El banco de los niños

Reportajes y Entrevistas

El banco de los niños

Por Alejandra Carmona / Fotografía Carolina Vargas

En Cerro Navia hay niños que están cumpliendo sus sueños: conocer el mar, pasar un día en la piscina, comer comida china. Organizan rifas y completadas y salen en grupo a barrer las calles a cambio de propinas. Así, juntan una suma de dinero que luego dobla el Banco de los Niños, un programa municipal que tiene un efecto secundario potente: los chicos se dan cuenta de que pueden ser dueños de su futuro.

Cuando Manuel Cortés tenía 8 años pensaba que el mar medía 14 pulgadas. Lo mismo que su televisor Philips, porque su mejor imagen de una playa era la serie gringa Guardianes de la bahía. Cada tarde, cuando comenzaba la pegajosa música característica, Manuel corría a sentarse frente a la pantalla que está junto a su camarote en su casa de la villa El Montijo, en Cerro Navia. Manuel intentaba imaginar y sólo se le ocurría que entre tantos salvavidas buenosmozos y mujeres con el pelo al viento, la playa era como una gran piscina. Un charco con poca profundidad en el que podía caminar hasta donde quisiera, sin hundirse. “Es que yo lo veía en la tele no más”, cuenta, “por eso creía que podía caminar, caminar y caminar siempre tocando la tierra, sin ahogarme”.

Pero el destino le tenía preparada una sorpresa.

A mediados del año 2005, su profesora jefa en el colegio Federico Acevedo Salazar, de la misma comuna, trajo una noticia para él y sus compañeros. Manuel recuerda: “La tía Alejandra nos dijo que podíamos juntar plata para lo que quisiéramos porque había un lugar que se llamaba el Banco de los Niños y que ellos nos doblarían la plata que pusiéramos”. Fue entonces que, sin pensarlo dos veces, se sumó a la mayoría y, junto a sus 38 compañeros de curso, se propusieron conocer el mar. Diez de ellos no habían ido nunca a la playa.

La tía Alejandra le pidió a cada niño traer una botella chica de bebida y echar diez pesos en ella cada vez que pudieran. “Es que esas botellitas hacen tres mil pesos cuando se llenan y eso ya es harto”, dice orgulloso de haber completado la suya ese 2005. Se demoró tres meses. “Se quedaba con los vueltos cuando lo mandaba a comprar. A veces buscaba en el suelo. Agarraba cualquier monedita que pillara”, cuenta Susana, su mamá.

A Manuel le gustó el desafío, porque, aunque tiene pocos sueños, quiere cumplir cada uno de ellos. Quiere ser general de Carabineros cuando sea grande y comprarle una casa de dos pisos a su mamá cuando gane dinero. “Aunque ella se merece una casa de más pisos porque Dios me mandó a la mejor mamá del mundo”, dice Manuel mirándola a los ojos en la heladería donde se realiza esta entrevista, aunque sin despegarse de su banana split. Susana sólo observa. En silencio. Con los ojos humedecidos recibe los elogios de su hijo de 11 años. “Es que es cierto poh mamita. Usted tiene sus gustos y yo sé que no se los da por ayudarnos a mí y a mi hermano. Por eso yo le quiero comprar lo que usted quiera cuando sea carabinero”, termina conmoviendo incluso a dos clientes de la mesa de al lado.

Aunque siempre se ha desempeñado como manipuladora de alimentos, Susana ahora está sin trabajo. Vive de allegada en la casa de su mamá. En la parte trasera del terreno se construyó tres dormitorios de madera. Manuel tiene su propia pieza, junto a su hermano Roberto, un año menor que él.

El motor de Manuel es la esperanza. Eso le ayuda a sacudirse la pena que vivió a los cinco años, cuando su papá se suicidó por una depresión que no pudo superar, y lo hace mirar su futuro con certezas.

“Cuando yo sea grande, primero quiero estar bien y tener un trabajo, para darles a mis hijos, para acompañarlos y para que nunca les falte nada”, dice muy seguro. Con la misma seguridad con la que en 2005 y con el nombre de Los galácticos, Manuel y su curso, el cuarto B, comenzaron a navegar hacia su desafío. Un sueño que se completó a fines de diciembre de ese año, cuando Manuel, de pie sobre la arena, descubrió que el mar se veía mucho mejor en la realidad y que él podía hacer lo que quisiera si se lo proponía.

