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19 octubre, 2016
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El manantial sanador del sur de Francia

Las aguas de Avène fueron descubiertas casualmente en el siglo XVIII y desde entonces se les considera casi milagrosas. A las termas de este diminuto pueblo francés llegan cada año miles de personas en busca de cura para enfermedades de la piel. Entre ellas un niño chileno con dermatitis atópica severa. Esta es la historia de ese viaje.

Texto y fotos: Constanza López, desde Avėne, Francia


Paula 1211. Sábado 22 de octubre de 2016.

El recién inaugurado hotel recibirá a buena parte de los 2300 pacientes que cada año visitan el centro en busca de aliviar sus afecciones a la piel.

El recién inaugurado hotel recibirá a buena parte de los 2300 pacientes que cada año visitan el centro en busca de aliviar sus afecciones a la piel.

Primero fue un granito. Parecía un granito cualquiera. A los pocos días estaba infectado. Nicolás Lufi tendría 6 o 7 meses, su familia vivía en Calama, había un solo dermatólogo en la ciudad. “Le diagnosticó una alergia pasajera y le dio una pomadita”, recuerda Lily, la madre, sentada en el living de su casa en Huechuraba un día de mayo pasado. Pero la guagua no se sanó, y a ese primer granito comenzaron a sumarse otros, y un sarpullido. Nicolás lloraba incesantemente. Empezó entonces también el peregrinaje por distintos médicos. Algunos corticoides y antiestamínicos le hacían efecto, le aliviaban por un par de meses, pero el niño volvía a recaer. Finalmente dieron con un médico en La Serena que fue el primero que les habló de la dermatitis atópica.

Les explicó que la dermatitis atópica es una enfermedad crónica de la piel, cuyos síntomas más comunes son sequedad severa, enrojecimiento, picazón, erupciones, hinchazón y llagas, especialmente en los pliegues. Usualmente va asociada a otras alergias, a asma y, en el caso de los niños, a hiperactividad. Es tanta la desesperación que provoca la picazón, que comienzan a desarrollar trastornos del sueño y problemas en sus relaciones interpersonales. El 65% de los casos se manifiesta en el primer año de vida

Para cuando llegó el diagnóstico, la familia Lufi ya giraba día y noche en torno a Nicolás, sus constantes brotes, su irritabilidad y su deteriorada calidad de vida. Fue entonces, 1997, cuando decidieron venirse a vivir a Santiago. Leonardo, el papá, trabajaba en la minería y comenzó a viajar todos los fines de semana de la mina a Copiapó y de Copiapó a Santiago. Lily y sus cuatro hijos mayores se turnaban los cuidados “del Nico”.

En Santiago, por cierto, encontraron mejor acceso a dermatólogos pero también nuevas malas noticias: la alergia más severa de Nicolás era a los colorantes, con lo cual su alimentación se restringiría mucho, y sus problemas respiratorios se debían a un asma.

Recuerda el mismo Nicolás: “En los cumpleaños, me quedaba mirando, no podía comer nada. Si comía cualquier cosa con colorante, pasaba la noche rascándome, incluso dormido. Las sábanas amanecían llenas de manchitas de sangre”. Más de alguna vez, en el colegio, se rieron de él y le preguntaron si tenía piojos, si acaso no se bañaba. Los niños no entendían que se rascara sin parar. Él recuerda esos días con mucha pena.

Fruto del puro azar, a fines de 2014, justo cuando estaba con un brote muy severo, Lily, Leonardo y el niño cruzaron la puerta de la consulta del dermatólogo Jorge Yutronic, quien tenía gran experiencia en dermatitis atópica, sobre todo en grado severo, por sus años de ejercicio profesional en el Roberto del Río: “Nicolás venía mal”, recuerda el médico. “Tenía una picazón terrible, heridas en casi toda su piel, estaba deprimido por el malestar, la alergia no lo dejaba dormir”.
Yutronic le recetó Metotrexato, un medicamento de tonelaje mayor que debe administrarse bajo estricta supervisión y cuidando efectos colaterales indeseados, sobre todo a nivel de función hepática. Gracias a él, sin embargo, mantuvo a raya las recaídas. Además, Nicolás cumplió 14 años y de algún modo la madurez lo fue ayudando, sobre todo con los hábitos más tediosos que impone esta enfermedad, como aplicarse crema en todo el cuerpo al menos dos veces al día. El tratamiento primordial es restaurar la barrera cutánea y para esto la hidratación diaria es clave.

Fue también el doctor Yutronic el que lo inscribió en una lista que estaba elaborando la Fundación Pierre Fabre –propietaria de los productos Avène y del centro termal del mismo nombre, ubicado en el sur de Francia– para elegir a un niño chileno con dermatitis atópica al que llevar a Francia para que recibiera un tratamiento.

“Al principio no entendimos mucho de qué se trataba. Cuando captamos que eran tres semanas de cura en el sur de Francia, en un centro especializado, con todos los gastos pagados, no podíamos creerlo. Dios da sus bendiciones a quien esté dispuesto y humilde a aceptarlas”, comenta Leonardo, el padre, quien es un activo miembro de la iglesia mormona.

