer en otro. En fin, así opera la literatura para algunas personas”.

Un libro bello y estremecedor que vuelvo a leer y a mirar de tanto en tanto es El infarto del alma, que hiciste junto a la fotógrafa Paz Errázuriz en el hospital siquiátrico de Putaendo. ¿Cómo te llegó a ti el Premio Nacional de Artes Plásticas 2017 para tu socia en esa aventura?

Hicimos con Paz El infarto del alma. Por supuesto me alegró mucho que ella haya ganado el Premio Nacional. Y, sí, efectivamente las artes visuales han reconocido más a las artistas. No del todo. Un poco. Algo.

Vives la vida miti mota entre Chile y Estados Unidos, ahora te quedarás allá hasta el 15 de diciembre, cuando termines de dar clases. ¿Cómo es esa dualidad?

Hace años que trabajo en la Universidad de Nueva York, once en total. Antes lo hice en varias universidades de Estados Unidos y también en Cambridge, Inglaterra, cuando ocupé la cátedra Simón Bolívar, estuve un año completo. En cambio a Nueva York voy un semestre al año. Tengo un cargo allá, soy ‘distingueshed global professor’, pero la verdad es que sigo la vida tal cual, leo, escribo, voy al cine, en fin. Y después me devuelvo a mi casa muy contenta.

Para terminar, dame una receta de lo que sea: cocina, jardinería, vida.

Creo que tuve una educación doméstica menos normal que la mayoría de las mujeres. Nunca me enseñaron a cocinar-cocinar. La única vez que hice un queque, cuando lo saqué del horno, se aplastó. En fin, no quiero ponerme en evidencia.

 

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