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2 julio, 2015
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Violencia obstétrica: el reclamo de la mujeres

En foros de internet, en las oficinas de reclamo de las clínicas y hospitales e incluso en los juzgados, las chilenas están expresando su molestia por lo que consideran un maltrato durante el parto: inducciones innecesarias, excesivos tactos vaginales, que les presionen el vientre para que la guagua salga o que las reten por no saber pujar. El tema ya llegó a la Cámara de Diputados, donde hace poco ingresó un proyecto de ley que busca sancionar lo que las mujeres recién se están atreviendo a denunciar como violencia obstétrica.

Por Pilar Navarrete / Producción periodística: Constanza Rodríguez / Fotografía: Rodrigo Chodil / Producción: Álvaro Renner


Paula 1177. Sábado 4 de julio de 2015.

El 23 de marzo de 2015, Mariana Álvarez (33) se sentó en el computador a escribir en el sitio Reclamos.cl: dos meses antes había tenido una mala experiencia en su primer parto, al punto que todavía tenía pesadillas con ello. Sentía mucha rabia y necesitaba desahogarse.

“El 9 de enero de 2015, con 37 semanas de gestación y un embarazo normal, visité en su consulta a mi ginecólogo, que es parte del equipo médico de una clínica en Providencia, para un control. Él nunca me informó lo que iba a hacer. Simplemente me pidió que me acostara en la camilla para lo que aparentemente iba a ser un tacto vaginal. Me dijo: ‘esto te va a doler’. Pero el dolor fue terrible. Se lo dije. Me dijo que aguantara, mientras seguía rasguñando, raspando con sus dedos. Quise cerrar las piernas, pero no pude. Cuando me levanté de la camilla el piso estaba manchado de sangre, me asusté; él tapó inmediatamente con toalla de papel. Con nerviosismo me dijo que era normal que me doliera y sangrara”, relata Mariana.

Al día siguiente, una desconocida le dejó un comentario. Decía: “Denuncien. Muchas mujeres no saben que en el tacto previo al parto muchas veces les rompen la membrana sin su consentimiento”.

Entonces a Mariana algo le hizo clic. “Me puse a leer en internet y descubrí que la llamada Maniobra de Hamilton (la que le practicó su doctor en la consulta), era una técnica que se realiza solo en casos extremos, que en muchos casos esa práctica lleva a que los embarazos terminen en cesáreas; que es una maniobra desaconsejada por la OMS y que en muchos países a todo lo que yo había vivido lo llaman violencia obstétrica”.

El mismo día en que el médico de Mariana le hizo ese doloroso tacto vaginal –de hecho, solo minutos después–, le contó que estaba por irse de vacaciones. Desde entonces, ella está segura de que la maniobra la hizo para adelantar su parto, porque sangró los cuatro días siguientes en su casa, empezó con contracciones y el 13 de enero rompió bolsa. Partió a la clínica, donde la mandaron de vuelta a su casa. Treinta horas después volvió a la clínica y tuvo una cesárea de urgencia, porque había perdido todo el líquido amniótico. El parto no fue asistido por su médico tratante, porque efectivamente se había ido de vacaciones, al igual que su matrona. Fue atendido por el médico reemplazante, al cual nunca había visto. Matilda, su hija recién nacida, tuvo que ser internada en la UTI por sospecha de sepsis: una infección a la sangre cuya causa nadie se dio el tiempo de explicarle.

Por esos días, cuando su hija aún estaba en la UTI, Mariana interpuso un reclamo en la oficina de informaciones de la clínica. Ocho días después recibió por respuesta una carta escrita en un lenguaje médico que estuvo lejos de satisfacerla. Al final de ella se lee: “En resumen, la conducta de la clínica siempre estuvo apegada a los protocolos definidos ante el cuadro clínico presentado por usted y su hija”.

Mariana pensó que todo quedaría ahí, hasta que leyó esa palabra en internet: violencia obstétrica.

“Era la primera vez que escuchaba ese término. Pero al conocerlo tomé una decisión: que haría todo para que esto se visibilice, para que se sepa, porque yo fui víctima de violencia obstétrica por ignorancia. Por no saber”, dice.

Desde entonces, ha estado centrada en ello, sobre todo después de que la contactara Claudia Candiani, la abogada que se hizo conocida por el caso La Polar, y quien tras rastrear su historia en el sitio de reclamos, la instó a demandar a la clínica utilizando una vía inédita: acusando de infracción a la Ley del Consumidor, cuando lo usual en estos casos es abogar a la Ley de Derechos y Deberes del Paciente (ver recuadro).