AL AGUA PATO
Nicolás y su hermana Rocío –la elegida en la familia para acompañarlo– aterrizaron en Montpellier el 29 de mayo. La ansiedad era total, él nunca había viajado, nunca había andado en avión. Quería saber de una vez qué se encontraría, cómo sería todo, después de meses de guglear sobre el Centro Termal Avène y el tratamiento que recibiría.

Tras dos horas de viaje por tierra en dirección al sur, llegaron a Avène, un diminuto pueblo medieval de 80 habitantes, ubicado en el parque regional Haut-Languedoc. Se trata de 26 mil hectáreas de montes y valles, ríos, riachuelos y un cielo azul intenso. A menos de un kilómetro está el centro termal, constituido por una clínica, el Laboratorio del Agua, una enorme fábrica, oficinas corporativas, dos o tres edificios de baja altura (tres pisos), un hotel recién estrenado para los pacientes y amplios espacios de jardines y flores.

Los hermanos Lufi se instalaron en un pequeño departamento de dos dormitorios y una linda vista al valle. Esa noche prácticamente durmieron con los ojos abiertos a causa de la ansiedad y al día siguiente comenzó la travesía curativa. La dermatóloga Sabine Petit se hizo cargo de Nicolás. Tras un examen clínico exhaustivo, les explicó en detalle en qué consistiría la terapia que ocuparía todas las mañanas de los 21 días de residencia.

Nicolás en mayo pasado: piel reseca y enrojecida, alergia en los ojos y pliegues del cuello irritados. Es su “estado normal”, esto es, cuando está bien.

Nicolás en mayo pasado: piel reseca y enrojecida, alergia en los ojos y pliegues del cuello irritados. Es su “estado normal”, esto es, cuando está bien.

Primero, 20 minutos sumergido hasta el cuello en una tina parecida a un jacuzzi. La temperatura del agua a 25°, las burbujas y el hidromasaje permitirán que la piel de Nicolás, resecada y rígida producto de la dermatitis atópica, se flexibilice y recupere suavidad.

Luego, una ducha de tres minutos con decenas de chorritos de diversa intensidad lo ayudará a botar células muertas. Finalmente, la misma doctora Sabine Petit le aplicará agua con un pulverizador por todo el cuerpo, que tiene por objetivo calmar el escozor. Además, debería tomar religiosamente un litro y medio de agua de manatial al día e irían complementando esta rutina con compresas locales y el uso de cremas dermocosméticas Avène dos veces al día.

Nicolás fue muy aplicado y colaborador. Usualmente en Santiago le aburre mucho encremarse, por ejemplo, pero en Francia siguió las instrucciones al pie de la letra con la compañía y el ojo vigilante de su hermana Rocío. “A los pocos días ya comencé a sentirme mejor. Me rascaba menos y estaba más despejado para respirar”. Por las tardes, paseaban por el pueblo, y Nicolás jugaba básquetbol o play station durante los días de lluvia. Sus compañeros del Victorino Lastarria le mandaban trabajos y lo ayudaron a mantenerse más o menos al día con el colegio.

Ya al finalizar el tratamiento, su piel estaba suave y emulsionada. En los meses siguientes mejoró aun más.

Ya al finalizar el tratamiento, su piel estaba suave y emulsionada. En los meses siguientes mejoró aun más.

Marie-Ange Martinic, química farmaceútica y directora de la estación termal, explica: “Como el agua regulariza las capas externas de la epidermis, las desinflama y mejora la cicatrización. Debido a sus propiedades calmantes, antiirritantes y antiinflamatorias, se usa también para patologías como eritemas, pruritos, rojeces y sequedad”.

El programa contempla este esquema de tratamiento común para todas las enfermedades –incluso para quienes no tienen una causa patológica (ver recuadro)– y cuidados complementarios recetados individualmente. “Hay bañeras adaptadas para guaguas, duchas capilares, pulverizaciones bucales para la gingivitis y las afecciones de la boca, chorros a presión que tienen un efecto sedativo y emoliente, duchas filiformes, compresas de agua termal, masajes al cuero cabelludo y también bajo el agua”, añade Martine Butault, encargada de Relaciones Internacionales de Avène.

El agua que se extrae –a 150 metros de profundidad para evitar cualquier tipo de contaminación– es agua de lluvia que lleva entre 50 y 100 años recorriendo la tierra y adquiriendo los minerales, oligoelementos y microflora que le dan sus características.

El agua que se extrae –a 150 metros de profundidad para evitar cualquier tipo de contaminación– es agua de lluvia que lleva entre 50 y 100 años recorriendo la tierra y adquiriendo los minerales, oligoelementos y microflora que le dan sus características.

Aunque entre los habitantes de los alrededores, las termas son conocidas como “agua bendita”, el doctor Didier Guerrero, dermatólogo, tiene una explicación más científica: “Lo que yo puedo decir es que es bacteriológicamente pura, poco mineralizada, guarda una concentración pareja de oligoelementos, y una relación perfecta entre calcio, magnesio y bicarbonato. Los efectos beneficiosos de estos minerales son conocidos y compartidos por aguas de otras fuentes termales, pero el descubrimiento fundamental respecto de Avène –que surgió de una investigación de nuestro Laboratorio del Agua en colaboración con el Observatorio Oceanológico Banyuls-sur-Mer– es la presencia de una microflora denominada aqua dolomiae. Ella es la responsable, en gran parte, de las cualidades antiinflamatorias y antiirritantes de las aguas”.

