El barrio prometido

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El barrio prometido

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En avenida Las Condes, casi donde comienza el camino a Farellones, se han asentado unas setenta familias judías ortodoxas. Alrededor, tienen todo lo que necesitan: tres sinagogas, un colegio religioso, peluquerías donde las mujeres peinan sus pelucas, locales de comida kosher y hasta porteros que abren las mamparas para que los ortodoxos no tengan que tocar el timbre durante el shabat.

Cuando un sábado en la madrugada del verano pasado entraron a robar al local Kosher Market, en el barrio Quinchamalí, en Las Condes, los carabineros de la 53 Comisaría de Lo Barnechea no supieron bien qué hacer:Jacob Schönberger, el dueño, no respondía el teléfono. Ni el fijo, ni el celular. Mandaron una unidad a su casa y Jacob les abrió la puerta sin encender la luz. Un candelabro iluminaba la penumbra.

–Es shabat –dijo– no puedo hacer nada hasta el domingo. Gracias de todas maneras. Y cerró la puerta.

Jacob vino de Israel hace 20 años y tiene un talante paciente y manso. Se asomó recién el lunes por el local y se resignó a reparar los daños.

–¿Qué más importante? –dice, en su precario español– ¿La Torah o local? La Torah.

A partir de la caída del sol los viernes, llueva o truene, en el barrio Quinchamalí, en Las Condes, casi al comienzo del camino a Farellones, unos setenta hogares, desde sencillos departamentos hasta palacetes de 400 millones de pesos, comienzan a quedar a oscuras y en silencio, iluminados sólo por las titilantes velas de shabat. Son los judíos ortodoxos en el día dedicado a Dios.

Los autos permanecen estacionados. Hay cierto silencio en las calles y un leve revoloteo de gente en torno a las sinagogas. Hombres en ternos negros y camisas blancas. Algunos con sombrero y barba. Y los que no, con kipá, el clásico gorro judío que les recuerda que siempre hay Alguien sobre ellos. Las mujeres con el pelo cubierto por pañuelos y faldas largas. Y muchos hijos.

Paradójicamente, por la calle El Viento, aledaña al Kosher Market, al caer la tarde, un judío vuela hacia su casa cuando está a punto de empezar el kidush, la primera plegaria del hogareño shabat.

Los judíos ortodoxos siguen rigurosamente los preceptos de la Torah –los primeros cinco libros de la Biblia– y evitan las actividades prohibidas: trabajar el sábado, arar, cocinar, romper, encender fuego… 39 actividades y sus derivados.

Si toman medicamentos, dejan los envases abiertos o las pastillas listas el viernes temprano, pues durante el shabat no pueden romper un envase. Ni usar herramientas. Oran varias veces al día. Cenan –casi pequeños banquetes previamente preparados–, meditan, cantan, encienden las velas, duermen y a la mañana siguiente, parten a pie a la sinagoga, razón por la cual usualmente viven cerca de una.

Lo toman tan al pie de la letra que, salvo el rito de prender las velas de shabat, no pueden encender nada. Usar la electricidad es “encender fuego”. Lo mismo el auto. Ni siquiera un teléfono. En los edificios de Avenida Las Condes, como Farellones Norte, los conserjes corren a abrirles la puerta cuando se paran estoicos delante de las mamparas sin tocar el timbre, o ponen un notorio cartel que dice “abierto”. Suben a pie para evitar “encender” el ascensor, como Sonia Mankevic, una señora mayor que me dice, a punto de comenzar su Gólgota de cinco pisos:

–Yo camino. ¿Fotos? Nooo, gracias.

Durante el resto del tiempo se niegan a otro montón de cosas. Unos más que otros. A la televisión, a los computadores, a la música envasada. Son los 613 mandamientos de la Torah, que siguen no sólo en shabat sino los 365 días del año del calendario hebreo, que va en el 5770.

Si llega una visita, la recibe el hombre y él abre primero las puertas. No comen mariscos ni crustáceos porque la Torah autoriza sólo los peces con escamas. Tienen vajillas y cubiertos separados para carne y lácteos, porque en laTorah dice: “No cocerás al becerro en la leche de su madre”.