Tras reunir un listado de pruebas, el pasado 12 de junio en el Juzgado de Policía Local de Providencia presentaron la demanda. “No quiero que esto le pase a otra mujer”, arroja Mariana.

La violencia obstétrica se divide en dos dimensiones: las intervenciones innecesarias (antes o durante el parto) y el maltrato y falta de respeto a las mujeres en la atención del nacimiento.

40 TESTIMONIOS EN UN DÍA
Eran tantas las historias de malas experiencias en el parto que habían escuchado, que a fines del año pasado la sicóloga Daniela Sanhueza (31) y la fotógrafa Paola Pérez (24) decidieron armar un sitio en facebook que llamaron Basta de Violencia Obstétrica. Al día siguiente de estrenarlo tenían más de 100 Me gusta. Pero la avalancha de seguidoras llegó después de dar una entrevista en la radio. Solo ese día recibieron cuarenta testimonios de mujeres. Con el pasar de los días, los relatos llegaron a cien. Y en esas historias advirtieron que había patrones que se repetían.

“Había mujeres que decían que habían llegado a urgencia y no las habían atendido, mujeres a las que les habían acelerado el parto, rompiéndoles la membrana con los dedos o les habían inyectado oxitocina sintética provocándoles unas contracciones del terror. Mujeres que habían quedado mal cosidas después de que les habían hecho episiotomías –un corte en el perineo que ensancha la vagina para facilitar el parto–. Y mujeres a las que les negaron el agua, no les traían ropa seca o no las dejaban ver a sus guaguas”, relata Paola Pérez.

Daniela Sanhueza agrega: “Uno se imagina que la violencia obstétrica ocurría con frecuencia hace 10 o 15 años atrás, pero empezaron a llegarnos testimonios de este año, del mes pasado, de la semana pasada. Las mujeres decían: ‘mi parto fue una pesadilla’ o ‘no quiero volver a tener más hijos después de lo que pasó’”, comenta Daniela.

Para sistematizar lo que habían descubierto, armaron un sondeo de 14 preguntas y lo subieron a facebook. La primera era “¿Has vivido alguna situación de violencia obstétrica?” y 69,8% de las 882 encuestadas respondieron que sí; la mayoría dijo haberlo vivido el último año. Otro dato relevante que arrojó la muestra, es que las denuncias eran socialmente transversales: 33,6% de las mujeres que reconocieron haber sido víctimas de violencia obstétrica se habían atendido en clínicas privadas.

Fue en los años 70 y 80 cuando en la antropología médica por primera vez se empezó a hablar de violencia obstétrica para referirse a cómo la medicalización del parto había llevado a la mujer a perder protagonismo y autonomía a la hora de parir, exponiéndose con ello a intervenciones que los médicos decidían sin explicarle ni informarle.

Pero en Chile no fue sino hasta 1997 que el término comenzó a ser estudiado. La antropóloga médica Michelle Sadler, académica de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile, fue la primera en prender una luz de alerta de lo que estaba sucediendo en las maternidades chilenas, cuando, como parte de la investigación para su tesis, se instaló en dos hospitales a observar partos. Lo que vio en terreno quedó registrado en Así me nacieron a mi hija, de 2003, disponible en internet.

“Hasta ese momento, yo tenía visibilizada la violencia que relataba la literatura internacional: las intervenciones innecesarias, el hecho de que las mujeres no fueran protagonistas de su parto. Pero lo que no sabía, era la crudeza que se vive a diario en las maternidades”, dice.

Según explica la antropóloga, la OMS reconoció el año pasado que el maltrato y la falta de respeto en la atención del parto existe, pero no ha dado una definición específica al término violencia obstétrica. Quienes estudian el tema suelen guiarse por lo que dice la Ley sobre el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia dictada en 2007 por Venezuela, el primer país en tipificar la violencia obstétrica de manera legal. En esa norma se reconoce que puede existir violencia en la relación entre el equipo médico tratante y la mujer en edad reproductiva, la que se expresa en el trato deshumanizado, en un abuso de medicación y patologización innecesarias de los procesos naturales, lo que trae como consecuencia la pérdida de autonomía de la mujer y de su capacidad de decidir libremente sobre su cuerpo, su sexualidad y reproducción, impactando negativamente en su calidad de vida.

