Eliana Ruiz-Tagle: Una vejez con convicciones

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Eliana Ruiz-Tagle: Una vejez con convicciones

Por Juan José Richards / Fotografía: Paloma Palomino

Ha sido creyente toda su vida. “Sin Dios, no sé cómo lo hubiera hecho”, dice. Pero a sus 97 asegura que hay temas como el aborto y la homosexualidad en que nadie puede meterse porque son personales. “El otro tiene que matar su piojo, y yo el mío. Cada uno con su vida”, sentencia. Eliana es una mujer de convicciones y más que miedo a la muerte, le tiene miedo a la incertidumbre: “¿Qué voy a sentir cuando venga lo otro?”.

¿Cómo es la vejez?

Un desastre.

¿Por qué?

Significa el término de todo. Se te van tus padres primero, después tus amigos, tus vínculos. A medida que pasa el tiempo, las personas que conocías y que quisiste van desapareciendo. Están los recuerdos que vistos desde esta edad son lejanos y maravillosos, pero también pueden ser tristes. Además una tiene cierto amor por sí misma, y con la edad se van perdiendo las cosas que te gustaban de ti.

Cuando joven, ¿te imaginaste que la vejez era así?

Nunca.

¿Y a qué edad te diste cuenta que estabas envejeciendo?

Cuando las cosas que quería hacer ya no las podía hacer. Me gusta mucho tejer y hace un tiempo me di cuenta que ya no tenía la misma destreza que antes. Ese envejecimiento del cuerpo es terrible. Mi abuela vivió 103 años, y me preocupa enormemente llegar a esa edad.

¿Por qué?

¡Mijito, porque uno se va deteriorando! No sólo te duele una pierna, sino que a veces te duele todo el cuerpo. Una se pone coja, chueca, horrible. Y yo soy muy vanidosa, así que no.

¿Te costó envejecer a nivel vanidad?

No me volví loca, por suerte. Y cuando me di cuenta que estaba envejeciendo, decidí tomármelo con dignidad.

Siempre ocupó zapatos tacos de aguja. De hecho hace pocos años, cuando se bajó a unos tacos menos altos, sus pies no se ajustaban porque estaban acostumbrados a estar empinados. A sus 97 años, usa unos con taco ancho. “No me bajo de mis zapatos altos”, dice. Trabajó hasta cumplir 80 años en una tienda de alfombras persas en General Holley. “Me pagaban una miseria, pero me entretenía”, recuerda. Hoy Eliana tiene su propia marca de tejidos, llamada Mima. Dice que con este oficio “he pagado el ajo mi vida entera”. Pero lo cierto es que la mayor parte de lo que teje es para donarlo.

¿Te gusta que las mujeres trabajen?

¡Pero cómo no!

¿Hay algo que te de miedo?

El agua, no la puedo ver. Nunca aprendí a nadar y sin embargo pololeé con un marino.

¿Cómo fue eso?

Fue mi primer marino…

¡¿De cuántos?!

Jajaja, fue mi primer pololo, quise decir.

¿Cómo fue ese pololeo?

Él estaba en la Escuela Naval y me escribía, pero mi mamá no me dejaba recibir cartas. Así que me mandaba cartas a nombre de Herminia Moraga, que era nuestra cocinera. Fui Herminia Moraga por harto tiempo.

¿Eran cartas de amor?

De cariño.

Esa forma de pololeo ha cambiado.

¡Es decir, mijito! Ahora se van a la cama al tiro y no les importa nada. Todo pierde valor, pero sobre todo el aprecio por la otra persona.

¿Fuiste muy polola?

No tanto, me casé a los 23 años.

¿Qué esperabas del matrimonio a esa edad?

No sé qué esperaba y ahora mirándolo con el tiempo no sé si es lo mejor que una puede hacer. Quizás si una sabe ser soltera, es mejor opción eso. El matrimonio es bien sacrificado, para qué estamos con cuentos.

Y cuando enviudaste ¿pensaste en volver a casarte?

