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14 Julio, 2017
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El Banco de Lanas

En la Región de Los Lagos existe un proyecto piloto, impulsado por la Fundación Artesanías de Chile, conocido como el Banco de Lanas: un modelo que enlaza la selección de fibras naturales, con maestras hilanderas que convierten el vellón en lana hilada y tejedoras que pueden acceder todo el año a esa materia prima con la que tejen alfombras y frazadas. En su primer año funcionando ya es un éxito.

Por Carola Solari / Fotografía: Alejandro Araya


Paula 1230. Sábado 15 de julio de 2017.

Este viernes hay venta de vellón en Curaco de Vélez.  El anuncio circuló en las radios locales y el joven francés, Jean Philippe Willaume, quien está a cargo del Banco de Lanas en Chiloé, mandó mensajes de texto e hizo algunos llamados para que artesanas tejedoras lleguen a la cita. Las espera en el Parque Municipal La Molienda del pueblo con café, galletas y los sacos de vellón ordenados. Las mujeres llegan abrigadas y lo saludan de beso. Inspeccionan concentradas los sacos: tocan muy bien el vellón. Evalúan el largo de la mecha y la resistencia de la fibra con ese conocimiento experto que tienen las mujeres que pertenecen a un linaje de textileras.

–Uso unos 5 kilos de lana cada tres meses– dice Rosa Mansilla Queipul: viene de la isla de Achao y se inició en el oficio con su abuela, quien le aconsejó aprender a hilar y a tejer porque podía ser una manera de sobrevivir y generar un ingreso familiar extra. Rosa, asegura, así ha sido. –Con un kilo hago 10 gorros y con 1 kilo 300 un chaleco. Por eso siempre hay que tener lana.

Aunque parezca increíble, en Chiloé y otros sectores de tradición textil a veces cuesta conseguir vellón o lana hilada de buena calidad y a un precio justo. “Hoy muchas tejedoras no tienen ovejas en sus casas y tienen que comprar vellón. Se abastecen en la época de esquila, en el verano. Pero si no tienen dinero para comprar todo lo que necesitan en el año, en invierno ya no les queda y es mucho más caro conseguirlo. Además, como es un sistema muy informal, se quejan de que los proveedores les venden los sacos cerrados y muchas veces no saben cómo viene la vellón; adentro, incluso a veces les sale un terrón de tierra”, relata Josefina Berliner, la directora ejecutiva de la Fundación Artesanías de Chile, entidad privada dependiente de la Dirección Sociocultural de la Presidencia, que trabaja directamente con los artesanos de todo el país: tienen 2012 en su red,  y de ellos, 1258 son artesanos textiles.

Con ese diagnóstico y el apoyo de dos fondos que ganaron (el Fondo Multilateral de Inversiones del Banco Interamericano de Desarrollo, BID, y el de la Fundación para la Innovación Agraria, FIA), echaron a andar el programa piloto de este Banco de Lanas que persigue tres objetivos: mejorar el acceso de las artesanas a la materia prima durante todo el año; asegurar la buena calidad y que se comercialice a un precio justo.

El Banco de Lanas partió en la época de esquila de 2016 adquiriendo 10 toneladas de vellón de distintas especies de ovejas. La primera que se agotó fue la lana negra de una raza chilota, que es muy cotizada entre las artesanas.

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El francés Jean Philippe Willaume, a cargo del Banco de Lanas, organiza las ventas y les avisa a las artesanas. Se mueve por la isla en un camión cargado de vellones embolsados en sacos rojos y blancos; cada saco pesa entre 8 y 12 kilos y se comercializa a $1.500 el kilo con facilidades de pago.