Así, según explica Sadler, la violencia obstétrica puede dividirse en dos dimensiones: una relacionada con las intervenciones innecesarias –las cesáreas, las inducciones, el uso de la oxitocina sintética, las episiotomías–, y la que habla sobre el maltrato y la falta de respeto en la atención del nacimiento.

“Esa dimensión –que te reten, que te humillen, que no te entreguen información– es para muchos todavía difícil de reconocer como violencia, porque está normalizado por los equipos médicos y también por las mujeres. Eso ocurre porque desde hace décadas la reproducción se asume desde una visión patologizada de la mujer. Es algo que nosotras mismas tenemos integrado, al punto de que cuando menstruamos decimos que estamos enfermas. Y en esa concepción, la única forma de salvarnos de nuestro destino biológico patológico es entregándonos al control médico”.

Han pasado 17 años desde que Michelle Sadler hizo esa investigación. Pero aún, asegura, sigue escuchando las mismas historias de las mujeres. “Lo que está cambiando es el lugar de las usuarias: el empoderamiento de la sociedad civil, las redes que antes no existían, han hecho que reclamen, que se informen y que se empoderen. Este movimiento de no conformismo está cambiando las cosas”.


A Mariana Álvarez su ginecólogo le hizo un doloroso tacto vaginal que la dejó sangrando cuatro días y la hizo romper bolsa antes de tiempo. Asesorada por una abogada, acaba de demandar a la clínica donde tuvo su parto.

PARTO CON SHOW
Evelyn López (25) todavía recuerda con impotencia el nacimiento de Gaspar, su único hijo que hoy tiene casi 2 años. Como ya estaba en la semana 40 y la guagua estaba encajada, se fue al hospital el 21 de septiembre de 2013, tal como le había dicho su matrona. “Llegué tranquila, acompañada de mi mamá y mi pareja. Pero cuando me ingresaron me quedé sola: a ellos no los dejaron acompañarme”, dice.

Para inducir el parto, ese sábado le pusieron Misotrol, un fármaco análogo de la prostaglandina sintética que gatilla las contracciones. Pero como no se le desencadenaron, el domingo le colocaron una nueva dosis. “El lunes 23 de septiembre, cuando llegó el médico jefe, empezó a retar al personal: ‘¿Cómo esta señora lleva todo el fin de semana acá?’, dijo mirando la ficha. Entonces, me revisó y me puso Misotrol de nuevo; al mediodía ya tenía 4 centímetros de dilatación”.

La llevaron a la sala de preparto. Evelyn recuerda que entraron seis rondas de estudiantes de Medicina. “En cada ronda, el doctor hacía un tacto y luego les tocaba a los estudiantes. Me deben haber hecho unos seis tactos muy dolorosos. Ni siquiera me preguntaban cómo me llamaba ni me pedían permiso para revisarme. Solo miraban y decían: ‘Señora, alístese que la vamos a revisar’. Luego, llamaban al paramédico para que me hiciera un lavado, para que después me revisara el equipo siguiente. Todo con agua helada como hielo. Yo tenía mucho frío”.

“En esa sala había seis mujeres; una de 15 años gritaba desesperada del dolor. La matrona la empezó a retar y le decía: ‘Cállate, que eres alharaca. ¿No te gustó tanto hacer la guagua? Te apuesto que esa vez no gritaste tanto’. Comencé a asustarme. No me dejaban estar de pie, caminar ni moverme en la camilla. Me afirmaba de las barandas de la cama para aguantar el dolor de las contracciones. Desde la mañana tenía sed y me negaban el agua; un estudiante en práctica me la dio a escondidas”.

“Cuando llegó el anestesista, me dijo que me sentara. No sabía en qué posición ponerme y no me explicaban cómo hacerlo. Entonces me puse a llorar. Le pregunté: ¿cuánto dura el efecto? Y el anestesiólogo me contestó: ‘Cállese, a mí no me importa dejarla sin anestesia’”.

Cuando ingresó a pabellón, Evelyn se sentía afiebrada y adormecida por la anestesia. Apenas manejaba la parte inferior de su cuerpo. Su ficha clínica indica que ya tenía 38,1 grados de temperatura. Por eso cuando el médico le dijo que pujara, no tenía fuerzas. “El médico se enojó y me empezó a decir: ‘Usted no sabe pujar, así no va a poder nacer su bebé, voy a tener que usar fórceps’. Le dije que no, que me dejara intentarlo, pero me respondió que no fuera alharaca”.

