El arte bordado de Carlos Arias

Reportajes y Entrevistas

El arte bordado de Carlos Arias

Por Catalina Mena.

Llevando el bordado a su máxima expresión, el artista chileno residente en México, Carlos Arias (51), realiza una obra que combina, en dosis justas, la crítica cultural y el placer visual. Ahora está exhibiendo veintidós años de trayectoria resumidos en la muestra El hilo de la vida en el Museo Universitario del Chopo, en Ciudad de México. Hasta el 30 de abril.

Paula 1196. Sábado 26 de marzo de 2016.

Llevando el bordado a su máxima expresión, el artista chileno residente en México, Carlos Arias (51), realiza una obra que combina, en dosis justas, la crítica cultural y el placer visual. Ahora está exhibiendo veintidós años de trayectoria resumidos en la muestra El hilo de la vida en el Museo Universitario del Chopo, en Ciudad de México. Hasta el 30 de abril.

Nacido en Chile, en una familia de intelectuales y artistas, Carlos Arias tenía 11 años cuando su padre decidió que emigrarían a Ciudad de México para escapar del régimen militar. Allá transitó su adolescencia y juventud, interactuando dentro de una sociedad muy distinta a la chilena, donde la diversidad racial, el eclecticismo y la mezcla cultural eran pan de cada día. Allá también estuvo en un colegio donde iban los hijos de la elite cultural mexicana, se interesó en el arte y comenzó a estudiar Pintura. Pero, a mediados de la década de los 80, cuando tenía 19 años, le apremió el deseo de regresar a su país natal, que apenas recordaba, y que, en su mente, era más un mito que una realidad. Así es que vino a conocer su origen, entró a estudiar Arte en la Universidad de Chile, fue new wave, conoció a otros artistas, tuvo reconocimiento de sus profesores e hizo un par de exhibiciones. Pero apenas egresó de los estudios, agarró sus cosas y se trasladó otra vez a México,donde se quedó definitivamente. “Cuando volví a Chile, todo me pareció muy estratificado y clasista, además de dogmático y polarizado políticamente. Todas las cosas estaban en casilleros y yo sentía que no cabía en ninguno”, dice a revista Paula.

Instalado en el DF, rápidamente entró en un ritmo activo de producción y exposición de pinturas, y luego se emparejó con la artista Mónica Castillo (bien reconocida en México), con quien vivió más de 10 años. Ella trabajaba utilizando, entre otros recursos, el bordado. Cuenta que un día, cansado de pintar, fue a buscar los materiales de bordar, agarró una tela y se puso manos a la obra: “Me encantó hacerlo, porque me ofrecía un espacio y un tiempo distendido. Pero cuando vi terminado el bordado, encontré que era tanto trabajo, que lo convertí en obra: lo sobrepuse a un cuadro para transformarlo en un objeto”. Así comenzó su historia con el hilo y la aguja.

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Los bordados de Carlos Arias acusan su formación como pintor. Luces y sombras, atmósferas y climas emocionales se reproducen en esta obra titulada Mujer cíclope, 2014. 60 x 45 cm.

Y seducido por esta técnica que le daba tiempo a la reflexión, Carlos comenzó a utilizar el bordado como lenguaje artístico. Era consciente de que estaba haciendo algo considerado “femenino” y “doméstico”, ninguneado por el “gran arte” y, para torcerle la mano al prejuicio, se propuso generar situaciones visuales que pusieran en crisis, precisamente, la rigidez de esas categorías, creando imágenes que cuestionaran los roles sexuales y las divisiones entre alta cultura y cultura popular.

La obra de Carlos Arias está cargada de ingenio, crítica cultural y seducción visual. Por ejemplo, en la obra Niña fertilizadora, la presencia de órganos sexuales femeninos se entremezcla con la belleza y candidez de la figura femenina. Arias explica: “Aquí quise referirme a cómo las mujeres, para adaptarse a la sociedad, son masculinizadas, profesionalizadas, deben asumir un modelo masculino”.

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El bordado como técnica artesanal asociado a lo femenino se tematiza envarios de sus trabajos. Este se titula Niña fertilizadora, 1994. 53 x 64 cm.

En sus escenas bordadas Arias presenta sus ideas, conectándolas con situaciones de su propia vida, y muchas veces retrata a gente cercana o se autotorretrata. “Para hacerme presente”, dice. Pero el artista no se queda solamente en la representación de escenas, también le gusta interrogar a la técnica en sí misma. “Siempre se trata de hacer trampa dentro de la técnica utilizando la misma técnica”, explica. Por ejemplo, usar el bordado para crear el diseño de una prenda de ropa. Esto se ve en la obra Saco, que realizó después de hacer una serie de ochenta y cuatro bordados que representaban fragmentos de su propia ropa. “Es representar con hilo algo que en realidad está hecho de hilo. Pero también la ropa es la identidad”.

