El lugar de los sin lugar

Reportajes y Entrevistas

El lugar de los sin lugar

Por Por Juan José Richards / Fotos: Constanza Miranda

La Escuela Amaranta Gómez comenzó en abril de este año con seis niños trans que hasta entonces estaban desescolarizados. Hoy tiene 19 alumnos y espera recibir muchos más. Pero este no sólo es un espacio educativo para niños transgénero, sino que también para niñas y niños que han sido víctimas de bullying en sus otros colegios, menores derivados desde Tribunales de Familia o programas de apoyo y prevención de violencia intrafamiliar. Aquí los sin lugar han encontrado un espacio.

Días después de que se aprobara la Ley de Identidad de Género, en una pequeña sala de clases de la Escuela Amaranta Gómez, en Ñuñoa, hubo un cruce de opiniones. El ramo era de Formación Ciudadana y el tema eran los procesos electorales. La profesora les contó a sus alumnos que en Chile las mujeres ejercieron el derecho a voto recién en 1949. Uno de ellos, un chico trans de 14 años, levantó la mano y dijo: “Ah, entonces los hombres la llevamos, nosotros votamos primero”. Desde la otra mesa, una chica trans le respondió: “Puede ser, pero técnicamente, los hombres aquí somos nosotras”. El chico no se dio por vencido: “Pero sólo porque tú carnet lo dice”. Todos se rieron.

La clase siguió normalmente. La Escuela Amaranta Gómez nació a principios del 2018 con el fin de preparar a niños transgénero desescolarizados para que dieran sus exámenes libres y tuvieran una mejor posibilidad de entrar a la universidad. Pero una vez en la práctica, los profesores se dieron cuenta que tenían que volver a pensar todo el currículo, desde las clases de anatomía hasta lenguaje, porque había muchos temas por resolver. “La preparación para los exámenes libres fue nuestro objetivo inicial, pero hoy ya no lo es”, afirma Evelyn Silva (46), la directora.

¿Quieren que sus alumnos ingresen a la universidad?
Sí, absolutamente. Pero no necesariamente en los mismos tiempos que los demás niños. Si no es cuando cumplan 18 años, puede ser a los 20 o incluso más adelante. Nuestro objetivo es que lleguen a la universidad con su nombre legal y su sexo registral según su género-sentido para que no tengan ningún tipo de conflicto social. Pero además de la parte jurídica y social, nos interesa que salgan con herramientas sociales y emocionales.

El mayor de los alumnos de la Escuela Amaranta Gómez es un niño trans de 16 años que, después de probar en varios colegios, por fin está tranquilo en una escuela. Él podría estar siendo preparado por sus profesores para dar exámenes libres, pero está en medio de un complejo proceso familiar. “Su papá lo apoya, pero el resto de la familia cree que lo trans es una etapa y que se le va a quitar. La familia le exige que le vaya bien en la PSU, pero no lo reconocen como persona”, cuenta Evelyn.

Desde algunas organizaciones de diversidad sexual les han criticado que esta Escuela es un ghetto.
Esa crítica no es acertada porque nuestros niños se enfrentan directamente al mundo. Tienen contacto a diario con la comunidad de la Villa Olímpica, donde está ubicada la escuela, y salen muy seguido a enfrentarse al exterior. Incluso han ido al Congreso, donde los evangélicos les gritaron de todo.

¿Y los niños cómo reaccionaron ante eso?
Los miraron en silencio como diciéndoles: ustedes no entienden nada.

Antes de ser directora, Evelyn Silva trabajó como profesora de inglés y coordinadora del Wall Street Institute. Recuerda que en 2013 se dio cuenta que algo no calzaba con la identidad de género del menor de sus cuatro hijos. “Le gustaba todo lo de niña. Para mí no era tema que él quisiera jugar con muñecas, ponerse tacos o usar maquillaje dentro de la casa. Lo dejaba. Pero para su papá empezó a serlo, y fuera de la casa también. En los cumpleaños, por ejemplo, él quería las sorpresas de las niñas y en el pinta-caritas pedía que lo maquillaran como mariposa”.

¿Cómo te sentías como mamá?
Me confundía, no entendía por qué quería eso, si para mí era un hombre. Me dijeron que lo pusiera en un jardín donde estuviera en contacto con más niños y se le iba a quitar. Pero fue peor. Ahí empezó a preguntarme por qué no podía ponerse en la fila de las niñas, ni usar sus delantales. Yo le trataba de explicar que era un niño, pero él me decía “¿no ves que mi espíritu es de niña?”. Lo tuve que sacar del jardín porque las niñas lo aislaban y los niños le pegaban.

Entonces Evelyn buscó ayuda en la OTD (Organizando Trans Diversidades), una asociación que desde hace años vela por los derechos humanos de las personas transgénero en Chile. “Ellos fueron muy honestos en decirme que no tenían mucha experiencia en infancia trans”, recuerda. “Pero me explicaron que sería mi hijo quien me iba a mostrar el camino. Entonces empecé a preguntarle qué tipo de ropa quería. Así apareció Selena. Ella eligió su nombre y empecé a dejarla ser”.

