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5 septiembre, 2017
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Elsa Faúndez: postales de la musa chilena de Saint Laurent

“Sé que trabajé con el más grande, un hombre fascinante, un artista que revolucionó la moda y el vestir de la mujer. Hay un antes y un después de él”. Elsa Faúndez se fue a París a fines de los 60 y fue la chilena que llegó más lejos en el modelaje. Estas son escenas memorables de su vida.

Por Constanza López G., desde París.


Paula 1234. Sábado 9 de septiembre de 2017. Especial Moda, inspiración 1967.

Junio 2017: “El más grande”

Elsa Faúndez, alta, morena, voz ronca, abre la puerta de su departamento con una sonrisa que le llena la cara. Trae agua mineral y café de grano que ella misma prepara, mientras dos de sus tres hijas y algunos nietos se pasean por ese living enteramente francés que mira el Bois de Boulogne.

Hace casi medio siglo que fue una de las modelos favoritas de Yves Saint Laurent y hoy mira esos días con una mezcla de nostalgia y lejanía. Le gusta la moda como espectadora y dice que la suya fue una época maravillosa, que lo pasó fantástico, que tuvo la oportunidad de viajar mucho y ganaba lo suficiente para vivir en París, su sueño, pero que ella siempre vio el modelaje con un cierto recelo; un poco por su innata timidez, pero sobre todo por la frivolidad que lo rodea. “Nunca me sentí plenamente cómoda con el hecho de ser modelo y tener que mostrarse. Con el tiempo uno piensa qué pena no haber estudiado algo, haber utilizado el coco y no el físico. Ahora, sé que trabajé con el más grande, un hombre fascinante, un artista que revolucionó la moda y el vestir de la mujer. Hay un antes y un después de Saint Laurent, a partir de su independización de la casa Dior en 1962”, dice hoy.

“Él y yo nunca fuimos íntimos amigos; éramos dos tímidos muy cómplices que nos comunicábamos con la mirada”.

1966: “Yo no alimento zánganos”

Su madre era una emprendedora modista, oriunda de Constitución que, al separarse, había decidido mudarse a Santiago. Jefa de hogar y a cargo de sus cuatro niños le leyó la cartilla a su hija mayor cuando terminó el colegio. No podía quedarse de brazos cruzados. “Yo no alimento zánganos, así es que vamos a trabajar”, la sentenció. “Me había ido pésimo en el colegio, me habían echado de varios y no sabía hacer nada, tampoco sabía por dónde comenzar a buscar trabajo”.

En El Mercurio encontró un aviso de una casa de confecciones que requería una modelo talla 46. Al día siguiente Elsa –talla 36-38– estaba tocando una puerta de la calle San Antonio, la de una pequeña fábrica de un matrimonio judío que fabricaba ropa para terceros. La tomaron de inmediato. “Mi trabajo era modelar para los compradores”.

Tenía 17 años.

–¿Te sabías bonita?

–No, bonita nunca me encontré. Pero sabía que era fachosa, tenía buen cuerpo.

La tímida Elsa fue tomando confianza en sí misma y ampliando sus horizontes laborales. Se presentó a un casting de modelos para Sábado Gigante en 1967 y quedó seleccionada. Muy pronto comenzó a modelar también para las revistas Eva y más tarde para Paula y hasta participó en una fotonovela. También comenzaban a hacerse usuales en esa época los desfiles de las grandes tiendas y de diseñadores emergentes como José Cardoch, Laura Rivas y Flora Roca, quienes la tenían siempre en su pasarela. “En algún momento en esos años yo tuve la idea de que mi cara estaba en todas partes, y que la gente se iba a cansar de mí. Todo pasa de moda”.

Mayo 1969: “Saint Laurent quería verme las piernas”

Eso pensaba cuando su amiga, la también modelo Mónica Larson, le propuso que se fueran a probar suerte a París. Recurrieron a ahorros, armaron maletas y partieron. El embajador de Chile en Francia en ese año era Enrique Bernstein y con sus hijos y un grupo de jóvenes chilenos radicados allá –Ana María de Grenade, Pablo Lavín, Jaime Devoto, Raúl Montes, Carlos Gellona– las chilenas hicieron grandes amistades. Veinteañeros casi todos, París era una fiesta para ellos y sus noches, tan entretenidas como eternas. Mónica pronto entró a trabajar con Emanuel Ungaro y Elsa, encandilada con la ciudad y sus posibilidades, veía con horror que se acercaba la fecha de vencimiento de su pasaje. “Me despertaba llorando todas las mañanas, pero, claro, en la noche se me olvidaba”, relata riendo.

