Doné mis óvulos

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Doné mis óvulos

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Este testimonio, de la periodista Camila Ramírez (26), es parte de la sección Esta es mi Historia, que reúne relatos de chilenos comunes y corrientes, que vale la pena leer.

Por Almendra Arcaya L. / Fotografía: Carolina Vargas.

Paula.cl

“’¿Por qué?, ¿no te da nervio?, ¡qué miedo!, yo nunca lo haría. Imagínate en 10 años más vas por la calle caminando y ves a un niñito o una niñita igual a ti, que tiene tu cara. Vas a tener a un hijo o hija dando vueltas por ahí’. Eso es lo primero que me dice la mayoría de la gente a la que le cuento que doné mis óvulos: ‘donaste un hijo’.

La idea se me metió en la cabeza en abril de 2016. Estaba en un carrete de la pega y de un momento a otro la conversación se volcó a los niños. Al ser padres. ‘Con mi señora lo hemos intentado varias veces y no ha pasado nada. Fuimos a hacernos exámenes y nos dijeron que nunca podríamos ser padres juntos’, soltaba uno de mis compañeros, de unos 35 años. Esa noche me quedé pensando: ‘Yo sí o sí quiero ser mamá algún día… qué pena, qué tristeza no poder lograrlo’.

Tres semanas después, en una comida que realizó mi papá en su casa con unos amigos, conocí a una pareja de unos 40 años. ‘Queríamos aprovechar la oportunidad para compartir con ustedes que, después de años de intentar ser padres, estamos postulando a un programa de fertilidad, a través de la ovodonación’, contaban. Les pregunté si habían considerado la adopción y en qué consistía el programa. ‘Nuestro sueño es tener un hijo nuestro, con nuestros genes. En este caso ocuparíamos un óvulo donado por otra mujer, el que igualmente podemos elegir. Es como un libro de datos que nos permitirá acercarnos a un óvulo que tenga características similares a las de nuestra familia’, explicaban. Me pareció lógico, al ocupar un óvulo donado, al menos tendrían la carga genética del padre, y ese hijo o hija sería gestado por la madre, quien podría experimentar el proceso del parto.

Nunca más supe ni me acordé de estas parejas. Hasta que a fines de septiembre de ese mismo año estaba metida en Facebook y me apareció una publicidad de un programa de ovodonación de una clínica de Santiago. Hice clic en ‘Ver más’ y leí la página completa, pero hubo muchas cosas que no entendí. Escribí un mail: ‘Hola, estuve leyendo la descripción de su programa de ovodonación y me quedaron algunas dudas. ¿Es posible recibir más información?’. El 11 de octubre me respondieron: ‘Estimada Camila, soy la coordinadora del programa de ovodonación de la clínica. Quisiera entregarte información de nuestro programa de ovodonación compensada, en el que reclutamos mujeres de entre 21 y 30 años, con un IMC máximo de 27 y sanas, sin antecedentes personales ni familiares de enfermedades heredables, que deseen ser donantes de óvulos para poder hacer tratamientos de fertilidad a pacientes que lo requieran. Es un programa de ovodonación exclusiva, compensada y anónima. Es decir, las donantes se estimulan para obtener óvulos de sus ovarios con fines reproductivos, de forma anónima, tanto para la receptora como para la donante, quien recibe una compensación económica por el tiempo requerido y las molestias ocasionadas por participar en el programa’.

‘Cuando se inicia el ciclo de estimulación de óvulos es necesario contar con dos semanas de disponibilidad para poder asistir a la clínica casi todos los días en el horario que se indicará, ya sea para realizarse ecografías o colocarse los medicamentos. Estamos citando a las posibles donantes para evaluación sicológica y médica, sin ningún costo para ti, para lo cual solicitamos, si estás interesada, que nos confirmes por este mismo correo para coordinar una reunión informativa’, seguía.

