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9 mayo, 2018
orla

El oro nazi oculto en los tractores

Entre 1990 y 2006 unos misteriosos alemanes recorrieron el sur pagando sumas exorbitantes por unos oxidados tractores Lanz. Se rumoreaba que tenían en sus motores oro robado por los nazis. Muchos han perseguido el mito y, esta vez, un periodista obsesionado con él partió a preguntarles a los testigos que quedan y a buscar a alguno de esos tractores para verificarlo.

Texto y fotos: Roberto Farías


Paula.cl

¡Dios mío! Es mitad de febrero. Llevo 600 kilómetros manejando en medio de olas de calor, lagos, ríos anchos y lentos y campos verdes y nada. ¡No he visto ni un solo tractor Lanz! Hace solo 10 años, esas chatarras agrícolas eran características en las entradas de los fundos del sur. Ahora busco y no encuentro ninguno. Me siento
como esos “cazadores de historia” que recorren las llanuras de Estados Unidos arrebatándoles sus chatarras a ancianos con mal de Diógenes.
Realmente ya no queda ningún Lanz. Parece que el mito era cierto: se los llevaron todos.
Entre mediados de 1998 y 2006 dos parejas de conspicuos alemanes y austriacos recorrieron el sur chileno, desde Los Ángeles hasta Osorno (la zona triguera y de la colonización alemana), comprando los viejos tractores alemanes Lanz que encontraban. Según cifras del Puerto Valparaíso, que reporteó TVN en 2006, se llevaron cerca de 1700 tractores de vuelta a su país de origen declarándolos como maquinaria en desuso.
Los Lanz eran una máquina singular. Entre locomotora a vapor y Ford T. Tenían un solo pistón gigante. Sonaban como helicópteros. Y tenían una fuerza descomunal. Desde 1928 hasta 1956, la automotora Gildemeister importó a Chile cerca de 3 mil. Con ellos se industrializó el campo chileno. Eran un lujo. Solo los fundos y agricultores pudientes los tenían. Los colonos alemanes, muchos. Pero con el paso de los años y las nuevas máquinas, quedaron en desuso. Muchos los vendieron como fierro por kilo. Los chatarreros pagaban 20 mil por uno oxidado o hasta 200 mil por uno casi funcionando que sirviera de adorno.
Pero en 1998 comenzaron a ser comprados por dos alemanes cincuentones. Pagaban un millón, dos millones, hasta tres. Y solo buscaban algunos modelos. Hoy
quedan pocos testigos para confirmar la historia. Cuesta encontrarlos, tanto como los tractores.

***

En Mocopulli, cerca de Osorno, el alemán Bernardo Eggers exhibe vehículos antiguos. Tuvo un Lanz y se ríe picaresco tras sus lentes. No cree el mito. “Sería tonto un alemán que escondiera el oro y lo mandara oculto en tractores a Sudamérica con todas las posibilidades de que se le perdiera”. Eggers no cree que haya alemanes tontos.
Sin embargo, no se ha encontrado ni la mitad de las riquezas saqueadas por los nazis durante la Segunda Guerra: pinturas, joyas y oro de los bancos centrales de los países invadidos. Hay muchos mitos sobre qué pasó con ellos: que fue arrojado al Lago Toplitz, en Austria, que fue enviado a Sudamérica en submarinos para financiar la fuga de los jerarcas.
Hace un año unos cazatesoros buscaron en Polonia un tren completo cargado con oro nazi sepultado en un túnel de montaña. Nadie halló nada. Y está el mito de que habría sido ingeniosamente oculto como piezas de motores de tractores y estos enviados a Sudamérica para recuperarlo después.
Conduzco 200 km a Valdivia y ¡nuevo fiasco! Acaba de concluir la Expoláctea, una feria agrícola en la isla Teja, donde algunos agricultores exhiben sus viejos tractores. Este año, no llegó ningún Lanz. Me dan el dato de que en Lanco, una pequeña ciudad al norte de Valdivia, ocurrió todo. Y que todavía puede haber tractores Lanz.

