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5 septiembre, 2017
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¿Dónde nos vestíamos hace 50 años?

Un mapeo a la oferta de ropa, zapatos y moda cuando la industria nacional estaba protegida, el handmade, más que una tendencia, era una necesidad, e imperaba la copia Made in Chile de las tendencias que surgían en Europa. El escenario antes de los mall, de las hasta 52 colecciones anuales del retail y de las compras online.

Por Consuelo Terra


Paula 1234. Sábado 9 de septiembre de 2017. Especial Moda, inspiración 1967.

En 1967 los tratados de libre comercio y las compras online tipo Aliexpress habrían sido algo impensado e, incluso, antipatriótico. El “Made in Chile not in China”, que usa actualmente la marca de zapatos chilenos Bestias, era ley. Estaba prohibida la importación de productos manufacturados que pudieran competir con los que se hacían en el país. Apegado al modelo desarrollista de la Cepal, el gobierno de Frei Montalva promovía y protegía la industria nacional. Eso, junto a la modernización tecnológica, llevaron a que los 60 fuera la década de mayor auge de la industria textil y de vestuario en Chile. ¿Y si uno quería un vestido que estaba de moda en Francia? Ni un problema. Se podía adquirir una linda imitación Made in Chile.

Auge textil y zapatero

Si hoy apenas un 7% de la ropa que usan los chilenos es confeccionada en el país y más del 80% es importada desde China, en los años 60 los sectores de textil y de vestuario satisfacían el 97% de las necesidades nacionales. Las grandes empresas Yarur, Súmar, Hirmas, Said y Pollack, además de otras textiles pequeñas y medianas, abastecían al mercado interno.

El lino que abastecía a las textiles se cultivaba en Osorno y el cáñamo en San Felipe y Los Andes. El algodón y la lana se importaba, pero en bruto. “No es que a Yarur llegara el hilo de algodón listo. Llegaban los fardos sucios”, cuenta Acacia Echazarreta, curadora del Museo de la Moda. “El algodón se limpiaba, se cardaba, se torcía, se hilaba, se tejía, teñía y se estampaba. El proceso completo se hacía en la fábrica”. Las novedosas telas sintéticas, como el acrílico y el nylon, también se fabricaban en Chile con licencias compradas a empresas norteamericanas y europeas. La historiadora Pía Montalva, en su libro Morir un poco, hace un recuento: Sedamar procesaba en Chile la Dunova, fibra acrílica propiedad de Bayer. Súmar fabricaba el ban-lon, un tejido de punto y el duchesse, una tela plana satinada, ambas con licencia norteamericana. Textiles Comandari elaboraba el orlon, una fibra acrílica de DuPont, que por su liviandad y resistencia se transformaría en el material favorito de las nuevas diseñadoras a mediados de los 60 para fabricar abrigos, pantalones y vestidos.

En 1967 las chilenas solo podían comprar zapatos hechos en Chile, hechos en cuero natural y materias primas nacionales. A diferencia de lo que ocurre hoy, en que un 90% del calzado es importado, la industria zapatera estaba protegida por el Estado. Había grandes fábricas como Orlando, Mingo, Royle, Joya, Gacel y Bata (perteneciente a la Bata Shoe Organization), que dominaban el mercado local y concentraban sus tiendas en Santiago Centro. “En 1967 las empresas grandes se imponían a las chicas. Hoy, en cambio, se imponen las fábricas pequeñas de rápida adaptación a las tendencias de mercado”, dice Pedro Beriestain, director gerente de la Federación Gremial del Cuero y Calzado de Chile (Fedeccal).

Ese año estaba de moda un zapato más geométrico, de punta cuadrada y tacones bajos, que reemplaza al taco aguja y punta aguzada de principios de los 60. Sin embargo, era un rubro más lento para adoptar las modas. La marca más vanguardista era la desaparecida Orlando, la primera en hacer modelos parecidos a los zapatos Roger Vivier con la hebilla bucle plateada que usó Catherine Deneuve en la película Belle de Jour, de Buñuel, que causó alto impacto en el 67.

El declive del modelo Los Gobelinos

1967 marca un momento de transición, en que aparece un atrayente polo de boutiques en Providencia, pero la mayor parte de la oferta de vestuario permanecía en Santiago Centro. “Entre las señoras y señoritas de la burguesía nacional hasta la segunda mitad de la década se mantuvo la costumbre de comprar en los departamentos de moda femenina de las grandes casas comerciales como Los Gobelinos, a cargo del modisto Miguel Arangua; en Casa Muzard, que tenía como ‘experta en modas’ a Zulema Arroyo o en Modas Falabella, que estaba en manos del francés Guy Pierre, quien llegó a mediados de los 60 y aseguraba haber iniciado su carrera con Pierre Cardin”, relata Juan Luis Salinas en su libro Linda, regia, estupenda.

