El inframundo de Roberto Farías

Reportajes y Entrevistas

El inframundo de Roberto Farías

Por Lorena Penjean / Fotografía: Alejandro Araya / Producción: Álvaro Renner / Agradecimientos: Banana Republic / Maquillaje: Carola Pizarro

Le gusta darles vuelo a los ninguneados porque los conoce, porque fue uno de ellos. Roberto Farías, el actor que interpreta a un joven abusado en El club, la nueva película de Pablo Larraín, y que el año pasado fue aplaudido por el monólogo teatral donde hacía de vendedor ambulante, es de Conchalí, y se pegó el salto cuando fue becado en una escuela de Teatro a cambio de trapear el piso. Hoy trabaja en su propia película: Perkin, una palabra que lo identifica y lo remite a los días en que trabajaba en un subterráneo sacando fotocopias.

Paula 1174. Sábado 23 de mayo de 2015.

Cuando caminaba por la alfombra roja del último Festival de cine de Berlín con todos sus lujos y artificios, a Roberto Farías le salió toda la garra de su Conchalí natal, y pensó: “estos gallos están terrible de salvados”. Pasó por el lado del actor Christian Bale (American Psycho) y de otros famosos del cine mundial, y siguió pensando: “Vengo con una buena película que no tiene nada que envidiarle a ninguna otra puta película y yo tampoco tengo nada que envidiarles a estos giles. Claro, son más flacos, son millonarios y hacen tres películas más que yo al año… Pero es por una cosa geográfica, porque el mundo es así nomás”. Y siguió caminando, a paso seguro, mientras los flashes lo retrataban con el director de cine Pablo Larraín, en el debut mundial de El club –película sobre un grupo de sacerdotes de oscuro pasado que viven en un lugar aislado–, y que acaba de estrenarse en Chile.

Respiró y se sintió íntegro. Recordó sus tiempos como deportista –es cinturón negro en kung-fu– y la competitividad se apoderó de su imaginario porque “uno se para de igual a igual con cualquiera, aunque estés cagado de miedo por dentro”. Pensó en los futbolistas que se van a jugar a Europa, en lo heroico que hay detrás de ese gesto de verse en la cancha, ya sea en Italia o en el barrio. “Aquí estoy y ¿qué tanto?¿Acaso me van a asustar con sus cámaras?”, se dijo mentalmente, desafiante.

De ahí, se liberó. Y la película ganó el Oso de Plata del Gran Premio del Jurado y su foto apareció en todo el mundo, el mismo que por esas cosas de la vida lo mandó a nacer en Santiago de Chile, en Zapadores con Gambino, en Conchalí. Porque el actor Roberto Farías viene de una familia en la que no hay artistas. Su madre era dueña de casa y su padre eléctrico de buses. Costeó su carrera de actor en la escuela de Gustavo Meza haciendo aseo y hoy es considerado uno de los actores chilenos más contundentes.

Ha ganado dos veces los premios Altazor, estuvo nominado a los premios de cine Pedro Sienna y en 2014 estuvo en televisión en la teleserie Secretos del jardín donde era uno de los siniestros carabineros; en Los archivos del cardenal, donde hizo de Marcelo Alarcón, el jefe de la CNI inspirado en Álvaro Corvalán; y en Sudamerican rockers donde encarnó al padre de Jorge González. Pero su actuación más estremecedora el año pasado la tuvo en teatro, en el descarnado monólogo Acceso, que escribió junto a Pablo Larraín, y donde interpretó a Sandokán, un vendedor ambulante que se lanza con todo para hablar de los abusos y contrasentidos del poder. Un tema que conoce de cerca y le interesa.