‘¿Cómo se ponen las hormonas?, ¿voy a la clínica un día y dono, como quien va a donar sangre?’, me pregunté. Se me había metido el bichito. Agendé una reunión para el miércoles siguiente, el 19 de octubre. Allí me recibió un doctor, a quien le conté la historia de las parejas que había conocido. ‘En esta reunión te voy a contar cómo funciona. Puedes preguntarme todo lo que tú quieras y no existe ningún compromiso’, me dijo. También me explicó el proceso en general: ‘Luego de esta reunión debes confirmarnos si te interesaría participar. De ser así, te someterías a exámenes sicológicos y físicos’. ‘¿Tú ocupas Tinder?’, siguió. ‘Si tú apruebas estos procesos viene una etapa de match, en la que esperamos que algunos padres quieran optar por tus óvulos, según tus antecedentes. Cuando eso sucede, comienza el proceso en el que te inyectarás hormonas para aumentar tu carga ovárica y, posteriormente, se realizará su extracción. En cualquier parte del proceso, desde la inyección de hormonas hasta la extracción, en la que notemos que algo anda mal con tus óvulos o con tu salud, quedarías fuera, y la compensación existiría igualmente’, dijo categórico. Ahí supe que me pagarían. El proceso me dio confianza y salí de esa reunión muy clara. Ese día pensé una y otra vez el tema. ‘Pierdo óvulos todos los meses y hay parejas que no cuentan con ellos. Mis óvulos pueden hacer tan feliz a una mujer, ¿por qué no lo haría?’.

Como quien postula a una pega, dije: ‘Voy a decir que sí, me voy a someter a este proceso y si quedo, quedo, y si no, no importa, lo intenté’. Dos días después le escribí un mail a la coordinadora, quien me citó a una evaluación sicológica el 29 de noviembre. Hasta entonces no le había contado a nadie.

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La mayoría de las preguntas que me realizó la sicóloga apuntaban a lo mismo: ‘¿Qué te pasa a ti al pensar que en el futuro podría haber un hijo tuyo paseando por las calles?’. ‘Donar mis óvulos no me significa una connotación sentimental, me parece algo similar a donar sangre y no creo que algún día vaya a pensar eso’, le respondía. Ella fue insistente y yo no sabía qué era exactamente lo que quería que le dijera. ‘¿Cómo hago para ser aprobada?’, pensaba. La evaluación duró casi 30 minutos y luego me entregaron un cuestionario de 100 preguntas, que no logro recordar. Pero las respuestas eran tipo A o B, de alternativas. Esa es la única parte del proceso que no recuerdo bien.

Me fui de la clínica con la sensación de que no había quedado. Sentí que ella no estaba convencida de mis respuestas y pensé: ‘Qué bueno que no le conté a nadie’. Durante las próximas dos semanas no recibí ninguna llamada ni mail. Sentía curiosidad. ‘Hola, les escribía para saber si seguía o no en el proceso, no he sabido nada en dos semanas’, escribí en un mail, que me respondieron al día siguiente: ‘Me entregaron tu evaluación y está todo bien. Lo que sigue es agendar un día para hacerte exámenes físicos’, decía la coordinadora.

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El 15 de diciembre me realizaron la primera ecografía intravaginal de mi vida, en la que me midieron la carga ovárica y proyectaron cuántos óvulos podría potencialmente generar. ‘Derecho A, 5×3’, le dictaba un doctor a una enfermera. Repetían puros números que no entendía. ‘Que estás difícil, no te encuentro nada en el lado izquierdo’, soltó el doctor. Ahí me urgí y le pregunté: ‘¿Qué significa eso?, ¿qué es lo que no tengo?, ¿me va a costar más ser mamá?’. ‘Tranquila, significa que me está costando encontrarlo, nada más’, respondió, y me preguntó si podía aplastar mi estómago para ver si aparecía mi ovario. Le dije que sí. Fue molesto, un poco incómodo.

-¿Cuánto tiempo llevas tomando anticonceptivos? -preguntó.
-5 años -respondí.
-Eso es muchísimo. Por eso no se ven, están demasiado stand by. Eso significa que no van a salir tantos huevos como nos gustaría, pero de todas maneras la cantidad que se genere es suficiente -dijo.
-La mina de oro está al otro lado, en el derecho -pensé.

Ese mismo día me hicieron exámenes de sangre y de enfermedades de transmisión sexual, y me preguntaron por mis antecedentes familiares de enfermedades hereditarias. Mi único antecedente médico era una operación de columna, producto de una escoliosis, en 2006. 5 días después tuve que ir a la clínica a retirar mi examen de VIH. Era la primera vez que me lo hacía y, aunque sabía que no tenía cómo haber contraído el virus, me puso muy nerviosa abrir ese sobre. Ese resultado podía cambiarme la vida. Cuando leí negativo respiré aliviada.