Ese año Los Gobelinos seguía presentando colecciones propias, para señoras, caballeros y niños, pero dejó de representar lo último en moda. “Apelaban a un público más tradicional porque sus colecciones se quedaron cada vez más desfasadas, anticuadas”, dice Pía Montalva a revista Paula. “Todavía se inspiraban en la alta costura parisina, pero confeccionada en serie al estilo norteamericano. Era ropa en serie, pero no por un precio económico como el que encuentras hoy en el retail. Por eso la innovación ya no está ahí, sino en las nuevas boutiqueras que adaptan más rápidamente las tendencias”, añade.

El Dior chileno y las boutiqueras

Cuando José Cardoch, formado en el taller en París del diseñador Sergio Matta (hermano de Roberto), inaugura su atelier en 1962, revista Eva lo llama el Christian Dior chileno. “Era un diseñador que seguía los mandatos de la alta costura francesa, que era una moda más aparatosa, incómoda, de mayor complejidad en costuras y en cortes. Es decir, todo lo contrario del discurso de las nuevas boutiqueras que aparecen en Providencia, que se adaptan más a las necesidades de sus clientas y en ese sentido son más modernas”, dice Montalva.

Mientras Santiago Centro pasa a ser la zona donde se encuentra lo más antiguo, la ola modernizante en la moda se desplaza hacia avenida Providencia, liderada por una nueva casta: las boutiqueras. Desde mediados de los 60 estas mujeres, casi todas de clase alta, viajadas y con una gran confianza en su “buen ojo”, instalan pequeñas boutiques o tiendas donde vendían la versión chilena del prêt-à-porter. Interpretaban o directamente copiaban los modelos de moda en Europa en pequeños talleres de costura, con telas chilenas. Vog, Luz Lyon, Tai, Shock y Pelusas son las primeras en imponer la minifalda, la falda-pantalón, los jumpers cortos y acampanados estilo Mary Quant, y los diseños geométricos, túnicas y estampados de colores vivos. Producen ediciones limitadas, lo que otorga un halo de exclusividad y a la vez les permite fabricar rápido y a un precio accesible. “Hacían lo que hoy hace H&M, que toma las últimas tendencias de los centros mundiales de moda y las recicla rápidamente. Solo que aquí hay más creatividad involucrada en toda la cadena y muy buena confección”, compara Montalva.

Vog, abierta en 1967 por Carmen Rojas y Paulina Viollier, y orientada a las jóvenes, fue la primera en lanzar la minifalda y buscaba siempre el último grito de la moda. Shock, de las hermanas Marta Josefina y Ximena Echaurren, ofrecía prêt-à-porter. Mary-Rose MacGill era cliente asidua: “Tenía ropa espléndida para señoras jóvenes y siempre estaban ahí las hermanas Echaurren que con mucho gusto te decían ‘esto, esto y esto’. Su ojo nunca erraba”, recuerda.

La moda latinoamericana

Ese mismo 1967 apareció una camada de diseñadores que no solo imitaban a Europa, sino que tenían Latinoamérica como referente. Este movimiento fue apoyado por las políticas de integración latinoamericana del gobierno de Frei Montalva, primero, y de Salvador Allende, después. Tal como ocurrió con La Nueva Canción Chilena, las artesanías y el muralismo, se buscaba crear una estética latinoamericana en el vestuario para enfrentar la hegemonía cultural del Primer Mundo.

En Merced, frente al Parque Forestal, estaba la boutique Tai. Su diseñador Marco Correa (muestra abierta hasta el 30 de septiembre en el Museo de la Moda), de 26 años, creaba vestidos largos y túnicas de punto tejido decorados con motivos precolombinos, aunque sin dejar de lado los colores y formas geométricas que se veían en Europa. Muy cerca, en Villavicencio, estaba la Casa de la Luna, donde la diseñadora María Inés Solimano exponía su ropa artesanal tejida y compartía espacio con la escuela de mimos de Enrique Noisvander y con un teatro.

Al mismo grupo, denominado de la moda autóctona por revista Paula, pertenecía el diseñador textil Alejandro Stuven, quien elaboraba telas con estampados florales y precolombinos. Hacia fines de la década aparecen la tejedora chilota Nelly Alarcón (ver entrevista en página 112) y el diseñador Enrique Concha quien, durante el gobierno de Allende, se asocia con la expropiada Fábrica Yarur para crear textiles con estampados diaguitas a muy bajos precios. “Era un momento en que todas las artes se mezclaban y la moda era vista como una expresión cultural más. No solo eran diseñadores, Marco Correa era artista y escenógrafo. Solimano, galerista. Por eso el Museo de Bellas Artes invitó a 12 diseñadores a exponer sus creaciones en 1972”, explica Echazarreta.

Handmade antes del “DYI”

Si en 2017 Chile se ha convertido en el país que más consume vestuario en Sudamérica, con un promedio de 50 prendas nuevas al año por persona, en 1967 los chilenos compraban muy poco. “La ropa terminada tenía un alto costo, pero era de mejor calidad y con un largo ciclo de vida. Las piezas se transformaban, se heredaban o regalaban. Existían tiendas de ropa usada, no ‘vintage’ ni ‘americana’, sino ropa local dada de baja. Los sectores de escasos recursos se vestían con prendas regaladas, usadas o confeccionadas en casa”, cuenta Montalva.

