El vuelo de Javiera

Reportajes y Entrevistas

El vuelo de Javiera

Por Catalina Mena | Fotografía: Sebastián Utreras | Producción: Inés Picchetti | Asistente de producción: Daniel Pacheco | Maquillaje: Rosario Valenzuela | Agradecimiento: El Canasto.

Al lado de la actriz Javiera Contador, cualquier ser humano normal parece deprimido. Es difícil competir con el voltaje de su sonrisa que, además de marcarle la cara, es una especie de talismán que hace estallar todas las cerraduras. “¡Ábrete sésamo!”, dice campante. Y sigue su vuelo.

A los 33 años, Javiera Contador, la Quena Larraín de Casado con hijos, está como en el tercer vuelo de su vida. Lleva más de 17 años trabajando, ha vivido en 35 casas, ha actuado en cine, televisión y teatro, ha dirigido obras, ha animado programas, ha estado en la radio, ha pasado del drama a la comedia, ha viajado por Europa, África y Oceanía, se ha casado y se ha separado… uff.

Portadora de un raro gen del optimismo, Javiera Contador es una especie en extinción. Trabaja entre 12 y 14 horas diarias, pero siempre está resplandeciente y de buen humor.
Después de una jornada exhaustiva de grabaciones sale del estudio y se encuentra con una señora y cinco cabras chicas que le piden sacarse fotos individuales con autógrafo incluido. Ella saluda a cada una de beso y abrazo, se saca la foto dichosa, firma rauda los autógrafos y se despide satisfecha. Cualquiera sospecharía de tanta simpatía o pensaría que es hiperventilada. Pero no. Luego se sienta muy tranquila, te mira con atención y curiosidad y te hace sentir que, en ese momento, eres la persona más importante del mundo. Se trata, no cabe duda, de una trabajólica feliz, que salta de un asunto a otro como si en vez de patas tuviera alas.

Ya a los 16 años, cuando estudiaba en el colegio Latinoamericano, trabajaba como vendedora en Divesa y mesera en el Café El Patio para pagarse sus gustos, sus trapitos y sus mochileos de verano. Su madre, productora y cineasta, la tuvo a los 18 años y, cuando Javiera tenía cinco meses, se separó de su padre, con quien apenas tiene contacto. A Javiera no le gusta referirse a esa ausencia: “No tengo cotidianidad con mi papá y, por eso mismo, no me siento con derecho a hablar de él”, dice zafándose del tema más espinoso de su vida. Pero parece que la espina no arde: terapia y sonrisa mediante. Además, ha tenido otros padres nutritivos, como su abuelo, sus tíos y las dos parejas que luego tuvo su madre.

En el colegio Javiera tenía buenas notas y entró con matrícula de honor a estudiar Teatro en la Católica. Pero como en su casa la plata no sobraba, se pagó la carrera haciendo animaciones infantiles los fines de semana disfrazada de una payasita que ella bautizó como “Trencitas”. Luego, en tercer año, le ofrecieron un papel en una teleserie y no lo pensó dos veces: había que aprovechar la oportunidad. Así es que congeló los estudios y entró al mundo de la televisión. A los 22, ya viviendo sola, se emparejó con el actor Jose Martínez; a los 25 se casó y dos años más tarde se separó. “Éramos chicos y cuando crecimos nos desencontramos”, explica ahora. “Fue doloroso, pero volví a pararme y aquí estoy”.

Guiada por su buena estrella, Javiera siguió volando. Estuvo muchos años contratada en el Canal 13, hizo teleseries, animó un programa de concursos, se metió en la comedia… Paralelamente siguió haciendo teatro y también condujo un programa en la radio Concierto. Entremedio, dirigió obras de teatro y tuvo que tragarse una pésima crítica por su primera incursión como directora en Habitación 77: “Trabajé como loca ocho meses, me saqué la cresta, perdí plata, di todo por el todo y los críticos me hicieron bolsa”, cuenta. “Igual me afectó, lo pasé pésimo. Obvio. Soy actriz y me importa mucho el qué dirán. Pero prefiero pecar de atrevimiento que quedarme paralizada”.