De actuaciones rotundas, Farías ha formado parte de los elencos de varias películas como La buena vida y Violeta se fue a los cielos, de Andrés Wood, La pasión de Miguel Ángel, de Esteban Larraín, Último round, de Julio Jorquera y Carne de perro, de Fernando Guzzoni. Ahora trabaja en su propia cinta: Perkin, escrita y dirigida por él mismo, producida con su agrupación La Reina de Conchalí, hecha a pulso y sin ayuda de ningún fondo, y en la que actúan Daniel Alcaíno, Marcelo Alonso, Berta Lasala, y Alejandro Trejo, entre otros. Una película que, como alude su título, habla de los olvidados de siempre.

¿Qué recuerdo tienes de tu infancia?
Me acuerdo jugando solo con los soldaditos, me encantaban los soldaditos. Era muy tímido, entonces me pegaban. Tal vez por eso tengo un umbral del dolor súper amplio, por eso quizás tengo el colon irritable, porque la rabia me la trago. Pero cuando era chico sufrí mucho con esa sensación de impotencia.

Te hacían bullying.
Sí. Tengo el recuerdo de un cabro que me cortó la cara con una Gillette, y me acuerdo haber visto todo rojo, era pura sangre. Yo estaba jugando a los caballitos con un palo que tenía un clavo, y le ensarté el palo con el clavo en la cabeza. Nunca he sido un tipo violento, para nada, pero tengo un sentido de la justicia súper arraigado. Cuando veo que le están pegando a un perro me meto, pero pelear así como de choro, no, me cuesta, pese a todo soy tranquilo. Nunca agredí a nadie, a excepción de ese cabro chico al que le enterré el palo con el clavo, porque él antes me cortó la cara.


“Mi recuerdo de los 15 años es Michael Jackson. Siempre me escapé para allá, siempre fui medio artista y aprendí a bailar y todo. Me veo pegando todas las fotos que encontraba de Michael Jackson en un cuadernito. Y escribía poemas tristes y muy terribles”.

¿Vivías con miedo?
Mucho miedo, súmale a eso que estábamos en dictadura, súmale a eso que vivía en un barrio con milicos en todas las esquinas, en Conchalí, en Zapadores con Gambino; Gonel se llamaba la calle. Salía a comprar el pan con mi hermano y les tenía pánico. Una vez llegaron con fusiles a la casa y mi mamá nos mandó al campo, como solía hacerlo en el verano. Esos son recuerdos bonitos que tengo también, del campo, pero también de mucha soledad porque después de un mes me daban ganas de volver a mi casa, echaba de menos.

¿Dónde te recuerdas a los 15 años? ¿Cuál es tu primer recuerdo de esa edad?
Michael Jackson. Siempre me escapé para allá, siempre fui medio artista y aprendí a bailar y todo. Me veo pegando todas las fotos que encontraba de Michael Jackson en un cuadernito. Y escribía poemas, muchos poemas, todos tristes y muy terribles. También me acuerdo que íbamos al campo porque mis tíos eran inquilinos, vivían, entre comillas, al abrigo de patrones de fundo: se sacaban la cresta trabajando de sol a sol ganando una mierda, y cuando venía el patrón casi se arrodillaban. Eso me producía una sensación de incomodidad.

¿Por qué?
Hay algo heroico en el obrero, en el minero, en todos los que, pese a hacer mierdas de trabajos, encuentran la felicidad en la pichanga de los sábados, en la pilsen de la noche, pero ahí hay algo que no está bien porque el trabajo no dignifica. Trabajar en la construcción, limpiar baños no dignifica, salir de tu casa a las 5 de la mañana con lluvia cagado de frío no dignifica. Con un sueldo mínimo de 500 lucas podríamos hablar de dignidad, con salud gratis y educación. Pero no es así; yo vi guaguas morirse en el consultorio a las 6 de la mañana, entonces no me vengan ahora con la dignidad de las personas. No les compro.