¿Cómo fue para ti verla de niña por primera vez?
Fue fuerte darme cuenta que estaba en mis manos permitir o no su proceso. Si yo no la dejaba ser niña, eso no iba a pasar. Fui yo la que le permití vivir su género-sentido. Fui yo la que la empecé a tratar de niña. Fui yo la que le empecé a decir por su nombre. Y el resto a mi alrededor me fue siguiendo el paso no más. Sigue siendo un proceso incierto. A veces me pregunto ¿y si no lo hubiera hecho? ¿Qué sería hoy, dónde estaríamos? Pero uno de los paradigmas de tener una hija trans es que no se trata de mí, sino que se trata de otro. Y ese otro también tiene derecho a hablar, a exigir, a vivir y a experimentar. A equivocarse y a sufrir.

Evelyn participó como voluntaria de la OTD dos años y luego se abocó a crear su propia comunidad, enfocada en dar apoyo a las madres y padres de niños trans. Así que creó la fundación Selena, de la que se hizo directora. Paralelamente, recorría jardines infantiles y pre-kinders buscándole un lugar a su hija. En algunos le decían que no tenían baños especiales, en otros que Selena podía entrar como niña pero que ni apoderados ni niños podían saber que era trans. En la mayoría asumían que no estaban preparados. Eso hasta que llegó al Colegio El Trigal, en Maipú, donde estuvieron dispuestos a aprender.

Selena entró con su carnet de identidad de niño, pero asistió a clases vestida como una niña. Hizo amigas, lo pasó bien, aprendió. En primero básico fue elegida reina del curso y por dos años todo anduvo bien. Pero en cuarto básico, aparecieron los conflictos. “Con los profesores nunca tuvimos problemas, con los niños tampoco. El problema fueron los apoderados”, recuerda Evelyn. “Hubo papás que no estaban dispuestos que a sus hijos hombres les gustara la Selena”.

El colegio la apoyó en cada uno de los temas que fueron saliendo, pero ella misma decidió que no podía estar a diario peleando por cada pequeño detalle para que su hija encajara. Así que se llevó a Selena a otro colegio, también en Maipú, al que ella desde la fundación ya habían asesorado antes. Ahí la aceptaron sin reparos. Hoy Selena es una alumna más de ese establecimiento. Tiene nueve años y sabe que es una niña trans, pero casi no tiene recuerdos de haber sido niño. Ha vivido más tiempo de su vida como niña y está contenta en su colegio.

Solucionado el tema, fue la propia Evelyn la que, ya no como mamá sino como profesora y mujer, quedó intranquila. Se dio cuenta de que su experiencia no era la única; la mayoría de los niños de la fundación que ella había creado estaban desescolarizados.

El origen de Amaranta Gómez

Ximena Maturana (37) vive en Ñuñoa y cuenta que le costó mucho conseguirle un colegio a su hijo en su comuna, así que toda la básica lo mandó a uno en Recoleta. “El primer establecimiento al que fue era sólo de niños y después de algunos años cerró, así que lo cambié a un colegio mixto. Ahí se empezó a juntar exclusivamente con las niñas. A los 11 años me dejó una carta en un sobre que decía “Léeme, por favor”. En ella me contaba que era mujer”.

¿Cómo reaccionaste?
Yo era muy ignorante. Busqué en Google qué era sentirse mujer pero en cuerpo de hombre. Ahí apareció la palabra transgénero. Vi algunos reportajes y me asusté. Leí harto. La verdad es que leía, pero no entendía. Miraba, pero no veía. Así que la llevé al sicólogo para ver cómo la podía apoyar.

Un sicólogo le dijo que su hijo tenía ansiedad y otro le dijo que era gay. En un principio Ximena se conformó con ese diagnóstico. Pero algo en el fondo no le terminaba de calzar. “Fui donde otro especialista y le pregunté por la posibilidad de que fuera trans. Me dijo que eso no existía, que era una fase de la infancia y que se pasaba”, cuenta. “Pasamos por cuatro sicólogos y cuatro siquiatras, hasta que una especialista en identidad de género conversó con mi hijo cinco minutos y al salir me dijo: ‘Ximena, su hija es transgénero. De hecho ya tiene nombre, se llama Ángela y le sugiero que la empiece a tratar como niña’. Yo quedé plop”.

¿Qué sentiste?
Por fin tuve la certeza de algo, pero a la vez me quedó un caos personal. No sabía cómo decirle a mi papá, que vive con nosotros, algo que ni yo misma entendía. En un momento le dije a la propia Ángela que no podía tratarla de ella, le propuse que fuera de hombre al colegio y cuando cumpliera 18 nos podíamos ir a vivir fuera de Chile, como ella quisiera. Al principio aceptó, pero al poco tiempo me dijo que no podía. Entonces me di cuenta que era su vida, no la mía. Le dije: te apoyo. Veamos qué pasa. Y empezamos.