Hacerse o intervenir la ropa era algo transversal. La misma Raquel Bascuñán, elegante y vanguardista –madre de Jorge Yarur, fundador del Museo de la Moda–, vestía casi exclusivamente con finos vestidos hechos por su costurera. “Los vestidos de marca con etiqueta eran contados en su clóset”, acota Echazarreta.

La máquina de coser Singer tenía su filial de Sudamérica en Santiago y existía todo un mercado para las mujeres que deseaban hacer su ropa: la revista chilena Rosita y la alemana Burda incluían moldes de los diseños de moda en Europa; librerías que vendían figurines; tiendas especializadas en botones, hilos, forros y telas de gran calidad gracias al boom de la industria textil. Tiendas como Almacenes Paris vendían el mismo género Súmar o Hirmas usado en sus colecciones. También se podía ir a los depósitos de fábrica como el de Luxo-tex, en Vicuña Mackenna, para conseguir mejores precios. “Era un mercado chico donde podías comprar exactamente la misma tela del vestido que vendían en la boutique. Por eso también había tanta copia”, dice Montalva.

Las telas eran de tal relevancia que los trabajadores de Yarur recibían entre sus beneficios telas para hacerse ropa.

El oficio de costurera fue fomentado por las políticas de promoción popular de Frei Montalva. Bajo su gobierno se empezaron a vender máquinas de coser y máquinas de tejer a precio de costo.

Costureras, una institución

En los años 60 florecía un oficio que hoy está en extinción: la costura. En los pasajes del centro, y también en los barrios, se encontraban cientos de talleres de costura y confección dirigidos por mujeres. En ellos familias de diversos sectores de la sociedad se mandaban a hacer vestidos de noche, trajes de dos piezas, abrigos, ropa infantil y piezas más bien tradicionales, pero de muy buena factura.

El oficio de costurera fue fomentado por las políticas de promoción popular del Presidente Frei Montalva. Bajo su gobierno se empezaron a vender máquinas de coser y máquinas de tejer a precio de costo y con facilidades de pago a mujeres afiliadas a los centros de madres, donde recibían capacitación en tejido y costura. También fue fundamental la Escuela Técnica de Alta Costura, creada en 1955 y dependiente del Ministerio de Educación, donde las alumnas eran capacitadas durante tres años. En su libro, Montalva relata que allí se reclutaba mano de obra para coser los diseños de las nuevas boutiques, trabajar en los talleres de modistos o ellas instalaban sus propios talleres de alta costura.

Los nuevos desfiles de moda

1967 marca el año en que los desfiles de moda dejan de ser un complemento de los juegos de canasta a la hora del té y lo relevante ya no es el evento social, sino lo que se expone sobre la pasarela. En esto, Paula tuvo un rol fundamental. Desde su tercera edición comienza a organizar desfiles para que las boutiques presenten sus colecciones en su propio estudio fotográfico, dispuesto al estilo de la película Blow-Up, de Antonioni. El primer desfile lo hace la boutique Vog, el segundo, Tai y Pelusas, con un público de 600 personas. “La revista Paula instaló una relación más activa con los diseñadores y la industria textil, buscando prendas para sus editoriales de moda, fotografiando diseño local, organizando desfiles, escribiendo sobre cada uno de los diseñadores. Así los visibilizaba. Después las clientas llegaban con la revista en la mano a pedir un vestido a las boutiques”, explica Pía Montalva.

Con la apertura global de los mercados, la oferta y variedad de vestuario en Chile es mayor que nunca y a precios accesibles para todos los públicos. Ya no se ven niños descalzos y con ropas grandes en la calle como en los años 60. El costo, sin embargo, fue la desaparición de la industria textil chilena, que no tuvo cómo competir con las poleras de algodón de $ 4.990 importadas desde China. Y la pérdida de un oficio que se hacía con excelente factura en Chile: el de la costurera. Pía Montalva dice que los que más extrañan estas dos cosas son los diseñadores chilenos que, si quieren trabajar con telas de calidad, tienen que importarlas a precios altísimos, mientras que hace 50 años podían encontrar todo el material necesario en la industria local. “La pérdida de la industria textil es irremplazable y dificulta a los diseñadores tener un proyecto sustentable en el largo plazo”, afirma. Además, tienen que coser ellos mismos los trabajos más delicados, por falta de costureras calificadas. “En el Museo de la Moda tenemos la suerte de contar con la antigua costurera de Raquel Bascuñán, de más de 70 años, que tuvo una formación excelente. Fuimos a comprar telas el otro día y no encontramos más que puras cosas plásticas y nada hecho acá. China nos ganó”, dice Acacia Echazarreta.

*Para la elaboración de este reportaje también fue consultado el libro Colonial Fashion: What happens to fashion when it travels?, editado por Isabel Alvarado, diseñadora de vestuario, fundadora del Departamento Textil del Museo Histórico Nacional y jefa de su Departamento de Exhibiciones.

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