El amor a los 95

Reportajes y Entrevistas

El amor a los 95

Por Vicente Parrini / Fotografías: Carolina Vargas

En pocos meses cumplirá 95 pero tiene una energía incombustible y goza de los cuidados de su amor, Osvaldo, 20 años menor. Guardiana de la tradición popular, recolectora de versos y canciones anónimas, intérprete de tonadas y cuecas que están grabadas a fuego en el alma del pueblo, Margot Loyola Palacios, no quiere saber nada de la muerte y le gustaría volver a los 17, como a su comadre Violeta Parra.

Paula 1123. Sábado 8 de junio 2013.

Margot Loyola habita una sencilla y acogedora casa llena de instrumentos, dos fotografías sobre el piano –una de su maestra de canto Blanca Hauser y otra de su madre que fue la primera boticaria chilena–; una tortuga marina en la puerta de entrada, un santuario que, sin ser católica tiene “por si acaso”, y una mesa pequeña, pero donde siempre caben sus amigos músicos, muchos de la novísima generación, como Manuel García o Gepe, que acostumbran visitarla para compartir los secretos del oficio y una infaltable once de té y pan con palta.

Como buena hija de Recaredo Loyola, bombero y comerciante que a los 14 años se fue a recorrer el mundo y que una vez casado se llevó a la familia de pueblo en pueblo comprando y vendiendo propiedades, Margot desde niña se ha movido mucho, atravesada siempre por la misma pasión: el conocimiento y la difusión del folclore chileno y latinoamericano. Ha estudiado a fondo bailes típicos de nuestros países limítrofes, cantó en el teatro Bolshoi, de Rusia, y en la boite L’Escale, de París, actuó en una película de Alejandro Jodorowski, conoció la cultura indígena peruana con el escritor José María Arguedas, y la música negra con Porfirio Vásquez, pero lo que más ha amado “son las letras aprendidas con cantoras chilenas de pueblos perdidos en el mapa”, en la misma senda de su amiga Violeta Parra. Pianista de conservatorio, compositora, guitarrista e intérprete, Margot recorrió el país de punta a rabo recopilando expresiones folclóricas;  fue durante décadas docente de varias universidades y ha publicado media docena de libros sobre el tema. Con 14 LP, seis cassettes y ocho CDs en el cuerpo, grabó su último disco a los 85 años, edad en que empezó a fallarle el oído y decidió jubilar su voz y su guitarra, pero siguió enseñando sobre folclore, lecciones que hoy da desde su casa, y escribiendo varios textos donde legará a las futuras generaciones “una mínima parte de lo que el pueblo sabiamente me ha entregado”.

“A mi nunca me gustaron los hombres de mi edad, o mayores a mí. Antes me gustaban de dieciocho años para arriba, pero ahora de no menos de veinticino”.

Una grave enfermedad, en su adolescencia, la dejó sin la posibilidad de tener hijos pero, en compensación, cuenta que tiene ahijados en “Chiloé, Linares y Colchagua” y que no hay pueblo de Chile donde no tenga un amigo con quien compartir un mate: “No sé cómo resiste tanto este corazón mío y no estalla, con todas las amistades que tengo”, dice emocionada, con sus ojos brillantes, ataviada con un hermoso vestido y una flor roja de papel en su pecho, como lista para bailarse otra pata de cueca.

Aunque confiesa no simpatizar con los homenajes  (“¡Me iré a morir pronto, que me homenajean tanto!”), para Margot estos han sido días de balances y reconocimientos. Sus conversaciones con Osvaldo, profesor de castellano y bailarín, su pareja desde hace 52 años, “sobre la muerte que coquetea  y los amigos que desaparecen”, se vieron interrumpidas por un viaje a Curacaví  para recibir las llaves del pueblo y, poco después,  asistir a la ceremonia donde se le entregó el premio anual de la Academia de Bellas Artes. De las docenas de premios que tiene por su obstinada trayectoria artística, hay algunos de los que se siente especialmente orgullosa: el de hija ilustre de Valparaíso, el Premio Nacional  de Artes (fue la primera folclorista en recibirlo), en 1994, por su gran aporte a la música popular; y la distinción Oscar  Romero, que le otorgó el Servicio de Paz y Justicia, en 1991, por  “su testimonio –como lleva inscrito el galvano– a favor de los derechos de los pobres y oprimidos en nuestra patria” durante el régimen militar.

