Entender para existir

Reportajes y Entrevistas

Entender para existir

Por Victoria Misito / Fotografías Mila Belén

De los cerca de 1 millón 600 mil chilenos que pertenecen a pueblos indígenas, más del 78% no habla ni entiende su lengua originaria. Por eso, desde el año 2010 que los establecimientos educacionales con más del 20% de alumnos mapuche, rapanui, aymaras o quechuas deben contar con la asignatura “Lengua Indígena” en su malla. El Instituto Nacional, pese a no tener estas cifras entre sus estudiantes, imparte el ramo “Lengua y cultura mapuche” para los alumnos de 1º a 4º medio. Así fue el primer encuentro de este año.

17:20. Suena el timbre para entrar a clases. En el recinto están los alumnos de la segunda jornada del liceo, pertenecientes a 7° básico, 8° básico y 1° medio. Es el primer día. La mayoría juega fútbol en el Patio de Honor, miran sus celulares, escuchan música. En menos de cinco minutos, más de 30 integrantes del Primero medio J están sentados en sus puestos esperando que el profesor empiece. Tienen entre 14 y 15 años, algunos llevan camisa blanca y otros una polera azul marino con cuello gris de manga corta. El corte de moda entre los adolescentes queda claro: los costados tienen que ir rapados. La sala simula un anfiteatro y donde se encuentra el pizarrón un pequeño escalón marca la diferencia entre el sector de los estudiantes y el del profesor. Las sillas de adelante son los primeras en ser ocupadas.

El Instituto Nacional le permite a su comunidad elegir un segundo idioma además del inglés. Puede ser alemán, francés, chino mandarín o mapudungún. Esta última alternativa se sumó hace seis años como asignatura, luego de ser un taller que tenía como objetivo rescatar la lengua de los tres principales pueblos originarios: aymara, mapuche y rapanui. El mapudungún se convirtió en el tema de mayor interés de los estudiantes, y por consecuencia, el establecimiento decidió crear el ramo.  Los asistentes a esta clase la eligieron de manera voluntaria, entre el resto de las opciones.

“Mari mari, iñche Lautaro Cayupan Cayupange pigeñ, kimelfe mapudungún”, dice el profesor. Los alumnos se miran entre ellos sin entender. “Buenas tardes, soy el profesor Lautaro Cayupán Cayunpangue. Les estaba hablando en la lengua que aprenderán este año”. Le responden con poco ánimo. Sube el tono y saluda nuevamente. Antes de que los alumnos alcancen a decir algo, interrumpen en la puerta. Es el resto que faltaba para que la asistencia, de 45 personas, esté completa. “¿Cuántos vienen entrando?”, les pregunta Lautaro. “Somos hartos, profe”, le responde uno de ellos y los demás ríen. Se instalan en los puestos de más atrás, guardan sus celulares y prestan atención absoluta.

El respeto hacia la cultura, a la que el profesor y más de 200 estudiantes del establecimiento pertenecen, es el primer tema a tocar. “Los mapuches somos un pueblo que históricamente ha sido postergado por la sociedad y el Estado, por lo tanto, este ramo tiene mucho énfasis en reconocer ese espacio al que generaciones anteriores no tuvieron la oportunidad de acceder”.  Oportunidad. Esa es una de las palabras que más repite Lautaro. Porque como cuenta, él, a diferencia de los presentes, no tuvo esa oportunidad de la que tanto habla. Cuando chico, asistió a un liceo público en Quinta Normal donde no pudo estudiar mapudungún y mucho menos decir que era mapuche.

“Ustedes están cambiando la idea de lo que es ser de este pueblo. Y tienen la suerte de estar en un espacio que genera existencia y no resistencia. Yo tuve que resistir”. Todos los alumnos lo miran fijamente. No hay ni la más mínima interrupción. Eso, hasta que da el aviso de que hará una prueba de diagnóstico para saber el nivel del curso. Es automático. Apenas escuchan la palabra ‘prueba’, se mueven nerviosos en su puesto. Lautaro les da un respiro diciendo que, antes de repartirlas, quiere saber si alguien se atreve a contar, en voz alta, por qué decidió tomar la asignatura. Todos se miran, intentando no hacer cruce de miradas con la autoridad de la clase. Pasan unos 30 segundos. En la tercera fila de adelante hacia atrás, un alumno levanta la mano. Su nombre es Diego. “Me costó tomar este ramo porque mis papás estaban en contra de que lo hiciera. Ellos encuentran que el mapudungún no es una lengua que sea útil en mi adultez. Pero a mí me parece muy interesante aprender de una cultura que ha sido un poco olvidada. En este país no se valora y yo no quiero desaprovechar la oportunidad de conocerla”. El profesor asiente y pregunta si alguien más quiere hablar. En un puesto más adelante al de Diego, Felipe alza la voz: “A mí me pasó algo similar. Mi papá me dijo que no me iba a servir para el mundo laboral, pero yo encontré tan injusto eso -y también que sea un pueblo al que siempre echan para al lado y no respetan- que decidí tomarla. Quiero aprender y tener mi propio punto de vista”.