***

Lanco alguna vez fue casi famoso porque hubo una estación de trenes y picadas de camioneros. Pero luego que la Ruta 5 bypasseara el pueblo, ya no queda mucho ahí. A las cuatro de la tarde parece roncar la siesta a gritos. Pero basta decir tractores alemanes Lanz, oro nazi y más de alguno tiene algo que decir. Un taxista Galdames dice que guió a los alemanes cuando arribaron. En el antiguo hotel La Ruta, la dependienta Angélica recuerda a la pareja germana que se alojó ahí unos días. Asegura que nunca se despegaban de su maletín. “Un maletín como de doctor”.
–Incluso lo llevaban al baño –dice suspicaz.
“El que sabe, es un caballero de un taller mecánico”, me asegura.
Víctor Cuvertino es el hombre del taller. Vive al final de Lanco y está enfermo del corazón. Desde el 2006 ha contado varias veces su historia en la prensa. La primera vez en TVN, luego al diario Austral de Valdivia, después a la revista Mira. Pronto saldrá en un programa de Chilevisión llamado Chile Insólito.

–Como tenía unos Lanz vinieron unos alemanes y me ofrecieron comprar uno. ¡Había comprado esa chatarra en 20 mil pesos y me dieron un millón! Me ofrecieron
buscarles más y empezamos a comprar tractores.
Los alemanes eran hermanos: Thomas y Hans Tisch. Pagaban desde 500 mil hasta tres millones por aquellas chatarras. Buscaban un modelo en particular, el Lanz Bulldog 45 y que sus largos números de serie terminaran en 707 o 747.
También se contactaron con otros compradores: Pedro Cuevas en Lanco, Gustavo Puig y José Koch en Osorno, y Bienvenido Pezoa en Los Ángeles. Todos dejaban los tractores en un predio a la entrada de Victoria que hoy es el patio de una tienda comercial.
Cada 6 meses llegaban de Alemania los hermanos Tisch, Thomas revisaba los números de serie en unos listados, sacaba el efectivo del maletín, pagaba y se despedía. Después venía un contenedor y se los llevaba a Valparaíso. Llegó a importar 30 contenedores con tractores.
–Nunca supe que tenían oro ni nada –dice Cuvertino–, hasta que el señor Cuevas me dijo y empezamos a sospechar.

***

Pedro Cuevas, conocido como Tatín, es un comerciante de Lanco. Hoy regenta el night club Paraíso II a la salida del pueblo. Dice que tenía un predio junto donde había reunido tractores viejos para venderlos por kilo y, efectivamente al verlos, los hermanos Tisch le ofrecieron comprarle solo los Lanz. Había pagado 20 mil y les cobró un
millón. ¡Estupendo negocio!
Casi deja su trabajo por buscar tractores. Recorrió desde Rancagua hasta Chiloé tras ellos. Pagaba 200 mil y les cobraba hasta dos millones a los Tisch. Hasta que cerca de 2004 pasó una segunda pareja de interesados.
–Eran austriacos. Uno era Janz. El otro se llamaba Pierre Vercheldy o algo así.
Le dijeron: “Pedro, te pagamos más que Thomas Tisch”. Así que un día los llamó para que vinieran a Chile a buscar varios tractores que había conseguido y otros que tenía vistos.
–Una noche los llevé a Teodoro Schmidt para ver uno que había tratado previamente. El austriaco tomaba y una noche que lo vi pistoneado (bebido), le pregunté por qué tanto interés en los tractores.
–Tienen oro, Pedro. Tienen oro escondido: 2 kilos 200 cada uno –me confesó.
–¿Dónde? –le pregunté.
–Ah no sé, búscalo tú.
Llegó a Lanco y desarmó un Lanz cualquiera y en la parte del diferencial, habían una serie de bujes (anillos de metal sólido para evitar el roce entre las piezas) de un metal que no se había oxidado. Los pesó: eran 2 kilos 200 gramos. Pero no eran de oro. Poco después, los alemanes no volvieron jamás.

