Elena le gana a la ciudad

Reportajes y Entrevistas

Elena le gana a la ciudad

Por Alejandra Jara / Fotografía: Paloma Palomino

La VI Encuesta Nacional de la Calidad de Vida y Vejez reveló que el 55% de los adultos mayores de 75 años sale de sus casas varias veces a la semana para ir al médico, realizar trámites o visitar a familiares y amigos. Sin embargo, enfrentan una serie de dificultades a la hora de movilizarse que a la larga desincentivan que permanezcan activos. Para constatar estos obstáculos, acompañamos a Elena Hasbún, de 85 años, a recorrer el centro de Santiago. Esta es su experiencia.

Cuarenta y dos cuadras separan el departamento de Elena Hasbún (85), ubicado en calle Las Hualtatas en Vitacura, de la Vega Central de Santiago. Un mercado que ella conoce como la palma de su mano. En los últimos diez años, lo ha visitado al menos una vez al mes buscando las frutas y verduras más frescas de la temporada, que le sirven de insumos para preparar recetas de comida árabe heredadas de su madre y abuela.

Según la aplicación Google Maps, Elena tiene tres alternativas para ir hasta la Vega desde su casa. Las tres implican cruzar Santiago: caminar durante 1 hora y 50 minutos, realizar el trayecto en auto o hacerlo en micro. Por las dificultades físicas propias de su edad, recorrer a pie 9,1 kilómetros de ida y otros 9,1 kilómetros de vuelta no es una opción. Descartada esa alternativa, el auto aparece como el medio de transporte más atractivo, ya que el tiempo de traslado entre un punto y otro se reduce a apenas 15 minutos. Elena aún tiene vigente su licencia, pero hace varios meses que no conduce. Sus tres hijos le pidieron que no sacara el auto por temor a que sufra un accidente. A cambio, le ofrecieron llevarla ellos mismos o pedirle un taxi, Uber o Cabify cada vez que quiera salir de casa. Eso, reconoce, le quitó bastante independencia. “Mis nietos están estudiando en la universidad y mis hijos en el trabajo. No me gusta molestarlos, así que trato de arreglármelas por mi cuenta”, explica.

Por eso hoy está emocionada porque podrá ir a la Vega en Transantiago como en los viejos tiempos, retomando sus tradicionales salidas al centro de Santiago tras cumplir más de un mes y medio de reposo en cama por culpa de una bronconeumonía.

La preparación

Son las 6.30 de la mañana del último miércoles de agosto y como todos los días Elena ya está despierta leyendo el diario. Una hora y media después, a las 8.00 de la mañana en punto, toma desayuno. Es este momento en el que aprovecha de planificar su día, que se puede dividir entre citas al médico o al dentista, trámites en el banco, clases de gimnasia, visitas a casa de amigas o familiares y salidas culturales con su grupo de adulto mayor de la Municipalidad de Vitacura.

Justamente la ropa la elige de acuerdo a las actividades que realizará durante la jornada. Como hoy irá a la Vega Central, decide usar un pantalón de buzo azul marino, un sweater de lana color rosa, un polar gris y zapatillas. Este look lo complementa con sus infaltables aros de perla y una cartera pequeña, color negro, en la que guarda $20.000 en efectivo para las compras.

El reloj marca las 10.30 de la mañana y Elena ya está lista para partir. Antes de salir repasa mentalmente las frutas y verduras que faltan en su cocina: alcachofas, pepinos árabes, aceitunas y naranjas.

Raquel, su nana, la ayuda en esta tarea y le trae un carrito con ruedas color rojo para que guarde sus compras. Ya está casi lista para partir. Eso sí, antes de salir, va al baño. Sabe perfectamente que ya casi no existen sanitarios públicos en el centro de Santiago.

Tras revisar que lleva su tarjeta BIP, Elena se despide de Raquel, toma el carrito e inicia su recorrido hasta la Vega.

Los primeros obstáculos

Una cuadra y media separan el departamento de Elena Hasbún del paradero 218, ubicado en Avenida Vitacura con Luis Carrera. Elena camina durante 10 minutos por calle Los Gomeros y luego dobla por Vitacura donde advierte, porque se sabe de memoria el camino, que más adelante hay unos postes de luz que están instalados en la mitad de la cuadra.

