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8 febrero, 2018
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Don Nicanor y Doña Carmen

La historiadora y cientista política Carmen Fariña (70) estaba en pleno proceso de investigación, para una reedición del epistolario de Diego Portales, cuando en 2001 el rector de la UDP le encargó entregarle personalmente a Nicanor Parra una invitación, que lo convocaba a recibir una medalla en reconocimiento por su obra. Desde entonces comenzaron una “relación intelectual exquisita” a través de Portales, que culminó en 17 años de amistad e irrenunciables visitas semanales que aquí relata Carmen, una de las pocas personas externas a la familia que acompañó al antipoeta hasta sus últimos días.

Por Almendra Arcaya L. / Fotografía: archivo personal de Carmen Fariña.


Paula.cl

El primer encuentro fue en El Tabo, en el restorán El Kaleuche, y la acompañó el poeta Raúl Zurita. Ella conocía la obra del antipoeta, pero nunca lo había visto en persona. Ese día le pareció un hombre “muy atento y amable, pero desconfiado”. “Don Nica tuvo muchas experiencias de deslealtades en su vida”, dice hoy.

-Dígale a su rector que sí, que voy a ir allá y aceptaré la medalla -, le dijo Nicanor, al finalizar el almuerzo.

Un día antes de la ceremonia, Carmen lo llamó para coordinar la hora en la que lo iría a buscar, pero Nicanor había cambiado de parecer. “No, yo voy a aceptar la medalla cuando conozca al personaje”, le respondió tajante. Se refería a Diego Portales, figura que Carmen conocía bien luego de que le encargaran elaborar la reedición de su epistolario, publicado en 2007. Se había inmiscuido en los archivos de la Biblioteca Nacional, había leído biografías y realizado una serie de entrevistas, y había tenido acceso a cartas públicas y personales.

“A través de Portales comenzamos una relación exquisita. Él me pedía libros del siglo XIX y algunas de las cartas que había recopilado, que le llevaba una vez al mes. Nos reíamos mucho tratando de descifrar las cartas y, a veces, él me llamaba por teléfono y comentábamos, o me dictaba artefactos, a favor o en contra de Portales. Un día me dijo: ‘Cambié a Shakespeare por Portales. Shakespeare es la duda, to be or not to be. Portales es pragmático, to do or not to do’”, recuerda Carmen riendo.

La estatua de Don Diego Portales / amaneció plagada de palomas / cero problema según el comandante del ejército de la salvación / las palomas saben lo que hacen –se lee en una hoja escrita a computador que ella guarda.

“Don Nicanor” -como ella siempre le dijo-, se obsesionó con dos cartas. “Una era la famosa carta de La señorita Z. En ella Portales se refiere a una mujer, que reclama que él se case con ella y que reconozca a su hijo. Él la tilda de amoral. Cuando Portales habla de la señorita Z estaba en Lima, en negociaciones, pero nunca supimos con Don Nicanor si la señorita Z era limeña o chilena. Él siempre decía: ‘Hay que ir a descubrir quién era esta señorita Z’, y cuando quería referirse a alguien amoral, decía: ‘esta es una señorita Z’”, recuerda.

La otra, cuenta Carmen, era de 1831 y estaba dirigida a Antonio Garfias, amigo y secretario de Portales. “Las familias de rango de la capital, todas jodidas, beatas y malas, obran con su peso enorme para la buena marcha de la administración. Dígales que si en mala hora se me antoja volver al Gobierno, colgaré de un coco a los huevones y a las putas les sacaré la chucha”, lee Carmen, soltando una carcajada, de una libreta azul, donde registró escenas y recuerdos con Nicanor. “Don Nicanor con esa carta se mataba de la risa, le encantó que fuera tan del garabato”, recuerda.

En 2004, cuando Nicanor tenía 89 años y Carmen asumía como decana de Humanidades de la UDP, ella le ofreció ser director de honorem de la carrera de Literatura. Él accedió, y en la contratapa de su libro How to Look Better & Feel Great (1954), le escribió: “En represalia por haberme sacado de la tumba”.

Para entonces, las visitas a Las Cruces de “Doña Carmen” –como él siempre le dijo-, se volvieron semanales, siempre al almuerzo. El menú variaba entre cazuela, carbonada, humitas con tomate y empanadas de queso y marisco, que Carmen llevaba junto a un vino tinto, siempre cabernet sauvignon. Carmen, cuenta, nunca fue sin avisar. “A su casa nomás llega”, le decía él.