A finales de 2003, Javiera ya estaba en la segunda vuelta de su vida, ésa a la que muchos llegan cerca de los 40. Tenía ya 15 años de trabajo en el cuerpo y sentía que el deber estaba cumplido. Dejó un buen contrato en el Canal 13 y una obra de teatro que estaba ensayando y esperó que el azar volviera a sorprenderla. Justo, entonces, la llamaron para hacer La Ruta del Nilo, un programa en el que viajó durante tres meses por África, conociendo tribus de parajes remotos. Después viajó otros tres meses haciendo La Ruta de Oceanía, siempre acompañada de un equipo en el que ella era la única mujer. Esos viajes, afirma, la marcaron definitivamente. “Cuestioné un montón de cosas, caché que mi mundo era totalmente relativo, que uno vive amarrado a cosas que no tienen ningún valor absoluto”, dice. “Muchas tribus no tienen idea de lo que es un calendario, la gente no tiene idea de cuántos años tiene y da lo mismo. No duermen de noche, sino cuando les da sueño y comen cuando tienen hambre. Tampoco hay una noción del trabajo como la que tenemos en Occidente. La vida puede ser llevar a la vaca a un río para que tome agua todos los días. Con esos viajes adquirí una tolerancia infinita. Fue como la culminación de un proceso que yo venía haciendo desde chica, en el sentido de ampliar horizontes”.

Tras esa experiencia, entró en la tercera vuelta, asumiendo el rol protagónico de Quena Larraín en el sitcom Casado con hijos. Todo Chile pudo constatar que volvía cargada con nuevos recursos. Antes no había sido considerada una actriz de las grandes, precisamente porque, en su entusiasmo por no perderse ni una, aceptaba cualquier rol aunque fuera pequeño. Pero ahora, demostró que le sobra capital para ser una potente comediante y, gracias a ese papel, este año sus pares le dieron el Altazor como mejor actriz televisiva. La estatuilla brilla en el living de su casa y la exhibe sin disimular su orgullo. “Es que nunca me lo esperé”, dice con chochera. “Porque yo no soy una actriz súuuper talen-tooosa. Nunca hice un papel que todos quedaran con la boca abierta… Nunca fue como ¡Ohh! ¡Bravo! Siempre fui de trabajo, de sacarle la punta al lápiz hasta encontrar un tono”.
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LA RISA

