El cura Puga y su nueva cruzada

Reportajes y Entrevistas

El cura Puga y su nueva cruzada

Por Texto y fotos Roberto Farías

Mariano Puga, el sacerdote que dejó la aristocracia en que nació para irse a vivir entre los pobres, un símbolo de la historia reciente de Chile, camina hoy solitario por Chiloé regalando sus últimas energías a una misión imposible.

Tres kilómetros de sendero separan la iglesia de Colo, un pueblo de 299 habitantes al centro de Chiloé, del camino principal. Ancianas salen de sus casas y emprenden la pesada cuesta de tierra y lodo al son de campanas que llaman a la misa de domingo. Se nos unen campesinos con las botas embarradas. Caminando todos con la espalda encorvada, yo además, con el corazón hecho trizas, como subiendo nuestro Gólgota chilote.

Todo es bucólico, el prado es verde y los animales pastan: ¿qué trajo al sacerdote Mariano Puga a estos parajes? Bellos, pero solitarios, poco agitados para alguien como él. Pienso, en cambio, en el cura obrero, combativo, que encabezó marchas y protestas, que fue junto a los curas José Aldunate y Pierre Dubois, entre otros, casi un mártir de los cristianos de izquierda que se opusieron a la dictadura militar. No alcanzo a aclararme.

El propio Mariano Puga abre las puertas de la capilla de madera, hoy Patrimonio de la Humanidad. Sonriendo siempre. Saluda a todos con sus manos largas y pálidas. Y lo primero que brota, además del aire helado del interior del templo, es el sonido de una radiocaset en una esquina: suena la canción Yo te nombro, de un poema de Paul Éluard. Cuando oscurece, cuando nadie me ve…eeeeeescribo tu nombre, en las paredes de mi ciudad. No la escuchaba hace mucho. De esos años… Por pura casualidad la historia me hace un guiño. Es domingo 11 de septiembre, lo había olvidado. No hay duda, estoy ante el Mariano Puga de siempre. Mientras en Santiago habrá marchas y romerías, Puga está en un pastizal en medio de Chiloé, listo para empezar la misa a su particular modo.

La imagen del cura se me vuelve a hacer presente. En las revistas de oposición, en documentales, en mitines. Su foto con la sotana ensangrentada en la histórica trifulca de la misa del Papa en el parque O’Higgins, que dio la vuelta al mundo. En democracia, como el sacerdote emblemático que defendía a los cristianos de la temida población La Legua. Aunque no lo quiera, Puga ya es carne de estatuas. Pienso en los catres sin frazadas en que durmió, en las mediaguas de fonolas y cartón en que vivía junto a las parroquias de Villa Francia, Pudahuel y La Legua. Concluyo que ya tuvo suficiente mortificación y que Chiloé debe ser un merecido descanso o un destierro eclesial.

Pero no. Como esos antiguos santos que consiguen exprimirse siempre un poco más de dolor, vuelve a sorprenderme. Una vez más dejó todo: su parroquia, las poblaciones, las comunidades, y pidió irse a Chiloé como anónimo misionero. Todas las semanas parte de Colo rumbo a islas lejanas donde casi nunca llegan sacerdotes.

Las ancianas ordenan las ropas de la virgen, ponen velas, preparan la misa del domingo. Él tararea la canción y se ve dichoso. Aunque ya se mueve con cierta dificultad. Con su metro ochenta y nueve y su pelo prematuramente blancodesde los 29 años, Mariano Puga es un ícono. A los 74 años, y después de 30 de cargar ladrillos o galones de pintura y trepar andamios como cura obrero, sus cartílagos se han deshecho como los de un albañil jubilado. Le duelen las rodillas: “A cada paso que doy choca hueso con hueso”.

Se pone la sotana de tela cruda y se cuelga una estola bordada a mano. Abre su biblia y cae una foto del arzobispo salvadoreño Óscar Arnulfo Romero, asesinado en 1980. Se cuelga el acordeón del cuello y canta a la Virgen María.

No hay duda: es el mismo de siempre.

La misión
Unas semanas después lo acompaño a las islas Butachauques: 2 horas en bus, 5 horas en lancha y 6 kilómetros a pie, tortura para sus rodillas. En cinco días recorrerá cuatro capillas. Salta al muelle cargado de biblias, como si llevara fresco alimento.