Cayupán reparte la prueba. Es de una hoja de extensión y cuenta con cuatro preguntas. La enumeración está en mapudungún: kiñe (uno), epu (dos), küla (tres), meli (cuatro). Antes de explicar cada punto, aclara que hay que poner los dos apellidos. “Nosotros somos una cultura dual y tratamos sobre todo el tema de género. Me interesa mucho que pongan el apellido de la mamá. Esa es una de las cosas que nos diferencia con la cultura occidental”. En silencio, cada uno escribe sus respuestas.

“No se puede perder la cultura originaria de Chile”, “Me interesa saber más el idioma de nuestros antepasados, que aprender otros”, “Lo poco que sé del tema, me llama mucho la atención”, “Para conocer nuestro idioma nativo”, “Por curiosidad”, “Me gustaría compartir el mismo idioma que mis abuelos”, son algunas de las respuestas ante la pregunta ¿Por qué decidió estudiar esta asignatura? En la segunda, donde se busca saber qué conocen de la cultura, además de instrumentos y juegos, muchos escriben “que es un pueblo reprimido y marginado”. El resto de la prueba son palabras en mapudungún y su traducción.

Lautaro revisa algunas de las respuestas y asegura que ellos, y la gente en general, sabe mucho más de lo que cree. Lo ejemplifica contando que en Santiago, existen, por lo menos, ocho lugares con nombre en mapudungún: Malloco, Peñalolén, Macul, Tobalaba, Vitacura, Tabancura, Manquehue, Pudahuel. “Pienso que difícilmente vamos a desaparecer de este mundo porque el hecho de nombrar algo, le da la posibilidad de existir. No olviden que el lenguaje construye realidades y que ustedes están aportando en eso. No se puede integrar algo que no conocen”.

La cosmovisión es otro de los temas a tratar, luego de que un alumno interrumpa para saber qué significa esa palabra que se encuentra en el papel. El profesor hace la siguiente interpretación: “Cosmos es lo que está pasando afuera y visión es ver, entonces, ese término alude a ver el mundo desde una perspectiva. La cosmovisión de los mapuches es que todo tiene vida. Los árboles, el agua, las estrellas, la tierra”. Además, les aclara que la clase no es para que imiten las cosas que aprenderán, sino solo para  saber. “No tienen que hacerse cargo, solo conocer”, repite dos veces.

18:05. Suena el timbre. Terminó el primer bloque de 45 minutos. El resto, deben hacerlo en otra sala, ya que necesitan del proyector de imágenes. Lautaro los hace bajar a todos juntos, para enseñarles un mural que pintaron alumnos aymaras y mapuches junto a él y otra profesora. Abudan tonos rojos, naranjos, azules y verdes, dándole forma a una imagen compuesta de estos dos pueblos originarios y sus símbolos. Ambas culturas están hermanadas por la cruz andina que señala la simetría en la cotidianidad de la vida y ante la Tierra. También aparecen los paisajes y fauna de cada uno. Y el fondo de colores representa sus banderas. Abajo sale escrito “Jallalla Jallalla aymara marka”, que significa “Por siempre los aymaras estaremos”. Y arriba “Rumel kom pu chillkatufe mapudunguaiñ”, es decir: “Por siempre aprenderemos mapudungún todos los estudiantes”.

En la nueva sala, hay más desorden. Los alumnos saben que su jornada está a pocas horas de terminar. Llegaron al liceo a las 14:10 y a las 20:30 se acaba el día. En la primera diapositiva, aparece el objetivo de la clase. Uno de los alumnos lo lee: “Conformar un estudiante capaz de reconocer la diversidad de la sociedad en la que participa”. El profesor explica: “Esta asignatura promete la formación de pensamiento crítico. Esto es el argumento. Uno puede decir lo que se le ocurra, pero si no tiene argumentos, su idea se desvanece”. En estas cuatro paredes los alumnos aprenderán el lenguaje mapuche, pero también su historia. Una que, según su profesor, es muy distinta a la interpretación oficial. “Muchas cosas fueron omitidas en el escenario de Chile porque no convenía contarlas. Acá vamos a repasar la historia desde otra perspectiva”.

Cuando quedan solo unos minutos para terminar la clase, Lautaro les entrega una guía en la que aparecen distintas formas para saludar en mapudungún. Entre mujeres, hombres y mixta. Les pide que la recorten y peguen en su cuaderno. De fondo, se escuchan los susurros de los alumnos intentando repetir las palabras escritas en el papel.

18:50. Vuelve a sonar el timbre. “Estimados, tenemos 40 semanas para conocer y aprender el idioma y cultura del pueblo mapuche. Bienvenidos”. La clase se da por finalizada.

Seguir leyendo