Hoy día Margot está de buen humor. Hace unas semanas pasó susto por un desmayo intempestivo y Osvaldo la está cuidando como hueso santo. Por eso él se coloca a su lado y como si estuvieran todavía pololeando, le repite al oído las preguntas, que ella responde con su afectuoso y afinado vozarrón.

¿Cuál es el secreto para mantenerse tan lúcida y con tanta energía a su edad, Margot?
Amo la vida. La energía me la da la gente y todos me dan algo; una mirada, una sonrisa, un desprecio, también lo acepto. La gente me hace vivir.

¿Por qué, entonces, canta  y escucha con tanto gusto esas letras de tonadas que muchas veces hablan del desamor?
Porque así es la cosa, casi siempre es el hombre el que se va. La mujer sabe querer más que el hombre y mantiene más sus amores. Es lo que he visto y he estudiado a través de la conversación con hombres y mujeres. La que más perdona, la que más ama, la que más siente, es la mujer.

Pero en su caso ha tenido suerte porque conoció a Osvaldo cuando él tenía 18 años y están juntos hace 50 años.
Lo absoluto en el amor me lo ha dado este hombre. Yo no creía que existía lo absoluto en el amor, pero aquí está. Cuando nos conocimos, tenía 18 años y hablaba como habla hoy día. Por eso me enamoré de él, porque hablaba diferente a todos los demás hombres.

¿Cuál es la ventaja de estar emparejada con un hombre menor?
A mí nunca me gustaron los hombre de mi edad, o mayores a mí. Antes me gustaban de dieciocho años para arriba, pero ahora de no menos de veinticinco.

¿Es cierto eso de que quien se casa con una persona mucho más joven, está destinado a sufrir por celos o infidelidades?
Debo ser honesta, en un principio tenía celos, pero Osvaldo con su constancia y cariño me demostró que todo eso era solo inseguridad. Y con el paso de los años el amor ha ido ganando en profundidad y en confianza mutua. Cada día quiero más a este hombre…

Osvaldo la interrumpe para recordar una anécdota: “Una vez un taxista que la reconoció y no nos quiso cobrar la carrera, me dijo: ‘Mire caballero, usted será el marido de esta mujer, pero no se le olvide que la Margot Loyola le pertenece a todos los hombres de Chile’”.

¿Y parece que no se le ha pasado lo pícara con los años?
Un muchacho una vez me siguió en la calle y me regaló un clavel. Y yo decía para mí: “qué lástima no tener 18 años… lindo chiquillo”. Otro, hace tiempo, me gritó de lejos en la calle: “¡¡No te murái nunca Margot…!!” Eso me mantiene viva.

Pero, pongámonos de acuerdo, ¿qué la mantiene más viva, Osvaldo o los piropos?
Oiga, la preguntita que me hace usted. Muy terribles sus preguntas –dice con malicia– hay que pensar mucho lo que se responde. Osvaldo es importante, pero a lo mejor ve en mí cosas que yo no tengo, por el amor que me tiene. Entonces, para mí es mejor lo que dice el otro, el piropo me gusta más y mientras más joven el piropero, mejor. Aunque las piernas no me respondan, hay algo dentro de mí que me dice: sí, sigues siendo joven.