Para hacerse una idea, en los últimos seis meses ha recorrido 43 capillas por un enjambre de islas, haciendo dedo a vehículos y embarcaciones. En los últimos tres meses ha dormido sólo diez días en su cama. Cae como una roca donde lo pilla la noche, en casas de católicos que le dan abrigo. Saca sueños atrasados sobre bancas. En lanchas. En asientos junto a cocinas a leña.

Tiene en mente la Misión Circular. Un viaje de un año entero que tres curas jesuitas emprendieron por Chiloé hace 400 años en piraguas, para bautizar, casar y evangelizar a los indios huilliches. Dibujaron los primeros mapas y fundaron más de 200 pueblos en los lugares más recónditos. Construyeron la religiosidad que hoy da fama al archipiélago.

–¡Imagina la fe que tenían! Hoy, con todos los medios que existen, los sacerdotes no van a esas capillas. Se han vuelto cómodos. Cada vez que pregunto cuándo vino el cura, la gente se mira las caras y cuenta los meses, los años a veces.

En 2002 organizó un encuentro internacional de misioneros en Tenaún. Y supo que tenía que reconstruir esa antigua misión. Pero los fieles chilotes resultaron ser un hueso duro de roer, muy distintos a los creyentes opinantes y participativos a los que Puga se acostumbró en las poblaciones de Santiago.

Se siente tan incomprendido como cuando empezó en los 60, después del Concilio Vaticano II y la iglesia abandonó las misas en latín y pasó a ser una fusión de política y religión, base de los movimientos de cambio social de los 70.

–Las viejas de entonces se iban, porque decían que las misas parecían reuniones de sindicato.

Ahora le pasa lo mismo. Lo observo mientras divide un pan amasado, como hizo Cristo en la cena, en un sencillo altar.

–Su cuerpo está ahora vivo en nosotros, ¿sienten lo que es eso? ¡Es como estar embarazados de Cristo! Miren qué hermoso. ¿Qué opinas tú Pedro, qué opinas tú de eso Alicia? Los aludidos –chilotes creyentes, pero conservadores y tímidos– se miran inseguros. Responden monosílabos inaudibles.

Los jóvenes asienten sin pensar.

En otra prédica:

–¡Abajo los poderosos!, decía la Virgen María ¡Arriba los
pobres!

Y el descalabro es peor. Las ancianas definitivamente no comulgan con tan revolucionaria devoción.

Muchos lo creen un misionero extranjero. No están acostumbrados a ver un cura sin sotana, que aloja con los más pobres, que hace las hostias de pan amasado y que sube a las personas al altar. Poco a poco, empieza a ser conocido como el Padrecito del Acordeón.

Una niña que lo ve dormir en su cocina se ríe de su informalidad. Luego se lleva el dedo a la sien y lo gira como sacando un tornillo.

Vueltas en el camino
Cada vez que se alude a la desigualdad, a las diferencias sociales, él dice sin aspavientos:

–Yo lo sé, porque vengo de la cuiquería más cuica que te puedas imaginar.

Su padre, Mariano Puga Vega, ex embajador y senador, fundador del Partido Liberal, tenía en Los Ángeles un palacete de estilo francés, con viñas, prados, laguna y una colección de carruajes ingleses. Su madre, Elena Concha Subercaseaux, era heredera de las viñas Concha y Toro y creció en la casona estilo chantilly frente al Teatro Municipal, que hoy pertenece al Banco Edwards.

–Yo fui inconsciente de toda esa raigambre hasta adolescente. Una vez, almorzando, en la sopera de plata vi dos iniciales, R.S., y le pregunté por ellas a mi madre. Ella me contestó “¡Chis!, pero cómo no sabís. Tu abuelo era Riquelme, pariente de Isabel, la madre de O’Higgins”. La S era de no sé qué laya que llevaba directamente a Toro y Zambrano.

Le dieron una educación anglófila en el colegio The Grange. Antes que fútbol aprendió a jugar rugby y cricket. Para el cumpleaños de su padre, se reunían todos los hermanos y le daban un concierto de chelo, piano y flauta traversa.

Pero su contradicción religiosa no lo dejaba en paz.

–Cuando chico emprendía largas caminatas en las afueras de Los Ángeles, de puro porfiado. Mi padre decía ‘Usa el auto’, pero yo no podía. Tenía que ir a misa como iban los que pasaban frente a la casa. A pie. ¡Y eran como 15 kilómetros!

El quiebre se produjo cuando estudiaba Arquitectura en la Universidad Católica. Al hacer un trabajo para la escuela sobre vivienda social, recorrió con otros compañeros la ribera del Zanjón de la Aguada en busca de campamentos. El más pobre era el de San Manuel, en San Joaquín.