–Parece que la risa de la comedia hizo un clic con tu propia risa…
–Absolutamente. La risa es algo que valoro mucho y eso, sumado a mi proceso personal, me sirvió para agarrarle el tono a la comedia.
–Pero en el ambiente del teatro, de donde tú venías, había una pose más existencialista. La risa no era muy valorada…
–Ahora ya no, pero cuando empecé había mucho de eso. Cuando entré a la tele sentí que tenía que darle explicaciones a mis compañeros de la Escuela de Teatro y me costó mucho.
–¿Y por qué tenías que dar explicaciones?
–Porque la Escuela de Teatro era súper cerrada y había una especie de militancia. Entonces, cuando congelé la carrera para irme a la tele, fue como una traición. Yo pensé que era una oportunidad que tenía que aprovechar. Fue un cambio fuerte, pero después lo pasé bien. Es que yo siempre lo paso bien. Así soy no más. Me pones a trabajar en un banco y seguramente lo voy a pasar bien. Soy súper adaptable, debe ser porque de chica viví en distintos lugares, nos cambiábamos de casa a cada rato. Mi mamá se aburría y nos íbamos.
–¿Tu mamá también es así como tú?
–Es más que yo, más pila, más embalada. Yo tengo otros lados más contenidos, pero me gusta la alegría. Me carga que me tiren el rollo.
–¿Y no tienes amigas depresivas?
–Algunas sí. Hay épocas en que las pesco y otras en que no tengo paciencia. Encuentro que es un chupón insoportable.
–¿Nunca usas a tus amigas de paño de lágrimas?
–Re poco, la verdad. Sé que soy apestosamente autosuficiente. Mis amigas me lo recriminan y mi pareja también. Pero para mí es un tema energético. Me carga la gente quejona y encuentro latero hablar de uno mismo. Yo a los 22 años vivía sola, estaba trabajando y sentía que tenía que arrear el toro, que mi estabilidad dependía absolutamente de mí y de nadie más. Ahora estoy más relajada, me permito descansar y no hacer cosas que no quiero hacer, pero sigo pensando que uno es el único responsable de su felicidad.
–Y además te dabas el lujo de tener buenas notas…
–Pero no era matea. El día anterior de la prueba me iba a la casa de mis compañeras, me instalaba, les copiaba los apuntes y me iba súper bien. Y a ellas les daba un poco de rabia. Es que tengo una memoria privilegiada, pero de corto plazo. Calentaba súper bien las pruebas. También pasó eso en la universidad, a pesar de que trabajaba los fines de semana. Nunca le he hecho asco a ningún trabajo.
–¿Faltaba plata en tu casa?
–Más o menos, pero era inestable. Yo ahí aprendí que un día hay pega y otro día no. Por eso soy aperrada. Yo cuando no tengo pega salgo a buscar, llamo gente o me invento trabajo. No me gusta esa onda quedada de rechazar cosas “porque no son para uno”.
–¿Te levantas temprano?
–Hago yoga a las 7 de la mañana algunos días y otros días salgo a correr.
–¿Y a qué hora te acuestas?
–Como a las 12.
–¿Carreteas?
–Los fines de semana salgo, pero durante la semana no mucho. Tengo que dormir harto para recargar pilas, soy como los cabros chicos. Ando todo el día corriendo pero cierro los ojos y caigo. Y, en general, soy mala para el carrete. Me carga la gente pasada. No tengo paciencia con los curados, lo encuentro fome. Encuentro rico tomarse un copetito y poder conversar, que te prenda un rato. Pero sería todo.
–Se nota que te cuidas, tienes buena piel…
–Pero soy chancha para comer.
–¿Ahora te estás cuidando?
–Sí, bajé diez kilos. Me molestaba el cuerpo. Iba a un restorán, me comía todo el pan, pedía pisco sour, postre y hacía poco ejercicio. Eso fue el año pasado, cuando comencé a hacer la Quena. Ahora lo veo y me da un pudor terrible ese cinturón apretado con el rollo que sale para el lado.