Se almacena en dos centros de acopio: uno en Lenca, en el Seno de Reloncaví, que es el inicio de la Carretera Austral, en una bodega especialmente acondicionada que pertenece a una artesana, Gladys Cabero, una destacada tejedora a telar de alfombras y frazadas que forma parte de la red de artasanas de la fundación. El resto de los vellones se encuentra en Butalcura, en las cercanías de Castro, y está a cargo del francés Jean Philippe Willaume. Es él quien organiza las ventas de lana y articula la red de artesanas que podrían estar interesadas en comprar vellón. Se mueve por la isla en un camión cargado de vellones embolsados en sacos blancos y rojos; cada saco pesa entre 8 y 12 kilos y se comercializa a $1.500 el kilo con bastantes facilidades de pago. Para las artesanas que tienen compras programadas de sus productos con la fundación, pueden adquirir vellones como un anticipo de su trabajo y ese valor, descontarlo del ingreso que reciben mensualmente. También está la opción –para las artesanas de la red de la fundación– de comprar el vellón en hasta en seis cuotas. Y la tercera modalidad, abierta a todo público, es la compra directa al contado.

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Gladys Cabero, tejedora de Lenca, tiene un taller en su casa donde teje frazadas y alfombras a telar. Como es muy emprendedora construyó en su casa una bodega especial para guardar vellones, que cumple con las condiciones de ventilación y almacenaje. Hoy esa bodega funciona como la sucursal en Lenca del Banco de Lanas.

En el último mes Jean Philippe estuvo con sus sacos de vellón vendiendo en Castro, Quellón, Ancud y Curaco. En julio tiene ventas programadas en Queilén, Dalcachue y Chonchi. “En Chiloé el desafío son las distancias. Hay artesanas que viven  en lugares muy asilados. No tienen auto, toman bus o cruzan en barcaza para llegar a las ventas. Por eso la idea es moverse y acercarse a ellas. Hacerlo de esa manera ha funcionado bien: llegan hasta 50 mujeres a cada venta”, dice.

María de Los Ángeles Loaísa Bahamondes aprendió de su madre, a los 12 años, a hilar con huso y a tejer a telar. Hoy la tradición tejedora de su familia llega hasta ella: ninguna de sus hijas quiso aprender. “Son otra generación que no valora la artesanía”, dice.

María de Los Ángeles Loaísa Bahamondes aprendió de su madre, a los 12 años, a hilar con huso y a tejer a telar. Hoy la
tradición tejedora de su familia llega hasta ella: ninguna de sus hijas quiso aprender. “Son otra generación que no valora la artesanía”, dice.

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Detalle de la alfombra que tejió su madre, hace 40 años.

Detalle de la alfombra que tejió la madre de María de los Ángeles, hace 40 años.

Las hilanderas

Afuera hace frío. Adentro, la cabaña está tibia. Hay 14 mujeres sentadas estirando las fibras del vellón, adelgazándolo mientras hacen un movimiento con sus brazos y enrollando las hebras en un huso de alerce que gira en el piso. Solo una, Purísima Barrientos (39), quien es de las más jóvenes, usa una rueca: ese rudimentario aparato que aparecía en la película de La Bella Durmiente.

Las mujeres son hilanderas. Y están reunidas aquí, en una cabaña en Curaco de Vélez, porque participan de un curso para mejorar la técnica del hilado, impulsado por la Fundación de Artesanías de Chile: intercambian saberes, bajo la guía de la diseñadora textil Paloma Leiva y de la agrónoma Trinidad Flaño, y establecen estándares del proceso. Hablan, mientras toman mate, sobre grosores, torción y tramas.

Formar una red de hilanderas fue una consecuencia natural que surgió, a los pocos meses de echar a andar el Banco de Lanas. Rápidamente en la fundación se dieron cuenta de que hoy muchas tejedoras ya no hilan, por lo que no bastaba con tener una buena oferta de vellón; era indispensable tener también lana hilada para abastecer a las tejedoras y las seis tiendas de la fundación donde se comercializan los productos de los artesanos. De ahí que seleccionaron a maestras hilanderas chilotas que han estado participando en los cursos que funcionan en dos localidades: Curaco y Puqueldón. Cuando el curso termine, tras pasar por un proceso evaluador, podrán convertirse en las proveedoras de lana hilada del banco.

