Elsa Pizarro: Una vejez con energía

Reportajes y Entrevistas

Elsa Pizarro: Una vejez con energía

Por Victoria Misito / Fotografía Paloma Palomino

Elsa, a sus 91 años, tiene para rato. Y eso es algo que asegura su doctor. Para ella, sin embargo, su energía es totalmente normal. No cree que sea fuera de lo común que a su edad pueda subir siete pisos todos los días por las escaleras, salir a pasear, juntarse con sus amigas más jóvenes a tomar café e instalarse a conversar con la gente de su barrio.

“¿Sabes a quién deberían entrevistar? ¡Al personaje icónico de Lastarria! Elsa, ven para acá”. Eso fue lo que me dijeron mientras hacíamos un recorrido en búsqueda de 51 mujeres para nuestro aniversario. Al poco rato, apareció ella. Una mujer que lucía impecable, rodeada de amigas y que venía saliendo de Victorino, el café al que va todos los días por las mañanas.

Cuando le preguntamos qué era lo que más le gustaba de ser mujer, su primera respuesta fue la libertad. “Salgo cuando quiero y a la hora que quiero”, dijo. Pensando en hacer un especial en donde habláramos de las mujeres y la vejez, nos acordamos de ella. Queríamos conocerla mejor, y nos pareció que esta sería una buena oportunidad.

Unos días después, la visitamos en su departamento en calle Merced. Al llegar, nos abrió la puerta su cuñada, una mujer de unos 60 años que estaba de visita desde Viña, la ciudad donde Elsa nació e hizo gran parte de su vida. Nuevamente ella se veía radiante de pies a cabeza. Llevaba puestos unos pantalones negros, un sweater con líneas blancas, negras y amarillas, y un enorme pañuelo con diseños y colores que descansaba en sus hombros. “Acuérdese que yo fui actriz, así que me visto bien llamativa”.

Su departamento también llama la atención. En las paredes y en los muebles hay todo tipo de colecciones: cajitas de lata, teteras, piedras, huevitos de cerámica. Las fotos también abundan; de su familia, muchas en blanco y negro, y algunas de ella a lo largo de las distintas etapas de su vida. “Hay una chiquilla que me sacó esta para un trabajo de su universidad y me la vino a dejar, mira que increíble, salgo como volando”, me contó señalando una que cuelga de su pared. En la foto, el retrato de Elsa está sobrepuesto a una imagen de la calle donde queda su casa. Supuse que era un ejercicio de Photoshop, pero le seguí la corriente.

Cuando nos conocimos me dijo que se considera una mujer libre.

Absolutamente. Tuve la suerte de casarme con un hombre fantástico que me dejó hacer lo que yo quisiera. “¿Mijita usted quiere ser actriz?, estudie teatro”, me decía. Él me dio todas las facilidades para que yo pudiese conocer el mundo en una época donde eso no era muy común. Y ahora que ya no está, sigo siendo igual de libre. Salgo a la hora que quiero y no le aviso a nadie.

¿A qué partes vas?

Aunque antes salía mucho más, me sigo considerando muy activa. Me despierto todos los días a las seis de las mañana, veo un poco de televisión y parto al Victorino a leer El Mercurio. ¿Y sabes por qué empecé a ir para allá? Porque en un minuto vi que todas mis amigas estaban con Alzheimer, enfermas o postradas en algún asilo, así que me dije: tengo que hacer algo para no terminar en eso. Ahí me hice amiga de la Anita María Urzúa, la mujer de Genaro Arriagada, el político, que es mucho menor que yo. Como soy muy buena escuchadora y nunca interrumpo una conversación, estas niñitas se hacen mis amigas, así que si me quedo en mi casa me empieza a sonar el teléfono y me puedo quedar todo el día pegada. También voy porque me gustan mucho las tiendas. Me encanta salir a vitrinear. Cuando las recorro no dejo de sorprenderme de todas las cosas que venden ahora que no existían en mi época.

¿Qué fue lo que más te ha costado de envejecer?

Dejar de trabajar, sin dudas. Estuve 18 años atendiendo en la tienda de Pablo Valdés, que era muy estupenda. Ahí vendían unas lámparas bastante elegantes, por lo que necesitaban a una señora y no a una lola para sus clientes, que era gente de mucho prestigio. En esa época lo pasé regio. Gozaba vendiendo porque sentía que también podía ejercer mi profesión de actriz. A pesar de que me costó, también siento que ahora estoy viviendo un merecido descanso. Toda mi vida hice muchas cosas con mucha gente, así que ahora estoy disfrutando de la soledad. Leo mucho y veo harta teleserie. Reconozco que esa es una de las cosas que me gustan de esta época: cuando estoy mirando la televisión me doy el permiso para gritarle al fulano: ¡Estúpido! ¡Tonto! (risas). Me involucro con las historias.

¿Al ser actriz cómo manejaste el tema del envejecimiento físico? ¿Eres vanidosa?