El religioso barrio está antes del puente San Enrique, en la última punta de las comunas Las Condes y Lo Barnechea. En ambas comunas del barrio viven judíos ortodoxos. Dos familias en El Viento. Otras dos en Las Brumas. Por La lluvia, una pequeña tienda. En el edificio Farellones Norte viven dos señoras retiradas y tres familias. En otro edificio de Las Condes, cuatro familias
más. En el cerro Quinchamalí, el barrio más exclusivo, hacia la cordillera, hay una docena de casas.

Empresarios, gerentes, importadores, dueños y gerentes de grandes tiendas. Jubilados. Un par de viudas. Rabinos con su esposa. Profesores del Instituto Hebreo y la UC. Matrimonios jóvenes con muchos hijos. Suman cerca de setenta familias y alrededor de 400 personas.

Sino la tierra, el barrio prometido

Antes eran muy pocos los judíos ortodoxos en Santiago y concurrían a distintas sinagogas sefaradíes o masortíes (de judíos conservadores: no tan apegados a la religión).

–El máximo intento fue compartir una sinagoga en una casona en Miguel Claro con Providencia –me dice un rabino sefaradí que conoció bien ese periodo en los 80–, pero por una u otra razón era incompatible. Por horarios. Tipo de ceremonial. Espacio. Presencia de mujeres. En la sinagoga ortodoxa las mujeres están arriba o detrás de una cortina, separadas de los hombres. Ya eso era complicado.

Los ortodoxos mudaron sus ceremonias a una casa de Las Hortensias durante unos años, hasta tener la primera sinagoga propiamente tal, en 1996: la Aish HaTorah, en San José de la Sierra, al frente y poco más arriba del Instituto Hebreo. La financió el filántropo Albert Friedberg, presidente de FCMI, un fondo canadiense de inversiones.

Después comenzaron a llegar otras comunidades de judíos ortodoxos con sus propias sinagogas. En 2003 los ortodoxos ashkenatzí (judíos europeos) hicieron otra, una cuadra más arriba, en Quinchamalí con Las Condes, financiada por sus propios miembros, quienes contrataron al rabino Itzjak Shaked. El rabino presta servicios a la comunidad e impone un criterio y una visión a la misma. Como el DT de un equipo de fútbol.

Hace un año, en Los Cactus, al otro lado del puente La Dehesa, la comunidad jabad (los más tradicionales de los ortodoxos) abrieron otra sinagoga, Jabad Lubavitch, con el rabino argentino Moshe Perlman, gracias al aporte del filántropo judío-polaco-chileno David Feuerstein, quien hizo fortuna trayendo a Chile los relojes Seiko. Leonardo Farkas les regaló una Torah de lujo.

La Comunidad Israelita de Santiago (masortí) no se deja estar. Además del Instituto Hebreo, un poco más abajo tiene un asilo de ancianos, y en el mismo sector, pero al otro lado del río, está terminando la sinagoga más grande y lujosa de Chile, en la calle Comandante Malbec, camino a La Dehesa. Avaluada en 12 millones de dólares, es un proyecto impulsado por José Codner, fundador y accionista mayoritario de Farmacias Ahumada.

Numerosas inmobiliarias que avisan en la revista Shalom, en La Palabra Israelita o en los clasificados de los diarios se disputan a estos interesantes y pudientes clientes: Propiedad Quinchamalí de 14.000 UF. Departamentos de 105 millones. Casas familiares de 120. Todos los avisos con la sugerente, pero a estas alturas obvia lectura: a pasos de las sinagogas.

El viernes es sábado

En la peluquería María Luisa, en el mismo pequeño centro comercial del Kosher Market de Jacob, el shabat empieza el viernes. La treintena de mujeres ortodoxas que se atienden allí comienzan a desesperarse cuando se acerca el crepúsculo.

–Nunca dicen que se viene el shabat o están atrasadas para ir a misa (sic) –dice María Luisa Riquelme, la dueña. Se muestran nerviosas. Quieren irse cuanto antes. Se saltan la fila. Me retan.