Hilar es un oficio en extinción. Un oficio lento y detallado. “Un oficio invisible”, precisa Paloma Leiva. “Porque cuando se ve una pieza terminada –una alfombra, una frazada– se ve el tejido, pero no el hilado, que es lo que sostiene el tejido”. Paloma, quien se ha especializado en el estudio de textiles en Chiloé, dice que su rol aquí es reivindicar que las cosas se hagan bien.

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Las tejedoras de la carretera austral han recibido distintas capacitaciones para mejorar sus técnicas y aprender de gestión comercial. Ahora abrieron una tienda en Lenca llamada La Ruta de las Tejedoras, donde ofrecen sus textiles.

“Yo quiero que las mujeres se conecten con el volver a hacer, que tomen conciencia de su oficio, que reivindiquen la prolijidad de su tarea. Lo que está pasando en Chiloé es que el mercado está pasando de manera lapidaria por encima de la tradición textil. Hoy la gente está comprando lana dispareja y gruesa. Pero estos hilados delgados, parejos, hermosos ya no se están haciendo y queremos rescatarlos”.

María de Los Ángeles Loaísa Bahamondes (65) hoy trajo una frazada que tiene en su casa y tejió su madre hace 40 años: es un manto de lana blanca con pequeños dibujos de colores, que está impecable y las hilanderas estudian cómo se hizo. “Es un recuerdo, pero todavía la uso”, dice ella.

Hilar es un oficio en extinción, por eso formar una red de hilanderas fue una consecuencia natural del Banco de Lanas: hoy muchas tejedoras no hilan, por lo que no basta con tener una buena oferta de vellón.

Mientras María de Los Ángeles va uniendo las fibras de vellón y pasando las hebras por el huso, cuenta que a los 12 años, mirando a su mamá, empezó a hilar y a tejer su propia ropa, así como alfombras y frazadas para vender. Pero esa tradición llega hasta ella; ninguna de sus tres hijas quiso nada con la artesanía. “No saben hilar, no saben tejer. No se interesaron por aprender; son otra generación, que no lo valora”.

María de Los Ángeles, quien está sentada junto a su prima también hilandera, dice que en este curso aprendió algo que no sabía: cómo mejorar el lavado de la lana sucia para sacarle la grasa. “Nosotras la lavábamos con detergente de ropa, pero aquí aprendimos que es mejor lavarla con champú y detergente de loza: queda mejor, más suave”.

Olfa del Rosario Soto Cerón es parte del curso de hilanderas de Curaco. Esta mañana escarmena lana. La de color oscuro es de una especie típica chilota, cuya lana es muy cotizada por ser negra.

Olfa del Rosario Soto Cerón es parte del curso de hilanderas de Curaco. Esta mañana escarmena lana. La de color oscuro es de una especie típica chilota, cuya lana es muy cotizada por ser negra.

La hilandera más joven del curso es Elizabeth Sotomayor, de 30 años. Aprendió a hilar y a tejer a los 9, en la cocina de su casa, ayudando a su mamá porque le gustaba. “En mi familia todos hilaban: mi mamá, mi papá, mis tías. Cuando entré al colegio a estudiar me gustaba tener mi plata y para ganarme unos pesitos hilaba mi propia lana y tejía bufandas y gorros que vendía en la feria de Dalcahue. Con lo que ganaba me compraba los zapatos del colegio”, cuenta.

Elizabeth estudió Técnico en Enfermería pero lo dejó. Entonces volvió a la lana. De eso hace siete años. “Tengo 15 ovejas en mi casa a las que cuido mucho para que me den buena lana: las alimento bien, les doy mucha agua y les tengo un cobertizo para que pasen la noche. Hilo la lana que me dan, pero también compro porque no me alcanza con mis ovejas. Tejo a telar frazadas y bajadas de cama. Estoy orgullosa de ser parte de la tradición textilera chilota”.

 

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