Igual no tanto, fíjate. A veces me pongo una cremita para las arrugas, pero no tengo prejuicio de mi cara. No me acompleja. Yo no me estiraría nunca, por ningún motivo. Pienso que represento bastante bien mis 91 años.

Yo diría que no los aparenta.

Es que creo que me veo mucho más joven porque siempre ando sonriendo. Por ejemplo, cuando saludo a una persona, le digo: ¡Hola!, ¿Qué tal? ¿Cómo está? ¿Quihubo? Siempre alegre. Creo que la vida tiene que ser así. Uno tiene que entregar cariño. Yo soy amiga de todos los anticuarios de Lastarria. Me conozco la vida de cada uno. También me considero súper moderna y tolerante.

¿Y te consideras feminista?

Bastante. Encuentro fantástico lo que están haciendo las mujeres ahora, aunque no me guste que las muchachas anden con las pechugas al aire. Creo que no hay que desnudarse para representar un problema tan serio.

¿Por qué causa saldrías a protestar?

Por el aborto. Es que soy una crítica terrible de la Iglesia. Yo rezo en mi casa, pero considero que no tengo por qué ir a meterme para allá. No me gustan los curas. Y menos que ellos anden metiéndose en mi útero. Creo que es un tema que depende de cada mujer, porque uno hace lo que quiere con su persona. Y por el matrimonio homosexual, también saldría a la calle.

¿Te hubiese gustado vivir tu juventud en esta época?

Nunca lo he pensado, pero no me veo en el 2018 aunque me interesa mucho esta juventud porque es muy distinta a la de mi época. Se están perdiendo tantas cosas por estar metidos todo el día en su celular. Yo me fijo mucho en las parejas cuando voy al café y veo que no hay ni siquiera una tomada de mano, un besito, que se note su amor. Eso ya no pasa. Te lo juro por dios que todos llegan, se sientan y sacan el aparato. ¡Qué diablos están viendo! En mi época era todo más romántico.

¿Has tenido pareja recientemente?

Justo mi doctor me habló de eso el otro día. Me dijo “Elsa usted que está tan bien, ¿por qué no tiene una pareja?”. Pero está loco. ¿A los 90 años tener una pareja y empelotarme? ¡Por ningún motivo! Cómo se le ocurre que me voy a empelotar con las pechugas colgando. ¡No y no! (risas). Tengo una amiga de 90 con pololo, pero lo encuentro espantoso porque él tiene la misma edad y también le debe andar colgando todo.

¿Y uno más joven, entonces?

¡No! Cómo se te ocurre, ni siquiera me metería con uno de 50, aunque no tengo problema con la gente que lo hace. Quizás si fuera más joven. Ahí era otro cuento. No te creas que era tan bien portada. Las mujeres siempre hemos tenido admiradores, mijita.

¿Cómo quieres que te recuerden?

Como una abuela muy cariñosa, una persona alegre y de buen oído. La gente tiene la necesidad de que la escuchen y uno tiene que saber hacerlo. Nunca se me va a olvidar que cuando mi marido estaba en el Ejército fuimos a una comida, yo debo haber tenido unos 25 años. Al lado mío, se sentó un general. Yo no abrí mi boca, él se lo habló todo. ¿Y sabe lo que dijo después? “La señora que me sentaron al lado era inteligentísima, tuvimos una conversación lo más entretenida que hay”. Y eso que yo no dije ni pío.

¿Cómo se valora el tiempo a esta edad?

Aprovechándolo a concho. A mi edad, disfruto cada minuto porque sé que me puedo morir hoy o mañana.

¿Y te da miedo la muerte?

No, para nada. Es que estoy acostumbrada. Abro el diario y siempre aparece la muerte de alguien que alguna vez conocí. De mis compañeras del colegio solo quedamos tres. Pero eso es lo normal. Yo no sé por qué estoy viva.  A veces pienso en la muerte, pero de una manera más superficial. Me imagino a quién le voy a dejar mi colección de teteritas, por ejemplo.

¿Tienes ganas de seguir viviendo?

No tanto. Sí algunos años más, pero no los que dicen los doctores. El otro día fui a una consulta con mi hija, la Isabel Margarita, y cuando nos despedimos el doctor le dijo: “mamá para mucho tiempo”. ¡Ay no, por favor, doctor! Yo no quiero envejecer más. No me gustaría porque me dan nervio los cueros, los huesos. Me da miedo verme tan fea.

¡Ah! Entonces sí eres algo vanidosa.

(Risas) Es que uno se ve tan fea, tan flaca. No quiero depender de alguien tampoco. Yo siempre le digo a mi familia que si me enfermo de algo serio por favor me dejen tranquilita, que no vayan a permitir que me pongan cosas. Bueno, eso fue lo miso que hicimos con mi marido, ya que lo teníamos conversado. Yo no quiero ser un clavo para nadie.

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