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TELEVISIÓN Y BOMBONES

–Dices que, aunque lo has pasado bien en la tele, entrar a ese medio fue un cambio fuerte.
–Piensa que tenía 20 años y coincidió con el momento en que me casé y se me juntaron muchas exigencias. Por otra parte, en la tele había una onda competitiva y cahuinera. Uno se mete a un mundo donde campean las luchas de poder y hay que aprender a manejarse. Pero todas las experiencias sirven, uno va sacándose prejuicios y eso te deja gozar más.
–¿Y antes tenías muchos prejuicios?
–Tenía los prejuicios propios de mi educación. Me eduqué en un ambiente de intelectuales de izquierda y hasta que entré a la universidad no conocía gente de derecha. Yo no podía hablar con una niña que tuviera chasquilla de flecos y botas blancas. Ahora tengo amigas chulas, cuicas, fachas… de todo. Lo único que me importa es la buena tela.
–Quizás siempre quisiste tener las botas blancas, pero estabas obligada al bototo con calcetín chilote…
–Claro, era contradictorio. Usaba polainas y gorro de lana, pero quería vestido de vuelitos con zapatos de charol. Y tanto jodí con eso que mi abuela me compró el set. Entonces fui a una fiesta del colegio con esa pinta y todos se rieron, pero yo me creía la muerte igual. Y, más grande, estando en el colegio, me metí de modelo Paula y me cambiaba de ropa escondida para que mis compañeras no supieran que trabajaba en eso. Siempre he buscado el goce y para eso me deshago de muchos prejuicios. Gozo con una rica comida, una buena conversa, en el Ritz de París o haciendo pipí a poto pelado en la mitad de la llanura. Además tengo una suerte increíble. No tengo ninguna duda de que si me propongo algo va a resultar.
–Hablemos de la Quena. Ha sido muy impactante lo que pasó con ella.
–A mí me cae chancho la Quena. Ella es del sur y tiene esa frescura de la gente que no es de la ciudad. Puede decir la brutalidad más grande con total liviandad, porque no hay mala leche. Es algo casi imposible de hacer, pero a ella le sale. Yo me sorprendo cuando la veo, no sé cómo lo hago, es como si el personaje lo hiciera solo. Sale de un lugar que yo no manejo mucho conscientemente.
–¿Y cuál es la principal virtud de la Quena?
–Que ella es lo que quiere ser. Por ejemplo, todos vamos al mall y nos encanta consumir, pero, por otro lado, andamos con un discurso muy denso en contra de eso. Ella no. También encuentro que ella representa a la dueña de casa que sí es caliente, a diferencia de lo que piensan muchos. La mina está todo el día en la casa esperando que el marido llegue para servírselo, y obviamente, el tipo llega cansado. Ésa es una realidad que antes no se mencionaba. El concepto clásico es que él siempre tenga ganas y a ella le duela la cabeza. Pero eso es un mito.
–Y ella es una mantenida cara de raja…
–Y está súper orgullosa de ser mantenida. Antes, ser dueña de casa era lo que se esperaba para una mujer; después vino la mina independiente que gana su plata, y ser dueña de casa se convirtió en algo horroroso. ¡Cómo no vas a estudiar! Y la Quena es como un montón de dueñas de casa que no tienen ningún interés en estudiar nada, porque están felices yendo al gimnasio. Encuentro súper poco factible que uno pueda realizarse en eso, pero no todo el mundo tiene ganas de realizarse, no todo el mundo quiere estudiar y yo lo entiendo.
–¿Te verías casada con un tipo que te mantuviera?
–No me lo imagino. Necesitaría un gallo que me mantuviera en serio. Porque si no voy a trabajar, quiero estar de vacaciones en París, pasándolo increíble y haciendo cosas que me interesen. No voy a estar en la casa viviendo al tres y al cuatro y cuidando cabros chicos.
–Esta pareja de Casado con hijos, aunque es divertida, es terriblemente frustrada.
–Pero eso es lindo, porque igual se adoran. Para mí esa familia es atractiva. Me cebo haciendo a esa mujer floja, que ve tele todo el día y come bombones. Por ejemplo, cuando fue la revuelta de los escolares y la señora se llevó la mesa, yo pensé: “La Quena haría eso, de todas maneras. Porque es winner y picante”. Y eso después lo metimos en el sitcom.
–Y el Tito es un pobre tipo…
–Pero es bien chileno. Por eso funciona. ¿Sabes lo que pasa? Yo veo mucho más frustración en el intelectual que no tiene humor que en el huevón que se ríe. Prefiero a un tonto simpático que a un inteligente que arrastra el peso

A los 33 años, Javiera Contador, la Quena Larraín de Casado con hijos, está como en el tercer vuelo de su vida. Lleva más de 17 años trabajando, ha vivido en 35 casas, ha actuado en cine, televisión y teatro, ha dirigido obras, ha animado programas, ha estado en la radio, ha pasado del drama a la comedia, ha viajado por Europa, África y Oceanía, se ha casado y se ha separado… uff.

Portadora de un raro gen del optimismo, Javiera Contador es una especie en extinción. Trabaja entre 12 y 14 horas diarias, pero siempre está resplandeciente y de buen humor.
Después de una jornada exhaustiva de grabaciones sale del estudio y se encuentra con una señora y cinco cabras chicas que le piden sacarse fotos individuales con autógrafo incluido. Ella saluda a cada una de beso y abrazo, se saca la foto dichosa, firma rauda los autógrafos y se despide satisfecha. Cualquiera sospecharía de tanta simpatía o pensaría que es hiperventilada. Pero no. Luego se sienta muy tranquila, te mira con atención y curiosidad y te hace sentir que, en ese momento, eres la persona más importante del mundo. Se trata, no cabe duda, de una trabajólica feliz, que salta de un asunto a otro como si en vez de patas tuviera alas.

Ya a los 16 años, cuando estudiaba en el colegio Latinoamericano, trabajaba como vendedora en Divesa y mesera en el Café El Patio para pagarse sus gustos, sus trapitos y sus mochileos de verano. Su madre, productora y cineasta, la tuvo a los 18 años y, cuando Javiera tenía cinco meses, se separó de su padre, con quien apenas tiene contacto. A Javiera no le gusta referirse a esa ausencia: “No tengo cotidianidad con mi papá y, por eso mismo, no me siento con derecho a hablar de él”, dice zafándose del tema más espinoso de su vida. Pero parece que la espina no arde: terapia y sonrisa mediante. Además, ha tenido otros padres nutritivos, como su abuelo, sus tíos y las dos parejas que luego tuvo su madre.