Entonces el doctor le hizo una episiotomía y con ayuda del fórceps sacó a su hijo. Evelyn apenas pudo darle un beso porque segundos después empezó a sentir náuseas. Vomitó.

Tras el parto, la cosió el médico residente que asistía al médico jefe. La llevaron a la sala de recuperación; le pasaron a su guagua y le dijeron que le diera de mamar. Pero se sentía tan mal, que no era capaz de tenerlo en brazos. Aún sentía náuseas. Empezó a gritar para que la ayudaran. “Llegó una matrona y me dijo: ‘¿Qué te pasa? ¿cómo se te ocurre hacer show?’. Me tomó la temperatura y ahí su cara cambió. Gritó: ¡código! ¡tiene 41 grados! Llegaron muchos médicos y me llevaron de nuevo al quirófano. Uno pedía sangre. Otro revisaba mis heridas. Me descosieron los puntos de la episiotomía. Eso dolía mucho. El doctor pidió anestesia. Me pusieron una mascarilla y me fui a negro”.

A la mañana siguiente un doctor le comentó a Evelyn, que se había salvado “de una muy fea”. Entonces entendió que casi había muerto en esa cirugía. Pero nadie le dio una explicación de qué había pasado realmente. Tras el alta, una semana después, tuvo que volver al hospital porque los puntos se habían infectado. Las curaciones se extendieron por dos meses, pero su cuerpo, asegura, nunca más volvió a ser el de antes. Desde entonces sufre incontinencia urinaria.

Le tomó mucho tiempo decidir hacer algo. Solo un año después, en diciembre de 2014, estampó un reclamo en el hospital, al que contestó el doctor jefe del Centro de Responsabilidad de la Mujer y Recién Nacido por medio de una carta. En ella le señala que: “Ser sometida a inducción del parto, reiterados tactos vaginales, parto instrumental y una complicación en el puerperio (periodo de recuperación del aparato reproductivo después del parto), está dentro de las posibilidades de la obstetricia”. Agrega que las burlas y humillaciones que ella acusa haber sufrido pueden haber sido un mal entendido. Le ofrece disculpas y aclara que no tuvo intención de proferirle un mal trato.

Decepcionada con la respuesta, Evelyn se puso a buscar en internet y llegó a una página de Facebook sobre violencia obstétrica. Ahí supo que así se llamaba lo que había vivido.

“Lo que me pasó me generó un sentimiento de lucha, porque a mí me dolió ver a esa quinceañera a la que le gritaban, me dolió ver a una haitiana de la que las matronas se reían. Me demoré mucho en entender que una episiotomía mal hecha es tan grave como la mutilación genital que les hacen a las mujeres en África. Es lo mismo, pero acá se le baja el perfil bajo el argumento de que era necesario. El momento más lindo de mi vida, el parto de mi hijo, me lo hicieron pedazos”.


En 2014 empezaron a aparecer en Chile varios grupos decididos a instalar y difundir el tema de la violencia obstétrica. En solo meses aparecieron 6, como el colectivo Parir(nos) y Basta de violencia obstétrica. Hoy tienen miles de seguidores.

RUIDO EN LAS REDES SOCIALES
En 2014 empezaron a aparecer en Chile varios grupos decididos a instalar y difundir el tema de la violencia obstétrica. En solo meses aparecieron seis: entre ellos, los colectivos Parir(nos), Nacer en Libertad y el mencionado Basta de Violencia Obstétrica. En sus foros las chilenas cuentan sus historias, acusan a equipos a médicos con nombre y apellido y aconsejan a otras mujeres “arrancar” de ciertas maternidades. Sin embargo, todavía son pocas las que han estampado reclamos o alguna denuncia.

En la Superintendencia de Salud, donde se pueden tramitar reclamos contra prestadores de salud públicos y privados por vulneración de derechos de los pacientes, no cuentan con un registro de reclamos desagregados por el término de violencia obstétrica, “pero sí percibimos que existen historias recurrentes sobre maltrato, tanto en el momento del parto como del puerperio”, señala el superintendente, Sebastián Pavlovic.