–Era la peor miseria que había visto. La gente construía sus casas con latas y cartón y vivía hacinada en el barro. Vi a niños comer de la basura. Mucho peor que los campamentosde ahora. En medio de las heces del Zanjón, que corría llevando la mierda de todo Santiago. Nos hincábamos y los chinches se nos subían por las piernas. ¡Tenía 19 años! ¿Qué trabajo de vivienda podía hacer ahí? Fue tanto el impacto que empezamos a ir todos los fines de semana a ayudar.

Mientras la pastoral de la Universidad rezaba para que no hubiera pecado en las fiestas mechonas, Mariano Puga reclutaba voluntarios para ir al basural.

–Lo que se generó en el campamento San Manuel llegó a ser un verdadero movimiento de 500 jóvenes universitarios. Era la época del Padre Hurtado. Mucha gente me decía que tenía que conocerlo. Y una noche lo visité. Le conté que estudiaba Arquitectura, que tenía una vocación religiosa, bla, bla, bla… Pero el Padre Hurtado me interrumpió –como solía fulminar a sus interlocutores.

–Sí, sí, todo eso está muy bien ¿pero qué hace usted por los demás?

Le contó lo de San Manuel. El Padre Hurtado escuchó complacido: “Siga así, patroncito. ¿Qué más puedo decirle?”

–Tuve la impresión de un hombre cansado. Físicamente. Me impactó mucho. Y no me equivoqué, porque al año siguiente murió.

A punto de egresar construyó su primera y única casa:

–Muy a la pinta del dueño. Me daba vergüenza. De todo lo que había sido. De mí. Yo iba a continuar mi camino, en cambio los niños de San Manuel…

Dejó Arquitectura y entró al seminario diocesano, donde fue ordenado sacerdote en 1959.

–Nuestro padre siempre nos inculcó valores muy profundos. Mi madre bajaba en un auto con chofer a las poblaciones para ayudar a los rehabilitados alcohólicos. Mis hermanos son íntegros.

–¿Si fue difícil dejar la riqueza? No. Para mí fue normal. Además, ¡con los modelos que tuve! Mis padres primero, y luego el sacerdote Fernando Ariztía y monseñor Enrique Alvear, imposible equivocarse. Los valores son los mismos, lo difícil es dejar lo cómodo que era. Al entrar al seminario lo habían remodelado. Pero Ariztía nos dijo: ‘¡Por respeto a los pobres, olvídense del agua caliente!’ ¡Por respeto, te fijas! En cambio, los curas jóvenes de ahora sólo quieren ascender. ¿Te fijaste en el seminarista?

Se trata de un joven que llegó a la isla justo en esos días, con cara de obligado. Se alojó en la cómoda casa del profesor y desechó la invitación del Choño, el alcohólico del pueblo, donde habíamos pasado la tarde. Lo despachó con una sonrisa piadosa.

–Sólo es eso, dejar la comodidad. ¿Pero quién lo hace? Los cristianos hoy día son cómodos. Dan limosnas y se olvidan. Son tan lights…

El cura obrero

En una recién fundada Villa Francia, a donde llegó después de ejercer 11 años como cura de sotana, la gente no creía que Mariano Puga era su nuevo sacerdote. No había parroquia y llegó como pioneta de la fábrica de casas Corvi para cargar rumas de ladrillos que sujetaba con la pera. Con la camisa rota, sudando, durmiendo en una rancha de la calle Yelcho.

Pronto se corrió la voz del cura obrero que predicaba en las casas. Las mujeres lo invitaban porque lo encontraban parecido a Kirk Douglas.

Vivía como un pobre. Sus hermanos le llevaban ropa y él la regalaba. Una vez se infectó un pie por andar con chalas rotas y cojeó un largo tiempo. Eso era un problema, porque emprendía caminatas a grandes trancos al Obispado de Almirante Barroso, a 30 cuadras de distancia, para sacar material de la biblioteca y discutirlo en la comunidad cristiana de base que formó. Varias veces le regalaron una bicicleta y varias veces la dio.