En el colegio Javiera tenía buenas notas y entró con matrícula de honor a estudiar Teatro en la Católica. Pero como en su casa la plata no sobraba, se pagó la carrera haciendo animaciones infantiles los fines de semana disfrazada de una payasita que ella bautizó como “Trencitas”. Luego, en tercer año, le ofrecieron un papel en una teleserie y no lo pensó dos veces: había que aprovechar la oportunidad. Así es que congeló los estudios y entró al mundo de la televisión. A los 22, ya viviendo sola, se emparejó con el actor Jose Martínez; a los 25 se casó y dos años más tarde se separó. “Éramos chicos y cuando crecimos nos desencontramos”, explica ahora. “Fue doloroso, pero volví a pararme y aquí estoy”.

Guiada por su buena estrella, Javiera siguió volando. Estuvo muchos años contratada en el Canal 13, hizo teleseries, animó un programa de concursos, se metió en la comedia… Paralelamente siguió haciendo teatro y también condujo un programa en la radio Concierto. Entremedio, dirigió obras de teatro y tuvo que tragarse una pésima crítica por su primera incursión como directora en Habitación 77: “Trabajé como loca ocho meses, me saqué la cresta, perdí plata, di todo por el todo y los críticos me hicieron bolsa”, cuenta. “Igual me afectó, lo pasé pésimo. Obvio. Soy actriz y me importa mucho el qué dirán. Pero prefiero pecar de atrevimiento que quedarme paralizada”.

A finales de 2003, Javiera ya estaba en la segunda vuelta de su vida, ésa a la que muchos llegan cerca de los 40. Tenía ya 15 años de trabajo en el cuerpo y sentía que el deber estaba cumplido. Dejó un buen contrato en el Canal 13 y una obra de teatro que estaba ensayando y esperó que el azar volviera a sorprenderla. Justo, entonces, la llamaron para hacer La Ruta del Nilo, un programa en el que viajó durante tres meses por África, conociendo tribus de parajes remotos. Después viajó otros tres meses haciendo La Ruta de Oceanía, siempre acompañada de un equipo en el que ella era la única mujer. Esos viajes, afirma, la marcaron definitivamente. “Cuestioné un montón de cosas, caché que mi mundo era totalmente relativo, que uno vive amarrado a cosas que no tienen ningún valor absoluto”, dice. “Muchas tribus no tienen idea de lo que es un calendario, la gente no tiene idea de cuántos años tiene y da lo mismo. No duermen de noche, sino cuando les da sueño y comen cuando tienen hambre. Tampoco hay una noción del trabajo como la que tenemos en Occidente. La vida puede ser llevar a la vaca a un río para que tome agua todos los días. Con esos viajes adquirí una tolerancia infinita. Fue como la culminación de un proceso que yo venía haciendo desde chica, en el sentido de ampliar horizontes”.

Tras esa experiencia, entró en la tercera vuelta, asumiendo el rol protagónico de Quena Larraín en el sitcom Casado con hijos. Todo Chile pudo constatar que volvía cargada con nuevos recursos. Antes no había sido considerada una actriz de las grandes, precisamente porque, en su entusiasmo por no perderse ni una, aceptaba cualquier rol aunque fuera pequeño. Pero ahora, demostró que le sobra capital para ser una potente comediante y, gracias a ese papel, este año sus pares le dieron el Altazor como mejor actriz televisiva. La estatuilla brilla en el living de su casa y la exhibe sin disimular su orgullo. “Es que nunca me lo esperé”, dice con chochera. “Porque yo no soy una actriz súuuper talen-tooosa. Nunca hice un papel que todos quedaran con la boca abierta… Nunca fue como ¡Ohh! ¡Bravo! Siempre fui de trabajo, de sacarle la punta al lápiz hasta encontrar un tono”.
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LA RISA