¿Dónde estabas a los 20?
Estudiando Publicidad en un lugar llamado Esucomex, pero mis papás me pudieron pagar solo un año, de ahí me fui a hacer clases de kung-fu con mi hermano. Yo era cinturón negro y llegué a ser campeón sudamericano. El deporte es la raja. Mi sicólogo, que veo una vez a las quinientas, me dice que entrenar es la terapia básica porque la mente siempre te quiere cagar.

¿Es verdad que estudiaste Teatro porque tus compañeros en la fotocopiadora te encontraban gracioso?
Sí, fue, como todas las cosas importantes en la vida, por accidente. No tenía ninguna pulsión al respecto, solo echaba la talla todo el día: les hacía el curao, hacía imitaciones y siempre se mataban de la risa. Trabajaba en Dimacofi en un subterráneo que podría describir como un lugar muy terrible, pero también teníamos momentos muy felices. Un día Sergito, un compañero de trabajo, me mostró un diario y me dijo: “Mira, talleres de Teatro de verano en la Corporación María Cánepa”. Ahí partió todo hasta que llegué a hablar con Gustavo Meza porque quería estudiar en su escuela pero no tenía plata. Era un perkins y así llegué adonde Gustavo, en mi hora de colación, y me dijo que a cambio de estudiar podía hacer aseo y mantención de la escuela. Y no pagué nada más que con mi trabajo.

Y entonces dejaste la pega en la fotocopiadora…
Después me fui a despedir de mis compañeros de la fotocopiadora y no podían creerlo, era como irse de un campo de concentración… me veo saliendo del subterráneo donde trabajaba y a mis compañeros sonrientes, despidiéndome. Y fue como sentir que ellos se quedaban e iban a envejecer ahí.

¿Con qué te encontraste en la escuela de Teatro?
Fue duro, había mucho cuico, mucho millonario, porque había que ser millonario para pagar esa plata, las escuelas de Teatro son caras. Yo estaba feliz, súper orgulloso. A veces, estaba limpiando los baños y llegaban las cuicas, mijitas ricas, y les decía: “Chucha, chiquillas, tengo que limpiar acá”, como disculpándome. Siempre sentí la diferencia social, iba a la fiesta de la compañerita en La Dehesa y tenía que esperar a que amaneciera para tomar la micro para irme a Conchalí, y todas “Roberto, qué bueno que viniste” y después no me pescaban más.

¿Cómo te sacaste todos esos prejuicios?
En la tele, hacer tele para mí fue como reconciliarme con un mundo que no conocía, con un mundo con el cual estaba absolutamente prejuiciado, no tenía que ver ni con el beneficio ni con la riqueza ni con la pobreza, sino que tenía que ver con las personas nomás, buenas o malas. Me empecé a codear con esa gente y me acuerdo que me caí en moto y los primeros que me fueron a ver fueron los de la tele.

¿Con qué palabra describirías tu espíritu?
Superación.

¿Qué harías si te ganaras la lotería?
Estaría tranquilo porque podría hacer mis cosas, dar una batalla mucho más frontal y sentir que estoy peleando mucho más de igual a igual con el sistema, porque ahora solo estoy recibiendo los combos nomás… pero también siempre hay una parte luminosa en todo, aunque triste también, y es la pregunta de ¿por qué todo tiene que ser tan heroico, tan duro y tan difícil siempre? Esto, y digo en todo ámbito, va a colapsar, va a colapsar de autos, de gente, de codicia. Esto se va a caer de alguna manera porque no resiste más, la injusticia no puede más y es vergonzosa. A veces siento que elegí la pega equivocada, que podría haber sido doctor, pero no habría podido pagar la carrera porque vengo de una familia humilde.

¿Cómo luchas?
Con mi trabajo y mi opinión.