 

Un banco de elite

El desafío de Manuel es uno de tantos que han pasado por el Banco de los Niños, una idea que nació en el año 2002 cuando en un encuentro con pequeños de la comuna, uno de ellos, Juan Carlos Alvarado, le pidió a la alcaldesa de Cerro Navia, Cristina Girardi, que llevara a todos los niños de la comuna a Fantasilandia. Como el ítem no estaba en el presupuesto municipal, el mismo niño propuso crear un banco.
La Dirección de Infancia afinó la idea y se aceptaron los primeros proyectos con un presupuesto que hoy alcanza los 10 millones de pesos anuales.

La idea del banco es la participación ciudadana. Por eso, los niños, apoyados por tutores que pueden ser sus profesores, vecinos comprometidos o familiares, presentan sus ideas y proyectan una meta en dinero que deben cumplir en un año. “Los niños llegan en mayo con sus ideas. Tienen que llenar un formulario que dice quién es el adulto responsable, de qué se trata el proyecto y cuánta plata necesitan juntar. Entonces organizan cómo reunir esa plata, puede hacer rifas, bingos o lo que ellos decidan.

Generalmente, en diciembre ya tienen la plata reunida, nos dicen cuánto juntaron y entonces el banco dobla ese monto. Ha sido complicado, porque este año se presentaron proyectos por 15 millones de pesos y lo que nos faltó lo tuvimos que conseguir con ONGs”, cuenta Karen Zúñiga, 29 años, asistente social encargada del banco, que depende de la Dirección de Infancia de la comuna. Si los niños juntan menos dinero del que se propusieron, el banco igual dobla el monto que lograron reunir.

Karen explica que los grupos se arman de forma diversa y participan jardines infantiles, scouts, amigos de un pasaje, alumnos de enseñanza media. Este año seis mil menores están en el banco con algún proyecto.

Con ese mismo espíritu, Manuel y su curso lograron llegar hasta Valparaíso. “Trabajamos harto. Hicimos rifas y completadas hasta que juntamos 118 mil pesos. Nos costó, pero lo logramos. El banco nos dobló la plata y partimos al mar”, cuenta Manuel, todavía emocionado. Su mamá afina los detalles: “La mayoría de los apoderados colaborábamos. Una vez rifamos un buzo. El número costaba cien pesos. Otra vez sorteamos media docena de vasos y un paquete de mercadería”.

Los 40 compañeros de curso llenaron el bus que arrendaron por 135 mil pesos ida y vuelta. Primero pasaron por el santuario de Lo Vásquez, porque los niños no lo conocían. Después se bajaron en el puerto y comieron en El Mesón del Diablo, un restaurante que aguantó las mañas infantiles. “Como no todos los niños querían pescado elegimos pollo con arroz y cuatro platos de ensalada”, recuerda Susana. Esa cuenta les salió 60 mil 400 pesos. Entre dulces, galletas, pan y queso, se gastaron cerca de 20 mil pesos más, y por un paseo en bote por Valparaíso, otros 22.800 pesos. “Nos gastamos toda la plata, pero lo pasamos tan bien…”, dice Manuel. Si hasta se afiebró. 2De repente le toqué la cabeza y estaba hirviendo, de la pura emoción”, sigue Susana. “La tía me preguntó si nos queríamos devolver, pero la fiebre de Manuel era pura alegría. Si andaba con la cara llena de risa”.

La fiebre de Manuel venía de sus cosquillas en la guata: “Cuando vi el mar no podía creer que fuera tan grande, tan inmenso. Parece que no terminaba nunca. Me di cuenta de que no podía caminar sin hundirme, así que me quedé en la orilla. El agua también era más helada de lo que yo imaginaba. Ahora lo único que quiero es aprender a nadar”.

Los niños no sólo disfrutaban, también iban guardando ordenadamente las boletas que debían rendir. Porque el banco también los hace ser responsables.

Los pequeños deben entregar todos los detalles de los gastos que realizaron al completar su objetivo, ya que toda esa información va a la Municipalidad y se cuenta en la rendición al finalizar cada año.
Además de presentar sus proyectos, los niños deben tomar decisiones, y para eso las tías del banco, un grupo de asistentes sociales, psicólogos y secretarias, deciden quiénes pueden postular a la directiva del banco. Los ayudan y los animan en el proceso. Como toda institución seria, el banco también tiene un presidente. Y ése también es un niño.

Celulares con serpientes

Francisco Lueiza no para. Está siempre tan inubicable como el presidente de un banco de verdad. Tiene 15 años y ocupa el cargo desde comienzos de este año. Su misión es ayudar a que los niños detallen bien sus proyectos. “Por ejemplo, cuando llenan el formulario que se pide al comienzo, ellos no pueden poner solamente ‘vamos a ir a la piscina’, no poh. Tienen que dejar bien escrito a qué piscina van a ir. Yo no rechazo proyectos, yo estoy para ayudarlos, porque la idea es que todos puedan cumplir sus sueños”, dice.