Eso explica que cada año, en la temporada que va de principios de abril a fines de octubre, el centro reciba un promedio de 2300 pacientes, el 35 por ciento niños menores de 15 años. La mitad tienen menos de 5. Vienen buscando alivio desde todas partes del mundo y suelen hacerlo, sobre todo en el caso de los pequeños, durante un par de años consecutivos. El cambio que se produce en su piel y, sobre todo, el hecho de que deje de picarles, produce un cambio notable en el carácter: se vuelven menos irritables, andan más tranquilos y contentos.

El 18 de junio fue el último día de tratamiento de Nicolás. Almorzó pasta y carne junto a un grupo de personas de Avène a modo de despedida, y por la tarde lo recibió por última vez la doctora Petit en su consulta, empapelada por los dibujos que le han dejado los niños que han pasado por ahí.

Las estadísticas propias de Avéne señalan que hay una mejora significativa de los síntomas clínicos en el 85 por ciento de los casos. Los resultados de Nicolás estuvieron bajo las expectativas clínicas, pero la dermatóloga le explicó a él, a su hermana y al doctor Jorge Yutronic, que lo acompañó durante la última semana de tratamiento, que en muchas ocasiones el efecto mayor es residual, posterior.

Y así fue.

Hace justo dos semanas, Nicolás, quien ya cumplió 15 años, tuvo un nuevo control con el doctor Jorge Yutronic. “Está impecable, nunca lo había visto tan bien. No hemos vuelto a necesitar que tome Metotrexato. No ha tenido crisis de asma ni de rinitis en toda la primavera, ni prurito alguno. Hasta le cambió el color de la piel”.

EL LABORATORIO DEL AGUA
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Las aguas de Avène fueron descubiertas casualmente en el siglo XVIII (dice la leyenda que sanaron la piel al caballo del marqués de Rocozels) y reconocidas científicamente en 1874 por la Academia de Medicina Francesa. La estación funcionó intermitentemente desde entonces y en 1975 fue adquirida por el farmacéutico francés Pierre Fabre, que había fundado su laboratorio en 1961. En 1990 desarrolló un nuevo centro y la planta de producción de los productos Avène, cuyo principal principio activo es el agua, que extrae directamente de la terma a 150 metros de profundidad para evitar cualquier contaminación.

Bertrand Selas, responsable del Laboratorio del Agua del Centro Termal, detalla el recorrido “histórico y geológico” que sigue el agua:

Si hoy lloviera en Avène, una porción de esa lluvia caería en un sector específico de la tierra que se llama impluvio. A partir de ahí, hará un trayecto subterráneo que puede durar entre 50 y 100 años. Durante ese periodo, el agua atravesará las rocas y captará carbonato de calcio y magnesio. En otras rocas, siempre en su lento recorrido, captará litio y oligoelementos. Así irá adquiriendo su identidad físico-química. A medida que va descendiendo se irá calentando a razón de 3 grados cada cien metros. Llegará a 1500 metros de profundidad y a 665 grados de temperatura. Entonces se producirá un fenómeno natural en el que las aguas más ligeras y calientes subirán, mientras las frías y densas seguirán bajando. Las que suben, van perdiendo temperatura y al brotar de la fuente ya están a 26,5 grados”.

Gracias a este extraordinario proceso, a pesar de los cambios climáticos, el caudal se mantiene estable en 70 mil litros por hora, de los cuales Avène utiliza el 10%.

Hoy, químicos, médicos y geólogos siguen investigando en busca de nuevas aplicaciones de este regalo de la tierra, ya sea para los tratamientos que ofrecen como para los productos Avène. Ya tienen 300 estudios publicados y 80 investigaciones sobre las características del agua.

El Laboratorio del Agua del Centro Termal AvÈne ya tiene más de 300 estudios publicados sobre las características del agua.

PARA PIELES SENSIBLES
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La mayoría de los pacientes o “curistas” que llegan al Centro Termal Avène sufre alguna enfermedad; el 40 por ciento dermatitis atópica severa; otro 40 por ciento tiene psoriasis, y el 20 por ciento restante se divide entre quienes han sufrido una quemaduras, mujeres con mastectomía y enormes cicatrices y otras personas que simplemente sufren por la extrema sensibilidad de su piel.

Para aquellas, existe un programa especial llamado SensiCure, que dura seis días. Se inicia con una consulta médica de evaluación y consiste en el mismo régimen diario con agua termal que recibió Nicolás seguido de dos tratamientos estéticos para pieles sensibles, con la gama de productos dermo-cosméticos Avène.

Además, se tiene acceso libre a las conferencias y talleres de maquillaje corrector, relajación, dietética y nutrición.
El costo es de 600 euros aprox (no incluye alojamiento). www.avenecenter.com

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