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El trabajo de Arias atañe al tiempo y la memoria, al recuperar desde el pensamiento contemporáneo una práctica arcaica, como el bordado. Esta obra, dedicada a su hermano, se titula Claudio observando el futuro de la civilización, 2014. 60 x 80 cm.

Otro tema de su obra es la reinterpretación de la tradición popular desde lo contemporáneo, como una forma de borrar el prejuicio que separa lo popular de lo culto. Hay que entender que en México, además de la carga femenina y doméstica, el bordado está fuertemente asociado a la tradición artesanal indígena: “Muchos artistas retoman en su obra un asunto étnico, folclórico. Pero a mí eso no me interesa. Lo que me mueve es el deseo de agarrar una técnica popular para sacarla de su contexto y elevarla a un arte mayor. Por lo mismo, tampoco mi trabajo se inscribe en la definición de arte textil, porque mi interés es usar la técnica de un modo conceptual. El virtuosismo manual no me interesa. De hecho, yo no sé bordar. Uso el punto más simple y cuando varío, les encargo a mis asistentes que lo aprendan y lo apliquen”.

Sea cual sea el tema que toca, y más allá del potencial crítico de sus imágenes, sus obras, ricas en textura y color, siempre son muy estéticas y sensuales, de modo que algunos elementos que podrían ser más fuertes, críticos o chocantes, quedan camuflados bajo la belleza del total. “Depende de las imágenes que voy a usar, recurro a distintos colores. Además, depende de la posición con que hagas la puntada y pongas el hilo, va cambiando el tono, porque yo uso algodón egipcio para bordar, que es satinado. También va cambiando la percepción de los colores cuando uno se mueve alrededor del cuadro. Lo que yo hago es muy objetual. Te obliga a moverte, y ver otras formas y otros brillos”.

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La forma en que el bordado produce apariencias en la superficie, sugirió al artista una variedad de analogías con el vestido. Acá la obra Saco, 1996-99. 115 x 175 cm.

En 22 años de bordado, su práctica logró ser valorada como una propuesta muy personal y rigurosa, que se inscribe en los temas y problemas del arte contemporáneo. Su actual exhibición en el Museo del Chopo, Ciudad de México, despliega 72 trabajos que con distintas imágenes, estilos estéticos y formatos, algunos de los cuales alcanzan hasta 18 metros de largo. La muestra está curada por Cuauhtémoc Medina, considerado actualmente el curador mexicano más importante a nivel internacional. A pesar de que en Chile su obra no ha sido suficientemente difundida, en México Arias es ampliamente conocido, ya que ha representado a ese país en varias bienales y muestras internacionales, ha realizado una treintena de exposiciones individuales y ha estado en muchas colectivas, que han viajado por Latinoamérica, Estados Unidos y Europa.

La muestra El hilo de la vida reúne una selección de bordados realizados durante 22 años por el artista chileno residente en México. Está curada por Cuauhtémoc Medina, considerado actualmente el curador mexicano más importante a nivel internacional

Carlos dice que le gusta esa combinación de exhibir en las vitrinas del arte contemporáneo y, al mismo tiempo, sostener la libertad e independencia que le otorga una práctica que define como “anónima y doméstica”. “Me gusta el sentido atemporal que tiene, eso de hacer algo que está fuera del tiempo de la productividad moderna. Bordar es terapéutico. Como es un ejercicio mecánico, hace que el cerebro quede como liberado. Una vez tenía que hacer una obra grande y estuve 3 meses bordando 8 horas diarias. Después me pasó que me sentí súper lúcido. Por otro lado, desde el punto de vista conceptual, bordar me ha permitido romper con los géneros y las categorías excluyentes no solo como un discurso, sino como consecuencia de mi propia forma de vivir y estar en el mundo. Porque yo nunca me matriculé con lo que se supone que debe hacer un hombre o lo que debe hacer una mujer, tampoco nunca me sentí ni chileno ni mexicano. Me dejo ser en la confluencia de identidades”. Prueba de ello es su tránsito de identidad sexual, que a él le interesa comunicar como núcleo de su postura artística, en término de cuestionar los géneros establecidos. Porque, tras separarse de su primera pareja, Carlos inició una relación con un hombre, con quien ya lleva más de 15 años. Él es coreógrafo y bailarín. Se llama Rip Parker. “Para mí el tránsito en la identidad sexual no significó un cambio, fue simplemente fluir y ser yo mismo. Siempre supe que el género es un invento y un instrumento de dominación”.

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La autobiografía y el arte se entrecruzan en el ejercicio del bordado. Autorretrato Bordado, 1996-97. 50 x 50 cm.

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