Yo trato de apurarme. María Luisa, quien lleva 20 años en el barrio, se adecua al gusto y exigencias de sus nuevas clientas. Las atiende en un saloncito privado que tiene en el segundo piso, pues hombres y mujeres no deben tocarse jamás, ni por casualidad, y deben cortarse el pelo fuera de la vista del sexo opuesto y cualquier otra persona.

Los hombres pueden dejarse crecer las patillas y la barba (como dice el Levítico) y usar sólo tijeras para podarlas. Las mujeres casadas deben reservar su cabello (un arma de sensualidad, según la Torah) sólo para el esposo, por lo que la mayoría se deja el pelo muy corto y usa peluca.

Las cabelleras que realmente peina María Luisa son pelucas de cabello natural que valen desde quinientosmil hasta casi dos millones de pesos. Las hay chinas, indias e israelíes.

–Lo curioso –dice ella– es que usan pelucas para evitar tentar a otros hombres con su pelo, pero todas quieren verse regias, con peinados a la moda, chasquillas. Dejan una peluca para lavar y peinar y se llevan la otra. Se miran coquetas al espejo…

Una cuadra más arriba, a Ernesto Vasershten, dueño de una barba hasta el pecho y de un local de comida kosher, una clienta le grita en broma desde el auto.
–¡¡Santo Tereso!!

Es conocido por su paciencia única para atender a los gentiles, como les dicen a los chilenos, con quienes los ortodoxos evitan contacto, firme pero amablemente. Es cordial, pero cuando
quiere, tiene la amabilidad de un cajero automático. Este judío de origen argentino, que vive en Recoleta, tiene en la subida a Farellones el local Mi Refugio de comida kosher (“adecuado”,
en hebreo y lo único que comen los judíos ortodoxos): hamburguesas kosher, hot dogs kosher con salchichas sin cerdo y una variedad de postres y helados kosher.

Llega una pareja de jóvenes ortodoxos. Ella, de falda larga y blusa recatada. Él, de camisa blanca, barba y kipá. Ella le grita a Ernesto:
–¡Me tienes adicta a tu helado de chocolate!
–Cuando tengas la panza que tengo yo –es grande–, te vas a cansar, le responde Vasershten.

La carne de la comida kosher, según los preceptos, debe ser de animales sin pezuña partida (cerdos, camellos, etc.), cuidadosamente desangrados y salados, y muertos con instrumentos
sacralizados en una mikvé, una pileta ritual de la sinagoga, y en un matadero donde no haya presente mujer alguna menstruando o embarazada.

–Es que para los judíos la sangre es parte del alma –dice Marcos Rosemberg, dueño del Vía Láctea, un local donde vende sushi kosher– y el alma no se puede comer.

Marcos es espigado, atlético y nervioso a sus 50 años. En su cocina sigue laTorah al pie de la letra. También hace pizzas kosher.

En las festividades, locatarios y vecinos judíos del barrio hacen comidas festivas y las venden a familias ortodoxas que conocen.

Ofrecen hasta asados kosher con choripán y todo (longanizas de vacuno certificadas). Y aunque una cena cualquiera es casi 50% más cara que una normal, los ortodoxos pagan. Los locales que venden productos kosher son certificados cada año por un rabino e inspeccionados periódicamente para comprobar si cumplen las numerosas reglas de purificación.

–La certificación es cara –cuenta un ex empleado chileno del restaurante Yafo, que cerró por lo mismo–. El rabino estaba cobrando 300 mil por cada certificación y si (el dueño) quería introducir un nuevo plato, debía certificarlo también. Así, imposible.

Mauricio Gleiser, judío practicante, tuvo un local de frutos secos en Quinchamalí con Las Condes. Los judíos ortodoxos comen muchas semillas de girasol, que él traía de Israel.
–Cuando empecé a abrir los sábados fue el acabose. No es bien visto trabajar en shabat.Así queme dejaron de comprar y el trato ya no era el mismo. Ahora se fue con su local al Apumanque y, además, innovó –impío– con cafeterías dentro de los cementerios chilenos. Le ha ido estupendamente.