El 11 de septiembre lo sorprendió justamente caminando desde el hospital de la Universidad Católica hacia la Villa Francia. Una mañana, al comienzo sólo extraña, poco a poco fue haciéndose trágica. Se cruzó con tanques. Soldados. Pasó al Obispado y en la puerta se despidió del padre Joan Alsina (que aparecería muerto en el puente Bulnes). Recién había salido del centro acordonado cuando vio pasar los Haw ker Hunter. Caminando por Vergara vio a una señora destapando una botella de champaña y supo que Allende había muerto. Al mediodía llegó a la villa y se encerró a rezar.

Después del Golpe vino la cesantía. Corvi cerró y fue despedido. Sobrevivió tomando agua de cedrón a falta de té. Pasando hambre, organizó una bolsa de trabajo en la Villa Francia. Partieron 11 trabajadores, pero llegaron a ser 60. Se convirtieron en pintores, porque un día él sugirió a su madre –que vivía en un departamento en Merced, con mayordomo de smoking, y que mantenía la iglesia de la Veracruz en Lastarria– que por un módico precio podrían darle una mano de pintura a la capilla.

Con sus ex compañeros de Arquitectura consiguió otros trabajos. Se reían al saber que él era un pintor más. Lo que ganaban lo repartían equitativamente y su parte se la daba a las mujeres con hijos cuyos maridos habían sido detenidos.

Pintaron ferreterías, colegios y casi todas las capillas de Santiago.

–Cuando chico la altura me daba vértigo. ¡Era tan cobarde! Y resulta que después me ataba una cuerda y me subía a pintar las cruces de las iglesias. Claro, yo no tenía hijos o familia. No tenía nada que perder.

Cuando no tenían trabajo repartían presupuestos por las calles.

–En esa época si alguien quería ubicarme les daba la dirección así: Mc Iver número tal, piso tal, por fuera, en los andamios.

Un día estaba durmiendo siesta debajo de un andamio y sus compañeros de pega le pusieron un tarrito a los pies y un cartel que decía: Una limosna para este pobre ciego.

–Cuando desperté había juntado como dos mil pesos. Así que al terminar la jornada con esa plata nos fuimos a tomar una cerveza. Claro que ellos siguieron tomando. La bolsa de trabajo a veces parecía la bolsa de curados.

Después del trabajo hacía sus misas, donde cada uno se presentaba y opinaba sobre La Palabra. Eran verdaderos cursos de formación política y se hablaba de lo que estaba pasando realmente en Chile. Los campos de prisioneros, los exiliados, la represión. Él, junto a varias monjas, ayudó a muchos a trepar muros de embajadas. Los llamaban los empuja potos. El agente de la Dina Osvaldo Romo, el Guatón Romo, le siguió los pasos hasta que una noche se lo llevaron al centro de detención clandestino Villa Grimaldi.

Moretón en la cara

En Metahue, el principal pueblo –50 casas– de las islas Butachauques, la electricidad de un motor funciona de seis de la tarde a once de la noche. El noticiario de televisión es un evento social. Cuando cae la oscuridad la imagen de un delincuente que yace muerto tras una balacera en Santiago parece resistir la embestida de la noche y se desata la predecible conversación sobre la delincuencia. Y bla bla bla.

En la casa de la profesora, donde esa noche alojamos, ignoran que Mariano Puga fue párroco de La Legua durante ocho años. Él cierra los ojos. Duerme inquieto. “Si algo tiene ser cura, es ver tanta muerte y tristeza”, suspira.

En la isla Tranqui se detiene en la casa de El Chacal de Queilén. Un joven asesino que ahora está en la cárcel. Le estrecha las manos a su anciana madre, aislada por la comunidad: “Yo también estuve en la cárcel, ocho veces, sé lo que sufren los padres”. No lo dice por piedad, sino con la certeza de que en la vida del pobre chileno la cárcel no siempre sepuede evitar. Acecha igual que el hambre o la muerte.

En Pudahuel, donde vivió de 1982 a 1994, también vio horrores. Se hizo conocido porque cada año hacía una famosa marcha por los muertos arrojados al río Mapocho. Para la venida del Papa diseñó el altar de mediaguas en el encuentro con los pobladores de La Bandera e ideó el obsequio que sorprendió a todos: un pan y una taza de té.

Recuerdo el documental En nombre de Dios, de Patricio Guzmán, donde Puga casa a una pareja en la humilde capilla de Pudahuel. Mariano luce un notorio moretón en la cara, resultado de la histórica trifulca en la misa del Parque O’Higgins en la que se metió a separar a los peleadores entre perdigones y piedras

–Mi padre nos inculcó que nunca permitiéramos que dos personas pelearan. Aun a riesgo de salir heridos. Y así he actuado siempre. En las poblaciones varias veces me metí a peleas violentas aun a riesgo de llevarme cuchillazos. En los agitados años del Movimiento contra la Tortura Sebastián Acevedo que fundó su amigo jesuita José Aldunate aplicó al máximo eso de la resistencia pacífica. Las imágenes del grupo, abrazados, resistiendo los golpes de luma sin reaccionar, ponían los pelos de punta.