“En el paseo a la playa nos gastamos toda la plata, pero lo pasamos tan bien…”, dice Manuel. Si hasta se afiebró. “De repente le toqué la cabeza y estaba hirviendo, de la pura emoción”, cuenta su mamá. “La fiebre de Manuel era pura alegría. Si andaba con la cara llena de risa”.

Francisco ya cumplió el suyo. Junto a seis compañeros de la escuela especial Patagonia, se propusieron a comienzos de 2006 comprar celulares. “Queríamos unos que parecieran conchitas y que tuvieran el juego de la serpiente que come puntos y cámara fotográfica incluida”, dice. Y aunque no les alcanzó para tanto, se conforma: “No tienen cámara, pero igual tienen juegos”.

Con sus compañeros juntaron 75 mil pesos para que el banco les doblara la plata. Hicieron completadas y rifas. “Sorteamos vasos, tazas y lámparas. Vendíamos los números a 100 pesos”, dice. También participaron en las dos “barridas” que se hacen al año. “Los niños se juntan y salen a barrer y a limpiar las calles, entonces piden plata a los vecinos y así van juntando -cuenta Karen-. De regalo, cuando termina la jornada, los niños pintan murales donde queda impreso el nombre del Banco de los Niños”.

Francisco se toma en serio su cargo de presidente del banco y acompaña a otros grupos en sus desafíos, a pesar de la enorme distancia que tiene que recorrer para llegar hasta Cerro Navia. Francisco vive en un hogar de menores en La Pintana. Hace un año y medio fue solo a Carabineros a pedir protección porque sentía que en su casa no recibía toda la atención que necesitaba: “Fui a decir que no quería estar en mi casa. Los niños tenemos derechos y yo no me llevaba bien con mi padrastro. Había maltrato psicológico, verbal y físico. Eso embarró la relación con mi mamá. Pero ahora que estoy en un hogar conversamos con mi mamá, la voy a ver, nos juntamos y el celular también me sirve para comunicarme con ella”. Su mamá vive en Cerrillos y sus dos hermanas menores están en un hogar en Estación Central. Fue Francisco quien encontró ese hogar para ellas y las internó. “A ellas también me gusta llamarlas con mi celular nuevo”, dice orgulloso del aparato gris que no suelta ni por si acaso. “Además, como soy presidente, también me llaman otros niños. Y mis amigas”.

Francisco es el tercer presidente del banco, un cargo que ocupó con el mismo carisma Maximiliana Cerda, una niña de 17 años que las ha hecho todas en la comuna. “Antes estuve en un programa que se llama ‘Mi Barrio me Cuida’. Ayudo a mis amigas que duermen en los puentes porque las echan de las casas. Fui acólita y me encanta el reggaetón. ¿Usted conoce a Wisin y Yandel?”, le pregunta a su entrevistadora, que nada entiende de la última movida bailable. “Bueno, esos cantantes la llevan. Yo las bailo todas”, dice con la seguridad de que es la única experta en el tema.

“A mí me gusta estar en el banco y hacer esto porque aquí los niños de la comuna sufren mucho. En todas partes venden droga, se ve violencia y abusos sexuales”, cuenta Maximiliana. Y sabe de lo que habla: “En la calle, dos veces me topé con eso. Cuando era chica un viejo me subió a su bicicleta y me tenía lista pa llevarme cuando mi mamita se dio cuenta. Otra vez, un gallo se manoseó entero a mi lado y trató de tirarse encima mío. Fui a Carabineros. Lo estuvimos buscando caleta de rato, pero nunca lo encontramos. Esas son cosas que pasan todos los días, por eso a los niños les hace bien que exista este banco”.

Maximiliana ya tiene tres sueños cumplidos. “Una vez fuimos a la piscina; otra, fuimos a una marisquería y, otra, a comer comida china. Eramos siete vecinos de la Villa Libertad. Muchos chiquillos del grupo nunca habían ido a un restorán de comida china y yo había ido pocas veces. Juntamos 50 mil pesos trabajando todo el año hasta que llegamos al restorán. Lo cerraron para que estuviéramos solos, lo adornaron y nos fuimos felices para la casa”.

Cuando llegaba el tiempo de las barridas, Maximiliana se ponía a la entrada de los pasajes a pedir peaje. “Otros compañeros pedían plata por favor. Yo no, yo soy más chora. No los dejaba pasar si no me daban cien pesos”, cuenta. Ahora su único sueño es conocer la nieve.

Manuel ya no odia junio, el mes que le recuerda la muerte de su papá. Ahora su corazón está puesto en diciembre, que es el mes en que conoció Valparaíso: “Es lo mejor que me ha pasado. Me gustaría que otros niños pudieran conocer el mar, que el Banco de los Niños no sólo existiera en Cerro Navia”.