ENSEÑANZAS PARA LOS JÓVENES
Hoy han llegado a verla Natalia Contesse y Andrea Andreu, compositoras  que reciclan música vernácula para imprimirle su propio sello. Aprovechan de ponerse al día con ella, tocándole algunas recientes composiciones y contándole anécdotas de un pueblo donde han estado investigando el folclore campesino.  “Este es el hilo que no se rompe, la tradición que se cruza con lo nuevo; dos amigas cantoras que me traspasan su juventud”,  dice dirigiendo una mirada maternal a sus alumnas.

¿Y qué les enseña a los jóvenes que la visitan?
Les enseño a ver, a oír, a sentir. Hay que saber escuchar, incluso la música de los silencios. ¡Los silencios tienen música, señor! Es una música tremenda la música de los silencios. Eso hay que sentirlo. Yo aprendo aquí hasta del canto de los pájaros, porque están llenos de música.

¿Le gustan los pájaros?
Me encantan los pájaros. Me gustan tanto, que una vez que me vine de Brasil me quise traer un pajarito muy colorido que me regalaron y lo guardé en una bolsa, pero se puso a piar en medio del vuelo y toda la gente miraba. No me quedó otra que metérmelo entre las piernas para que se callara, con tan mala suerte que se me pasó la mano y el pajarito se as-fixió. ¡Así que se me murió el pájaro entre mis piernas!

¿Y qué aprende usted de la gente joven que la visita?
Aprendo de ellos y me entero también de ¡cuánto no saben! Les enseño para que sepan algo, porque lo demás lo descubren. ¿Sabes que en cada chileno uno descubre algo? Como siempre me ha preocupado la muerte, le pregunté el otro día a un taxista: ¿qué es la muerte para ti? “Yo no le puedo ecir, porque no le ei visto, pero cuando la vea yo le voy a ecir”, me dijo. Maravillosa la imaginación de nuestro pueblo.

¿Y les enseña a los jóvenes el secreto para llegar a su edad?
El secreto es conservar el anhelo de vida y arrancar de la muerte, porque nunca me gustó la muerte. Yo me desvelaba desde niña, porque tenía que morir un día. A esa edad ya estaba pensando y sufriendo: no entendía por qué nacemos para morir. Me gusta la permanencia, pero no existe.

Es frecuente que cuando la gente llega a una cierta etapa de la vida empiece a idealizar y a añorar los tiempos pasados. ¿Usted es de las que creen que todo tiempo pasado fue mejor?
Anoche conversamos sobre eso con Osvaldo, porque nosotros conversamos mucho los dos. Y no, no era mejor.

¿Por qué no?
Ahora tengo lo que antes no tuve: el cariño de todos los chilenos y la tranquilidad de haberlo dado todo en mi vida. Mi única pena ahora es no poder dar todo lo que quisiera.

Osvaldo, a su lado, recuerda un gesto de Margot: “Esta señora es muy generosa, oiga. Una vez  me obligó a sacarme el chaleco para dárselo a un ciego que estaba tocando el saxo en un día de mucho frío, en el centro de Santiago, en pleno invierno”.

Un gesto bien cristiano. ¿Es creyente Margot?
Yo creo en Cristo hombre, él me ilumina. Por ahí voy. Le voy a contar algo para que se entienda. Venía llegando hace años, luego de cantar, a una estación de trenes cerca de La Calera y veo que hay un hombre a orillas de la vía férrea, que se está quejando de dolor y un cura que le está regalando una medallita. Me acerqué para ver si podía ayudar y el hombre me contó que tenía dolores terribles, porque se había caído y se había dañado la columna. Me conseguí una bicicleta con alguien, casi se la arrebaté; partí a una farmacia y conseguí  que el farmacéutico le fuera a colocar una inyección de morfina. Cuando el hombre se había calmado un poco me giré y le dije al cura: “así se hace padre: nada de medallitas”.