–Parece que la risa de la comedia hizo un clic con tu propia risa…
–Absolutamente. La risa es algo que valoro mucho y eso, sumado a mi proceso personal, me sirvió para agarrarle el tono a la comedia.
–Pero en el ambiente del teatro, de donde tú venías, había una pose más existencialista. La risa no era muy valorada…
–Ahora ya no, pero cuando empecé había mucho de eso. Cuando entré a la tele sentí que tenía que darle explicaciones a mis compañeros de la Escuela de Teatro y me costó mucho.
–¿Y por qué tenías que dar explicaciones?
–Porque la Escuela de Teatro era súper cerrada y había una especie de militancia. Entonces, cuando congelé la carrera para irme a la tele, fue como una traición. Yo pensé que era una oportunidad que tenía que aprovechar. Fue un cambio fuerte, pero después lo pasé bien. Es que yo siempre lo paso bien. Así soy no más. Me pones a trabajar en un banco y seguramente lo voy a pasar bien. Soy súper adaptable, debe ser porque de chica viví en distintos lugares, nos cambiábamos de casa a cada rato. Mi mamá se aburría y nos íbamos.
–¿Tu mamá también es así como tú?
–Es más que yo, más pila, más embalada. Yo tengo otros lados más contenidos, pero me gusta la alegría. Me carga que me tiren el rollo.
–¿Y no tienes amigas depresivas?
–Algunas sí. Hay épocas en que las pesco y otras en que no tengo paciencia. Encuentro que es un chupón insoportable.
–¿Nunca usas a tus amigas de paño de lágrimas?
–Re poco, la verdad. Sé que soy apestosamente autosuficiente. Mis amigas me lo recriminan y mi pareja también. Pero para mí es un tema energético. Me carga la gente quejona y encuentro latero hablar de uno mismo. Yo a los 22 años vivía sola, estaba trabajando y sentía que tenía que arrear el toro, que mi estabilidad dependía absolutamente de mí y de nadie más. Ahora estoy más relajada, me permito descansar y no hacer cosas que no quiero hacer, pero sigo pensando que uno es el único responsable de su felicidad.
–Y además te dabas el lujo de tener buenas notas…
–Pero no era matea. El día anterior de la prueba me iba a la casa de mis compañeras, me instalaba, les copiaba los apuntes y me iba súper bien. Y a ellas les daba un poco de rabia. Es que tengo una memoria privilegiada, pero de corto plazo. Calentaba súper bien las pruebas. También pasó eso en la universidad, a pesar de que trabajaba los fines de semana. Nunca le he hecho asco a ningún trabajo.
–¿Faltaba plata en tu casa?
–Más o menos, pero era inestable. Yo ahí aprendí que un día hay pega y otro día no. Por eso soy aperrada. Yo cuando no tengo pega salgo a buscar, llamo gente o me invento trabajo. No me gusta esa onda quedada de rechazar cosas “porque no son para uno”.
–¿Te levantas temprano?
–Hago yoga a las 7 de la mañana algunos días y otros días salgo a correr.
–¿Y a qué hora te acuestas?
–Como a las 12.
–¿Carreteas?
–Los fines de semana salgo, pero durante la semana no mucho. Tengo que dormir harto para recargar pilas, soy como los cabros chicos. Ando todo el día corriendo pero cierro los ojos y caigo. Y, en general, soy mala para el carrete. Me carga la gente pasada. No tengo paciencia con los curados, lo encuentro fome. Encuentro rico tomarse un copetito y poder conversar, que te prenda un rato. Pero sería todo.
–Se nota que te cuidas, tienes buena piel…
–Pero soy chancha para comer.
–¿Ahora te estás cuidando?
–Sí, bajé diez kilos. Me molestaba el cuerpo. Iba a un restorán, me comía todo el pan, pedía pisco sour, postre y hacía poco ejercicio. Eso fue el año pasado, cuando comencé a hacer la Quena. Ahora lo veo y me da un pudor terrible ese cinturón apretado con el rollo que sale para el lado.