El futuro de Chile

La Municipalidad de Cerro Navia ha dividido la comuna en ocho territorios para hacer más fácil la labor social. Y el Banco de los Niños se rige por esas mismas secciones. En el territorio 8 están los niños de la población El Porvenir. “¿Son periodistas?”, le preguntan al equipo de Paula unos carabineros en patrulla. “Entonces no entren, porque les pueden hacer algo”, advierten pero, una vez dentro, la cosa es bastante menos fea de lo que la pintan. “Aquí los niños se sienten discriminados. Saben que no los miran igual si dicen que vienen de El Porvenir. Les dicen allá hay drogadictos, lanzas, por eso se sienten menos. Y ésa es la tarea, que ellos sepan que tienen un futuro, que todo puede ser mejor”, defiende a sus niños Jessica Vargas. “Es que a mí no me los tocan”, dice. Jessica es secretaria de la Dirección de Infancia, pero también acompaña a este grupo a cumplir las metas que se propone.

Este año los 14 niños de su grupo reunieron 50 mil pesos. La idea era ir a la piscina de la Quinta Normal y hacer un gran asado. Lo consiguieron.

Juntaron 10 mil pesos vendiendo calzones rotos en el pasaje San Ambrosio de la población. También les alcanzó para otro sueño: comprar algo de ropa. “Es que a un cabro terrible de ambicioso se le ocurrió que quería todo Nike, porque es la marca más bacán, pero no nos alcanzó pa tanto”, explica Bastián Vergara, de 12 años. El grupo juntó 50 mil pesos, y el banco les dobló el dinero. Entre golosinas, leches de litro, pan, pollos asados y las entradas se gastaron 40 mil pesos de los 100 mil que habían logrado reunir con su esfuerzo y el del banco. Con la plata que sobró, decidieron comprar una pelota de fútbol, una toalla y un par de calcetines para cada uno.

“Yo casi no tenía calcetines”, cuenta Romané Daza, una de las dos mujeres del grupo. Lo que más ha disfrutado es su pelota. “Es que a mí me encanta el fútbol. Me fui a probar a la Chile, al caracol azul, y me dijeron que era buena, pero como queda tan lejos de la población no pude seguir… En todo caso yo soy colocolina. Si me preguntan cuál sería mi sueño, es ése: ir a un partido del Colo. Pero las entradas cuestan como cinco lucas… Mis papás nunca van a tener plata pa llevarme al estadio”.

Como Romané y el resto de los chicos de su grupo son, en su mayoría, fanáticos del Colo-Colo, se bautizaron a sí mismos como los “Ruik Black”, que para ellos significa blanco y negro. “¿Que de dónde viene el Ruik?.. de blanco en inglés”, explica Romané. “Es que así habíamos escuchado que se pronunciaba”.

Para muchos niños el paseo de fin de año del banco son sus únicas vacaciones. “¿Es que de dónde vamos a sacar plata?”, pregunta Susana, la mamá de Manuel: “Antes trabajaba, pero los niños pasan solos todo el día. Ya no quiero eso. Ahora me gustaría poner un puesto de completos en la casa, para cuidarlos, para estar con ellos”, aunque sabe que a sus 11 años Manuel es el hombre de la casa. “Le ha costado superar lo del papá”, cuenta. “Antes se iba harto rato a limpiar su lápida en el cementerio de Barrancas, en Pudahuel. Se demoraba media hora en llegar y tenía que tomar dos micros. Manuel tenía todas las fotos de su papá Alejandro, guardadas. Pero ahora me las devolvió. Me dijo que no le servían para pasar la pena”.

A Manuel lo único que le importa es el futuro. Ya no odia junio, que es el mes que le recordaba la muerte del papá. Ahora su corazón está puesto en diciembre, que es el mes en que conoció Valparaíso. “Es lo mejor que me ha pasado. Vi lobos marinos y me bañé hasta la noche en Las Torpederas. Me sentí una persona importante porque entré al Congreso y ahí se supone que están las personas más importantes de Chile, ¿no? A mí ahora me gustaría que otros niños pudieran conocer el mar, que el banco no sólo existiera en Cerro Navia. Me gustaría que las empresas grandes también pusieran plata para que todos los niños pudieran alcanzar sus sueños. Así como yo. Para que sepan que el mar es mucho más grande de lo que se ve en la tele. Quiero que el proyecto de este año sea ir a la playa otra vez, porque tengo compañeros nuevos que no lo conocen. Para eso ya estoy preparando algunas ideas. Yo creo que partir juntando plata con una completada o una tallarinata estará bien”.

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