DOS FLORES ESPINUDAS

Usted ha dicho que compartía con Violeta Parra una “tristeza existencial”. ¿A qué se refería?
A que el mundo está al revés y hay que enderezarlo. Estoy muy de acuerdo con la Violeta en eso.  Ella me dijo poco antes de suicidarse: “Uno, comadre, tiene que decidir el momento de su muerte”. Yo le respondí: “no quiero decidir, porque no quiero morir nunca, así que no decido nada”. “Yo sí –agregó– decidiré el momento en que quiero morir”. Y así lo hizo, pero creo que se apuró demasiado.

¿Cómo conoció a Violeta Parra?
La conocí en una fonda donde la escuché cantar una tonada. Cuando terminó le dije: “qué linda la tonada, ¿dónde la recogió?” Y ella me respondió, en mal tono, que era de ella. “No tenía idea pues señora”, le contesté. En ese primer diálogo me mostró inmediatamente el carácter terrible que tenía, pero fuimos bien amigas porque yo la supe llevar; acepté sus altos y sus bajos, cuando me quería mucho y cuando no me quería nada. Fui madrina de su hija Rosita Clara, que falleció mientras Violeta andaba en París, y también la ayudé a transcribir sus primeras composiciones. “Llévame de aquí, llévame de aquí vida mía/Llévame de aquí, llévame de aquí por piedad /Llévame que tengo más honda la herida /La que me dejaste al partir ayayay”–canta Margot–. Esa fue la primera letra que le transcribí.

Fue una relación bien conflictiva, parece.
Nosotros con la Violeta éramos dos rosas espinudas cuando nos juntábamos en torno a un brasero a conversar de la vida, de la muerte. Ella era muy antiacadémica; a mí me acusaba de no ser folclorista porque tenía una voz muy bonita, educada. Y discutíamos. Pero era muy generosa. Eso se ha dicho poco de ella.

“¿Por qué le canto al desamor? Porque así es la cosa, casi siempre es el hombre el que se va. La mujer sabe querer más que el hombre y mantiene más sus amores. La que más perdona, la qué más ama, la que más siente, es la mujer”.

¿La afectó mucho la muerte de Violeta Parra?
Pero claro. Si ella tenía tanta fuerza y no soportó la vida, pensaba en ese momento, ¿cómo la voy a soportar yo que tengo menos fuerza?

Pero usted parece una mujer muy fuerte.
Así le parezco a toda la gente. Pero la angustia me ha perseguido desde niña y me cuesta mucho sacármela de adentro. Yo he reído mucho en mi vida para espantar la angustia. Y también la he espantado oyendo mi música interna, que cuando la oigo me aquieta un poco. Yo ahora me pregunto cómo pude hacer ciertas cosas. Porque después de todo, he hecho hartas cosas en mi vida.

Violeta  cantó  “volver a los 17”. Si usted pudiera, ¿a qué edad le gustaría regresar?
A la misma que mi comadre la Violeta, querría volver a los 17  (se emociona), esa edad en que se empieza a tomar conciencia de la vida y de la muerte. A esa edad quisiera volver y me duele que esté tan lejana.

¿Qué  momentos de su vida le gustaría volver a vivir?
(Se gira hacia Osvaldo que está a su lado) Me gustaría volver a la primera mirada que le diste a mis piernas, que vuelvas nuevamente a mirarlas como las miraste la primera vez. Me gustaría volver a conversar con la Violeta, cuando yo llegaba y le decía “comadre, traigo una angustia que ya no puedo más”, y ella me echaba agüita en los brazos, porque sabía de angustias y entendía las mías también. Cómo me gustaría estar de nuevo bajo el parroncito, en torno a un brasero, comiendo tortilla de rescoldo y tomando mate con mi nana, la campesina Melania Zúñiga.

En sus recuerdos siempre hay algún brasero.
Me encanta la vida en torno al brasero. Lleva a la comunicación de la gente y de ahí sale el mate y la tortilla de rescoldo. Pero ya no hay en las ciudades: el individualismo nos ha alejado de la ruca y del brasero.

 

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