***

Pedro Cuevas me da otro dato. En la entrada de Los Ángeles el empresario Bienvenido Pezoa Schuffeneger también vendió tractores Lanz. Cree que incluso todavía tiene contacto con los Tisch.
–Lo del mito es puro cuento –dice un sobrino de Bienvenido que conoció a los Tisch. –Los alemanes los buscaban porque allá es un hobby. Durante años nos escribimos con Thomas Tisch. Incluso nos invitaron a las exhibiciones de tractores a Alemania, pero nunca fuimos.
Su tío vendió 30 o 40 tractores a los hermanos Tisch. Hace poco supieron que uno murió. Fue la última noticia que tuvieron.
El artista visual Patrick Hamilton hizo una obra sobre el mito del oro en los tractores Lanz. La ha exhibido en Chile, México, Colombia y actualmente en Roma. Le escribo. No tiene ningún dato nuevo.
El novelista Francisco Ortega usó el mito para su novela de misterio El Verbo Kaifman, donde a partir de los números de serie de los tractores alemanes, un investigador completa un código encriptado por los nazis que arrastra a mitos inmemoriales ocultos en la Patagonia. En el prólogo, Ortega explica:

“Esta historia se basa en hechos reales y si alguien realmente le interesa el tema de los tractores no dude en contactar a Thomas Tisch” y entrega un mail.
El periodista Claudio Núñez escribió al mail en 2006 y obtuvo esta respuesta de Thomas Tisch, que publicó en la desaparecida revista Mira de Temuco: “Es la primera vez que escucho de la mítica relación del oro nazi y los tractores Lanz. La idea es totalmente tonta y, además, irrealista. Durante la II Guerra Mundial ningún tractor se exportó desde Alemania. Al final de la guerra, y entre 1946 y 1948, difícilmente se produjeron tractores, dada la escasez de materiales y la destrucción de fábricas (…). En 1949,
Lanz comenzó a producir tractores en números significativos. En cuanto a las exportaciones transoceánicas, Australia recibió varios miles de tractores en 1949 y 1950. En 1950, 1951 y 1952 una gran cantidad fue a parar a Argentina. En 1953, Chile debió haber importado unos mil. Se trajeron pocos en los años previos y posteriores. Esos son los hechos”.
En 1956 Lanz fue comprada por la firma John Deere y la marca se convirtió en un clásico. Le escribo a Thomas Tisch en febrero de 2018. Tras unas horas, el correo me rebota. Parece que efectivamente el misterioso alemán que compraba los tractores en Chile murió con su mito.

***

Persigo un último dato: me dicen que en un minúsculo pueblo lechero llamado Pelchuquín, de regreso a Valdivia, quedaría un último tractor Lanz. Debo verlo. La obsesión ya se apoderó de mí.
Me guían hasta un camino lateral. Voy. Completo 600 km de praderas, silos y vacas. En medio de la nada, unos trabajadores apilan inmensos rollos de pasto. Sobre la montaña, Eduardo Horn.
–Me dijeron que usted tiene un Lanz –le grito.
–¡Otra vez con esa historia! –dice después cuando le comento que ando tras el mito del oro nazi en los tractores.
Cada tanto tiempo aparece algún…
–¿Idiota? –lo interrumpo.
–Periodista.
Según él, esto empezó en los 80 o 90, cuando era niño. Venían muchos de Alemania a buscar los tractores y se los llevaron todos porque allá hay montones de coleccionistas. Su padre Ricardo Horn compró uno, que después él restauró.
–Hoy un viejo Lanz vale en Europa entre 10 mil hasta 60 mil euros –dice. Es más o menos lo que vale dos kilos de oro: 40 millones de pesos. El mito cuadra.
Eduardo Horn abre la puerta de un pequeño galpón y, por fin, veo la vieja máquina. Es bello. Azul con ruedas rojas. Quizás porque me ha costado tanto ver uno, más valor le doy.
El valor es un concepto que amarga a los filósofos y anticuarios. Lo que tiene valor para uno, carece para otro. Lo que tenía valor de chatarra para los chilenos, podía tener valor de antigüedad para los alemanes. No era oro nazi, sino otra riqueza aún más difícil de descifrar.
El tractor de Horn es de 1934. Varios se han acercado a comprárselo, pero no lo vende. Parece que me leyera el pensamiento:
–Lo he desarmado entero. No tiene oro.
Comento todo esto con el ingeniero mecánico Walter Parancán y se ríe a carcajadas: “El oro no tiene ninguna funcionalidad mecánica”, dice. “No es duro, se funde a bajas temperaturas, no resiste la fricción. Sería totalmente inútil dentro de un motor, lo habrían pillado al tiro”.
Y, entonces, ¿dónde está el oro?

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