¡Cómo se te ocurre! Sólo pensar en tener el mismo cuarto de baño hace que no. Enviudé a los 70 y ya no estaba para casarme. Menos con un viejo con las patas al arrastre y todo flácido. ¡No, gracias!

Eliana tiene cuatro hijos, ha sido abuela de 14 nietos y de 17 bisnietos. “No hay ningún tema que me incomode conversar con ellos”, dice. “Con algunos que han tenido problemas, hemos tenido conversaciones íntimas y profundas. Es que las cosas hay que conversarlas”. Sobre el sexo dice que “es lo más lindo que hay, la cumbre de la vida”. Sobre las pasiones en la vejez dice que “ya no preocupan tanto”, pero que le siguen gustando los hombres morenos. “Nunca me gustaron los típicos buenos mozos, sino los que tenían algo”.

¿Has escuchado del feminismo?

Sí, y me parece bien.

¿Qué piensas de la homosexualidad?

Bueno, lo quiso Dios y ¿sabes qué? es un tema personal. Cada uno tiene que matar su piojo, y yo el mío. La homosexualidad, como el aborto, son temas en los que no tenemos por qué meternos ni opinar. Yo no estoy a favor del aborto, pero si alguien necesita hacerlo, que lo haga. Cada uno con su vida.

¿Eres creyente?

Mucho. Me mantengo firme en mis creencias, pero me complica. ¡Caramba que cuesta! Pasa un día a veces que se me olvida rezar, pero siempre pienso en Dios. Y le pido mucho. Ahora que lo pienso… le pido más de lo que le doy.

¿Piensas en la muerte?

Harto. Y le tengo más miedo que al diablo.

¿Miedo a qué?

A lo imprevisto. A que no sabes cómo va a ser ni qué viene después. ¿Qué voy a sentir cuando venga lo otro? ¿Cómo voy a llegar allá?

¿Cómo te gustaría que te recordaran?

No sé si me van a recordar bien, porque yo digo todo lo que pienso.

Pero eso es bueno.

¡Sí, claro! Depende cómo te caiga lo que te digo. Y no siempre caigo bien. Soy divertida y de repente se me ocurren tonteras, cuento chistes y hago reír. Pero cuando tengo que decir verdades, las digo.

¿Eres buena para llorar?

Fui llorona, pero fíjate que ahora no puedo llorar. Cuando se murió mi marido no lo pude llorar. Para su funeral hubo quienes comentaron lo poco que lo debo haber querido porque no derramé una lágrima. Y el año pasado un nieto mío se murió en un accidente. Fue horrible, horrible. Tampoco lo pude llorar. ¡Hubiera querido llorar a gritos! Pero no pude. ¿Y sabes qué? No llorar duele el doble. 

¿Has podido llorarlo después?

Justo esta mañana, en la cama, me acordaba de lo que sentí cuando me contaron que mi nieto se había muerto. Nunca en mi vida había sentido un dolor así. En su momento no lo pude llorar, pero de a poco he ido llorando esa pena tremenda.

Así como ha ido aceptando la pena, ha tenido que aceptar otras cosas. En lo cotidiano, se tuvo que cambiar a un edificio con ascensor para no tener que subir a pie las escaleras. Eso sí, dice que le ha hecho el quite al bastón. “No por algo de vanidad, sino que no puedo aprender. Me da miedo enredarme y caerme”.

¿Eres tecnológica?

No entiendo nada de eso, ni pienso entender. Admiro mucho los avances tecnológicos, pero me pregunto por qué, para qué, qué uso se le da a la tecnología. Se dice que la gente hoy conecta más, pero me parece que con menos delicadeza. Con menos respeto.

¿Tienes celular?

No, porque encuentro que idiotizó a la gente. Los imbéciles en la calle se tropiezan y se caen por ir mirando el teléfono.

¿A Internet te has metido?

Nunca.

¿Qué te imaginas que hay ahí?

No sé, fíjate. ¿Habrá algo más interesante que la vida real?

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