Tu arte es como un arma…
Sí, podría verse de esa forma porque incomoda, muestra lo que muchos no quieren ver. Es peligroso para el que tiene algo que ocultar, para el que te está cagando con el negocio, para el que está robando, para el deshonesto. Sí, porque soy frontal, porque digo lo que pienso, digo que me siento inconforme con el gobierno, que es una mierda. Para mí el trabajo no puede ser inofensivo. Jorge Díaz decía que el teatro tiene que ser peligroso, desde Yerko Puchento para abajo, porque es un punto de vista democrático, como en EE.UU. lo es Michael Moore… De todos modos, creo que se me está acabando la rabia…


“Siempre sentí la diferencia social. Cuando estaba en la Escuela de Teatro e iba a las fiestas de la compañerita en La Dehesa, tenía que esperar a que amaneciera para tomar la micro e irme a mi casa en Conchalí”.

¿Por qué?
En el mundo en el que me desenvuelvo soy, en general, un tipo súper poco tradicional, vengo de barrio, mi familia no es de artistas, empecé a estudiar tarde, a hacer teatro tarde, a hacer tele más tarde aún. A los 28 años recién fui un actor profesional y a esa edad hay muchos que ya han hecho varias cosas.

Pero tu trabajo ha sido sólido.
A costa de mi esfuerzo. Apenas terminé de estudiar me preocupé de hacer teatro para ganarme el respeto de mis compañeros, para validarme con el público. De ahí salté a la tele, de ahí mi primera película, La buena vida, de Andrés Wood y ahora El club, que para mí es la mejor película que ha hecho el Pablo Larraín.

SUBTERRÁNEO

En la obra Acceso, interpretaste a Sandokán, un vendedor ambulante que cuando niño fue abusado y que luego pasó al Sename, donde los abusos terminaron de violentarlo. Y la película El club le dio continuidad a ese personaje…
Acceso, de cierta manera, es una obra biográfica porque yo vi todo eso y lo que no, lo deduje, porque tenía amigos que se prostituían. En pura ropa tenían dos veces el sueldo de la mamá: zapatillas que costaban 40 lucas, la polera Ocean Pacific de 15 y el Levi’s de 25. Y la mamá ganaba 80 lucas. Eran gallos a los que llegaba “el tío” a buscarlo a Conchalí: un tío rubio, alto, en un convertible, con un perrito. Yo vi todo eso. En mi casa siempre alimentábamos a los choros de allá, mi mamá los hacía entrar y les daba comida cuando yo era chico. Éramos pobres y, como buenos pobres, mi mamá siempre cocinaba un poco más, siempre había un plato de comida para alguien, y eso los choros no lo olvidan. Ese es el aprendizaje base que tuve: más que tener calle, se trata de tener humanidad, creer en la dignidad, en el ser humano. De ese contexto nace Acceso y mi personaje, Sandokán, que no es otro, soy yo diciendo desde mi lugar lo que vi y lo que veo.

¿Qué más te enseñó tu mamá?
Me enseñó a darles el asiento a las señoras, que hay que atender a la dama siempre, dejar pasar a las personas. Acá en Chile te juzgan por la pinta, por el lugar de donde vienes, por las lucas, por tu auto, por lo que has leído, lo que has estudiado y,perdóname, eso sí que es flaite. Conoce a la persona, dale un espacio, dale un tiempo, dale una oportunidad.

Los personajes que has construido son de una brutalidad y de un desamparo feroz…
Sí, porque a mí me gustan esos personajes, tanto mirarlos como interpretarlos, siempre en mis películas estoy con el antihéroe, con el feíto, con el tipo botado, con el que no opina, con el que está solo, con el drogadicto, con el vicioso. En un país que no perdona nada, estoy con ellos ahí, en una sobrevivencia maravillosa en circunstancias de que los que nos iban a proteger nos dejaron botados y les da lo mismo si no tenemos salud o educación gratis, si no tenemos buenos sueldos. El carerrajismo es algo insólito. Una vez hice una película que se llama Quiero entrar y el personaje de Daniel Alcaíno, hablando de la tortura, y de los nuevos métodos que podrían existir, porque la tortura siempre se funda en denigrar al otro, decía que había que bloquear las tarjetas, subirles el cupo y los arriendos. Lo digo porque lo viví, porque hice aseo para pagar mi carrera, trabajé en pegas miserables en las que vi a compañeros de trabajo metidos en cuatro financieras, endeudados hasta el cuello; yo vi llorar a ese gallo. A mí en la vida nunca me han regalado nada.