-¡Yo no sé porque los pusieron aquí!- reclama.

Al llegar a la intersección con Luis Carrera, cruza Vitacura en dirección al poniente. Ahí espera por unos minutos la micro 502. El bus para unos metros antes del paradero y rápidamente Elena se une a la multitud que se acerca a la micro.
Cuando llega su turno para subir al Transantiago, apoya su pie derecho sobre el escalón más bajo, que mide unos 25 cm, pero no logra levantar la pierna izquierda. Mientras lo intenta un joven se percata de su dificultad y le levanta el carrito de las compras para facilitar su ingreso. Una vez arriba del bus, saca su BIP de uno de sus bolsillos y demora unos segundos en encontrar el validador de la tarjeta.

¡Pip! Elena trata de pasar por el torniquete, pero no lo logra.
-¡Gírelo con más fuerza!- le gritan algunos pasajeros.

Un hombre se para de su asiento y la ayuda a moverlo, mientras le levanta el carro de las compras.

Ya superados estos obstáculos, Elena camina sujetándose de unos pasamanos hasta llegar a un asiento reservado para la tercera edad. Permanece de pie unos minutos más ante la insistencia de los pasajeros a que ocupe el lugar que está destinado para el uso de los adultos mayores, mujeres embarazadas o personas con discapacidad.
-¿Y dónde voy a dejar el carro?- se pregunta.

Esta vez una joven que está parada a su lado se ofrece a cuidarle el carrito de las compras durante el trayecto. Elene accede. Confía en la buena voluntad de los pasajeros que la han ayudado hasta ahora.

Mientras la micro sigue en movimiento, Elena se sienta en el espacio reservado para los adultos mayores, el que fue construido en altura respecto a los otros asientos. “¡Yo no sé quién fue el que los inventó. No se debe haber subido nunca a una micro!”, se queja.

Elena mira a través de la ventana hasta que la pasajera que está a su lado le hace un comentario, lo que basta para iniciar una animada conversación. Ella le cuenta que también se bajará en la Vega. Eso la alivia porque hace meses no sale en transporte público y teme haber olvidado el recorrido.

-¡Por eso me gusta viajar en micro! ¡Uno disfruta mucho más que cuando anda en auto!- comenta, mientras con una mano se sujeta para no caerse durante los repentinos frenasos del bus.

Correcaminos

La micro 502 se detiene en Artesanos con Recoleta, a seis cuadras de la Vega Central. Nuevamente una multitud de pasajeros intenta subir y bajar. Elena se abre paso y logra llegar hasta la puerta central del bus. Sin que ella lo pida, un grupo de personas le ayuda con su carrito.

Rápidamente, y en medio del caos, emprende su rumbo hasta la Vega Central. Los autos no respetan el semáforo; a Elena no le queda más que cruzar a mitad de calle y caminar entre medio de los vehículos que están detenidos en la calle Recoleta. Toma Artesanos y opta por un atajo en Trieste, en medio de los gritos y bocinazos de peatones y conductores que están lejos de desconcentrarla. En este pasaje casi no hay veredas. Están prácticamente destruidas por el paso de los años. Ni hablar de accesos inclusivos. Nuevamente hay vehículos estacionados en mitad de la calle, lo que la obliga a sortear cada uno de estos obstáculos con paso firme para evitar caerse mientras arrastra el carro. “¡Es imposible caminar por aquí!”, comenta en voz alta.

Elena continúa su recorrido por Antonio López de Bello, donde el tiempo pareciera detenerse para ella: aparecen los primeros vendedores ambulantes y la mujer se entretiene mirando cada uno de los artículos que venden los inmigrantes como anteojos de sol, calcetines, utensilios de cocina. Y sin darse cuenta, a medida que avanza vitrineando, llega a la entrada de la Vega.

-¡Estoy asustada con los precios tan baratos!- dice mientras compara los $400 pesos de diferencia que existen entre una lechuga aquí y la de un supermercado de Vitacura.

Con sus objetivos claros, Elena camino directamente hasta el local 77 para comprar alcachofas para sus nietos. Su casero, de origen venezolano, le ofrece 10 por $4.000. A la hora de pagar, abre su cartera y demora más de un minuto en buscar el billete de $20.000 que lleva en el interior. El vendedor la espera paciente.