A través de Blanca Echeverría, cónsul de Chile en Francia, Elsa contactó a una vendedora de la casa Saint Laurent. Se le había puesto entre ceja y ceja que quería trabajar con el niño maravilla de la moda. Aquel que en 1963 elevó el prêt-à-porter para que la mujer fuese elegante y estuviese cómoda a la vez. Ese que dos años antes del casting de Elsa había patentado a la eternidad el esmoquin de hombre y el traje en sus más variadas versiones; las chaquetas de cuero y las botas hasta los muslos en 1963; la blusa transparente en 1968, y los más suntuosos vestidos de noche.

“El joven Saint Laurent deseaba diseñar para una mujer inmersa en la vida turbulenta y anárquica de los 60”, señala el libro Moda, 150 años, de Charlotte Seeling. “El ‘delfín Yves’, como lo llamaban los franceses, empezó pronto a desempolvar la alta costura. ‘Abajo el Ritz, viva la calle’, era el credo con el que rejuveneció la moda adoptando elementos de la cultura juvenil”. Nada fue igual después de su irrupción.

“La famosa vendedora, Silvianne se llamaba, me dijo que justamente al día siguiente había un casting de modelos para la colección otoño-invierno 1970 y que podía presentarme”.

Elsa era la única latina entre 60 postulantes esa mañana en la casona de la Rue Spontini, cuartel general de Saint Laurent en esos años. “Todas estupendas, elegantísimas, vestidas tipo hippie, llenas de abalorios, yo con un trajecito… europeas, por supuesto. Todas se conocían y a mí me habían instalado al final de un salón largo y estrecho. Estaba aterrorizada, pero para irme tenía que pasar por en medio de ese mar humano… así es que me quedé. No hablaba una gota de francés…”.

Tras esperar un buen rato, vinieron a buscarla de la mannequin de cabine: “Me hicieron ponerme un pantalón largo, que ya era súper moda, con un tapado tres cuartos y una blusa de seda con moño, todo en color marrón. Cuando me miré al espejo sentí que medía dos metros. Así de potente era el look”.

Elsa subió una escalera estrecha y apareció en una sala grande, presidida por una mesa con varias personas. Reconoció a Yves Saint Laurent y a Pierre Bergé, su pareja de toda la vida y el hombre de los negocios de la casa de costuras.

“Hasta entonces yo seguía perpleja, pero cuando comencé a modelar, tal como lo hacía en Chile pero sin sonreír (la única pauta que me habían dado previamente era que no sonriera), se me olvidó el mundo y me relajé”.

Luego la condujeron nuevamente al piso inferior (“a señas, como los monos”) y le pidieron cambiarse ropa y ponerse un vestido maxi, un camisón de seda.

“Volví a subir y caminé. De repente, veo que Yves se pone de pie, da la vuelta a la mesa, se acerca y me levanta el vestido: quería mirarme las piernas, ¡era lo que yo mejor tenía!”.

Para la famosa colección Scandall, de 1971, Elsa (en la foto, de abrigo de piel verde) cerró el desfile. “Yves me pidió que me cortara el pelo…”.

1969-1975: “Al principio le tenía terror”

Elsa firmó un contrato de trabajo full time, que renovaría, colección tras colección, durante los seis años siguientes, algo excepcional para Saint Laurent que usualmente cambiaba a sus modelos cada temporada. Fue, además, la primera latina en llegar ahí, un rubro dominado por las europeas en el que recién asomaban, cuando mucho, las mujeres eslavas.

Como “mannequin de cabine”, Elsa modelaba las dos colecciones anuales de alta costura y prêt-à-porter en los grandes desfiles, pero, además, debía estar presente en la casa de costuras de lunes a viernes, porque durante la mayor parte del año, todos los días a las 15:30, se exhibían las colecciones para grupos más reducidos de clientes. También le tocaba viajar por el mundo mostrando la ropa a compradores ultra exclusivos, así como participar del proceso de diseño y confección de los cinco talleres, con 35 operarias cada uno, probándose una y otra vez, mientras Saint Laurent iba haciendo correcciones sobre su cuerpo, aguja en mano.