“Me gusta la marginalidad y trabajo desde ella dándole altura (…), hago que el tipo que está loco en la calle hablando huevadas, vuele. Yo levanto al curaíto y al travesti, a los tipos que nadie quiere ver”.

A propósito del estreno de El club, que habla de una casa de supuesta penitencia y oración para sacerdotes que han cometido faltas graves, ¿te gusta el debate que se genera con la Iglesia?
Es como que ataques el negocio del box, el punto es que en una película chilena como El club, en un país pechoño, se toque el tema de la impunidad y se haga universal justo en un momento súper contingente con el abuso y la pedofilia, entre otros temas que aborda la película. Cada vez que un cura se manda una cagada lo mandan a una casa de supuesta oración y penitencia y ¿quién paga?, ¿hay justicia divina o justicia terrenal?, ¿dónde está la jurisprudencia?

Pero tú eres católico…
O sea, siempre digo ‘si Dios quiere’, ‘gracias a Dios’, porque me crié en en un ambiente católico. Tengo la humildad para creer en la luz, creer definitivamente en que hay algo que está fuera de ti y que es como la fábula de la pisadas en la arena, cuando sientes que vas caminando solo por la playa y no te has dado cuenta que es Jesús el que te va cargando.

MOCITO

Hoy, a los 46 años, ¿dónde estás? ¿Qué te tiene tomado ahora?
Perkin, mi última película que estoy terminando. Es la tercera que dirijo después de Quiero entrar y Bareta. La escribí y dirigí yo. De alguna manera siento que tengo que dar un pase maestro, un paso más, tengo que jugar otras cartas. Mi cine es un cine casi de guerrilla que se hace en un par de días, sin Fondart ni auspicios, solo con las ganas de hacerlo. Daniel Alcaíno, Marcelo Alonso, Berta Lasala, Alejandro Trejo, Sebastián Layseca, Willy Benítez y varios amigos más trabajaron conmigo porque me quieren y creen en mí. Lo digo con orgullo: hay tipos que se pasan la vida con un guión bajo el brazo, que estudiaron Cine y no hacen nada. Yo he hecho tres películas.

¿Por qué se llama Perkin?
Porque me gusta la marginalidad y trabajo desde ella dándole altura, hago que la gente vuele, hago que el tipo que está loco en la calle hablando huevadas, vuele. Yo levanto al curaíto y al travesti, a los ninguneados, a los tipos que nadie quiere ver, al sidoso, al feo, a la fea. Porque todos somos un poco perkins, porque el único tipo libre es el que no depende de nadie y que está forrado y no le tiene que rendir cuentas a nadie.

Hablas del sometimiento, de los que están para los mandados…
El término perkins viene de la cana y es el tipo que para que no se lo caguen adentro, lo agarra el jefe de la pieza, calle o galería y lo transforma en su mocito. Luego, recuerda que Perkins era el mayordomo en Sherlock Holmes. También hay una marca inglesa que se llama Perkin y que se dedicaba a reciclar toda la ropa mala y a venderla de nuevo, entonces el hueón que andaba vestido con ropa perkins –como yo que uso ropa americana– era como de segunda clase…

¿Qué quieres mostrar con Perkin?
Más que nada, mi paso por Dimacofi. Cuando renuncié nunca más volví a ese subterráneo hasta hace un año y medio atrás, o sea 20 años después y me encontré con una óptica y no me dejaron entrar a ver cómo está. Yo siempre sueño con ese subterráneo, siempre sueño con mis compañeros, es una etapa de mi vida que me marcó profundamente. ·

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