Han pasado ocho minutos desde su llegada al mercado y el carrito ya acumula 10 alcachofas, un kilo de tomates y otro de zanahoria. Elena lo traslada hasta el local 805, donde compra un kilo de manzanas verdes y otro de paltas. Ahí conversa animadamente con la vendedora, quien le ofrece un kilo de plátanos. Ella acepta, recibe todos los paquetes y camina hasta el carrito. De pronto se escucha el grito de la mujer que la atendió: ¡Falta el vuelto! Entre risas, Elena regresa a recibir el dinero que olvidó. Esta escena se repite una vez más en otro local, pero es nuevamente advertida por los vendedores, quienes incluso la ayudan a contar el dinero. Le quedan $10.000 para gastar.

El cansancio

En menos de una hora, Elena está por terminar su visita a la Vega. Ya se nota su cansancio, aunque no lo dice en voz alta. Además, hace poco recibió un llamado a su celular en el que le avisaron que la suegra de una de sus nietas, que se casará en unos meses, irá a tomar té a su departamento.

Ya fuera de la Vega, Elena camina por General de la Lastra, donde abundan enormes basureros, cajones de maderas tirados en el piso y decenas de frutas y verduras reventadas en el suelo que son revisadas cuidadosamente por un grupo de personas que buscan entre las sobras. Ante estos obstáculos instalados improvisadamente en las veredas, prefiere caminar por la calle, pese al peligro de los autos que pasan rápido por su lado.

-¡Es que no me quedó otra pues!- dice entre risas.

Su última parada antes de volver es en un local de aceitunas, ubicado en la esquina de Lastra con Avenida La Paz. Como Elena está apurada, al entrar topa con un gran escalón. Ya le resulta imposible levantar el carro, que a estas alturas del recorrido debe pesar unos 20 kg., y decide dejarlo afuera del local, lleno de mercadería. Al interior, suena Radio Romántica a todo volumen. Elena conversa con otros clientes y también con los vendedores, que en su mayoría son centroamericanos. Allí persuade a uno para que le regale unas aceitunas para hacer más llevadera la espera. Transcurren veinte minutos y su carrito rojo continúa intacto en la entrada del local.

Después de terminar su última compra, camina por Avenida La Paz hasta el paradero ubicado en Bandera con General Mackenna, donde tomará la micro de regreso. En el recorrido se enfrenta al menos con tres semáforos, cuyas calles apenas alcanza a cruzar en el tiempo estimado. Según datos de Red Activa, un programa elaborado por el Centro de Políticas Públicas UC y la Asociación de AFP de Chile, el tiempo de cruce de algunos semáforos es de 0,9 m/s para el verde mínimo, una velocidad que fue modificada en 2016 por la Unidad Operativa de Control de Tránsito y que resulta muy corta para el adulto mayor. Elena prefiere acelerar el paso antes de quedarse atrapada en la mitad de la avenida, pese al riesgo de tropezarse.

Ya en el paradero, se ve inquieta y prefiere no sentarse para ver el bus llegar. No ha dejado de pensar en cómo va a subir el carro que ya está muy pesado y, debido a la demora de la micro, considera por algunos momentos la opción de llamar a uno de sus hijos para que le envíe un taxi. Sin embargo, descarta la idea porque cree que podría resultarle difícil encontrar el auto en una calle tan transitada por buses.

Cuando finalmente llega la micro, Elena sube con mucha dificultad. Los pasajeros le ayudan con el carrito y ella nuevamente no logra pasar por el torniquete. Ya superado ese obstáculo, se dirige al primer asiento vacío que está de espaldas al conductor, pero tiene que girar el cuerpo durante casi todo el trayecto para ver el camino.

Cuando el bus del Transantiago entra por Avenida Vitacura, la mujer se levanta a preguntarle al chofer si se detendrá en el restorán Rishtedar, ubicado a poco más de una cuadra su casa. Levanta levemente la voz, pero el conductor no la escucha. Tampoco aminora la velocidad. A ella no le queda otra que acercarse.

La micro se detiene en Vitacura con Luis Carrera. Elena baja nuevamente gracias a la ayuda de los demás pasajeros. Con la amabilidad que la caracteriza, agradece a todos quienes la ayudaron.

Su balance de la salida es positivo. “Llegué sin ningún rasguño”, dice contenta.

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