“Al principio le tenía terror”, decía en junio de 1973, en una entrevista que le concedió en París a Delia Vergara, entonces directora de Paula. “Era horrorosamente tímida. Me ponía roja y de todos los colores cada vez que me hablaba. Después me enamoré de él. Ahora lo encuentro un gran artista. Es impresionante verlo trabajar”.

Elsa Faúndez, caminando por Champs-Élysées.

En la portada de la revista W: las mujeres visten como hombres.

Ignacio Pérez-Cotapos, director de la revista SML, destaca, sin embargo, el desplante de Elsa como modelo. “Saint Laurent se fijó en ella porque era la percha perfecta: hombros derechos, muy buen cuerpo, piernas preciosas y una cara exótica. Pero pienso que lo suyo fue un conjunto de factores: su belleza y su sensualidad, por supuesto, pero también su personalidad, su simpatía, su sentido del humor y su inteligencia”.

Ana María de Grenade, una de las primeras productoras de moda que hubo en Chile y que trabajó muchos años para Paula, conoció a Elsa durante esos días en París y se hicieron grandes amigas. Para ella, además del estilo “salvaje” de Elsa (“era linda como una princesa sioux”) que llamó la atención de Saint Laurent, destaca su profesionalismo y el rigor con el que asumía su carrera.

Elsa estuvo una y otra vez en todas las grandes revistas de moda exhibiendo los diseños de Saint Laurent. Modeló para las concubinas del rey de Marruecos que la llevó hasta Marrakech en su avión privado, para Jackie Kennedy y la duquesa de Windsor, para Catherine Deneuve, Loulou de la Falaise, Betty Catroux, Nan Kempner y Paul McCartney de compras para Linda. “Y nunca se achicó, parecía no tenerle susto a nada”, añade Pérez-Cotapos. También estuvo en la pasarela de Gaultier, Claude Montana, Thierry Mugler y Kenzo. “Fue la camada que vino un poco después y querían trabajar con las mejores modelos”.

Sus años en Saint Laurent terminaron cuando se casó con el empresario y hacendado argentino Jimmy Dodero, a fines de 1975.

Modelando para revista Paula en una visita a Chile.

Junio 2017: “Siempre seríamos extranjeras”

“¿Puedes creer que no guardé casi nada de la prensa de esa época? Además, yo siempre odié las fotos”, comenta instalada en un sofá de felpa burdeo con su nieto menor, Valentín, regaloneando a su lado.

Desde que se casó, Elsa pasa entre junio y agosto en París. Sus tres hijas –Carolina, Sandy y Giga– se criaron yendo y viniendo entre Buenos Aires y Francia, en un colegio allá y otro acá, y siempre asistidas por una institutriz inglesa. La familia viajaba a la siga de su padre, que fue un gran polero. De hecho, la pareja se conoció alrededor de los caballos. Jimmy Dodero murió en 1992 de una aneurisma justamente jugando un partido en Bagatelle.

Fue un golpe devastador, del que a Elsa incluso le cuesta entender cómo salió adelante. Tenía poco más de 40 y tres niñitas. Durante cuatro años se quedaron instaladas en París; al quinto, Elsa finalmente consintió a sus hijas y volvieron a Argentina. “Me costó un año hacerme la idea, porque esta era mi ciudad. Pero ellas querían irse y acá siempre seríamos extranjeras”.

Se instalaron en la casa de Mayling, en las afueras de Buenos Aires. “Elsa comenzó a participar de las decisiones de los negocios y de los campos de Jimmy con gran resolución y entereza. Fue bien sorprendente su reinvención”, comenta Ana María de Grenade.

Las niñas heredaron las pasiones de su papá. Crían caballos, juegan polo y en la hacienda Las Víboras, a 250 kilómetros de Buenos Aires, montaron un bed and breakfast boutique, en el que los pasajeros viven la experiencia de la vida de campo gaucha de la mañana a la noche.

Las cuatro son achoclonadas, viven muy cerca, se ven todo el tiempo, no perdonan su estadía en París en el verano y van sagradamente a Bagatelle a entregar cada año la copa de polo “Jimmy Dodero”, que Elsa instauró.

Afuera ha bajado un poco la temperatura de esta calurosa tarde parisina y la abuela sugiere que los niños aprovechen de dar un paseo.

De Saint Laurent guarda recuerdos memorables y, por cierto, varios diseños. “Tengo varios de haute couture y vestidos largos, de fiesta, maravillosos, pero ahora los disfrutan las chicas”.

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