Disfrutar de la soledad

Reportajes y Entrevistas

Disfrutar de la soledad

Por Constanza Cabezas / ILUSTRACIÓN: GERTRUDIS SHAW

Desde chica que me he desenvuelto en un ambiente muy conservador. Vengo de una familia católica compuesta por un papá, una mamá y cuatro hermanos. Y crecí con una percepción de las relaciones súper tradicional. Pretendía conocer al amor de mi vida, casarme, y recién ahí, perder mi virginidad. No era que mis papás me lo pidieran, pero sí se sentía una atmósfera de ‘ideales establecidos’ en mi círculo.

Mi primer pololo fue a los 24 años. Creo que me demoré en tener uno porque idealizaba mucho mi vida en pareja y me cerraba a cualquier posibilidad que no fuese perfecta. Eso me hizo ser muy selectiva y cuidadosa. Con Felipe fue distinto, ya que primero fuimos amigos. Recuerdo lo que tuvimos con mucho cariño y no me arrepiento para nada de haber perdido mi virginidad con él. Estuvimos juntos tres años, hasta que me di cuenta que no era la persona con la que quería pasar el resto de mi vida. Y sentí que ese era el siguiente paso, porque todos sus amigos tenían planes de casarse y los temas de conversación giraban en torno a eso. Incluso las demás pololas me preguntaban cómo me imaginaba mi anillo de compromiso o el vestido de novia. Colapsé y decidí terminar.

Cuatro meses después, conocí a Ian. Lo vi y sentí que él era ese amor que llevaba tanto tiempo esperando. Me enamoré profundamente y, pese a que tuviese algunas cosas que jamás hubiese aceptado en otras personas, estaba convencida que él era el indicado. Sin embargo, ese sentimiento no era mutuo. Creo que terminé forzando mucho la relación, ya que naturalmente no fluía. Él era muy distinto a mí, tenía otro tipo de intereses, y esas diferencias comenzaron a pasarnos la cuenta. Terminamos y se me vino el mundo abajo.

Después de seis años de estar en pareja, tenía que enfrentarme a la soltería, y lo que más me dolía era hacerlo a mis 30. Sentí que estaba contra el reloj y que no quedaban más hombres en el mundo. La mayoría de mis amigas tenían su vida resuelta y a mí se me derrumbada mi proyecto. Me pasó que hasta empecé a compararme con mis amigas más chicas e incluso con mi hermano, quien con solo 25 años se estaba comprando una casa con su pareja. Obviamente me arrepentí de terminar y le pedí a Ian volver, pero no porque estuviese enamorada, sino porque no quería estar sola. Hoy agradezco que él no lo haya aceptado. Me vino una angustia muy grande y decidí ir a terapia. Me acuerdo que el resto me decía que aprovechara este momento para preocuparme de mí y conocerme, pero yo no sabía qué significaba eso.

Superarlo fue un proceso en el que sigo trabajando. Fueron meses súper intensos y difíciles. Me sentí muy perdida, sin un foco claro en la vida. Poco a poco fui agarrando fuerzas, porque sí, lo sentí como una lucha, y empecé salir a adelante. Cuando estaba un poco mejor, agarré mis maletas y me fui sola a México. Nunca había hecho algo así y tenía pánico. No era que me diera miedo que me pasara algo, me preocupaba enfrentarme a esa soledad forzada. Estando allá, me cambió el panorama. Me di cuenta que todos mis temores eran barreras impuestas por mí e inventadas. Me relajé y empecé a disfrutar. Y vi que era demasiado fácil. Una de las cosas que más me atormentaba, y puede sonar bastante ridículo, era sentarme a comer sola en un restaurante, ya que lo veía como el clásico ejemplo de la soltería, sin embargo lo hice y no pasó nada. Nadie me miró extraño y tampoco me preguntaron si estaba esperando a alguien.

Fue un viaje en el que aprendí a gozar de mi misma, de auto conocimiento. Sentí un profundo arrepentimiento de haber vivido siempre tan programada, con el foco en el futuro, y de no haber aprovechado los beneficios y bondades de tener tiempo para uno. Cuando estaba en pareja era muy entregada y volcada hacia el otro. Tendía un poco a desaparecer de mi mundo y fue súper liberador saber que podía estar sola. Ahora me siento mucho más tranquila y segura de mi misma, tampoco es que esté negada a conocer a alguien, pero sí me sirvió para darme cuenta que hay otras formas de amar, que se pueden tener sueños y objetivos propios.

Constanza Cabezas tiene 30 años y es arquitecta. 

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