“Sí percibimos que ahí hay un tema que tenemos que investigar y visibilizar. La mayoría de esas historias no se concretizan en denuncias en la superintendencia. Las mujeres denuncian más en redes sociales y creo que lo hacen porque no tienen la expectativa de que si utilizan la institucionalidad vaya a haber algún resultado”, agrega el superintendente.

“Indudablemente que en chile ha habido violencia obstétrica. No puedo negar que la práctica gineco-obstétrica no es todo lo buena que quisiéramos”, reconoce el doctor Álvaro Insunza, miembro del directorio de la sociedad chilena de obstetricia y ginecología.

Consciente de que este problema existía, pero que además estaba tomando una fuerza insospechada en las redes sociales, en octubre del año pasado, el matrón Gonzalo Leiva –conocido por ser promotor del parto humanizado– creó el Observatorio de Violencia Obstétrica junto a un equipo de colaboradores formado por la antropóloga de la Universidad de Chile, Pilar Plana, además de algunos abogados y matrones.

“Me empecé a dar cuenta de que cada vez más mujeres estaban relatando haber sido víctimas de violencia obstétrica, sin siquiera tener muy claro qué significaba el concepto. Entonces decidimos empezar a observar y a compartir información de cosas que han sido publicadas en Chile y en otros países. Y también empezamos a guiar a las mujeres, porque no sabían qué hacer: dónde denunciar o pedir ayuda”, explica Leiva.

Hasta ahora el trabajo del grupo ha sido levantar información basada en evidencia científica y confiable y difundirla entre sus más de 2.300 seguidores. El material que está en línea no solo aborda la arista de las mujeres víctimas de violencia obstétrica, sino también las consecuencias que sufren los equipos médicos. Uno de ellos, es el documento Estrés postraumático secundario en profesionales de la atención al parto de la siquiatra española Ibone Olza donde comparte cifras alarmantes: como que 94% de las matronas entrevistadas durante su investigación había observado violencia obstétrica durante su formación y que 80% se había sentido presionado a ejercerla.

Gonzalo Leiva, quien trabaja en el Hospital San José –donde se producen la mayor cantidad de egresos hospitalarios por embarazo, parto y puerperio en Chile–, afirma que en las salas de parto se da un trato jerarquizado donde “el obstetra es dios y la matrona se convierte en una seguidora de instrucciones. Y las mujeres, creen que para que sus hijos nazcan sanos tienen que parir calladitas, sumisas”. El matrón cree que esa dinámica –que asegura se mantiene por un tema cultural–, es la que abre espacio a que ocurran malos tratos por parte de los equipos médicos, provocando que las mujeres vivan su parto como un trauma. “Y eso no tiene por qué ser así”, precisa.

Algo que le sigue dando vueltas en la cabeza, es el tiempo que necesitan las mujeres para asumir el dolor o pena que les despierta el recuerdo de su parto. “Como al principio es algo tan difícil de asumir, lo bloquean. Pero eso después sale por alguna parte”, comenta. Una investigación que así lo demuestra es Childbirth in Santiago de la antropóloga de la Universidad Católica Marjorie Murray, quien entrevistó a 16 mujeres desde que sus guaguas habían cumplido tres meses hasta el año de vida. “Una de las conclusiones más potentes de esa investigación es que, en el discurso de las mujeres, van apareciendo las críticas hacia cómo fue su parto solo en los últimos meses de entrevista. Es decir, que mientras más tiempo pasa, más críticas son de cómo fue”, relata Leiva.

Algo así fue lo que le ocurrió a la sicóloga Carolina Corthorn (35). Cinco años después del traumático parto de su primera hija, decidió tomar un taller de parto fisiológico con la doula y matrona Pascale Pagola para preparar la llegada de su segundo hijo. “Ahí se me armó el puzzle y entendí que la cascada de intervenciones innecesarias que ocurrieron en mi primer parto, había sido violencia obstétrica”, comenta.

Cuando Carolina llegó con contracciones a una clínica privada de la comuna de Las Condes a tener a su primera hija, el 2 de mayo de 2008, llevaba su pelota kinésica, la misma que se recomienda para ayudar a abrir el canal del parto. Alcanzó a sentarse solo un rato sobre ella, porque de pronto la matrona le dijo que se recostara sobre la camilla. Al advertir que tenía muy poca dilatación le comentó que “iba a darle una ayudita”.