Un día antes de Navidad me confirmaron que mis exámenes estaban buenos y le conté a mi papá. ‘Estoy orgulloso de ti por considerarlo’, me dijo. También le conté a una amiga, que estudia una carrera de la salud y que me ayudó a entender los resultados. ‘Lo encuentro bacán’, me dijo ella, quien tiene dos hermanos que son adoptados y entiende lo que significa no poder tener hijos.

Hasta el 21 de marzo de este año, dos meses después, no supe nada más de la clínica. En enero me olvidé del tema y en febrero me fui de vacaciones fuera de Chile. Seguí tomando mis pastillas anticonceptivas normalmente y cuando llegué de vuelta a Chile y prendí mi celular no tenía ninguna llamada perdida, ni tampoco un mail. ‘Quizás me descartaron y nunca supe’, pensé. Ese día mandé un mail y me respondieron: ‘Camila, sigues en el proceso, está todo bien, pero aún no hemos encontrado una familia receptora y durante febrero el laboratorio estuvo cerrado’.

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Mi teléfono sonó un mes después: ‘Camila, encontramos familia receptora’. Me puse feliz, pero fue solo por un momento. Me señalaron que debía terminar de tomar mis pastillas y que cuando se me acabaran debía llamar. Cuando llegué a la pastilla número 21 agendamos la primera hora para el 5 de mayo. Ese día me realizaron mi segunda eco intravaginal, mis óvulos seguían casi iguales. Pasé a la oficina de la coordinadora y firmé un consentimiento en el que autorizaba que me administraran hormonas.

La coordinadora sacó de un cajón una caja y me dijo: ‘Durante los próximos 12 días deberás ponerte estas inyecciones, todos los días, siempre entre las 11 y 12 de la mañana, y tendrás que venir a 4 ecografías más, cada tres días, para ver el crecimiento de tus óvulos’. ‘Este es el lápiz con el que te pondrás las inyecciones’, siguió, mostrándome un objeto similar al que utilizan los diabéticos para medirse los niveles de azúcar. Tomó un frasquito con el medicamento, lo acopló al lápiz y lo giró hasta alcanzar la dosis. Luego puso la aguja. ‘Hoy día te vas a poner la primera dosis. Te voy a enseñar cómo hacerlo y así puedes repetirlo en tu casa. Si te da miedo, puedes venir todos los días a la clínica y puedo ponértela yo’, dijo. Tomó una guatita de mentira, de plástico, y simuló poner la inyección. ‘Debes limpiarte la zona con un algodón y alcohol, y poner la inyección perpendicular a tu estómago. Luego de poner la inyección debes esperar 10 segundos, retirar el lápiz y volver a limpiar. Hazlo tú’, me dijo.

-¿Tengo que sentir algo? -le pregunté.
-Yo nunca me la he puesto, pero las pacientes dicen que a veces les pica -respondió la coordinadora.
-Me da demasiado miedo -le dije, mientras con una mano tomaba un rollito de mi guata y, con la otra, el lápiz.

Lo presioné contra mí y conté hasta 10. No me dolió nada, pero me picó durante 10 minutos. La coordinadora me pasó una bolsa térmica con 3 dosis que debían estar siempre refrigeradas, varias agujas y un lápiz. ‘Me estoy bombardeando de hormonas’, pensé, y pregunté qué debía sentir. ‘¿Me va a doler?, ¿notaré algún cambio físico o sicológico?’. ‘Puede que no sientas nada. Dado que tienes una regla normal, las molestias debiesen ser en las mismas zonas de siempre, tal vez un poco más intensas. También puede que andes más sensible’, me explicó, y fue categórica: ‘Lo ideal sería que en estos 12 días no tengas relaciones sexuales. Y, si tienes, debe ser con full protección, porque las probabilidades de que quedes embarazada durante este proceso son muy altas’.

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Los siguientes dos días me puse la inyección yo, sola, en el baño de mi oficina. También grabé un par de videos de cómo lo hacía, que le enviaba a mi amiga por WhatsApp, y me pedí el lunes 22 de mayo, el día que me realizarían la extracción.