La democracia no fue mucho mejor para él.

–En La Legua, donde fui párroco de la parroquia de San Cayetano entre 1994 y 2002, vi morir a 104 personas. Detenciones, asesinatos, drogas, muchos suicidios.

Y en medio de toda esa violencia, encontró a los mejores cristianos que ha conocido nunca. Ni en el seminario había visto ese nivel de compromiso y solidaridad. Aun hoy, en las misas de La Legua la gente canta, participa, comenta. Se toman de la mano, rodean el altar y piden al cielo lo que en esta tierra nunca van a tener.

Su hito fue hacer una histórica peregrinación a Tierra Santa con 50 pobladores. Entraron cantando a Jerusalén, él con su viejo acordeón al cuello. La gente salía a saludarlos. De vuelta, como les sobró plata de la que juntaron durante cinco años, pasaron por el Vaticano.

Morir como pobre

Sigue igual de pobre. El gorro de lana se lo regalaron en Dalcahue. Los pantalones se los dio su hermano de La Serena. Su hermano Gonzalo le regaló unos zapatos nuevos que usa casi con culpa. La chaqueta se la prestó Urbano, el carpintero de nombre papal que cuida la iglesia de Colo. La mujer de Urbano, Martita, le tejió un chaleco chilote.

Su herencia familiar la donó a las poblaciones donde vivió y trabajó. En un bolsillo tiene 500 dólares para un viaje a Francia que hará este mes –en 2002 fue elegido coordinador mundial del movimiento espiritual Los Hermanitos de Carlos Foucauld que es seguido por 500.000 laicos y 5.000 curas de todo el mundo–. En el otro, el resto de su jubilación de cura: $134.000.

En su pieza hay pocos recuerdos. Su casco de obrero; un camioncito hecho por un mirista que estuvo dos años escondido en un subterráneo hasta que Puga lo ayudó a exiliarse. En su tolva, hay piedras de los hornos de Lonquén. En una mesa de tronco, su biblia, con una página marcada con un algodón con la sangre de Óscar Arnulfo Romero. En la pared, una foto de sus padres y de sus dos hermanos muertos.

En la casa parroquial de Colo el viento entra por las rendijas. A veces Puga se desvela sin tener con quien conversar. Sus compañeros de lucha han callado. El jesuita José Aldunate está muy enfermo. Roberto Bolton, el padre que lo sucedió en Villa Francia, vive en una mediagua, totalmente ciego y sordo. Pierre Dubois, de la población La Victoria, tiene temblores y la memoria fragmentada.

–Pienso en todos mis amigos, se retiraron paulatinamente de la vida activa o tomaron cargos de obispos, vicarios, monseñores. Y no creas, a veces me pregunto qué hago aquí todavía en estos caminos.

Muchos también se lo preguntan.

–Cuando ya no pueda caminar voy a dejar esto –misionar–. Me gustaría terminar mis días en África. Hay tanta miseria. En Burkina Faso hizo misa descalzo: “La gente tiene tan poco”. Con los hermanitos ha recorrido una docena de países pobres, no haciendo turismo precisamente.

–A un hogar de ancianos no me voy ni loco. Quizá me atrape un cáncer fulminante, como a gran parte de mi familia. O podría pedirle al obispo una capilla en una población y morir junto a los pobres, como mueren los pobres…

Comprendo lo difícil que debe ser para un personaje así salirse de la historia. Misionar por las islas de Chiloé parece un buen pretexto para hacer como los elefantes, pienso, esos gigantes que, al presentir el fin, se alejan de la manada y vagan solos, como meditando, para dejar a otros el liderazgo, buscando el lugar y el modo apropiado para morir.

La lancha que nos trajo de regreso se balancea en el muelle. Al día siguiente estará haciendo la misa dominical, como buen cura de pueblo. “Gracias por la compañía”, me dice, y toma el pedregoso sendero de regreso a Colo. Tararea un salmo o su canción preferida de Edith Piaf, no sé, no alcanzo a oírlo. Una ligera lluvia vuelve los techos más negros y los prados más verdes.

 

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