¿Y tú papá cómo se lo tomó?
Fue el primero en apoyarla. Me dijo: “¿Es transgénico? ¡No importa!”, jaja. Aprendimos juntos. Quiso saber al tiro cómo había que decirle. Le expliqué que era ella y que se llamaba Ángela. “Perfecto”, dijo él y le compró maquillaje. Mi papá tiene 79 años, y lo único que le importa es que su nieta se sienta querida.

Pero en colegio no fue lo mismo. Cursó un semestre antes y un semestre después de transitar. Al volver a clases como Ángela, los profesores no sabían cómo tratarla, le hacían preguntas a ella sobre la transexualidad y varios le ponían reparos. Después de algunos meses, Ximena la sacó. “Pregunté en varios otros colegios y en ninguno se sentían preparados para recibirla. Aprendí que si ellos me decían eso, no tenía por qué enojarme. No era el espacio para mi hija no más”.

Buscando apoyo, Ximena llegó en 2017 a la recién creada Fundación Selena. “Hasta entonces pensaba que era la única mamá a la que le había pasado esto. Me decía ¿qué hice? ¿por qué le pasó esto a mi hija? ¿es mi culpa? Es que el mundo se te cae. Pero cuando ves a otros que papás de niños trans que están contentos con los procesos de sus hijos, te tranquiliza. Si ellos pudieron, ¿por qué uno no? La comunidad es esencial para vivir este proceso”.

Entre los niños de la fundación Selena, además de Ángela, varios habían comprobado lo difícil que era encajar en un colegio y muchos en vez de ir a clases se pasaban todo el día en su casa. Evelyn le propuso a Ximena que hicieran juntas un espacio de educación para ellos. No lo pensaron mucho, sólo se lanzaron. Reunieron voluntarios, consiguieron la sede vecinal de la Villa Olímpica de Ñuñoa y bautizaron el proyecto como Escuela Amaranta Gómez. “La Amaranta es una muxe, o mujer transgénero mexicana, muy reconocida en su país y a nivel internacional”, cuenta Evelyn. “Fue la primera muxe en llegar a la universidad y hoy es una importante activista”. Ya con nombre, una sede y seis alumnos, el 06 de abril del 2018, Evelyn y Ximena inauguraron la escuela.

La escuela transformada

Esta es una escuela completamente autofinanciada. Un cupo cuesta $180.000 mensuales por niño, pero hasta ahora ningún alumno lo paga. Evelyn y Ximena dicen que no podrían cobrarles y que han encontrado financiamiento a través de dos ONG internacionales, una norteamericana y otra suiza. “Las dos están muy interesadas en nuestro proyecto porque esta es la primera escuela trans a nivel lationamericano”, explican. Evelyn tiene el rol de directora y Ximena de coordinadora. Además de ellas cuentan una profesora de convivencia escolar y un reducido cuerpo docente. Todos trabajan voluntariamente. Hay una psicopedagoga que va una vez a la semana y una sicóloga cuyos sueldos están financiados por el Fondo Alquimia, a cargo de mujeres feministas que trabajan por los derechos humanos de mujeres, niñas y personas trans en Chile.

Los niños tienen clases de martes a viernes, de 09:00 a 14:00 horas, y están divididos en dos niveles, uno que va de 6 a 12 años y otro de 13 a 18 años. Se guían por la metodología Waldorf y las clases son personalizadas. Además de las cuatro materias base, en la Escuela Amaranta Gómez hay optativos de arte e inglés. Pero los profesores también están atentos a lo que a los niños les interese. Hace unos meses, uno dijo que le gustaría aprender a programar y consiguieron una estudiante en ingeniería en computación informática, curso que se ha hecho muy popular entre los alumnos.

Es por esto que prefieren mantenerse como escuela y no pasar a ser colegio, ya que de serlo dependerían de la malla del Ministerio de Educación. La primera alumna de la Escuela Amaranta Gómez fue la hija de Ximena, Ángela de 14 años: “Esta escuela es muy distinta. Al principio éramos seis niñes, una comunidad muy cercana y buena onda, no como en un colegio tradicional donde hay cursos de cuarenta alumnes con grupos que se odian entre sí, y que muchas veces pasa a convertirse en un espacio bastante tóxico”.

A pesar de haber comenzado como un espacio para niños trans, con el tiempo la Escuela Amaranta Gómez ha recibido a todo tipo de niños que no han encajado en el sistema. Niños que han sido víctimas de bullying en sus anteriores colegios, y menores derivados desde Tribunales de Familia, el COSAM o programas de apoyo y prevención de violencia intrafamiliar. “Si bien aquí los procesos académicos son más lentos, les entregamos a los niños herramientas emocionales. Queremos que tengan autovaloración, autoestima. Tenerlos todos los días nos ayuda a nosotros a entender más sobre la humanidad y los procesos de aceptación, y que ellos se entiendan mejor a sí mismos”, explica Evelyn.

“Esta es una escuela trans…formada. Una escuela que garantiza la libre expresión del ser. Aquí da lo mismo si eres transgénero, cisgénero, homosexual, heterosexual. Eres persona. Y son bienvenidos todos los niños cuyas familias crean que es posible construir algo distinto”.

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