– ¿Se da cuenta, Don Nicanor, qué honor es para mí estar almorzando con usted, solos, mirando el mar? –le dijo un par de veces Carmen, mientras comían en un comedor pegado a la cocina, que en la pared lucía un cuadro de “la Violeta”.
– El honor es mío –le respondía él, quien escasas veces la llamó también “Carmencita”.

Su abuelo paterno, de su madre, Clara Sandoval, y de su hermana Violeta; Juan Rulfo, Shakespeare y Portales; el profesor que lo ayudó a entrar al Instituto Nacional Barros Arana; o el autor que estuviera leyendo, eran tema de conversación. Carmen comenzó a relacionarse cada vez más con Colombina, su hija, y Tololo, su nieto. “De pronto empecé a ser parte… como amiga de la familia”, dice, y recuerda una escena en particular, el 7 de mayo de 2016, cuando Colombina se casó con el empresario José Ureta Morandé y Carmen convenció a Nicanor de asistir a la fiesta de matrimonio.

“Llegamos a Las Cruces a buscarlo con mi marido (el economista Rodrigo Egaña) y él andaba con pantuflas y pijama debajo del pantalón. Insistimos con que fuera, con que era su Colombinita, pero él dijo que no. A las 4 de la tarde, cuando nos íbamos, dijo: ‘Voy a ir, pero voy a ir tal cual’. Lo convencimos de que la Rosita (su nana) lo amononara. Le puso una camisa blanca y un chaleco, y partimos, él con su burrito. Tololo nos esperó con la carpa abierta, para entrar el auto y que él no tuviera que caminar tanto. Esa fue la primera vez que vi a sus tres hijos (menores) y nieto tan unidos, lo abrazaban y nos agradecían. Don Nicanor bailó sentado con la orquesta en vivo del Barraco (Juan de Dios Parra), picoteó un poquito de comida y se tomó un whisky. A medianoche lo fuimos a dejar”, recuerda.

El bajón vino a mediados de 2016, año en que Nicanor comenzó a estar más sordo. Ese mismo año también, Carmen empezó a reemplazar los almuerzos en restoranes por paseos a la caleta de San Pedro o a la Cueva del pirata, en Cartagena.

“Un día llegamos y no estaba contento. Dijo: ‘Esto es el caos, entran y salen cuidadoras y enfermeras distintas. Lo único que quiero es caminar y caminar a la playa, y hundirme en el mar. No sé qué pasará con esto, pero no hay nada que hacer, hay que leer al poeta colombiano Gonzalo Arango, líder del nadaísmo”, lee en su libreta.

“Don Nicanor ya no oía, pero igual conversábamos, a veces le escribía en un papel para no gritarle, y él respondía. Era tan fácil conversar con él, era tan entretenido, todo lo cotidiano lo llevaba a la literatura… muchas veces me decía: ‘no se vayan’, y se quedaba ahí en la puerta. Ese año se empezó a ir para abajo, no en la conversación, sino en lo físico”, cuenta, y asegura que en 2017 dio un vuelco.

“Se dio cuenta que todo empezaba a marchar de nuevo, que sus hijos y nietos se estaban preocupando de ordenar sus cosas. Estaba feliz de ver su casa en La Reina, era lo que más quería. Creo que eso lo dejó irse, y su corazoncito se paró”, asegura Carmen.

La última tarde que se vieron fue en Las Cruces, el 31 de diciembre, 23 días antes de que Nicanor muriera. Ese día se sentaron uno al lado del otro y miraron el mar en silencio. Comieron empanadas de queso-camarón e hicieron un último brindis, con una copa de vino tinto, siempre cabernet sauvignon. “¿Sabes qué me pasó? Al final, yo quería estar con él nomás, no quería forzarlo a conversar. La última vez que nos despedimos yo lo veía venir, su voz estaba apagadita, más calladita”, recuerda Carmen.

-Qué agradable la brisa que viene del mar. Mire cómo está este bosque acá abajo, ya me tapó la playa –le dijo él, en voz baja, mientras ella le acariciaba su mano.

Revisa el portafolio Homenaje a Nicanor Parra, aquí.