“Sentí que me metía la mano entera por la vagina, la empezó a mover y empecé a sentir un dolor horroroso. Grité, le decía que no podía aguantar, pero ella seguía. Mi marido, que estaba a mi lado, tuvo que salir cuando vio toda la sangre que me salía. Era tanto el dolor, que empecé a vomitar, tiritaba en la camilla. Entonces me pusieron suero y me empezaron a venir unas contracciones insoportables, irregulares. Sentía que me estaban torturando. Tuve que gritar por anestesia, pero fue tanto lo que me pusieron que después no sentía nada de mi guata hacia abajo”, describe.

Cuando llegó la hora de empezar a pujar, Carolina no podía: estaba completamente adormecida. Entonces, una matrona apoyó el codo entre sus costillas y empezó a presionar su vientre hacia abajo, para empujar a la guagua. Al mismo tiempo, y sin avisarle, el doctor le hizo una episiotomía.

“Para mí lo más violento fue que la matrona sabía que yo no quería que me intervinieran, que quería un parto lo más natural posible. Y eso no fue respetado. Fue tan doloroso el tacto que me hizo, que tuve que pedir anestesia y ni siquiera sentí cuando salió mi hija”.
Anita Román, presidenta del Colegio de Matronas, reconoce que existe violencia obstétrica en las maternidades de Chile y que, en parte, las matronas tienen responsabilidad en ello.

“Hemos hecho una autocrítica con el fin de empezar a entender por qué la población nos trata de violentas y en esa línea nos tenemos que centrar en qué es lo que la población quiere que cambiemos. Un gesto de ello fue el primer Congreso de Humanización en la Atención del Parto que hicimos en 2013 y este año estamos preparando un segundo congreso que se va a llamar Gestación Respetada, Nacimiento Humanizado, para noviembre de este año”, señala. Pero agrega que, como colegio, consideran que la violencia obstétrica está dada en un rango muy amplio. “Que exista también se debe a que en Chile hay una falta de educación generalizada en cuanto a la salud sexual y reproductiva y de eso tenemos que hacernos cargo no solo los matrones, sino todo quienes estamos en esto: el Estado y los médicos gineco-obstetras”.

En enero de este año las parlamentarias Marcela Hernando (PRSD) y Loreto Carvajal (PPD) presentaron un proyecto de ley que por primera vez busca perseguir la violencia obstétrica. Hernando comenta que la iniciativa nació luego de leer varias denuncias justamente por internet.


Evelyn López.


Carolina Corthorn dice que lo más violento fue que su matrona sabía que no quería que la intervinieran, que quería un parto lo más natural posible. “Y eso no fue respetado”, dice.

De aprobarse, sería la primera vez en Chile que el Estado reconocería que puede haber violencia en las prácticas médicas y el trato durante el parto. El proyecto detalla seis actos que constituirían violencia gineco-obstétrica: no atender oportuna y eficazmente las emergencias gineco-obstétricas; alterar el proceso natural del parto cuando, sin ser necesario, se aplican técnicas de aceleración, sin obtener el consentimiento voluntario e informado de la mujer; practicar el parto por vía cesárea cuando existen condiciones para el parto natural, sin obtener el consentimiento voluntario e informado de la mujer; obstaculizar el apego del recién nacido con su madre, sin causa médica justificada, negándole la posibilidad de reconocerlo, cargarlo y amamantarlo inmediatamente después de nacer. Y, por último, proferir insultos, malos tratos físicos o sicológicos a la mujer desde el trabajo de parto hasta el posparto.

El doctor Álvaro Insunza, miembro de la Sociedad Chilena de Obstetricia y Ginecología (Sochog), Jefe del Servicio de Obstetricia y Ginecología del Hospital Padre Hurtado y ginecólogo de la Clínica Alemana, comenta:

“Desde nuestro parecer no es necesaria una ley que tipifique ni que sancione la violencia obstétrica, porque todo lo que busca sancionar ya es abordable desde la ley de derechos y deberes de los pacientes. Ahora, indudablemente que en Chile ha habido violencia obstétrica. No puedo negar que la práctica gineco- obstétrica no es todo lo buena que quisiéramos: por mucho tiempo ha habido una falta de consideración o una falta de tomar en cuenta lo que las pacientes desean en la atención de sus partos, porque en Chile la medicina paternalista está súper aceptada”, explica.

