El duelo de mis primeros hijos

Reportajes y Entrevistas

El duelo de mis primeros hijos

Por Contanza Durán / Ilustración: Gertrudis Shaw

Llevo tres años casada y con Mauricio, mi marido, siempre soñamos con ser papás. Me hice un test de embarazo que salió positivo y cuando llegamos al doctor nunca imaginamos lo que nos diría: “Salieron sorteados, escucho dos corazones”. El primer mes estuve en cama porque tuve síntomas de pérdida. Nosotros tenemos una ferretería en la que trabajamos codo a codo, pero de un día para otro dejé de salir porque no queríamos contar la noticia hasta que yo cumpliera los tres meses. Me dolía en el alma ese silencio, pero a las tres semanas, cuando ya no sabíamos qué más inventar para justificar mis ausencias, invitamos a almorzar a mis papás y a mis suegros. Justo era el Día del padre, así que les preparamos unas cajitas con cosas de bebé adentro y les dijimos que eran para que pudieran jugar con sus nietos que llegarían en febrero.

Cuando pasó el tema de los síntomas de pérdida, me empecé a sentir muy bien e hice mi vida normal. En las ecografías los niños se veían bien; sus latidos y todos los exámenes indicaban que todo iba normal. Me acuerdo que la gente encontraba raro que yo, estando embarazada de mellizos, estuviera con energías y sin malestares. Nunca tuve asco, vómitos ni nada.

El 30 de agosto sentí la guata muy dura. Estaba de casi 18 semanas. Esa sensación de inmediato se la atribuí a que producto del embarazo andaba llorona y sensible. Mauricio me decía que me quedara en la casa, pero como estando ahí me aburría, seguí haciendo mis cosas. Al día siguiente, me levanté a penas y él me insistió en que descansara, pero no le hice caso. Yo argumentaba que estaba embarazada, no enferma. Esa noche cuando volvimos del trabajo fui al baño y boté un líquido con aroma a cloro que me aterrorizó. Solo sé que me puse a gritar como loca diciéndole a Mauricio que teníamos que irnos rápido a la clínica. No me dolía nada, pero sentía que mis piojitos se iban a salir. Bajé las escaleras como pude y partimos a la clínica de Rancagua, donde me hicieron tacto y se dieron cuenta de que un bebé había roto bolsa. Ese mismo día me dejaron internada y me advirtieron que uno no iba a sobrevivir. Me dijeron también que el otro bebé estaba muy bien, intacto. Ahí se nos cayó el mundo, pensamos tantas cosas. Vimos pasar tan rápido la vida y los planes que solo nos abrazamos y lloramos juntos.

Ese mismo día me tuve que hacer un examen de flujo, el mismo que me habían hecho semanas antes y que había salido bien. Era un examen de cultivo cuyo resultado demoraba dos días. Por mientras, me dejaron con un antibiótico preventivo y monitoreo cada seis horas. Esa primera noche de la clínica fue terrible, angustiante y me sentía llena de miedos e incertidumbre. Había pedido una habitación para que mi marido se quedara conmigo, pero como no había, no se pudo quedar. En ese momento solamente pensaba en que se iba a tener que ir de Rancagua a San Fernando solo y esa idea me aterraba. Él es muy sensible, y me preocupaba mucho quién lo iba a contener.

En esos días de espera, el doctor me dijo que había otras posibilidades: que el bebé que rompió bolsita muriera, que yo lo expulsara sola, o que el otro bebé que estaba bien lo absorbiera durante el embarazo. Otra alternativa era que ambos murieran, porque si tenía alguna infección podría llegar al útero y  ahí mi vida también estaba en riesgo.

Pasaron dos días cuando llegaron los resultados y supimos que tenía Estreptococo. El doctor no sabía cómo me lo había contagiado, e hizo lo posible para que no me sintiera culpable, pero era inevitable. No podía dejar de pensar en que no me había cuidado. Es muy difícil lidiar con la culpa. En ese momento sólo atiné a pedirle perdón a Mauricio, mientras él me decía que no era mi responsabilidad, que estas cosas pasan. Después de eso vinieron días de martirio. Cada seis horas me hacían monitoreo y nos ilusionábamos al sentir que los dos se movían, al escuchar sus corazones latir.

Tres días después entraron cuatro doctores a explicarme que el bicho había cambiado y había llegado el maldito Escherichia coli y que ahora probaríamos un antibiótico de última generación, pero ese mismo día empecé con contracciones. A las cuatro de la tarde me vinieron escalofríos, tercianas y comencé a delirar. Tenía 41 grados de fiebre. A las ocho de la tarde prepararon la habitación. No me quisieron hacer cesárea porque si me abrían había más riesgo de que la infección se fuera a todo el cuerpo. Luego de unas contracciones infernales en las que sentía que me arrancaban cada parte de mi cuerpo, a las 21:16 nació el primero, un hombre al que le habíamos puesto Mauricio Eduardo, mi hermoso Mauricito y a las 21:20 nació mi hija; Pastora Ignacia Belén, mi Pastito amada a la que pude tomar en brazos y darme cuenta de que su boquita era igual a la de su papá. Le miré sus manitos, sus pies, su naricita. Era perfecta. Lloré de emoción al ver tan bellos bebés y me preguntaba porqué a nosotros. Lo más lindo fue que las matronas vistieron a nuestros piojitos y Mau estuvo con ellos mientras me llevaban a pabellón para un legrado. A la hora volví, nos abrazamos y después de diez noches esa fue la primera en que ambos dormimos profundamente.

Este duelo ha sido lo más horrible que me ha tocado vivir. Soy una mamá huérfana. Me ha dolido encontrarme con gente que siente que ellos no son hijos; que no es tan terrible ya que puedo embarazarme de nuevo porque tengo 34 años; que sólo tenía 19 semanas de embarazo. A mí me da lo mismo el tiempo que tuvieran; eran mis piojitos preciosos y los estaba esperando con todo el amor del mundo. Y pese a que no vivieron fuera de mí, con su partida se fue gran parte de mi vida y sueños. Con Mauricio no hay día en que no los tengamos presentes. Les tenemos un lugar en nuestra casa y todas las noches les prendemos velitas, los nombramos constantemente en conversaciones o planes. Siempre nos acordamos de ellos y les tiramos globos al cielo que llenamos de mensajes de amor. Les mandamos hartos para que compartan, porque estamos seguros de que deben tener muchos amigos allá arriba. Aunque mis hijos no están físicamente conmigo, yo me sigo sintiendo mamá de dos. Y así será para siempre.

Contanza tiene 34 años. Es Relacionadora Pública y tiene un negocio familiar.

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