En el entorno del barrio, tiendas y supermercados han abierto secciones kosher. De hecho, el propio gerente encargado de seleccionar los productos kosher para el Líder es un judío practicante y vecino de Quinchamalí: Alberto Froimovich. Pero no todo es religión y Torah. Hay un pequeño local, muy discreto, donde se consiguen los mejores vinos kosher. Allí, algunos judíos ortodoxos pasan a un pequeño y lujoso barcitomientras susmujeres van a la peluquería, al gimnasio de Mall Sport (vestidas siempre con buzos y poleras de manga larga) o a la pileta, la mikvé, para el baño ritual después de siete días de terminada la menstruación, en las sinagogas de Jabad o Aish HaTorah.

La familia del rabino

Siempre se piensa en los rabinos como en esos señores de barbas largas y canosas, pero en el barrio hay una pequeña revolución.Una neoortodoxia quemuchos atribuyen al ejemplo de un rabino joven, enérgico, mediático y de barba rala:Matías Libedinsky, sobrino del juez de la Corte Suprema. El rabino no quiso hablar para este reportaje y un compañero suyo de la universidad cuenta:

–Licenciado en Física de la Universidad de Chile, magíster en Estados Unidos, de pronto cambió el switch y se hizo rabino. Se fue a Israel a estudiar y plaf: rabino Libedinsky a los 30 años.

En el círculo de su generación lo consideran un tipo jugado que predica con el ejemplo. Se casó con Janele, profesora del Maimónides, y tiene tres hijas que estudian ahí. Libedinsky es la cabeza de Morashá, el movimiento juvenil de Aish HaTorah que es el centro de esta renovación en Las Condes:
–Ninguna otra institución judía en Chile le dedica tanta importancia a la juventud –relata el periodista del portal Anajnu (“nosotros”), de temas judíos, Mijael Vera.

En este mismo marco de neoortodoxia está el pujante colegio Maimónides, creado hace diez años por los miembros de Aish HaTorah, que crece en la misma medida que la llegada de familias judías ortodoxas al barrio. Empezó con 15 alumnos. Ahora tiene 250, de primero a cuarto medio, y cinco mil metros cuadradosconstruidos a cuatro cuadras de Aish HaTorah y dos de la
sinagoga de Quinchamalí.

Con un arancel de cuatro millones de pesos, sólo acepta niños judíos. En una mixtura de ortodoxos y conservadores estudian hijos de conocidos empresarios judíos. Cuenta con un casino 100% kosher y una sinagoga. La educación es religiosa y de excelencia. El año pasado logró el décimo puesto entre los colegios con más altos puntajes de la PSU, desplazando largamente al Instituto Hebreo. Por el tema de la vida en comunidad, muchos de los apoderados trabajan también en el colegio, en la administración, el casino, la unidad sicológica.

–Amigos míos se han hecho ortodoxos –dice el empresario Mauricio Gleiser– y al principio chocaban con nosotros, los “normales”, pero luego los vas aceptando. Y ellos también a nosotros. Aprendemos a convivir. Vas entendiendo que “creen” de verdad. A mí me cuesta.

David Abodovsky, judío conservador, creador del Portal Anajnu y vecino del barrio, explica:
–Después del holocausto, a los judíos les costó poder seguir creyendo –es comprensible– y la fe se nos “enfrió”, por así decirlo: se racionalizó… y se refugió en tradiciones. Pero los ortodoxos conservaron la fe pese a todo, con consecuencia, y eso es lo que les pueden dar a las nuevas generaciones ya menos traumatizadas por el holocausto: una espiritualidad, que, seamos
sinceros, no encuentran en las actuales comunidades.

Judíos conservadores y ortodoxos conviven, pero las diferencias son abismantes. A lo más, en el barrio hay algunos partidos de fútbol entre ellos. Para el juego clasificatorio almundial Chile-Colombia, los conservadores del Instituto Hebreo corrieron al televisor. Mientras, los jóvenes de Morashá fueron a visitar al sofer de la comunidad, Moshe Najimovsky, un rabino especie de escribano calificado, para transcribir textos de la Torah. Era una mitzvá de los jóvenes futboleros: un mandamiento, un sacrificio por la fe.

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