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TELEVISIÓN Y BOMBONES

–Dices que, aunque lo has pasado bien en la tele, entrar a ese medio fue un cambio fuerte.
–Piensa que tenía 20 años y coincidió con el momento en que me casé y se me juntaron muchas exigencias. Por otra parte, en la tele había una onda competitiva y cahuinera. Uno se mete a un mundo donde campean las luchas de poder y hay que aprender a manejarse. Pero todas las experiencias sirven, uno va sacándose prejuicios y eso te deja gozar más.
–¿Y antes tenías muchos prejuicios?
–Tenía los prejuicios propios de mi educación. Me eduqué en un ambiente de intelectuales de izquierda y hasta que entré a la universidad no conocía gente de derecha. Yo no podía hablar con una niña que tuviera chasquilla de flecos y botas blancas. Ahora tengo amigas chulas, cuicas, fachas… de todo. Lo único que me importa es la buena tela.
–Quizás siempre quisiste tener las botas blancas, pero estabas obligada al bototo con calcetín chilote…
–Claro, era contradictorio. Usaba polainas y gorro de lana, pero quería vestido de vuelitos con zapatos de charol. Y tanto jodí con eso que mi abuela me compró el set. Entonces fui a una fiesta del colegio con esa pinta y todos se rieron, pero yo me creía la muerte igual. Y, más grande, estando en el colegio, me metí de modelo Paula y me cambiaba de ropa escondida para que mis compañeras no supieran que trabajaba en eso. Siempre he buscado el goce y para eso me deshago de muchos prejuicios. Gozo con una rica comida, una buena conversa, en el Ritz de París o haciendo pipí a poto pelado en la mitad de la llanura. Además tengo una suerte increíble. No tengo ninguna duda de que si me propongo algo va a resultar.
–Hablemos de la Quena. Ha sido muy impactante lo que pasó con ella.
–A mí me cae chancho la Quena. Ella es del sur y tiene esa frescura de la gente que no es de la ciudad. Puede decir la brutalidad más grande con total liviandad, porque no hay mala leche. Es algo casi imposible de hacer, pero a ella le sale. Yo me sorprendo cuando la veo, no sé cómo lo hago, es como si el personaje lo hiciera solo. Sale de un lugar que yo no manejo mucho conscientemente.
–¿Y cuál es la principal virtud de la Quena?
–Que ella es lo que quiere ser. Por ejemplo, todos vamos al mall y nos encanta consumir, pero, por otro lado, andamos con un discurso muy denso en contra de eso. Ella no. También encuentro que ella representa a la dueña de casa que sí es caliente, a diferencia de lo que piensan muchos. La mina está todo el día en la casa esperando que el marido llegue para servírselo, y obviamente, el tipo llega cansado. Ésa es una realidad que antes no se mencionaba. El concepto clásico es que él siempre tenga ganas y a ella le duela la cabeza. Pero eso es un mito.
–Y ella es una mantenida cara de raja…
–Y está súper orgullosa de ser mantenida. Antes, ser dueña de casa era lo que se esperaba para una mujer; después vino la mina independiente que gana su plata, y ser dueña de casa se convirtió en algo horroroso. ¡Cómo no vas a estudiar! Y la Quena es como un montón de dueñas de casa que no tienen ningún interés en estudiar nada, porque están felices yendo al gimnasio. Encuentro súper poco factible que uno pueda realizarse en eso, pero no todo el mundo tiene ganas de realizarse, no todo el mundo quiere estudiar y yo lo entiendo.
–¿Te verías casada con un tipo que te mantuviera?
–No me lo imagino. Necesitaría un gallo que me mantuviera en serio. Porque si no voy a trabajar, quiero estar de vacaciones en París, pasándolo increíble y haciendo cosas que me interesen. No voy a estar en la casa viviendo al tres y al cuatro y cuidando cabros chicos.
–Esta pareja de Casado con hijos, aunque es divertida, es terriblemente frustrada.
–Pero eso es lindo, porque igual se adoran. Para mí esa familia es atractiva. Me cebo haciendo a esa mujer floja, que ve tele todo el día y come bombones. Por ejemplo, cuando fue la revuelta de los escolares y la señora se llevó la mesa, yo pensé: “La Quena haría eso, de todas maneras. Porque es winner y picante”. Y eso después lo metimos en el sitcom.
–Y el Tito es un pobre tipo…
–Pero es bien chileno. Por eso funciona. ¿Sabes lo que pasa? Yo veo mucho más frustración en el intelectual que no tiene humor que en el huevón que se ríe. Prefiero a un tonto simpático que a un inteligente que arrastra el peso

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