“El parto de mi hijo, me lo hicieron pedazos”, dice Evelyn López, quien vivió una pesadilla en un hospital: no la dejaron ingresar con su pareja, la visitaron seis rondas de estudiantes de medicina que le hicieron tacto vaginal sin pedirle permiso, la cosieron mal después del parto, y la trataron de alharaca cuando pidió ayuda porque se sentía mal. Tenía 41 °C de fiebre.

El doctor considera que esto está cambiando porque toda la sociedad está en un proceso de empoderamiento de sus derechos y deberes. “Y esto es aún más sensible en el ámbito de la atención de los partos, porque es un proceso biológico de una tremenda connotación. Es más sensible esto que la manera en cómo te atiendan una neumonía, o cómo te trata un dentista cuando te saca una muela”.

El doctor Insunza cuenta una historia: un día antes de esta entrevista una paciente embarazada por segunda vez, llegó a tocar la puerta de su oficina en el Hospital Padre Hurtado. Le dijo que en su primer parto –que fue en ese hospital– no lo pasó bien: sintió que no la habían tomado en cuenta, porque después de haber estado mucho rato dilatada, nadie la atendía y, como la episiotomía le había quedado mal hecha, se le infectó y quedó con incontinencia urinaria. Había llegado a su consulta para pedirle que esta vez no pasara lo mismo.

“Le dije ‘valoro que sigas sintiendo que este es tu hospital y vamos a dejar una nota para que cuando tú estés de parto ojalá te opere el jefe de turno y las mejores personas para que no tengas dudas de que te han atendido los profesionales con las mejores competencias’. Ahora, sé que cuando tenga que entregar ese turno y le diga al equipo ‘a esta señora hay que atenderla de manera especial’, no el ciento por ciento de mis colegas va a estar feliz con lo que les estoy diciendo. Pero esa es la práctica que como jefes queremos instaurar dentro de la atención”.

Casos como el que relata el médico y los que se describen en este reportaje, la antropóloga Pilar Plana, del Observatorio de Violencia Obstétrica, ha escuchado cientos. Por eso, con seguridad, dice: “Lo que pocos equipos médicos han advertido es que una de las consecuencias de la violencia obstétrica es que las mujeres se vuelven activistas”.

LEE AQUÍ OTRO TESTIMONIO DE VIOLENCIA OBSTÉTRICA.

Cómo reclamar:
1) En clínicas y hospitales: el primer paso es dejar un reclamo por escrito en la Oficina de Informaciones, Reclamos y Sugerencias. Se recomienda guardar una copia. La clínica u hospital tiene la obligación de responder en los 15 días hábiles posteriores. Si la persona afectada no queda conforme con la respuesta, tiene 5 días hábiles más para interponer un reclamo en la Superintendencia de Salud.

2) Reclamar en la Superintendencia de Salud: los reclamos se pueden hacer en sus oficinas o en su sitio web. La persona debe explicar su caso detallando los derechos que considera le fueron vulnerados y adjuntar la copia del reclamo realizado en la institución y la carta de respuesta. Si la respuesta del hospital o clínica no llegó dentro de los 15 días debidos, los afectados deben acercarse igual a la Superintendencia con la copia del reclamo y explicar su caso. La Superintendencia inicia un proceso de investigación, cuyo seguimiento está a cargo de sus abogados fiscalizadores. En promedio los reclamos se tramitan en no más de 180 días. Según el superintendente Sebastián Pavlovic, tener pruebas sería de gran ayuda “pero este es justamente uno de los grandes problemas para resolver este tipo de reclamos, porque a falta de pruebas, termina siendo el testimonio del paciente contra el testimonio del equipo médico”.

3) Ir a juicio. A través de la Justicia Civil se pueden canalizar demandas amparándose en la Ley de Derechos y Deberes del Paciente. Por esta vía, el caso se puede extender hasta cinco años. Por lo general, solo los casos de negligencia médica siguen este camino. Según explica la abogada Claudia Candiani, como este proceso es largo y tedioso, una vía alternativa es interponer una demanda amparándose en la Ley del Consumidor que se tramita a través de los Juzgados de Policía Local y puede buscar una indemnización de daño emergente y moral, en un trámite que, según Candiani, puede concluir en un año. En el caso de la Ley del Consumidor la demanda se debe presentar antes de que se cumplan 6 meses de la infracción denunciada, en este caso, no contar con información veraz y oportuna de un procedimiento que perjudicó la prestación del servicio de salud: el parto.

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