Durante esos 12 días me sentí más sensible, más profunda. Discutir con alguien me dejaba más afectada de lo común. El día que me hice la cuarta ecografía, mientras me vestía, escuché por casualidad a un doctor hablando con una pareja. Era una familia receptora de óvulos. El doctor les decía: ‘Tienen que estar preparados. En este tipo de procesos de fertilización es muy probable que no funcione ni a la primera, ni a la segunda, ni a la tercera. No pueden desanimarse tan rápido, tienen que volver a intentarlo’, les decía, muy frío, mientras ellos lloraban. Adentro del vestidor yo lloraba también.

La última dosis, la número 12, me la puse el sábado 20 de mayo, 36 horas antes de la extracción. Ese día también me dieron otra inyección, esta vez con jeringa y aguja. ‘Esta es la última de todo el proceso. Es importante que al administrarla seas muy puntual, a las 10 de la noche de hoy, ya que está en coordinación con tu hora a pabellón. Si te atrasas, tu hora de operación también se atrasará’, me explicó la coordinadora.

Ese día puse una alarma a las 21:50 hrs. Cuando sonó, me encerré en el baño de mi casa, sola, a esperar, con la inyección lista. Qué tonta, pienso ahora, podría haberme acompañado más en este proceso. Esos 10 minutos estuve nerviosa, jamás pensé que yo sería capaz de ponerme una inyección, a mí misma, en una situación en la que ni siquiera buscaba curarme o sanarme de algo.

Ese fin de semana lo pasé junto a una amiga, en su casa, viendo películas.

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El lunes 22 de mayo, a las 8 de la mañana, hice el ingreso en la clínica en una sala común. Mientras esperaba, y pensaba en los riesgos de la anestesia general, se acercó a mí una enfermera que me condujo a la sala de maternidad. Sentí que iba a tener una guagua.

Al llegar a la pieza me puse la bata y prendí la tele. Durante 30 minutos estuve sola, sentada en la cama, pensando: ‘¿Por qué me metí en esto?, ¿cuándo se me ocurrió, si nadie me lo pidió?’. Dos enfermeras abrieron mi puerta y me preguntaron si necesitaba algo. También me pusieron suero. Minutos después llegó el anestesiólogo. ‘¿Existe alguna posibilidad de que me despierte durante la operación?’, le pregunté. ‘Estaré monitoreándote, puedo advertir el efecto de la anestesia mucho antes de que despiertes. Ahora las enfermeras te limpiarán y, una vez que estés dormida, el doctor extraerá los huevitos, uno por uno’, me tranquilizó. Luego firmé otro papel, en el que consentía el uso de anestesia.

En bata y pantuflas, y arrastrando el suero, caminé a pabellón. Allí me recosté en la camilla, abrí mis piernas y apoyé mis talones en unas plataformas, como si fuera a parir o a tomarme el PAP. Las enfermeras limpiaron mis piernas y mi pubis, y me taparon con una malla que solo dejaba ver la zona por donde extraerían mis óvulos. Lo último que recuerdo es al anestesiólogo diciendo: ‘Te voy a poner la anestesia, no te vas a dar ni cuenta cuando vuelvas a despertar…’.

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Cuando desperté abrí los ojos a medias. Estaba en mi pieza y no sabía qué hora era. ‘¿Cómo estás?, ¿tienes mucho dolor?, ¿cuánto, de 1 a 10?’, me preguntó la enfermera. Respondí 7, era como un dolor menstrual más intenso. Me puso un poco más de ibuprofeno y me dormí en posición fetal. Perdí la noción del tiempo, pero desperté dos veces más. La segunda vez me dolía 4, la tercera, 1. No sentía nada diferente, no tenía ningún punto y la extracción había durado unos 30 minutos. Según la enfermera, había salido ‘todo bien’. Eso era todo lo que podía saber, la cantidad de óvulos que me sacaron es confidencial.

Me vestí y llamé a mi papá para que me fuera a buscar. Me sentía bien y, por indicaciones médicas, yo podría haber trabajado esa misma tarde. Antes de salir de la clínica la enfermera me dijo: ‘Cuando te llegue la regla debes llamar a la coordinadora para agendar un último control y te vamos a llamar por el tema de la compensación’. Me imaginé, a todo dar, 200 lucas.

Cuando llegué a mi casa y fui al baño me senté con cuidado e hice pipí de a poquito, pero no sentí nada diferente. No me ardía, no me dolía, no me molestaba. Pero tenía una sensación de vacío. ‘¿Y ahora, qué?’, pensaba. Tenía buenos deseos para esos óvulos. En mi mente decía: ‘Ojalá que haya funcionado, ojalá que de mis óvulos haya una guagüita’.

El jueves 1 de junio me hicieron la última ecografía y me dieron de alta. Casi 20 días después fui a retirar un vale vista por 798 mil pesos.

No sé si volvería a ser donante. De alguna manera, la compensación, siento, le quita un poco de inocencia a la intención. Esta no suele ser mi carta de presentación, pero si lo cuento, siempre sostengo lo mismo: para mí fue un proceso reconfortante. Y, siendo muy egoísta, me hizo sentir bien conmigo misma, al hacer algo por otros, sin nada a cambio. Si el día de mañana no pudiera ser madre de forma natural recurriría a los óvulos de alguien más. No despierto todos los días recordando que fui donante de óvulos, pero cuando lo hago, pienso: ‘Deseo que en estos momentos haya una mujer embarazada, esperando a su hijo o hija con mis óvulos’”.

Donar en Chile
Las clínicas de medicina reproductiva IVI, Monteblanco y SG Fertility, la Clínica de la Mujer, y Clínica Las Condes son algunos de los establecimientos que ofrecen programas de ovodonación, los que se guían por normas internacionales, dado que en Chile no existe regulación al respecto. “La ovodonación implica la adopción de la mitad de un hijo a través de una donación celular que, en este caso, es un óvulo. Lo mismo ocurre cuando se donan espermios, se están donando células y no personas”, aclara Ricardo Pommer, director de la Unidad de Medicina Reproductiva de Clínica Monteblanco, a la que concurren cerca de 1000 mujeres al año con intenciones de donar. De ellas, asegura el doctor Pommer, solo 300 concretan la donación que, en el 95% de los casos, corresponde a una donación indirecta (anónima). El 5% restante corresponde a donaciones directas, que son aquellas realizadas entre familiares. En Clínica IVI registran cifras similares. Durante 2017 concurrieron 1018 mujeres interesadas en donar sus óvulos, de las cuales 254 (25%) se sometieron finalmente a la punción.

“En general, las tasas de éxito de la donación de óvulos son las más altas entre los tratamientos de medicina reproductiva, con tasas superiores al 60% de gestación por intento”, explica el doctor Carlos Troncoso, director médico de la clínica de medicina reproductiva IVI. Pommer coincide: “En 2014 en Chile se realizaron 2.250 fertilizaciones in vitro. De ellas, se calcula que 750 fueron producto de ciclos de ovodonación”.

Cada clínica tiene su propio protocolo. Sin embargo, comparten lineamientos similares: las donantes deben tener, en general, entre 18 y 30 años –aunque el rango efectivo suele ser entre 20 y 25–, el proceso incluye una evaluación sicológica, que tiene por objetivo detectar un acto altruista, evaluar qué carácter le da la donante a la célula que va a donar y descartar que la donante sienta que está donando a un hijo, además de descartar enfermedades mentales transmisibles como bipolaridad y depresión.

Además de ser joven, la donante es sometida a una evaluación médica, a través de exámenes de sangre, en los que se descartan enfermedades como hepatitis B y C, enfermedades de transmisión sexual y, en algunos establecimientos, el uso de sustancias y enfermedades genéticas transmisibles, como la fibrosis quística pulmonar y la atrofia muscular espinal.

Algunas clínicas también suelen incluir el currículum vitae y las habilidades y gustos personales de la donante. Toda la información mencionada anteriormente queda a disposición de la pareja receptora, salvo por el nombre y la foto de la donante, que es completamente anónimo. Los receptores no saben quién es la donante, y la donante no sabe quiénes son los receptores. La asignación de los óvulos de una donante a una pareja receptora recae en la clínica, que procura gestar a un niño o niña que sea lo más parecido a sus futuros padres.

En general, la estimulación de la donante tarda cerca de 12 días para luego realizar la extracción. La donante recibe una compensación, por el tiempo y las molestias ocasionadas, que varía entre 798 mil pesos y un poco más de 850 mil pesos, según la clínica.

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